Mostrando entradas con la etiqueta Carmen Avivar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carmen Avivar. Mostrar todas las entradas

sábado, 20 de octubre de 2018

RECITAL DE CARMEN AVIVAR - Fundación Bancaja - 19/10/18


A veces la vida te sorprende con lo mejor de forma inesperada. Eso me ocurrió a mí la primera vez que escuché a Carmen Avivar en el Palau de la Música cantar La Traviata. Me dejó absolutamente conmocionado porque hacía mucho tiempo que no asistía yo a una interpretación del papel de Violetta Valery tan rica musicalmente, sentida y emocionante como la que ofreció ella. Desde entonces he procurado no dejar de acudir cada vez que puedo a las escogidas actuaciones que ofrece como solista esta magnífica soprano valenciana miembro del Cor de la Generalitat.

Por eso, tras el decepcionante inicio de pretemporada vivido el pasado miércoles día 17 en Les Arts, con esa Turandot de gran producción, cantantes de renombre internacional y muy pobre resultado, de la que ya os hablé aquí, ayer decidí no perderme la inauguración del ciclo Concerts a la Fundació de este año, organizado por la Fundación Bancaja con la colaboración de la Fundación Eutherpe, consistente en un recital lírico en homenaje a Montserrat Caballé, a cargo de Carmen Avivaracompañada al piano por Francesc Hervàs. Evento gratuito que, pese a las inclemencias climatológicas que estamos padeciendo en València, llenó el salón de actos de la Fundación Bancaja con gente haciendo cola en la puerta desde más de una hora antes del evento y con las entradas agotadas desde el miércoles a las pocas horas de comenzar su puesta a disposición del público.

Lo de homenaje a Montserrat Caballé es algo que da cierto miedito. Parece que desde el fallecimiento de la soprano catalana todo lo relacionado con el mundo de la lírica tenga que dedicarse a su memoria, con mayor o menor acierto. Sin ir más lejos, en el ya mencionado estreno de Turandot en Les Arts nos encontramos en el programa de mano con que esas funciones están dedicadas a la Caballé, inmortal intérprete de los papeles de Liúy Turandot. Pero vamos, si la Caballéhubiera abierto un ojillo y visto lo que allí se estaba fraguando, creo que hubiera convocado a Las Furias y lo de la gota fría hubiera sido un chiste.

Sin embargo, lo vivido ayer en la Fundación Bancaja fue un dignísimo homenaje a la figura de Caballé, recordando algunas de las arias y óperas más emblemáticas de su carrera; y la voz, la técnica, la expresividad y el amor que puso en su interpretación Carmen Avivar, honraron la memoria de la catalana y demostraron al público que llenaba la sala que no era una exageración lo que dijo en la presentación Álvaro López Jamar, Gerente y Coordinador General de la Fundación Eutherpe, cuando anunció a la Avivarcomo una de las mejores sopranos españolas de la actualidad.

Extraordinario el recital de principio a fin, con una Carmen Avivar pletórica, entregadísima y generosa, arriesgando sin miedo y dándolo todo. Podría haberse limitado a unas cuantas arias poco comprometidas y de fácil aplauso para pasar el trámite de un concierto gratuito; pero no, ofreció lo mejor de ella misma con una selección de piezas muy exigentes y complicadas que acabó resolviendo con matrícula de honor y un éxito apoteósico.

La bellísima voz lírica de la cantante valenciana enamoró al público desde el primer instante. Comenzó Carmen Avivar con un recuerdo a La Bohème, aunque no como Mimí, rol señero de la Caballé, sino con el vals de Musetta que interpretó bajando al patio de butacas y seduciendo al respetable como manda el papel. Desde ahí hasta el final del concierto la conexión entre el público y la cantante fue absoluta.

Prosiguió con una muy exigente "Ebben ne andró lontana" de La Wally, de Catalani, donde comenzó ya la exhibición de legato y de manejo de la respiración presentes toda la noche, con una asombrosa combinación en este fragmento de fuerza y delicadeza, todo en su justa medida. Después abordó el “Signore ascolta”de Turandot con una sensibilidad mayúscula, como debe ser, con un magnífico control del aire y una sucesión de filados, medias voces y pianísimos de exquisita factura. No pocos de los presentes que habíamos acudido dos días antes al estreno de la Turandot de Les Arts nos preguntábamos cómo era posible que esta mujer esté interviniendo en esas funciones en el coro y con una brevísima intervención como doncella, en lugar de cómo la mejor Liú que hubiera pisado nuestro teatro. Y finalizó la primera parte con otra preciosa pagina pucciniana, "Chi’l bel sogno di Doretta" de La Rondine, un fragmento mucho más complicado de lo que aparenta y en el que volvió a maravillarnos con su técnica, su fraseo ligado, unos agudos timbradísimos y esos filados marca Avivar.

Debe reseñarse también el excelente acompañamiento toda la noche al piano de Francesc Hervàs, quien además también pudo lucirse en solitario abordando el Intermezzo de Cavalleria Rusticana en la primera parte y el Preludio de La Traviataen la segunda.

Tras el descanso otro dificilísimo reto, el “Ave Maria”, del Otello de Verdi, con Avivarde nuevo desbordando sensibilidad, jugando con la media voz y los pianísimos y completamente metida en el papel de esa Desdémonaque sabe que va a morir, emocionándonos sin remisión. Pero eso no era nada para lo que estaba por venir. En mi opinión lo mejor de la noche fue una memorable “Io son l’umile ancella”, de Adriana Lecouvreur de Cilea. Inmensa la Avivar, perfecta. Desplegó todos sus recursos canoros para brindarnos toda una clase de canto, con un fantástico control del fiato y de los recursos expresivos para enhebrar un delicioso fraseo, con poderío y sentimiento; una explosión de emoción que a buen seguro hubiera recibido el reconocimiento de las mismas Caballéu Olivero.

Quiso Carmen Avivar finalizar el recital a lo grande, abordando el “È strano…Ah, fors'è lui…Sempre libera”  de La Traviata, recorriéndose el pequeño escenario como si fuera el salón de la Valery y mostrando toda su fuerza interpretativa, resolviendo la coloratura con suficiencia y permitiéndose finalizar yéndose al esperado Mi bemol no escrito por Verdi. La sala para entonces ya era un puro delirio, con todo el público en pie enloquecido, ante lo que ofreció dos bises la cantante: el “Je veux vivre”, del Romeo y Julieta de Gounod; y el celebérrimo “O mio babbino caro” de Gianni Schicchi, que cuando fue anunciado provocó unos grititos de aprobación por parte de unas mujeres de avanzada edad que yo juraría que incluso llegaron al clímax. Aunque cuando deberían haber llegado fue cuando cerró el concierto Carmen Avivar marcándose una messa di voceespectacular.

Ya sabéis que últimamente no suelo escribir en el blog sobre eventos musicales más allá de los estrenos de Les Arts, pero en esta ocasión me he sentido en la obligación de hacerlo. Me parecía casi una traición a lo muchísimo que me hizo disfrutar ayer Carmen Avivar y al esfuerzo de organización de Álvaro López Jamar y la Fundación Eutherpe, no dejar hoy al menos una pequeña y humilde reseña que, a pesar de lo exagerado que suelo ser para lo bueno y lo malo, lamentablemente no se acerca ni de lejos a expresar las sensaciones vividas en este magnífico concierto.

Aunque una cosa sí tengo clara. Si anoche la Caballé, desde allá donde esté, hubiera escuchado un poquito a Carmen Avivar, seguro, seguro, que se hubiera sentido agradecida por el homenaje y muy orgullosa de que las lecciones que nos brindó con su inmenso arte tengan una digna sucesora.

jueves, 18 de octubre de 2018

"TURANDOT" (Giacomo Puccini) - Palau de les Arts - 17/10/18


Tras una espera que siempre se hace demasiado larga, ayer dio comienzo la pretemporada operística en el Palau de les Arts con el estreno de Turandot. Bueno, lo de estreno es un decir, ya que es la cuarta vez que se repone en el teatro valenciano esta producción que se ha convertido en nuestro particular Verano Azul.

Con estas funciones de pretemporada se reanuda la actividad operística tras el parón veraniego, aunque todavía tendremos que aguardar hasta el 1 de diciembre para que dé oficialmente inicio la temporada valenciana 2018-2019. Una temporada de transición entre la última medio programada por el dimisionario Davide Livermore y la primera que corra a cargo de Jesús Iglesias Noriega, el recientemente nombrado nuevo director artístico de Les Arts que se espera que se incorpore oficialmente a su despacho en el edificio de Calatravaa partir del mes de enero.

No obstante, supongo que ya se estará trabajando en el diseño de esa temporada 2019-2020 que debería anunciarse la próxima primavera y que, por una cuestión obvia de tiempo, presumo que tampoco podrá responder del todo a los planes del señor Iglesias. Sí que estaría bien que, lo antes posible, el nuevo director artístico o quienes le han seleccionado, ofrecieran al menos algún apunte de cuáles pueden ser las líneas básicas, previsiones y objetivos del proyecto vencedor de Iglesias Noriega para Les Arts. Y esto no lo pido como espectador, que también, sino sobre todo de cara al exterior para transmitir que se cuenta con un proyecto serio de futuro, dando cierta imagen de estabilidad tras los avatares sufridos en los últimos años.

Como ya he comentado en ocasiones anteriores, me parece una estupenda idea que se aproveche la pretemporada para la reposición de títulos populares a precios irrisorios como forma de atracción de nuevos públicos. Dicho eso, me planteo si no hay otras muchas producciones que puedan servir a tal fin sin necesidad de repetir ¡¡por cuarta vez!! esta Turandot. Es innegable que el éxito de taquilla está garantizado y se ha vendido todo el papel, pero creo que se puede lograr el mismo resultado con otras obras sin someter a los espectadores más veteranos a este permanente efecto pepino repetitivo.

Además, apostar por la cuarta reposición de esta producción cuenta con el riesgo añadido de que para los espectadores con mayor recorrido y memoria es imposible desligar esta Turandot en lo musical del recuerdo de la genialidad desplegada por la dirección de Lorin Maazel en 2009; y en lo sentimental, algunos siempre la tendremos asociada a la entrañable despedida de Zubin Mehta en 2014 con abucheo incluido a la ex consellera Catalá.

De la puesta en escena del director de cine chino Chen Kaige, de cuya reposición se ha encargado Allex Aguilera, poco tengo que comentar. Siempre he dicho y sigo manteniendo que visualmente tiene un poderío innegable, con la impactante escenografía de Liu King y el llamativo vestuario de Chen Tong Xun. Ya nos la sabemos de memoria y me reitero en lo ya comentado anteriormente en este blog con motivo de su última reposición y que reproduzco literalmente a continuación sin que la nueva puesta en escena me motive a cambiar nada:

“Es una propuesta que agrada especialmente a los amantes de las versiones tradicionales y estéticamente vistosas. Tiene su punto kitsch y basa toda su fuerza en el poder visual del colorido vestuario y en una escenografía de corte muy clásico. En el apartado de dirección de actores los estrechos espacios no dan mucho juego al coro y tampoco es un terreno en el que se haya hecho algo especialmente relevante, salvo en los personajes de PingPang y Pong, en los que sí se ha cuidado la actuación dramática y pienso que con éxito. También me resulta atractiva su escena inicial del segundo acto. En lo peor, siguen estando las absurdas banderitas del coro, el estilete del verdugo danzarín y sobre todo ese personaje de Altoum convertido en un idiota ebrio y con Parkinson”.

Decía antes que uno de los grandes riesgos de presentar de nuevo esta producción es que algunos nos acordemos de las maravillosas genialidades que hizo Maazel en el foso en 2009, y añado ahora que también de la brillantez obtenida de la orquesta por Zubin Mehta. Y si Galduf hubiese dirigido alguna de las pasadas Turandot, seguramente también le echaríamos de menos, y es que el debut en Les Arts del jovencísimo director británico Alpesh Chauhan al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, ha sido más que decepcionante.

Declaraba recientemente Chauhan que su versión iba a ser una Turandot muy rápida para intentar sacar todos los colores de la partitura. Pues bien, los únicos colores obtenidos fueron el rojo del rubor en mis mofletes por la vergüenza ajena sentida y el gris de una lectura plana, burda y desmanotada; y en cuanto a la velocidad anunciada, sólo fue tal a ratos. Empezó la obra imprimiendo un ritmo acelerado bastante absurdo que lo único que lograba era descontrolar el conjunto. No fueron pocos durante la noche los momentos de desfase entre foso y escena. Pero de repente intercalaba otros instantes donde imponía una lentitud exagerada, y, claro, si no tienes la genialidad de Maazel y sabes estirar la tensión al límite sin perder la brillantez, el conjunto se desploma y el bostezo se impone. Propuesta aburrida, lineal, falta de refinamiento y sin el más mínimo matiz, con un volumen por momentos insoportable, lo más opuesto a esa búsqueda de colores que declaraba que pretendía conseguir. No entiendo de quién ha sido la idea de que nos tengamos que chupar a este director porque, oído lo oído, creo que habrá, sólo en el barrio de Monteolivete, no menos de 30 seres humanos que harían mejor papel. Pese a todo se aplaude la actuación profesional de los músicos de la orquesta, con momentos solistas brillantes de clarinete, oboe, violines o chelos.

Cuando llegaron las vacaciones operísticas en Les Arts nos quedamos con la preocupación de la situación sufrida por el Cor de la Generalitat que les llevó a anunciar la posibilidad de convocar huelga y acciones de protesta para estas funciones de Turandot si la administración autonómica no daba pasos adelante hacia la solución satisfactoria de la problemática que viven los miembros de la agrupación. Finalmente no ha habido paros ni comentarios al respecto, lo cual hace pensar que ambas partes en conflicto siguen dando una oportunidad a la negociación. Ojalá todo vaya por buen camino y se solucione de la única forma justa y digna posible que no es otra que atender las legítimas peticiones del Cor. Ayer, otra vez más, la agrupación dirigida por Francesc Perales fue con mucha diferencia lo mejor de  la velada. Mostraron contundencia y poderío vocal pese a que no esté el coro todo lo reforzado que requeriría. Supongo que habrá quien diga que abusaron de volumen, pero ayer o se abusaba de volumen o Chauhan te arrollaba. Magnífica fue como siempre su prestación escénica aunque se tengan que mover en escena bien apretaícos; y de nuevo alcanzaron la excelencia en momentos delicadísimos como Perchè tarda la luna?o el “Liù bontà” con una belleza superior a la que la dirección orquestal parecía marcar. También merecen la felicitación por su rendimiento los niños de la Escolania de la Mare de Déu dels Desemparats.

En años anteriores las funciones de la pretemporada valenciana se han caracterizado por ofrecer producciones propias de Les Arts, generalmente reposiciones, a precios muy económicos y con voces jóvenes; pero esta vez se ha optado por incluir en el reparto, en los dos papeles protagonistas, a dos cantantes ya consagrados que han interpretado el rol en los principales recintos internacionales, como son Jennifer Wilson y Marco Berti; aunque sin previo aviso ni explicación alguna y cuando ya estaba todo el papel vendido, se ha anunciado un segundo reparto para la función del día 26 con la soprano italiana Teresa Romano y el tenor francés Amadi Lagha en los papeles de Turandot y Calaf. No conozco a ninguno de los dos, pero visto y escuchado ayer el cast titular, me parece a mí que quienes tienen entradas para el 26 habrán salido ganando.

El papel protagonista de la princesa de hielo en el estreno ha recaído en la norteamericana Jennifer Wilson, una soprano bien conocida en Les Arts por sus participaciones como Brünnhilde, Isolde o la Leonora de Fidelio. Yo reconozco que le tengo a esta cantante un cariño muy especial y jamás podré desligarla de lo que me hizo disfrutar en aquellos Anillos. Recuerdo las discusiones que teníamos entonces a la salida y en las cenas posteriores los amigos en torno a su Brünnhilde, posicionándome yo siempre claramente entre sus fervientes defensores. Nunca podré olvidar el impacto que me produjo la primera vez que la escuché, en su primer Siegfried, y cómo me estremecieron aquellos agudos luminosos, potentes y colocados como estiletes. Ha pasado ya tiempo de aquello… Demasiado…

Algunos de los que criticaron entonces a Wilson hablaban de su excesiva frialdad, una frialdad que al papel de Turandot no le va nada mal en el segundo acto, pero ayer hubo otros muchos  problemas. No voy a hacer leña de la Wilson, así que los que esperen que me ensañe quedarán defraudados, pero tampoco voy a mentir. Salí muy triste de la sala. Me apenó enormemente ver a una querida cantante en un estado vocal muy preocupante. Yo pensé si estaría enferma, pero alguien que la conoce bien me dijo que no, que lleva tiempo así. Su línea de canto es inexistente, desigualdad entre registros, zonas central y grave desgastadas, problemas respiratorios, una línea expresiva  sin que se apreciase ninguna evolución en el personaje. Los agudos están lejísimos de los de antaño, se ha perdido brillo y metal y el recurso del chillido y el portamentoestán presentes. Una lástima y una decepción, pero que no justifica en modo alguno los abucheos aislados que se escucharon en los saludos finales. El abucheo a un cantante yo sólo lo justifico al caradura, al que pretende engañar. Si un cantante por los motivos que sean no da más de sí, a quien hay que criticar es a quien le contrata sabiéndolo.

Otro viejo conocido de Les Arts fue el elegido para asumir el papel de Calaf. El tenor italiano Marco Bertique ya protagonizó el rol en los años 2008 y 2009. Poco a mejor ha evolucionado Berti vocalmente (físicamente, a diferencia de la Wilson, parece haber adelgazado como media arroba). Hay aspectos que son incuestionables, como que todas las notas escritas en la partitura son emitidas con facilidad cuando se mueve en el registro agudo; o que frente a otros tenores de emisiones y dicciones más extrañas, Berti al menos transmite cierta “italianità”. Pero tampoco admite discusión su abuso del portamento, su fraseo estentóreo de pregonero, plano, monótono e inane y la nula capacidad de transmitir con su canto al menos una chispa de emoción que nos traslade la intensidad del drama en lugar de parecer que está cantando los números del bingo. Escénicamente tampoco ha mejorado demasiado y su tradicional estatismo de click de Famobil apenas llega ahora a Madelman. La voz arriba llega a brillar, pero en el centro y grave se abre y afea enormemente. Su gran momento del Nessun Dorma pasó sin pena ni gloria, dirigido a velocidad de película de Charlot por Chauhan parecía que nos habíamos equivocado en las revoluciones del pickup; Berti caló además algunas notas en la zona media-baja y acabó con un agudo cortísimo muy decepcionante, y como el director no hizo paradinha, se fue sin aplausos.

El papel siempre agradecido de Liú, salvo cuando lo canta la Voulgaridou (que Nuestro Señor mantenga lejos muchos años), recayó en la joven soprano donostiarra, ex alumna del Centre de Perfeccionament, Miren Urbieta-Vega. Como digo, este es un rol agradecido en el que el aplauso final está garantizado. Es el personaje bueno por excelencia de la obra y tiene unos pasajes bellísimos no especialmente comprometidos, pero en los que es preciso derrochar sensibilidad, matizar, ligar, saber frasear y acabar de enganchar con el público. No se trata de buscar el imposible de la nueva Caballé, pero tampoco admitir el encefalograma plano de Voulgaridou. Urbieta-Vega superó la prueba y mostró ayer una voz de bonito color con detalles de buen gusto, con algunas frases muy bien ligadas e intentando apianar y recoger la voz. Al final, como era de esperar en una Liú, obtuvo un triunfo arrollador que creo fue merecido.

Otro ex alumno del Centre de Perfeccionament, el bajo italiano Abramo Rosalen, fue el encargado de interpretar a Timur. Estuvo correcto, aunque le falta peso a su voz y fue imposible no acordarse de la rotundidad que imprimía aquí el ruso Alexánder Tsymbalyuk. Lo que sí fue rotundo fue el mamporrazo que se pegó nada más salir a escena, cuando según el libreto ha de caer al suelo, pero tanto ímpetu le puso que a poco más se desnuca.

Muy acertados en la vertiente actoral, correctos en lo vocal y logrando el favor del público estuvieron los ministros Ping, Pang y Pong, interpretados por Damián del CastilloValentino Buzza y Pablo García López. Bastante bien.

De nuevo el papel de Altoum recayó en el tenor ilicitano Javier Agulló que sufrió otra vez una dirección escénica que convierte su personaje en un pelele y hace su voz casi inaudible cantando desde el fondo del escenario. Bastante peor el Mandarinodel alumno del Centre de Perfeccionament César Méndez con el que seré benévolo y me limitaré a calificarle de irrelevante.

Estupendas, por el contrario, estuvieron como Doncellas las cantantes del Cor de la Generalitat Carmen Avivar y Mónica Bueno.

Hubo otros intérpretes inesperados que no aparecieron anunciados en los programas de mano: los pajaritos que se colaron en la sala, vaya usted a saber cómo, y que acompañaron con sus trinos todo el tercer acto. Cuando se comenzaron a escuchar pensé que era una grabación que pretendía ambientar el momento o un móvil, pero al poco ya nos percatamos todos de que aquello no eran efectos especiales. En todos los años que llevo yendo a Les Arts no recuerdo que nunca se haya producido una invasión avícola de la sala.

El teatro anoche presentaba un aspecto inmejorable, completamente lleno y, como suele ser habitual en funciones de pretemporada, con bastante público joven. No pude fijarme demasiado en quienes ocupaban el palco aunque sí vi una nutrida presencia de miembros del renovado Patronato, con su presidenta Susana Lloret al frente. No estuvo especialmente cálido el público, pero la frialdad de la dirección y de la pareja protagonista tampoco motivaba mucho más. Tan sólo interrumpieron los aplausos la representación al finalizar Liú el Signore ascolta y tras la escena de Ping, Pang y Pong que abre el segundo acto. Al terminar la función hubo generosos aplausos para todos, a excepción de esos abucheos aislados a la Wilson que ya he comentado. Las mayores ovaciones fueron para el coro, Urbieta-Vega y la orquesta, y me pareció oír que el director Alpesh Chauhan recibía también alguna protesta. Los pajaritos, inexplicablemente, no saludaron.

Bueno, pues hasta aquí la primera crónica de la temporada. Espero que la cosa vaya mejorando cuando se inicie ya oficialmente el nuevo ejercicio operístico en diciembre. En cualquier caso el objetivo de la pretemporada está cumplido. Todo el aforo vendido y, pese a que los listillos más veteranos nos pongamos en plan exquisito, una muy buena receptividad por parte de la mayoría del público que parecía salir contento y con ganas de más. ¿Qué queréis que os diga? También hay a quien le va la disciplina inglesa…

- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
ACTUALIZACIÓN A 19/10/18: El Palau de les Arts ha anunciado hoy oficialmente que Jennifer Wilson cancela por baja médica el resto de funciones de Turandot que tenía previsto cantar. La italiana Teresa Romano que estaba anunciada para la representación del día 26 de octubre, asumirá además las de los días 23 y 28; mientras que será la soprano eslovena Rebeka Lokar quien lo haga los días 20 y 31.

Se insiste desde Les Arts en que la causa de la cancelación de Wilson es una baja médica. Mientras tanto, la soprano norteamericana se ha limitado a publicar en su perfil de facebook lo siguiente:

I will never forget my brief run as Turandot here in Valencia. At both the general probe and the premiere, I gave performances on a par with my best of my 80-plus Turandot shows around the globe. I greatly appreciate the thunderous ovations I received at the packed-to-the-rafters General and (with four or five noisy exceptions) at the premiere. Toi Toi Toi to my wonderful colleagues for the remainder of the run!

viernes, 10 de febrero de 2017

"LA TRAVIATA" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 09/02/17


Y entonces Monica Bellucci se detuvo junto a Él y ya nada importó… (Proverbios 32:21)

Noche de gala la vivida ayer en el Palau de les Arts con ocasión del estreno de La Traviata, ópera que, si nos atenemos a la parafernalia que se montó en el teatro valenciano y a su repercusión en prensa, debió ser compuesta por el modisto Valentino Garavani. Cuenta la leyenda que estando un día en la peluquería con la cabeza sumergida en un barreño de tinte, le vino la inspiración. Iba a escribir una ópera en la que un vestido negro con cola turquesa de plumas brindaba con unos pavos y le daba la tos, luego vendría un viejo a incordiar a un vestido blanco que acababa escribiendo una carta, para después, un vestido rojo en tafetán de seda, llegar a un garito y acabar por los suelos, finalizando todo con un camisón en piel de ángel rosa palo y encaje de Chantilly, con bata con flores aplicadas bajo mangas de farol en tul plumetti y mules forradas, que se mueren de tisis.

Amoavé sinojentendeeemoooo (como decía Faemino)… Que todo este rollo está muy bien. Que me parece genial que el Palau de les Arts sea la estrella de las noticias y no quede un asiento libre, aunque la mitad estuviesen ocupados por glúteos que visitaban por primera vez un recinto operístico. Que queda muy bien que el foyer de Les Arts parezca un flashmobde la revista Hola. Que me encanta que hayamos tenido la mayor presencia de representantes y ex representantes políticos valencianos de los últimos años. Que se agradece que la reina Sofía siga acudiendo al teatro que lleva su nombre. Que es fenomenal escuchar a las señoras con cara de teleñeco o rape con carmín decir qué bonito es todo. Y, principalmente, que es maravilloso y nunca podré olvidar el instante en que Mónica Bellucci pasó junto a mí y, como en la escena del gimnasio de West Side Story, parecía que se hubiese hecho el silencio, las luces se hubieran apagado y sólo estuviéramos ella y su Atticus… Ay…

Pero no, eso no es lo importante (bueno, lo último, un poquito sí). Lo principal, aunque no lo pareciese, es que allí se representaba una función de ópera. Que allí había unos músicos y unos cantantes ofreciéndonos una de las obras más maravillosas surgidas del genio, este sí de verdad, de Giuseppe Verdi.

Desde que se anunció que esta temporada podría verse en Valencia esta producción estrenada en la Ópera de Roma, la expectación mediática se disparó. Los nombres de Sofía Coppola, como directora de escena; Nathan Crowley, como escenógrafo; y Valentino Garavani como encargado del vestuario y creador de la producción; concitaron el interés del papel cuché y de muchas personas a las que la ópera les chupa un pie. Eso está bien, no es malo en sí mismo. Lo malo es no saber ponderar que como efecto llamada es positivo, pero lo fundamental es el espectáculo musical. Por eso, a mí me hubiese gustado que este tirón mediático se hubiera producido con otra ópera menos popular. La Traviata, aunque se hubiera traído con una producción salchichera de José Luis Moreno, hubiera llenado.

Y, sobre todo, yo no dejo de preguntarme si, teniendo el lleno traviateril garantizado, valía la pena gastarse el dinero en esta producción que, ignoro cuánto le habrá costado a Les Arts, pero intuyo que barata no será. Los responsables del teatro, mucho más listos que yo, sabrán si compensa. Ojalá así sea. Pero a mí ese gasto me gustaría más invertirlo en música y voces que en escenografías y vestiditos. Preferiría que se nutriese la orquesta como merece y que liberasen la temporada de Les Arts de tanto protagonismo a cantantes del Centre y se trajeran no sólo estrellas puntuales (Rebeka, Devia, Antonacci…) sino repartos más homogéneos  en conjunto y calidad.

Y esto desde ayer aún lo pienso más, ya que, reconociendo el impacto visual de la puesta en escena, muy atractiva, muy bonita, me pareció que el trabajo de dirección de escena era paupérrimo y la propuesta se quedaba en un clasicismo exacerbado, sin aportación personal alguna más allá de lo puramente estético.

Era como un Zeffirellial que le hubieran embargado la mitad del mobiliario y sin el más mínimo indicio de labor de dirección de actores. Yo adoro a Sofia Coppola como directora de cine, casi tanto como detesto su cara de colitis como actriz en El Padrino III, pero de verdad me pregunto qué ha hecho, más allá de cobrar la pasta. Parece que todo se haya centrado en el efecto estético, dejando que los cantantes pululasen por allí dejados a su buen o mal saber actuar. Declaró la Coppola con ocasión del estreno en Roma, que había pretendido encontrar una clave contemporánea… Supongo que todavía estará buscándola.

Los amantes de las puestas en escena tradicionales la disfrutarán sin duda. Y yo también agradezco de vez en cuando menos marcianadas y más ajustes al libreto, pero siempre que haya un concepto claro de lo que se quiere y una labor de dramaturgia que colabore a transmitir la personalidad y emociones de los personajes. Ayer no me dio esa impresión. Parecía más bien un desfile de modelos de Violetta en un entorno muy bonito. La escenografía y la iluminación desde luego son sobresalientes. Del vestuario, como soy un absoluto berzas, prefiero no opinar, porque a mí el famoso vestido rojo me parecía un gigantesco Dodotis de Valentino.

Otro de los grandes elementos negativos de la producción, sea causa directa suya o de las estrecheces técnicas del Palau tras los ERE, fue el disparate de tener que hacer ¡¡¡tres descansos!!! Supongo que para los cambios de la aparatosa escenografía entre cuadro y cuadro. Eso motivó que, entre los parones, el remoloneo del público para cotillear a las celebrities, los protocolos reales y la gente aplaudiendo hasta el carraspeo del acomodador, la función se alargase a las 4 horas, que uno ya no sabía si salía de Traviata o de Tristán e Isolda.

Pero bueno, dicho todo lo anterior, que sabéis que soy muxagerao pá tó, reconozco que no puedo decir que no me gustara, incluso hubo momentos estéticamente muy conseguidos, pero me enfadó mucho que una producción con tanto valor externo no aportase algo más de chicha que hiciese más redondo el conjunto.

De cualquier modo, como decía antes, lo principal, aunque no lo pareciese era lo musical y ahí, en líneas generales, creo que el resultado ha de calificarse de bastante positivo.

Ramón Tebar volvía a situarse al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana para afrontar esta página verdiana de la que, por conocida, a veces se menosprecia la riqueza que atesora y lo importante que es destacar sus infinitos matices. Anoche la orquesta sonó maravillosamente bien y creo que la labor de Tebar es digna de elogio y reconocimiento, bastante alejada del chimpunismo de Abbado en I Vespri, el Verdi anterior en este teatro, y, por supuesto, claramente por encima de aquella horripilante Traviata que perpetró Lorin Maazelen 2010. Ya desde el bellísimo inicio la sensibilidad del director se puso de manifiesto, brillando con toda su intensidad en el preludio al tercer acto y en el acompañamiento a la muerte de Violetta, donde pudimos disfrutar de unos violines excelsos que elevaron muchos grados la emoción en la sala. El primer acto fue conducido con brío y buen pulso, y el tercero estuvo llevado con gran sentido dramático, viéndose lastrado el segundo por un Plácido Domingo que llevaba su propio piloto automático, haciendo que Tebar se centrase en el foso para procurar seguir al cantante ante la imposibilidad de que éste se ajustase a la batuta. Toda la noche ofreció el director un meritorio trabajo de concertación, un hábil e inteligente manejo de las dinámicas, y una atentísima labor de control y matización de las voces, con la excepción ya mencionada. Entre los atriles destacaron, además de los violines, las intervenciones de Tamás Massànyi al clarinete o Pierre Antoine Escoffier al oboe, quien ofreció un precioso acompañamiento al Addio del passato de la protagonista.

El Cor de la Generalitat tiene aquí una menor intervención que en otras obras, pero, no obstante, volvió a conquistar al público con un trabajo escénico y vocal de primera fila. Mostró riqueza dinámica en el celebérrimo brindis y gran empaste y poderío en la última escena del segundo acto, con un Oh infamia orribile espectacular.

Había también gran expectación por escuchar la Violettaque nos ofrecía Marina Rebeka. En 2010, en aquella Traviata de infausto recuerdo dirigida, o lo que fuese, por el llorado Lorin Maazel, ya estuvo anunciada la soprano letona, aunque cayó finalmente del cartel sin justificación alguna, siendo sustituida por la rusa Hibla Gerzmava. Rebeka fue la gran triunfadora de la noche con un poderío vocal incuestionable, especialmente en una franja aguda resplandeciente y potentísima, con una voz rica, timbrada y que supo controlar con suficiencia y manejar con gusto, adornándose con algunas bellas regulaciones. Solventó con tablas la coloratura, agilidades y exigencias del acto primero, finalizando la cabaletta Sempre libera dando el Mi bemol sobreagudo.
Pese a lo irreprochable de su actuación hubo algo que, en mi opinión, no acabó de convencerme del todo y es que me transmitió demasiada frialdad. Todo fue correctísimo, pero de un automatismo gélido, o al menos esa fue mi impresión, lo cual se unió a una expresividad actoral limitada, posiblemente achacable a la dirección de escena. Su Amami Alfredofue bellísimo, pero poco explosivo y demasiado contenido para mi gusto, no sé si por indicación de la dirección musical o por su propia iniciativa. Sí que hubo dos instantes donde su expresividad salió a flote y fueron para mí sus mejores momentos de la noche, el fantástico Dite alla giovine del segundo acto y todo el tercer acto, donde las limitaciones en su zona grave las cubrió con una mayor implicación dramática. En cualquier caso, Rebeka fue una estupenda Violetta.

Pero a colación de la expresividad de la protagonista no quiero dejar de mencionar aquí la Violetta que pude escucharle hace apenas doce días, en el Palau de la Música, a una soprano perteneciente al Cor de la Generalitat, Carmen Avivar, y que me dejó absolutamente impresionado con una calidad mayúscula, digna de pisar con papeles principales la sala de Les Arts. No viene a cuento entrar en comparaciones con nadie, pero sí diré que los recursos estilísticos y la expresividad de Avivar fueron de primera línea.

Arturo Chacón Cruz fue el tenor encargado de dar vida a Alfredo Germont. Valentía y decisión no le faltaron al cantante mejicano, lo cantó todo con corrección, pero hay algo en su voz que no me gusta. Sé que el problema será mío y de mi gusto atrofiado, pero no me agradó. La voz suena demasiado mate, agarrada a la garganta, con tendencia a estrangularse sin estarlo, aunque cuando subía a la zona más aguda brillaba más. Su fraseo tampoco se caracterizó por la elegancia, echándose de menos una más cuidada línea de canto, mayor legato, más finura y menos berreos y sonidos abiertos. Perdió el tempo en más de un pasaje y su expresividad tampoco fue su fuerte, estando la mayor parte de las ocasiones ejerciendo de palitroque o perdido en escena. Esperaba bastante más.

De Plácido Domingo poco nuevo se puede decir. Para bien y para mal. Cuando le ves anunciado en un papel baritonal ya sabes que no vas a escuchar a un barítono, sino a un Domingo mayor cantando un papel de barítono. Tras las últimas experiencias yo estaba casi convencido de que hoy iba aquí a escribir que si sigue así, cantando todo lo que no debe sin recato, acabará por convertirse en nuestro Foster Jenkins particular. Espero que no sea así desde luego, porque no merece su inigualable carrera cerrarse de mala forma. Pero es que además, después de lo visto y oído anoche, he de reconocer que la cosa no salió ni mucho menos tan mal como me imaginaba. Es verdad que su voz está cada vez más gastada, pero al mismo tiempo sigue teniendo momentos en los que se muestra imponente. Sus carencias de fiatoentorpecen gravemente el fraseo, pero a la vez es capaz de mostrar en una sola de sus frases más emoción y expresividad que todo el resto del elenco. Como actor, un movimiento de su rostro o sus manos, un simple gesto, dice más que cualquier arrebato de cantante novel. Fue el único que transmitió personalidad en escena y verdad y alma en su canto. Eso no quita que llevase loca a la orquesta y a la soprano y que se desbaratase completamente ya al final del dúo, en Premiato il sacrificio, donde puso la directa sin esperar a nadie, y hasta se inventó algunas notas.  

En los papeles menores, cubiertos con cantantes del Centre de Perfeccionament, destacaron más ellas, Olga Zharikova y Anna Bychkova, que ellos, Moisés Marín, Jorge Álvarez, Andrea Pellegrini y el omnipresente Alejandro López, quien no parece que su larga estancia en el Centre le sirva para pulir su faceta de actor, actualmente no mucho mejor que la de un sobao pasiego.

Cumplieron los miembros del Cor, Antonio Gómez, Bonifaci Carrillo y Boro Giner, quien, aunque parezca una bobada, me proporcionó una de las agradables sorpresas de la noche, cantando y fraseando excelentemente un papel tan breve e irrelevante como el de Mensajero. También es verdad que en la platea había ganas de escuchar una voz baritonal de verdad.

El teatro se encontraba anoche completamente lleno. Esta es la parte buena. Cosa distinta es saber cuántos de los que estábamos habíamos pagado de nuestro bolsillo la localidad. Los palcos centrales del segundo piso, que suelen reservarse para entradas de grupo, estaban ocupados por una ingente representación del famoseo allí presente. Supongo que se pondrían de acuerdo entre Nati Abascal, Cari Lapique, la hija de Bertín y el duque de Alba, para formar grupo y que les hicieran descuento del 40%.

Por cierto, se rumoreaba ayer que el signore Valentinollevó abundante vestuario preparado con el que sustituyó los trapillos de menos de 6.000 euros que llevaban algunas de las famosas y acompañantes, a fin de que no deslucieran los palcos con ordinarieces.

Como era de esperar, la función obtuvo un apoteósico éxito, con un público entregado que lo aplaudía todo y que al final braveó con locura al trío protagonista. Lamentablemente, ha de reseñarse que la salida a escena de Valentino Garavani obtuvo más aplausos y grititos que los saludos de Ramón Tebar y la orquesta. Ejloquehay… Por cierto, sin que se entienda una falta de respeto a tan venerable figura, color caoba, de la moda internacional, el pobrecico mío parece una Virgen vestidera, de esas que son sólo cabeza, peluca y vestido que oculta un armazón de palos.

Si ya de normal la crónica suele venir adornada con el comportamiento inadecuado de público irrespetuoso, en este tipo de funciones, con gran presencia de espectadores no habituales, el problema se multiplica. Ayer fueron masivos los sonidos de móviles, las toses gargajosas, el güasapeopermanente, los comentarios en voz alta o los aplausos a destiempo. Lo peor, no obstante, es que también hubo una actuación incorrecta, por acción y omisión, por parte del teatro. Por acción, al permitir que entrase gente en la sala con la música sonando. Por omisión, al no conseguir evitar, pese a las protestas de algunos espectadores, el ruido generado por los camareros que guardaban bebidas en los pasillos de los lavabos contiguos al lateral del primer piso, que no paraban de entrar y salir de ese pasillo, provocando la apertura y cierre, y consiguiente ruido, de las pesadas puertas durante la representación.

No me ha parecido bien tampoco la decisión de sustituir en esta ocasión los diseños de Pepe Moreno sobre la figura de Lucrezia Bori que vienen ilustrando los programas de mano esta temporada, por la reproducción del cartel con firma de Valentino que se utilizó en el estreno romano.

Bueno, pues hasta aquí mis impresiones subjetivas. No os puedo animar a ir porque no queda ni una entrada en venta anticipada, aunque ya sabéis que todos los días desde que se abran las taquillas se pone a la venta el 5% reservado para cada función. El espectáculo vale la pena. Y si para las siguientes funciones ya eliminan el photocall, los controles de seguridad de la Casa Real y toda la tontería del agropijismo valenciano, aún mejor.