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jueves, 7 de febrero de 2019

"I MASNADIERI" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 06/02/19


Ayer, 6 de febrero, se representó en el Palau de les Arts la primera función de ópera del año 2019, con el estreno de I Masnadieri, de Giuseppe Verdi. Este es un dato bastante lamentable. Que hayamos estado en València 52 días, desde la última Flauta Mágica del 15 de diciembre, sin una sola representación de ópera de temporada, en un mes como el de enero, de máxima actividad operística en cualquier teatro medianamente serio, es preocupante.

Esta era una práctica habitual durante el mandato Livermore, ya que el ex intendente aprovechaba tradicionalmente ese mes para dedicarse a sus bolos presentando en otros teatros producciones suyas como director de escena. Este año no sé realmente por qué se ha vuelto a dejar enero en blanco. En cualquier caso, es una temporada de transición que fue montada tras la dimisión de Livermore mientras se esperaba el nombramiento del nuevo responsable de la dirección artística; así que confiemos en que esta sea una de las cosas que remedie a partir de la próxima temporada el nuevo equipo gestor comandado por el señor Jesús Iglesias Noriega.

Iglesias parece que el 1 de enero se ha incorporado ya definitivamente a su despacho en Les Arts y la entrada no ha podido estar rodeada de menos tranquilidad. Se encontró con la dimisión de Inmaculada Pla como Directora General a los 18 días de su nombramiento, después con una nota del Comité de Empresa del teatro acusando a sus gestores de incompetente gestión y falta de rumbo y, por si teníamos poco, el pasado martes se hizo público el anuncio de convocatoria de huelga por parte del Cor de la Generalitat. De momento la huelga está convocada para las dos últimas funciones de I Masnadieri, los días 15 y 17 de febrero; para el concierto del 7 de marzo en conmemoración del 600 aniversario de la Generalitat; y para todas las funciones de Iolanta y La malquerida.

La amenaza de huelga del Cor venía ya rondando desde las funciones de Tosca de la primavera pasada. Finalmente parecieron tranquilizarse las aguas, estableciéndose una comisión de seguimiento y continuando las negociaciones entre representantes de la empresa y de los trabajadores, pero la administración autonómica les ha sorprendido ahora sacando la convocatoria de las plazas de todos los componentes del coro a oposición, poniendo así en riesgo el mantenimiento mismo de la formación y dejando en evidencia la palabra del conseller Marzà cuando les aseguró recientemente que se tendría en cuenta la singularidad del coro a la hora de tomar decisiones sobre la consolidación de sus plazas que sería paulatina y no traumática.

Veremos cómo acaba esto, aunque entre la estulticia de algunos y el cabreo de otros, la cosa no parece pintar bien. Después de tanta tomadura de cabello y buenas palabras que siempre han sido seguidas por malas acciones de la administración, sería lógico pensar que los componentes del coro no se chupen el dedo y les cueste bastante fiarse ahora de cualquier nueva promesa… pero, en fin, seguiremos confiando en la capacidad negociadora de las partes y en que alguien imponga una brizna de sentido común en los representantes públicos que están a punto de conseguir cargarse un pilar cultural fundamental de la Comunidad Valenciana como es el Cor de la Generalitat, afectando además de manera directa a la línea de flotación del proyecto de futuro del Palau de les Arts, que, si acaba por perder la calidad de sus cuerpos estables (orquesta y coro) que han sido hasta ahora un referente en España, dejará de tener sentido. Habrá que estar atentos pues a ver qué papel mediador puedan jugar, o no, el nuevo director artístico o el Patronato de Les Arts. Seguiremos atentos el culebrón.

Pero bueno,  ciñéndome ya a mis impresiones de la función de ayer, después de la polémica generada por La flauta mágica que abrió la temporada, la producción de I Masnadieri presentada anoche obtuvo un éxito bastante considerable. Más por el apartado musical y vocal que por una puesta en escena que más bien pasó sin pena ni gloria, lo cual no es que sea algo positivo, pero viendo el escandalazo anterior casi que igual hay quien salió más contento que unas pascuas. Se trata de una coproducción del Teatro San Carlo de Nápoles y La Fenice de Venecia con dirección escénica de Gabriele Lavia, aunque ha sido Allex Aguilera el encargado de dirigir esta reposición, con la escenografía de Alessandro Camera, vestuario de Andrea Viotti e iluminación de Allex Aguilera y Nadia García.

Toda la acción se desarrolla en un único espacio escénico que recuerda a una nave industrial abandonada, configurado por una especie de bosque donde los árboles son focos y enmarcado por unos muros con grafitis y la leyenda Libertà o Morte de fondo. Un viejo sillón y una enorme cruz que desciende en la escena del sepulcro de Massimiliano son los únicos elementos escenográficos en ese espacio. Aunque escuché bastantes comentarios positivos, posiblemente debidos a la resaca flautista, a mí me pareció estéticamente bastante feo todo. Pero eso de la fealdad o belleza es algo subjetivo y además no creo que sea lo peor. A mi juicio lo más negativo de la propuesta escénica es lo poco que se lo curran.

Es verdad que el libreto de Maffei es absurdo e insustancial como pocos y posiblemente plantee no pocos problemas de concepto escénico, pero aquí la solución adoptada parece ser no afrontar esos retos dramatúrgicos y dejar que todo se desarrolle en un único espacio, con el agravante de que la dirección y movimiento de actores brilla por su ausencia y la mayor parte del tiempo parecen dejados a su suerte. Si, como es el caso, los cantantes tampoco son precisamente Sarah Bernhardt y Laurence Olivier, pues el impacto de la acción dramática viene más dado por la música que por el trabajo actoral que me pareció bastante pobre. Eso sí, al pobre Ruciński le hacen pasarse toda la ópera moviéndose con la pata tiesa (con perdón). Este inconsistente trabajo de actores llama la atención especialmente por la condición de actor, director de cine y director teatral de Gabriele Lavia que aquí francamente parece haberse querido complicar la vida muy poco.

No pude evitar recordar anoche el modesto Barbiere di Siviglia que se ofreció la pasada semana en versión semi escenificada en el Auditori por los amigos de la Fundación Eutherpe, donde, con una escasez de medios enormes y un espacio nada favorable, pero con un trabajo cuidadoso e inteligente de Kike Llorca y unos jóvenes artistas entregados, se consiguió meter plenamente en la obra al espectador y transmitir el espíritu de la ópera de forma idónea.

En la parte negativa de la propuesta de Gabriele Lavia consignaría también los focos que deslumbran al espectador (si me dieran un euro por cada vez que he renegado de esto, tendría ahora una piscina como la del Tío Gilito) y el exceso de humo que ahoga al que todavía no ha quedado cegato. El vestuario de los bandidos con cueros, fular de colores y sombreros de copa era casi tan absurdo como feo. Aunque para feo el tropel de punkis zombis que acompañan a Francesco en el acto II.

Sí que hubo cosas que me gustaron, como algún efecto luminoso, pese a la quemadura de córneas y, sobre todo algo enormemente positivo y de aplaudir sin reparo: que nos dejasen disfrutar de la preciosa obertura y el estremecedor solo de chelo sin proyecciones, actores haciendo el memo, ruidos improcedentes, ni pamplinas. Telón bajado, sala oscura y la música de Verdi. Esa es la mejor forma de ambientar al espectador y empezar a introducirle en el drama musical que se avecina.

La dirección musical corrió a cargo de Roberto Abbado que este año se va a inflar a dirigir funciones como despedida de su condición de director titular de la casa. Parece ya absolutamente confirmado que no renovará como tal cuando finalice su contrato, aunque se ha anunciado el deseo de Les Arts y del propio director para que su presencia en València en futuras temporadas quede garantizada como uno de los directores invitados. También ha confirmado Jesús Iglesias que la próxima temporada la orquesta continuará sin director titular. Ese es otro de los problemas prioritarios que debería solucionar el nuevo director artístico, anunciando tan pronto como sea posible un nombre relevante para sustituir a Abaddo si no quiere que continúen las deserciones en la Orquestra de la Comunitat Valenciana y su calidad se vea mermada de forma irreversible.

Por el momento, la calidad de la agrupación sigue estando ahí y ayer se lograron algunos momentos muy relevantes para el lucimiento de los solistas, especialmente de Rafal Jezierski con ese maravilloso violonchelo que lleva a sus espaldas todo el peso de la obertura y que consiguió poner los pelos de punta a la platea desde los primeros compases. También destacó la cuerda en la bellísima introducción al acto II, el diálogo de arpa y flauta en Lo sguardo avea degli angeli”  y durante toda la obra fue memorable la asociación de las maderas, con gran inspiración en flautas, fagot, clarinete y oboe, este último a cargo de un Christopher Bouwman que ya ha anunciado oficialmente que el año que viene estará en la Israel Philarmonic Orchestra, otra pérdida muy dolorosa para nuestra orquesta.

La partitura de I Masnadieri responde a un esquema todavía bastante primitivo de Verdi, con sus números cerrados, sus recitativos, arias y cabalettas y una orquestación todavía lejos del refinamiento de sus más maduras creaciones. No obstante es innegable la belleza musical de muchos momentos y el sustento dramático que impregna buena parte de sus pentagramas. A mí me gustó bastante el trabajo que llevó a cabo ayer Roberto Abbado. Tuvo un cuidado exquisito con los cantantes, especialmente con la soprano a quien llevó en bandeja en los pasajes más peliagudos. Supo imponer brío, ritmo y un buen pulso dramático donde los acentos verdianos no se desdibujaban. Combinó con inteligencia la morbidez de los fragmentos más líricos y la garra en los heroicos. Optó por situar al coro en el foso para algunos de los coros internos y creo que la decisión esta vez fue acertada. Considero que Abbado pasó ayer la prueba con nota una vez más. Estoy convencido de que no es el director que necesita la Orquestra de la Comunitat Valenciana para evolucionar y consolidarse, pero lo que no se le podrá negar al director italiano es su honestidad y los buenos resultados que, en líneas generales, ha obtenido en València.

Que la ópera se llame I Masnadieri y no Ahí viene Carlo de Moor el pecador de Sajonia, por ejemplo, pone de manifiesto la importancia que tiene el coro en esta obra. El Cor de la Generalitat estuvo de nuevo sobresaliente y ni siquiera las malas noticias que les han llevado a convocar la próxima huelga, impidieron que disfrutásemos de su enorme calidad. El protagonismo de sus componentes masculinos brilló en el acompañamiento a la cabaletta del acto I “Nell'argilla maledetta” o en el “Noi meniam la vita libera” del III y se mostró poderosísimo en momentos como el “Su fratelli” que cierra el acto II o en el coro del juramento. Las mujeres tienen una actuación mínima, pero aún así quisiera destacar dos aspectos, la homogeneidad, equilibrio y claridad que se apreció en su interno del inicio del acto II y la belleza en la ejecución muy matizada de su intervención desde el foso.

El reparto de solistas vocales mantuvo un nivel general bastante bueno, aunque hubo un intérprete que estuvo muy por encima del resto, el barítono polaco Artur Ruciński, en su cuarta visita a Les Arts, si no recuerdo mal, tras sus participaciones en Manon, Eugene Oneguin y Don Pasquale, al que en esta ocasión le tocó afrontar uno de los personajes más detestables del repertorio, el malvado Francesco… y estuvo imponente. Reconozco que cuando me encuentro con un cantante que controla el fiato y se recrea en frases larguísimas, bien ligadas y con buena dicción y expresividad, ya me tiene conquistado, y anoche Ruciński dio toda una lección en ese terreno. Me da igual que a veces se le vaya la voz un poco atrás o que escénicamente le falte un poco de chispa; con acentos nobles, fraseo sentido y expresividad vocal dibujó un malvado barítono verdiano de muchos quilates, en una actuación a la que hay que añadir el mérito de ir todo el tiempo arrastrando la pierna estirada, que digo yo que acabaría con un dolor muscular importante. Fantástico en su aria de salida y especialmente en su gran escena del acto IV. Bravo.

Pese a que durante un tiempo se anunció en el papel protagonista de Carlo de Moor a Fabio Sartori, finalmente, sin que sepamos por qué no vino Sartori, el rol ha sido asumido por el tenor Stefano Secco. Fue el que menos me convenció de todo el elenco. Presentó tirantez arriba, una emisión no del todo limpia en su aria de entrada y sobre todo un recurrente empleo de portamentos y empujones de voz que afearon un fraseo en el que, por otra parte, mostraba legato y estilo, pero huérfano de belleza.

La también italiana Roberta Mantegna fue una Amalia muy digna en un papel que es un auténtico campo minado lleno de trampas, escrito para el virtuosismo de la mítica soprano sueca Jenny Lind. Cantó Mantegna con delicadeza y buen gusto, con algunos matices interesantes y bien en el plano expresivo. Peor lo pasó con trinos y agilidades, pero como decía antes, solventó la papeleta muy dignamente, con timbre atractivo, suficiente volumen y homogeneidad de registros. En su debe hay que consignar que no apartase la mirada en toda la función de Roberto Abbado, desluciendo así sus prestaciones escénicas.  

El veterano Michele Pertusi fue un Conde de Moor de irreprochable acento verdiano, bello timbre, noble fraseo, perfecta dicción y gran sabiduría escénica; los problemas vienen con un cierto desgaste vocal que empieza ya a mostrarse y un volumen limitado que le impedía a veces superar la orquesta.

En papeles menores estuvieron mucho mejor de lo que me esperaba el Moser de Gabriele Sagona, Bum Joo Lee como Arminio y Mark Serdiuk como Rolla. Pese a alabar su desempeño no entiendo por qué para estos comprimarios no se tira del fondo del Centre de Perfeccionament.


Como muchos nos temíamos, el reclamo de Verdi no fue suficiente para conseguir llenar el teatro con un título muy desconocido para el gran público. Y esto es algo que no consigo entender. Precisamente si la obra es menos conocida debería motivarnos más a enfrentarnos con nuevas propuestas, pero parece que hay gente que sólo está dispuesta a ver todos los años lo que se sabe de memoria. En fin… Bastantes huecos en la sala, pero creo transmitir el sentir general si digo que los que fuimos nos lo pasamos estupendamente. Al final fueron ovacionadísimos Ruciński, el coro y la orquesta, habiendo grandes aplausos para el resto del elenco. La curiosidad final que no he conseguido aún aclarar es por qué no salió nadie del equipo escénico a saludar…¿flautitis aguda?...

Bueno pues hasta aquí esta primera crónica del año. Si os estáis pensando si vais o no a conocer a estos bandoleros verdianos, mi consejo es que lo hagáis, seguro que descubrís una partitura con muchas más sorpresas de las esperadas, un equipo vocal muy solvente y un coro espectacular que merece nuestro apoyo más que nunca.




ACTUALIZACIÓN A 11/02/19:
Los trabajadores del Cor de la Generalitat han acordado hoy desconvocar los paros que habían anunciado para las dos últimas funciones de I Masnadieri, los días 15 y 17 de febrero; para el concierto del 7 de marzo en conmemoración del 600 aniversario de la Generalitat; y para todas las funciones de Iolanta y La malquerida. Se supone que mañana se comunicará oficialmente la desconvocatoria al Tribunal d'Arbitratge Laboral (TAL) tras haber aceptado la Conselleria de Cultura que la regularización de la plantilla se lleve a cabo de forma progresiva y no sacando la totalidad de las plazas a concurso oposición.

Una muy buena noticia que espero se confirme definitivamente y ayude a garantizar la estabilidad de los miembros del Cor de la Generalitat y el mantenimiento de su excelencia artística.

martes, 22 de septiembre de 2015

PREMIOS HELGA DE ORO 2015. LOS GANADORES

Los visitantes de este blog, una vez más, han dictado sentencia votando aquello que les pareció mejor de la pasada temporada operística en el Palau de les Arts, y los Helga de Oro 2015 ya tienen dueños.

Lo primero, como siempre, es agradeceros vuestra colaboración a todos los que habéis participado dejando vuestros votos en las diferentes categorías propuestas. Estos premios nunca han tenido otro objetivo que el de pasar un buen rato e intentar reflejar la opinión del público de Les Arts respecto de lo ofrecido la temporada anterior.

Ha habido una producción claramente vencedora este año, y ha sido Norma, que no sólo ha obtenido con amplia mayoría el premio al mejor espectáculo, sino que se ha llevado también los correspondientes a dirección escénica, musical y mejor soprano. Es decir, 4 de los 6 Helga de Oro. Los otros dos premios, correspondientes a las voces masculinas, han sido para Don Pasquale, habiendo quedado sin premio producciones como Nabucco pese a contar con algunos aspectos muy reseñables.

Los galardonados de este año han sido:

Helga de Oro 2015 a la mejor dirección escénica: Davide Livermore por Norma

Por tercer año consecutivo, los seguidores del blog han decidido que el vencedor en esta categoría sea el actual Intendente del Palau de les Arts Davide Livermore, quien ya consiguiese la victoria el año pasado con La forza del destino y el anterior con la producción de La Bohème que precisamente inaugurará la pretemporada en apenas 10 días. En esta ocasión el reconocimiento ha sido por su trabajo en Norma, con una propuesta que reúne muchas de las virtudes y defectos habituales del polifacético y verborreico regista turinés.
Davide Livermore (Norma): 30 votos
Jonathan Miller (Don Pasquale): 24 votos
Yannis Kokkos (Nabucco): 8 votos

Helga de Oro 2015 a la mejor dirección musical: Gustavo Gimeno por Norma

He de confesar que me ha sorprendido bastante este premio. No tanto porque sea Gustavo Gimeno el vencedor, quien hizo suficientes méritos para ello y, siendo de la tierra, era fácil prever que tendría un fuerte tirón, sino sobre todo por la gran diferencia con la que ha obtenido la victoria, acaparando un 52% de los votos. Sin duda el trabajo de Gimeno en Norma, con el que debutaba en el foso operístico, fue destacable, aunque, personalmente, creo que tanto Abbadocomo Luisotti  merecían un mejor resultado.
Gustavo Gimeno (Norma): 32 votos
Roberto Abbado (Don Pasquale): 20 votos
Nicola Luisotti (Nabucco): 13 votos

Helga de Oro 2015 al mejor tenor: Maxim Mironov (Ernesto en Don Pasquale)

Pese a que se rumoreó que el tenor norteamericano Gregory Kunde, podría haber protagonizado el Pollionede Norma, finalmente no fue así, lo que posiblemente evitó que se hiciese con la estatuilla por tercer año consecutivo. Su compatriota Russell Thomas fue finalmente el elegido y no ha podido ser el galardonado, aunque ha quedado en un honroso segundo puesto a sólo 6 votos del vencedor, que ha sido el tenorino ruso Maxim Mironov, cuya elegancia, buen gusto y musicalidad emocionaron al público y compensaron otras carencias.
Maxim Mironov: 27 votos
Russell Thomas: 21 votos
Rafael Dávila: 9 votos

Helga de Oro 2015 al mejor bajo/barítono: Artur Rucinski (Doctor Malatesta en Don Pasquale)

Este año, en todas las categorías, prácticamente desde el inicio de las votaciones se han ido destacando claramente los ganadores finales; sin embargo, en este apartado de mejor bajo o barítono el resultado ha sido incierto hasta el último minuto, pudiendo haberse llevado el premio cualquiera de los tres candidatos. Al final la victoria ha ido a parar al polaco Artur Rucinski, quien se ha impuesto por tan sólo dos votos de diferencia al gran bajo danés Stephen Milling y al barítono griego Dimitri Platanias.
Artur Rucinski: 21 votos
Stephen Milling: 19 votos
Dimitri Platanias: 19 votos

Helga de Oro 2015 a la mejor soprano: Mariella Devia (Norma)

Donde no ha habido tanto suspense ha sido en la categoría del premio a la mejor soprano, donde desde el inicio se destacó claramente la italiana Mariella Devia. Ha sido una pena que dos fantásticas cantantes como Nadine Sierra y Anna Pirozzi, que tan altas prestaciones ofrecieron, hayan quedado en un segundo plano, pero lo cierto es que la prodigiosa exhibición de belcanto ofrecida por la veterana Devia merecía sin duda alguna este galardón. Personalmente, tardaré mucho tiempo en olvidar su maravillosa Norma.
Mariella Devia: 42 votos
Anna Pirozzi: 16 votos
Nadine Sierra: 5 votos

Helga de Oro 2015 al mejor espectáculo de la temporada: Norma

Pero si ha habido un apartado donde el ganador lo ha tenido chupado, con perdón, desde el principio, ha sido el correspondiente al mejor espectáculo de la temporada. Para los lectores de este blog no han existido muchas dudas acerca de que la producción del Palau de les Arts de Normaque vimos en marzo fue el espectáculo más redondo de todos los que pasaron por el teatro valenciano la pasada temporada, logrando finalmente la victoria con un 83% de los votos.
Norma: 46 votos
Don Pasquale: 9 votos
Nabucco: 6 votos

Bueno, pues hasta aquí los premios de este año. Como siempre digo, espero que dentro de doce meses, más o menos, podamos seguir por aquí hablando de premiar lo bueno que nos ofrezca el presente ejercicio operístico que se inicia el próximo día 2 de octubre con esa Bohème que abre la pretemporada.

Gracias de nuevo a todos los que habéis participado.

domingo, 1 de febrero de 2015

"DON PASQUALE" (Gaetano Donizetti) - Palau de les Arts - 31/01/15

Ópera 1 después de Helga.

Tras inundarse los últimos días los medios de difamación, digo manipulación, digo información, con noticias y chismes del Palau de les Arts nada edificantes, ayer, por fin, volvió a ser un estreno operístico el principal protagonista en el coliseo valenciano.

Había curiosidad por saber si la nefanda consellera Catalá asomaba el morro por el recinto operístico, en esta noche de estreno posterior a la presunta destitución (parece que no está formalizada) de Helga Schmidt como Intendente, y por saber si el público de Les Arts le iba a mostrar de algún modo su agradecimiento ante lo bien que, según El Mundo, está gestionando este tema y en general la política cultural de la Comunidad. Pero no pudo ser.

Parece ser que la señora consellera no asistió al estreno porque se hallaba en el acto de exaltación de la fallera mayor infantil de Valencia 2015. Chúpate esa. Con eso se dice todo. Quien sí estuvo fue Davide Livermore, el nuevo director artístico o Intendente o lo que sea del Palau de les Arts. Y es que nadie, ni la prensa cercana a la consellera, parece aclararse acerca del alcance del nombramiento del italiano, que se dice que tampoco está todavía formalizado.

Algo sí me gustaría decir de Livermore antes de entrar en el análisis puramente operístico de lo vivido ayer. Este hombre, como director escénico y responsable del Centre de Perfeccionament, ha demostrado muchas cosas. Como director artístico o Intendente, o ambas cosas, del Palau, creo que lo único que se puede decir de él hasta ahora es que habla mucho. Le plantan un micrófono delante y, como buen latino hiperactivo, larga todo lo que le viene a la cabeza, con buena intención, sin duda, pero me da la impresión de que sin calibrar demasiado el que sus palabras van a ser analizadas hasta la última coma. Pienso que en estos momentos debería mostrarse más cauto y centrarse en organizar su trabajo y sus planes de futuro, sin necesidad de contarnos todo lo que se le pase por la testa. Hemos pasado de una gestión casi secreta a un exceso de información que, además, muchos están utilizando con aviesas intenciones. Pero mira, una de las cosas que podría hacer es hablar con Potenciano y con su amiga Catalá para ver si pagan a los cantantes que actuaron en el inicio de temporada, porque si no, al final, entre unas cosas y otras, aquí no va querer venir a cantar ni Leonardo Dantés.

El aspecto que presentaba la sala fue bastante parecido al de estrenos anteriores, con huecos en platea y los pisos altos con más asientos vacíos que ocupados, y eso que me consta que en los últimos días se han repartido gratuitamente un importante número de entradas, cosa que, por cierto, si Helga continuase siendo la Intendente, hoy habría sido, por supuesto, portada de El Mundo. Este reparto de última hora, en las circunstancias que vivimos actualmente en el teatro, no me parece inocente y creo que responde al propósito de que se transmita la falsa imagen de que sin Helga todo va mejor. Pero bueno, esto es otro tema que da para mucho y ya habrá ocasión de ir comentando.

Jonathan Miller firma la dirección escénica de esta producción del Maggio Musicale Fiorentino, si bien en Valencia ha sido Rodula Gaitanou la encargada de dirigir esta reposición. Curiosamente, tuve la oportunidad hace casi tres años de ver en Londres una Carmen, representada en el pub King’s Theatre, con una dirección escénica de Gaitanou muy interesante. Por el contrario, el recuerdo de Jonathan Miller en Les Arts no puede ser peor. Su Don Giovanni creo que ha sido una de las mayores inmundicias de dirección escénica que han pasado por Valencia, posiblemente sólo superada por la Carmen de Saura.

Además del pésimo recuerdo del responsable de esta puesta en escena, las primeras imágenes que habían circulado de la misma mostraban una especie de casa 13 rue del Percebe que también me hicieron rememorar otra desafortunada dirección escénica, como fue la de Damiano Michieletto para El barbero de Sevilla.

Pues bien, pese a ir tan predispuesto contra lo que me iba a encontrar en escena, he de empezar por manifestar que considero en esta ocasión un acierto el trabajo de Miller y Gaitanou, con sus defectos, pero de un gran impacto visual, muy efectista y adecuado para el desarrollo de la acción, percibiéndose además un importante trabajo de dirección de actores con los solistas, al contrario de lo que ocurriese en Don Giovanni, donde sólo las escenas con el coro y figurantes presentaron algún interés.

El decorado representa una gran casa de muñecas en tres alturas, con tres estancias en cada una de ellas, donde cada detalle está estudiado al extremo, y en ese escenario único se desarrollará toda la trama. Al iniciarse la representación, tras la obertura, la gran casa se abre para enseñarnos su interior, entornándose las puertas en la última escena que se desarrollará delante de aquélla.

La principal crítica que debe hacerse de la propuesta de Miller es que la proyección de las voces no se ve precisamente favorecida, al estar encajonadas en esta escenografía que además se halla alejada del foso. Cuando en la última escena el tenor y la soprano cantan delante de la casa junto al foso, la voz por fin les corría libremente y daba la impresión de que se las hubieran amplificado.

Los intérpretes van exageradamente maquillados, como si fuesen muñecos o personajes de la comedia del arte italiana, y con un vestuario de época, clásico, que acentúa esa sensación de casa de muñecas, la cual se potencia todavía más con los movimientos de algunos personajes al final, como si fuesen autómatas. Lo que no entiendo es por qué esa visión clásica es absurdamente rota con la aparición de los sirvientes con paquetes de compras de Gucci, Prada, etc.

La iluminación juega un papel esencial creando ambientes en las diferentes estancias, especialmente en el crepúsculo de la segunda escena del tercer acto, originariamente desarrollada en el jardín y aquí delante de la casa de muñecas, donde se consigue un efecto de gran belleza y que favorece la intriga burlesca del episodio.

Los movimientos de los intérpretes están trabajados con inteligencia y gran sentido de la acción dramática, de forma muy adecuada al ritmo fluido y ligero de la partitura donizettiana. Los personajes están bien definidos en sus rasgos principales, con sentido del humor, pero sin caer en la excesiva exageración bufa que los ridiculice demasiado y haga poco creíbles.

Con ocasión del estreno en Florencia de esta producción, Jonathan Miller abrió esa boquita que tiene, especialista en soltar sandeces (recordemos aquel revelador “a mí no me gusta la ópera” que espetó en una entrevista con motivo de su Don Giovanni), diciendo a propósito de su propuesta para Don Pasquale que “en la vida somos como marionetas guiadas por una maquinaria interna, de ahí la casa de muñecas, metáfora del cuerpo y la vida”. La mamarrachada es sublime, digna de aparecer en facebook con la jeta de Paolo Coelho, pero tengo que reconocer que, en mi opinión, nos encontramos ante un trabajo de regia coherente y solvente que me hace reconciliarme en buena medida con Jonathan Miller.

Lo mejor de la noche, en cualquier caso, estuvo en el foso. Al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, volvimos a tener a un muy buen director. El milanés Roberto Abbado, a quien es inevitable que en todas las crónicas se aluda a su condición de sobrino del desaparecido genio Claudio Abbado, pero que es digno de reconocimiento por méritos propios. Méritos que ya se dejaron ver con los primeros compases, plenos de brío y garra, de una lectura de la obertura absolutamente antológica.

Ese nervio y fuerza en la dirección se mantuvo durante toda la noche, evitando que decayese la tensión en ningún momento. Jugó con las dinámicas de manera fantástica y, como él mismo había reconocido en la prensa los últimos días, compensó la densidad de la orquestación donizettiana mostrando un cuidado exquisito hacia las voces, lo que no evitó, sin embargo, que éstas quedasen superadas por la orquesta en momentos puntuales, pero no tanto por culpa de la dirección como por una escenografía que no ayudaba, y por la liviandad de alguna de ellas. En los concertantes se dejó ver también el control de batuta de un director extraordinario que durante toda la noche consiguió hacer surgir del foso unos sonidos mágicos, transparentes, como hacía mucho tiempo que no se escuchaban.

Si mañana anunciase el verborreico Livermore que Abbado, ya que está por aquí, se va a quedar de director titular, no sería yo quien protestase.

Mención especial merece entre los músicos el solista de trompeta que acompañó el aria de Ernesto. Lamentablemente, por mi posición no pude ver quién era, así que agradecería la información. (Era Rubén Marqués)

El Cor de la Generalitat tiene una escasa intervención en esta obra, pero nuevamente estuvieron a la altura de las exigencias escénicas y vocales, mostrándose solvente y divertido en el tin, tin di qua, ton, ton di là y magnífico en su actuación dramática como la nueva servidumbre de Don Pasquale tras su falso matrimonio.

El veterano Michele Pertusi se conoce al dedillo el personaje de Don Pasquale que ha convertido en uno de sus referentes. El bajo italiano es un experto en el género y se muestra perfecto en estilo, con un fraseo lleno de sapiencia belcantista. Supo moderar la vertiente cómica del papel, sabiendo ofrecer también el aspecto más entrañable del mismo. La voz es amplia, generosa, aunque acusa cierto desgaste. No comenzó demasiado bien y en su primer encuentro con Malatesta presentaba más tintes barítonales que de bajo y algunos problemas de emisión, por lo que el registro grave perdía contundencia y se me hacía difícil identificar quién de los dos cantaba. Poco a poco se fue yendo arriba y culminó una buena actuación.

Uno de mis grandes alicientes para ver este Don Pasquale estaba en la Norina de la jovencísima soprano norteamericana (26 años) Nadine Sierra, de quien había escuchado grandes elogios pero no su voz. Y no me defraudó. Quizás me sorprendió que me esperaba una voz más carnosa, con más presencia, más cercana a una lírica que a una ligera, pero no fue así. La voz es de soprano ligera, e hizo gala de una técnica magnífica. Marcó trinos, adornos y todas las exigencias de la partitura, y tan sólo mostró apuros en la coloratura de su aria de entrada, aunque debió ser algo puntual, pues en los actos siguientes estuvo impecable. Exhibió un portentoso control de la respiración y se permitió algunos reguladores de bella factura. En el apartado escénico estuvo entregadísima y divertida y supo dibujar vocalmente con maestría la doble cara del personaje.

Un sobresaliente Doctor Malatesta fue también el que nos ofreció el barítono polaco Artur Rucinski, a quien ya tuvimos en Les Arts como Lescaut en Manon y como Eugene Onegin en la temporada 2010/2011. Tiene una voz pesada, no especialmente bonita y con emisión algo atrasada, pero cantó extraordinariamente bien, con una implicación escénica también encomiable. Ofreció un canto ligado y fraseo intencionado, y culminó de forma sensacional las agilidades endiabladas del Aspetta, aspetta. Por todo ello me sorprendió muchísimo enterarme de que había cantado con un resfriado fortísimo y que a punto estuvo de salir a escena en la segunda parte, para sustituirle, el cover previsto.

Completaba el cuarteto protagonista el ruso Maxim Mironov, un tenor de tintes rossinianos, con facilidad en el agudo y dominio del registro de cabeza, aunque con una vocecita blanquecina, con vibratillo, de poca enjundia, que transmitía fragilidad. Sin embargo cantó con exquisito gusto, ligando el fraseo con elegancia, y tan sólo se echo en falta algún matiz que hubiera hecho brotar la chispa de la emoción dotando de mayor expresividad al personaje.

El público, al menos en la zona en la que yo me encontraba se comportó con bastante corrección toda la noche y las principales intervenciones de los solistas fueron premiadas con aplausos durante la representación. Al finalizar, la respuesta fue cálida, ovacionándose a todos los participantes, incluida la dirección escénica de Jonathan Miller y Rodula Gaitanou, aunque sin el entusiasmo de las grandes noches. Sí hubo una especial acogida hacia la labor de la orquesta y su director, y entre los solistas el más aplaudido sin duda fue Artur Rucinski.

Bueno, pues hasta aquí mi crónica de esta primera ópera sin Helga. Ojalá en los próximos días la situación se vaya normalizando y sólo lo musical sea noticia en el Palau de les Arts. Aunque conociendo a nuestra consellera y a su diario oficial, lo dudo.

Y desde aquí aprovecho para animaros a todos a asistir a un espectáculo muy divertido y de gran calidad musical. De verdad que vale la pena.



 

lunes, 24 de enero de 2011

"YEVGUENI ONEGUIN" (Piotr Ilich Tchaikovsky) - Palau de les Arts - 22/01/11


El pasado sábado se estrenó en el Palau de les Arts la ópera “Yevgueni Oneguin” de Tchaikovsky. Resultó llamativo de entrada el gran número de huecos visibles en la sala. Es verdad que en el reparto no había nombres famosos, que la gélida noche no invitaba a salir, que los precios de las entradas no menguan ni con el frío y que entre los asistentes estaba Rappel con su abrigo leopardino y sus gafas del revés, que eso asusta a cualquiera, pero me parece muy preocupante la poca capacidad de convocatoria de una ópera realmente preciosa.

Como no hay estreno valenciano que se precie sin que doña Helga nos brinde alguna sorpresa, en esta ocasión, tres días antes del mismo, como siempre sin previo anuncio ni posterior explicación, se sustituyó en la web de Les Arts el nombre de la Tatiana prevista, Amanda Echalaz, por el de Irina Mataeva, que se añadía así al cambio ya anunciado hace más tiempo de Anita Rachvelishvili como Olga, por Olga Belkina. No sé cómo lo hubieran hecho las cantantes ausentes, pero las sustitutas, siendo benévolo, diré que no destacaron precisamente.

Helga sigue con su política de Juan Palomo y los nombres de los artistas aparecen y desaparecen de la programación sin que los ignorantes que le pagamos el sueldo merezcamos ni una miserable nota explicativa.

La producción que se ha traído procede de la Ópera Nacional de Polonia y cuenta con dirección escénica de Mariusz Trelinski, de quien ya pudimos ver la pasada temporada su propuesta para “Madama Butterfly”. Como en aquella ocasión, la versión ahora presentada de “Yevgueni Oneguin” se caracteriza por su minimalismo escenográfico y está cargada de simbolismos, jugando un papel determinante la efectista iluminación de Felice Ross. En conjunto he de decir que el resultado me pareció positivo, aunque muy irregular, alternándose momentos muy inspirados con otros claramente fallidos, yendo en picado de más a menos.

Trelinski ha optado por incluir un personaje en escena no previsto en el libreto: Un mimo (ya sabéis cuánto me gustan los mimos) pintado de blanco que se pasea por la escena simbolizando un Oneguin anciano o un espíritu de éste. Al comienzo la cosa tiene su gracia y dota de gran poderío visual a algunas escenas, como la estocada simbólica que da a Tatiana condenándola desde el primer encuentro a su desgraciado amor, pero al cabo de un rato, como les suele pasar siempre a los mimos, acaba cargando al más pintado y lo único que consigue es entorpecer el seguimiento del drama.

Tampoco me gustó la pasarela Cibeles que se colocó rodeando el foso y que puntualmente usaban los cantantes para trasladar allí la acción, con esta manía de los directores de escena actuales de saltar "la cuarta pared” en cuanto pueden. Y encontré especialmente desafortunado que el momento final de la ópera tuviese lugar allí, con los cantantes delante de la orquesta, viéndose deslucido gratuitamente tanto el resultado musical como el impacto dramático de este fragmento esencial.

Por el contrario, me pareció acertado y muy inteligente el planteamiento escénico del primer acto (sensacional ese bosque) y de la escena del duelo del segundo, dotados de gran sencillez, con un alto valor estético y potenciando la carga dramática. Pero junto a esto, lamentablemente, el feísmo se apodera del comienzo del acto II, llegando a su punto culminante con la aparición del personaje de Triquet ridículamente caracterizado a modo de Electroduende con levita rosa, que por si fuera poco se ve acompañado en sus couplets por unos Cupidos con Dodotis y un hada que sale de un bulbo gigante que, como bien me señaló la amiga Mi, recordaba a una falla de sexta C.

La Polonesa que abre el acto III no tuvo mejor resolución, viéndose sustituida por un extravagante desfile de zombies sincopados en una sala con pinta de anuncio de Porcelanosa o discoteca viejuna de los 70, y la aparición de Tatiana con aspecto de femme fatale tampoco ayudó a dar coherencia a aquello.

A pesar de todo, como decía, creo que el resultado global general no es negativo y los aspectos criticados no llegaron a molestarme tanto como para considerar la propuesta de Trelinski rechazable, aunque sí fallida, ya que no culminó con éxito lo que tan bien empezó.

En lo musical, existía gran interés por ver como Omer Wellber afrontaba su segunda cita en el foso de Les Arts al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, tras el exitoso debut en “Aida”. A mi juicio, Wellber ha dejado claro que nos encontramos ante un buen director que además tiene el privilegio de contar con una excelente plantilla de músicos a su cargo y los resultados obtenidos hasta ahora son muy positivos y esperanzadores de cara a su futuro como director musical de la casa. Pero también tiene algunas cosas que mejorar, producto posiblemente de su juventud y del necesario periodo de rodaje y acople con la Orquesta.

Wellber esbozó una lectura apasionada, pulcra y detallista de la obra, consiguiendo mantener en todo instante la tensión dramática, y con algunos momentos de enorme intensidad, como en la fantástica introducción de las cuerdas al aria de Lensky, y exhibió una notable inteligencia concertante. En su debe ha de consignarse un volumen que, unido a unas voces no precisamente poderosas, tapó de manera inclemente en varias ocasiones a los cantantes, especialmente a Mataeva, con una escena final donde el desmadre decibélico fue exagerado, afeando el resultado. También se apreciaron algunos desequilibrios entre secciones, sobre todo en la Polonesa, aunque esto puede ser considerado normal en una función de estreno y es de prever que pueda irse ajustando en futuras representaciones.

Fuera de esto el rendimiento de la Orquesta fue espléndido, destacando la calidez y densidad de la cuerda y la precisión de los metales.

El Cor de la Generalitat volvió a hacer gala de su enorme calidad y, aunque también se apreció algún desajuste puntual con el foso, ofreció un rendimiento incuestionable, a pesar de tener que hacer frente a alguna coreografía mamarracha cum laude. Se ha suprimido en esta ocasión incomprensiblemente el Coro de Campesinos del principio del acto I, no sé si a instancias del director escénico o del musical.

Entre los solistas destacó claramente el Lensky de Dmitri Korchak. El tenor ruso no tiene una voz que me resulte especialmente bonita, sin embargo mostró una musicalidad excepcional, un legato impecable y un fraseo bellísimo, muy rico en matices, logrando alcanzar con su “Kuda, Kuda” el momento más emocionante de la noche con diferencia.

Artur Ruciński fue un Oneguin bastante correcto. Me gustó más que en su reciente papel de Lescaut en “Manon”. Presentó una agradable voz baritonal que proyectó con firmeza y suficiente volumen para hacer frente a las embestidas orquestales. Se le echó en falta un mayor poderío en el último acto y más implicación en el plano actoral.

La Tatiana sorpresa de Helga, Irina Mataeva, fue la gran decepción de la noche. No porque lo hiciese especialmente mal, pero es que un Oneguin sin una Tatiana que emocione, no es lo mismo. Esta soprano rusa, procedente del Mariinsky, no presentó deficiencias escandalosas, pero su canto es demasiado plano. Su voz lírica se movía cómoda en la zona central, con mayores apuros en cotas más comprometidas, con un volumen demasiado justito y sobre todo con unas limitaciones expresivas que son incompatibles con este personaje que precisa emocionar para ser creíble.

El bajo Günther Groissböck, como Gremin, destacó por su intencionado fraseo y contundentes graves en su preciosa aria. Bastante floja sin embargo estuvo Lena Belkina como Olga.
Helene Schneiderman fue una buena Lárina y mejor aún Margarita Nekrasova como Filíppievna, alcanzando profundidades muy notables con sus graves.

Emilio Sánchez, como Triquet, en su línea habitual. Mejor en el apartado actoral que en el vocal, aunque bastante hizo el hombre con no salir llorando del escenario tras ver la sonrojante pinta que se le había adjudicado.

El público asistente, salvo la señora del bolso con velcro que salió de la sala a la carrera (posiblemente para evitar su linchamiento), aplaudió a todos sin excepción, incluyendo a Trelinski que acudió al estreno, aunque los mayores bravos tuvieron por destinatarios a Korchak, Wellber y la Orquesta.

A pesar de los reparos que he hecho, la sensación con la que salí del teatro fue muy positiva, habiendo disfrutado de una estupenda noche de ópera, que tuvo su perfecto colofón en una cena con entrañables amigos que nos hizo olvidar el frío exterior y hasta el espantoso abrigo de Rappel.

Aunque Helga no se merezca que le hagamos publicidad gratis después de lo mal que trata al aficionado, como en el fondo soy muy bueno (y sobre todo, como sé que no me va a poder pagar ni con petromortadelos), desde aquí quiero animar a quien esté dudando si asiste o no a ver este “Yevgueni Oneguin”, o a quien tenga reticencias basadas en el desconocimiento de la obra o en que le imponga el hecho de enfrentarse a una “ópera rusa”, que acuda, que a buen seguro no saldrá defraudado. Tchaikovsky nunca falla.