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lunes, 24 de febrero de 2014

"L'ITALIANA IN ALGERI" (Gioacchino Rossini) - Palau de les Arts - 23/02/14

Ayer, tras las incertidumbres surgidas respecto al futuro del Palau de les Arts después de la cancelación de la ópera Manon Lescaut y la retirada de todo el trencadís de su cubierta, volvió a reanudarse la temporada operística del teatro valenciano, con el estreno de L'Italiana in Algeri, de Gioacchino Rossini.
 
Veremos cómo y cuándo se resuelve finalmente el recubrimiento del hoy patético Pelau de les Arts: si se vuelve a utilizar trencadís, si se pinta, o si algún genio decide que le ponen gotelé o papel pintado de los 70. A mí me da absolutamente igual. Lo importante es que el interior del edificio recupere su actividad a pleno rendimiento y que se garantice la continuidad de nuestro teatro de ópera con espectáculos de buen nivel, como el ofrecido ayer.

-Oye, yo paso ir al tostón ese de la ópera que me sobo
- Ya, y yo. Que vaya Helga.
De momento, el mensaje que se transmitió desde las instancias oficiales no pudo ser peor. Escasísima presencia de representantes políticos autonómicos valencianos. Tan sólo se dejó ver el Conseller de Economía Máximo Buch. El President Fabra debía estar buscando sus vaqueros o comprando el arreglo de cocido antes de ir a la Cridà fallera, pero no apareció. Y de la Consellería de Cultura, ni una mínima representación oficial tampoco que mostrase el apoyo a la reapertura de Les Arts. Una sonrojante vergüenza más, que deja bien a las claras el nulo interés que sienten por la cultura en el gobierno valenciano en general y en el departamento que dirige María José Catalá en particular, quien debería replantearse cambiar de denominación a su Conselleria por la de Fallas y chirigotas populares varias, pues su política tiene de cultural lo que su forma de gobernar de democrática: el nombre.

Entrando ya en materia, creo que pocas personas podrán discutir que, dentro de la producción de Rossini, Il barbiere di Siviglia es una ópera mucho más redonda en todos los sentidos que L’Italiana in Algeri. Sin embargo, cualquier parecido entre el Barbero sufrido la temporada pasada y la Italiana vista ayer, es pura coincidencia, ganando esta última por goleada. A las pruebas me remito, en Il Barbiere yo a los quince minutos ya estaba mirando el reloj y deseando que acabase aquel tostón; anoche, el primer acto de L’Italiana, de una hora y cuarto de duración, se me pasó volando. Y mérito de la obra no es. Hubo ante todo un responsable de que las cosas funcionasen especialmente bien, el director musical Ottavio Dantone, contribuyendo también de manera capital al éxito del conjunto la ágil y efectiva dirección escénica de Joan Font, así como un equipo de cantantes que, pese a sus puntuales carencias, lograron un resultado global muy positivo.

La dirección de escena de Joan Font es sumamente alegre y colorista. A mi juicio, logró el equilibrio justo entre el respeto estricto a lo escrito y el reforzamiento del carácter desenfadado y bufo de la obra, sin exageraciones, con una estética visual muy atractiva, con un vestuario impactante y un juego de luces inteligente. La escenografía es sencilla pero resultona y de efecto directo sobre el espectador, con unos cambios de escenas ágiles, muy bien resueltos, sin dejar que mermase en ningún momento el trepidante ritmo requerido.

La dirección del movimiento de actores se vio bastante trabajada, casi siempre con acciones en diferentes planos, pero sin abusos, sin que llegase a distraer lo secundario de lo principal, únicamente remarcándolo y creando los ambientes necesarios para que la trama fluyera y su carácter cómico no decayese. Por una vez, personajes no existentes en el libreto como el tigre o las acompañantes vestidas de negro, no sólo no molestaban sino que potenciaban el conjunto. Lo único que no me gustó fue el inicio del segundo acto con esos tres personajes en escena haciendo bobadas antes de la salida del director.

Ottavio Dantone retornaba a Valencia, tras la magnífica labor de dirección llevada a cabo la temporada anterior en La Flauta Mágica, para ponerse al frente de la Orquesta de la Comunitat Valenciana y, como ya dije antes, su trabajo anoche fue el principal responsable de que Rossini brillase en el escenario de Les Arts como merece. Tras el Barbero del año pasado, algunas personas me dijeron que habían llegado a la conclusión de que la música de Rossini no les gustaba; ayer algunas de esas mismas personas me confesaron haber redescubierto al compositor de Pésaro gracias, sobre todo, a un trabajo de batuta excelente que le hizo justicia.

Dantone comenzó poniendo las cosas en su sitio con una Obertura excepcional (por cierto, a telón bajado, como Dios manda, sin pretender distraernos de lo que debe primar en esos momentos que es la música). En ella, ya perfiló con sabiduría y precisión milimétrica todos los contrastes de la escritura rossiniana, con un manejo maestro del arte del crescendo.

Impuso un tempo ágil, vivo, alegre, donde la música fluía con naturalidad y se cogía perfectamente de la mano con la acción escénica, en una conjunción sólida que impidió que la tensión decayese un solo instante. Dantone, desde el podio, dirigió todas y cada una de las entradas de los cantantes, atentísimo  a lo que ocurría en escena, cuidando que los volúmenes no tapasen a los intérpretes, pero, al mismo tiempo, sin permitir que la orquesta perdiese la relevancia requerida. Si hubiera de mencionar un fallo, sólo señalaría un cierto desajuste entre escena y foso en el pasaje del coro de pappatacci.

Christopher Bouwman
Ese trabajo exquisito de dirección contó con la inestimable colaboración de una Orquesta de la Comunitat Valenciana inspiradísima, compuesta para la ocasión por apenas 40 miembros, pero que obtuvieron unos sonidos excepcionales. ¡Cuánto echábamos de menos el sonido de esta orquesta!... Detalles como la matizada percusión, la precisión de las cuerdas o la rotundidad de los contrabajos, se unieron a las magistrales intervenciones de Álvaro Octavio a la flauta o Christopher Bouwman al oboe, por cierto, precisamente la semana que se ha anunciado que este último dejará próximamente la orquesta para integrarse en la Suisse Romande. Muy mala noticia.

Merece destacarse también el preciso, y pocas veces valorado en su justa medida, trabajo de José Ramón Martín al clave.

El Cor de la Generalitat, compuesto en esta ocasión únicamente por sus integrantes masculinos, volvió a brindarnos una actuación magnífica, pese a algún desajuste como el ya comentado antes, recordándonos el privilegio que supone poder disfrutar de una agrupación de este nivel. Debe destacarse además su comportamiento en escena, desenvuelto y divertido, potenciando el tono giocoso de la obra. Además, como en tantas otras ocasiones, se percibía que ellos mismos se lo estaban pasando fenomenal.

Junto a la presencia de Dantone al frente de la orquesta, el mayor aliciente para mí de esta producción se centraba en la presencia en Valencia de la mezzosoprano Silvia Tro Santafé, en el papel de Isabella. Y no me defraudó en absoluto. La cantante valenciana tiene una voz de bello timbre y amplio registro, con un centro consistente, unos graves de peso y audibles y una zona aguda luminosa y timbradísima. Su canto estuvo caracterizado por una extrema musicalidad, pureza en el fraseo y un exquisito gusto a la hora de manejar el instrumento, como hizo en “Per lui che adoro”, con unas medias voces y matices preciosos. Solventó las coloraturas con limpieza y precisión y firmó un “Pensa a la patria” muy meritorio. Por hacerle un reproche, quizás por la perfección técnica y corrección canora demostrada, acabase resultando un tanto fría o distante, pero ante una ejecución de semejante nivel, ya quisiera yo muchas frialdades así.

Antonino Siragusa interpretó el complicado papel de Lindoro. El tenor italiano es un auténtico especialista en partituras rossinianas y se maneja con estilo, soltura y arrojo en las complicadas trampas escritas por el maestro de Pésaro. Estuvo muy valiente toda la noche, moviéndose como pez en el agua entre las agilidades y por el registro más agudo. Su voz, aunque de tonalidades blancuzcas, tiene volumen y cuerpo, algo no muy habitual en los tenores ligeros rossinianos, el problema es que las sonoridades son excesivamente craneales y nasales, con algún deje gatuno, y su fraseo algo tosco, tendiendo a dejar sonidos abiertos, todo lo cual afeaba un tanto el resultado final que, no obstante, sólo puede considerarse positivo.

Tras la desaparición del barítono Erwin Schrott del cartel de L'Italiana in Argeli a diez días del estreno, de la que ya hablé en este blog y sobre la que desde Les Arts siguen sin pronunciarse, el papel de Mustafá fue asumido ayer por el desconocido bajo turco Burak Bilgili. La voz es bonita, con resonancias de auténtico bajo, aunque paradójicamente carecía de graves, o, al menos, no le resultaban audibles, probablemente por una mala técnica de emisión. Le faltó un punto más de autoridad vocal, pero escénicamente estuvo impecable dotando al personaje de la vis cómica imprescindible, cuidando mucho la intención en su fraseo, pese a algún problema de dicción. Creo que la nota final también debe ser positiva.

Más flojo me resultó Giulio Mastrototaro como Taddeo. Es innegable que estuvo divertido y entregadísimo en escena, pero vocalmente no hace falta ir demasiado lejos para encontrar mejores defensores del rol.

Los cantantes del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo Anabel Pérez Real (Elvira), Cristina Alunno (Zulma) y Germán Olvera (Haly), cumplieron con corrección, destacando igualmente por su buen comportamiento en escena.

La sala volvió a mostrar demasiados huecos en un estreno (los pisos 3 y 4 estaban prácticamente vacíos), pero el público asistente, aunque no destacó por su calor, se veía que se lo pasaba bien. Al finalizar se ovacionó a todos los intervinientes y a la dirección escénica de Joan Font, que recogió unánimes aplausos y bravos.

Como siempre, parece que me toque a mí lo más selecto de la sociedad valenciana en mis inmediaciones. Ayer, un ser presuntamente homínido, nos deleitó a todos con su estulticia y embrutecimiento. Comenzó por entrar y salir de su butaca, molestando a toda la fila, unas 4 ó 5 veces antes de comenzar la representación. No contento con eso, nada más iniciarse la obertura enchufó el móvil y se puso a consultar las novedades de facebook tarareando mientras la música y molestando con sus graznidos y la luz del teléfono a todos los presentes. Llegué a pensar que no estaba mirando nada, sino que lo único que quería era iluminar sus facciones para que viésemos lo guapo que era, pero claro, deseché la idea al vislumbrar sus rasgos, propios de un cruce antinatura entre Boris Karloff y un King Kong alopécico. Redondeó su actuación comentando a gritos con sus compañeros de butaca (que por cierto debían ser del mismo zoo porque le entendían sus rebuznos y le reían las gracias) lo que ocurría en escena. A los insistentes chisteos y reproches de muchos de nosotros, respondía con chulería y haciendo más ruido, provocándonos también después al encenderse las luces.

Yo les pediría a los chicos y chicas que vigilan la sala que tratasen de controlar mejor este tipo de comportamientos y se tomasen las medidas oportunas para expulsar del teatro a esta gentuza que no sabe respetar unas normas mínimas de convivencia.

En fin, nos quedaremos con que la temporada operística se ha reanudado y confiaremos en que la cosa se mantenga. Y ya puestos hoy a hacer peticiones, hare otra:

Por favor, señoras y señores del gobierno valenciano y otras instancias competentes, un día de estos que estén ustedes ya aburridos de jorobar al ciudadano busquen en el diccionario (ese libro gordo que tienen sin desprecintar en la estantería) el significado de la palabra pensar y pónganla en práctica. Es gratis e incluso gratificante. Al principio puede que sea un poco doloroso poner en movimiento la neurona atrofiada y hasta es posible que se les escape algún cuesquete del esfuerzo, pero después se acostumbra uno a razonar y hasta tiene su gracia.

Piensen. Hagan lo posible por mantener una actividad musical y operística de nivel en este teatro. Tienen lo principal: la sala y unos cuerpos estables de relevancia internacional. Da igual que el exterior del edificio tarde en recuperar el lustre de los años del pelotazo, lo importante es que se siga ofreciendo en el interior una oferta cultural de primer rango que va mucho más allá de ser, como piensa el President del arreglo de cocido, un divertimento para ricos. No es cierto. Es un activo cultural de la sociedad valenciana que contribuirá a tener mejores y más formados ciudadanos… Aunque también es verdad que igual, precisamente eso, es lo que no les interesa a ustedes.


video de PalaudelesartsRS

 

lunes, 28 de marzo de 2011

"L'ELISIR D'AMORE" (Gaetano Donizetti) - Palau de les Arts - 26/03/11

El pasado sábado tuvo lugar la última noche de estreno de esta fugaz temporada en la sala principal del Palau de les Arts valenciano, con la ópera de Donizetti “L’Elisir d’Amore”. Aún quedará una ópera más, “Mefistofele” de Arrigo Boito, pero será interpretada en versión concierto y en el nefasto Auditorio.

Este “Elisir” es una coproducción entre el Palau de les Arts y el Teatro Real, y, a la vista de la línea de programación que ha impuesto el amigo Mortier, me temo que en Madrid va a tardar bastante tiempo en poderse ver.

La dirección de escena corre a cargo del italiano Damiano Michieletto y empezaré dejando claro que me gustó mucho. Se ha trasladado la acción de la granja italiana del libreto a un chiringuito en una playa mediterránea, donde Adina es quien lo regenta, los segadores son familias de bañistas, los soldados son marineros de permiso y el falso doctor Dulcamara se troca en un chulo de playas, vendedor de bebidas energéticas, que se dedica a trapichear con drogas. De hecho, el elixir es sustituido aquí por una bolsita con polvos blancos, que tienen que mezclar con agua para que luego tenga sentido el libreto cuando se habla de que “la botella se agita, se destapa…”, aunque las referencias posteriores al vino de Burdeos no haya por dónde pillarlas. Leído así se le ponen los pelos de punta a cualquiera, pero el resultado final fue muy satisfactorio.

Es verdad que se le pueden hacer bastantes reparos, y los más puristas criticarán ciertas licencias, posiblemente con razón, pero lo cierto es que el público se lo pasó en grande, incluido yo, que ya sabéis que me suelo aburrir soberanamente con esta ópera, y daba la impresión de que los que estaban sobre el escenario también estaban disfrutando con su trabajo. Y eso al final es lo importante.


Michieletto ha planteado una propuesta enormemente fresca, colorida, ágil y entretenida. Quizás demasiado entretenida. Porque el principal punto que se le puede criticar, precisamente, es que se ofrece demasiada información visual, excesivos planos de acción, lo que tiende a distraer al espectador de lo que realmente importa. Mientras Nemorino intenta conquistar a Adina, unos hacen aerobic, otros juegan al fútbol o se zampan un arroz al horno en biquini, y es casi imposible no acabar apartando la atención de lo puramente musical.

Otro aspecto criticable a mi juicio fue la decisión de que Nemorino cantase el aria “Una Furtiva Lagrima” subido en el tejado del chiringuito. Me pareció estéticamente atrayente que mientras cantaba abrazase el nombre de Adina en el neón iluminado y que al finalizar el aria se fuesen apagando progresivamente las letras, pero creo que no era la mejor ubicación para proyectar la voz, y, sobre todo, me indignó el hecho de que se hiciese aparecer a Adina en escena deambulando antes de que Nemorino acabase su melancólica aria.

Nemorino no aparece aquí retratado con unos rasgos tan acusados de tonto del pueblo como en otras producciones, sino que su diferencia respecto al resto de personajes se ha acentuado más desde una perspectiva social, como tipo sin recursos que trabaja de chico para todo.

Al positivo resultado final contribuyó también de forma decisiva la excelente iluminación de Alessandro Carletti, creando la ambientación requerida en cada momento y mostrando el discurrir del día con los inteligentes cambios de luces.

Como en todo chiringuito que se precie, una marca de cervezas, otra de refrescos de cola y una más de helados, tienen permanente publicidad a la vista, con lo que imagino que Helga igual ha sacado una ayudilla para sus polvorientas arcas, y no es descartable que se imponga como sistema de obtener ingresos en futuros montajes, así que cualquier día nos vemos a un Scarpia con una camiseta de publicidad de tomate frito. Como me comentó un amigo durante la cena “por un momento pensé que cuando salió Vargas a cantar la Furtiva Lagrima iban a decir: Poca Cola Light patrocina este aria”.

Ya lo he comentado en alguna ocasión, pero reitero que no me parecen bien las licencias en la traducción de la subtitulación. Creo que se deberían limitar a traducir simplemente lo que se dice y, si chirría más o menos, que asuma el director de escena las discordancias que pueda haber, pero, aunque sea una bobada, cambiar los escudos y ducados del libreto por euros, me pareció una majadería.

En el apartado musical, Wellber dirigió con sus habituales aspavientos e hiperactividad a una Orquestra de la Comunitat Valenciana que, una vez más, sonó increíblemente bien, a pesar de los desajustes y desequilibrios puntuales que ya son habituales en los estrenos, y de que hubo cierta precipitación en los tempi. Destacaron en sus intervenciones solistas el fagot de Salvador Sanchís, Magdalena Martínez a la flauta y José Ramón Martín en el fortepiano. También hay que alabar a los contrabajos que continuaron tocando aguantando estoicamente la imprevista lluvia de espuma que les llegó desde el escenario en un momento dado.

Una mención muy especial merece hoy el fantástico Cor de la Generalitat. Y en esta ocasión aún más si cabe, pues a su buen hacer en el terreno musical hay que añadir un trabajo escénico impresionante, enormemente exigente, combinando el canto con las múltiples actividades playeras impuestas por la regia. Y no sólo lo hicieron bien, sino que además evidenciaban que se lo estaban pasando pipa.

Con el quinteto vocal solista creo que se ha logrado el nivel más alto y homogéneo de la temporada, y aunque parecieron comenzar un poco fríos, acabaron todos ellos por cuajar una fantástica actuación, empezando por un Ramón Vargas inconmensurable.

El tenor mejicano fue de menos a más, comenzando algo inseguro, pero finalizando pletórico. Hizo gala de su depuradísima técnica, exhibiendo una bellísima línea de canto, una elegancia mayúscula y gran expresividad. Es un placer escuchar hoy a tenores que son capaces de cantar tan bonito sin gritos ni aspavientos, delineando puro bel canto a base de legato y musicalidad. El momento siempre esperado de la famosísima “Una Furtiva Lagrima” ha quedado ya archivado en mi memoria como uno de los instantes mágicos vividos en este teatro. Vargas elevó en este fragmento aún más el listón y maravilló con un portentoso fiato e increíble elegancia melódica, esculpiendo un aria majestuosa, donde su voz se proyectaba con una delicadeza extrema, como si se deslizase lentamente por la sala en una invisible alfombra de seda, culminando en un final excelso, donde la emoción se desbordó por completo. Lástima que el típico mentecato de turno rompiese el hechizo iniciando un desafinado bravo cuando la música aún no había dejado de sonar.

Aleksandra Kurzak compuso una solvente Adina, muy implicada en lo actoral y luciendo una voz bonita y fresca, aunque resultase algo pequeña. Se apreció alguna cortedad en los agudos, y ciertos problemas de afinación, especialmente en el primer acto, pero su actuación general fue muy notable, resolviendo las complicadas coloraturas del segundo acto con limpieza y precisión.

Ya sé que ahora parece que hablar bien de Erwin Schrott casi esté mal visto, pero es imposible no elogiar el carismático Dulcamara que crea el uruguayo. Borda el personaje, aquí reconvertido en un chulo de playas que trapichea con droga. Lució su vozarrón de enorme volumen, con algunas resonancias profundísimas, y una buenísima dicción. Ya en su aria de entrada, “Udite, udite”, obtuvo los primeros bravos de la noche y, a partir de ahí, se creció aún más, sobre todo en la parte actoral, donde es un maestro. Se come absolutamente la escena y se desenvuelve con una tremenda soltura. El problema es que hace demasiado el ganso, poniendo tanto énfasis en su faceta de actor que se ve perjudicado en muchos momentos el fraseo, siendo habitual la pérdida de impostación.

Fabio Capitanucci fue también un estupendo Belcore. Nunca le había escuchado en directo y hubo quien no me dio precisamente buenas referencias de él, pero he de decir que me gustó bastante. Presentó una voz potente, homogénea y robusta, que proyectaba con suficiencia, con unos graves contundentes y su actuación dramática fue más que aceptable.

También es de destacar la Gianetta de Ilona Mataradze. La joven soprano georgiana sacó petróleo de este breve papel, luciendo una voz francamente bonita y muy bien colocada, estando acertadísima en sus intervenciones junto al Coro, y llevando a cabo un trabajo escénico infatigable durante toda la obra como camarera choni: sirviendo copas, fregando vajilla, limpiando las mesas, pasando el mocho y marcándose un animado baile al final del primer acto encima de una mesa.

Como decía al principio, el público se lo pasó en grande y lo demostró con fuertes aplausos para todos los participantes tanto musicales como escénicos, siendo Erwin Schrott quien cosechó los mayores bravos en una de las más sonoras ovaciones que he escuchado yo en este teatro.

Creo que fue la primera vez que en Les Arts anuncian por megafonía antes de comenzar la función y después de los descansos que no se olvide el público de apagar los teléfonos móviles. Y el aviso tuvo sus frutos. Yo no escuché ni un maldito soniquete en toda la noche, cosa rara en este teatro.

Muchas toses, eso sí, como siempre. Aunque lo peor vino al final, cuando comenzaron los aplausos muchísimo tiempo antes de que acabase la música, privándonos a los demás de escuchar los últimos compases, para, inmediatamente después, salir a la carrera cual manada de búfalos con cistitis en estampida.

No quiero acabar sin comentaros el Expediente X de la noche. Nada más finalizar los largos aplausos tras la Furtiva Lagrima, se escuchó claramente en la zona de la orquesta un sonido de acople de amplificación. Me dijeron que parecía ser que se trataba del fortepiano que contaba con algún tipo de ayuda sonora. Yo no sé más.

Otras opiniones: Titus, Maac

lunes, 16 de noviembre de 2009

"LA SCALA DI SETA" (Gioachino Rossini) - Teatre Martin i Soler - Palau de Les Arts - 15/11/09


Ayer pudimos asistir en la sala Martín y Soler del Palau de Les Arts de Valencia a una excelente representación de ópera, con la producción del ROF de Pésaro de “La Scala di Seta” de Gioachino Rossini, en la que disfrutamos con la espléndida dirección artística de Damiano Michieletto, inmejorablemente reforzada por la adecuada escenografía y vestuario de Paolo Fantin, desarrollándose una puesta en escena original, imaginativa e inteligente que ayudó a engrandecer, sin duda, una obra musical de tono menor del genio de Pésaro.

Como ya comenté en mi anterior post, la escena se desarrolla en un plano de planta arquitectónica a Escala 1.1 del apartamento de Giulia. No sé si será una idiotez mía o la idea del plano a escala tendrá algo que ver con el doble sentido de la palabra “Scala”. El caso es que sobre el plano se dibujan las diferentes estancias del apartamento, el cual carece de paredes y los personajes simulan abrir y cerrar puertas inexistentes o se apoyan sobre muros invisibles, pero el seguimiento de la trama es perfectamente comprensible, favorecido además con el espejo que cierra el escenario, a modo de telón de fondo, en ángulo de 45 grados y permite el seguimiento de la trama incluso por las zonas que no están a la vista, como el jardín (¡magnífica la escena final con los sucesivos personajes reflejados mientras simulan que trepan desde el jardín al tejado y a la ventana de Giulia!). Esa ausencia de cerramientos verticales favorece el seguimiento y dota de agilidad a una historia que juega permanentemente con los malentendidos y que exige la presencia en escena de hasta seis personajes entrando en el apartamento, saliendo o escondiéndose en él.

La farsa se ha trasladado a la actualidad sin perder un ápice de su sentido original, y dibujándose unos personajes de nuestro tiempo plenamente reconocibles para todos, sin que se desvirtúe el libreto, más bien, si me apuran, al contrario.

Es de destacar una dirección de actores cuidada, exhaustiva, que exige muchísima entrega y concentración a los intérpretes, y que ayuda a remarcar el perfil de los diferentes personajes, quienes están en escena en continuo movimiento, y siempre en plena concordancia con la música que se escucha.

Se le podrían criticar ciertos aspectos que coincidirían con los reproches que he efectuado repetidamente a los montajes de La Fura dels Baus, y que he de reconocer que encontré que podrían estar de más. Así, durante la ejecución de la obertura, se abre el telón y los tramoyistas van llenando el escenario vacío con los muebles de las diferentes estancias e incluso colocando a los cantantes en posición. Una propuesta que me pareció muy interesante visualmente, pero que originaba ruidos que molestaban la escucha de la brillante obertura rossiniana. También hubo momentos en que quizás hubiese sido deseable prescindir de tanta sobrecarga de planos de acción, como por ejemplo durante la interpretación del aria de Giulia "Il Mio Ben Sospiro e Chiamo", que se vio acompañada por las risas de un público que estaba casi más pendiente de lo que hacía en la habitación contigua el personaje de Germano que de la delicadeza del canto de Dolores Lahuerta. No obstante, a diferencia de lo que me ocurrió con La Fura, los pros de la propuesta superaron con mucho a los contras.

Pese a ser una ópera en un acto, al igual que ocurrió en Pésaro este verano, se hizo un entreacto, tras el cual el personaje de Blansac sale al escenario frente al telón bajado y comienza a entonar el aria “alle voci dell’amore” (originariamente “alle voci della gloria”). Un aria que, como nos informó en su día Joaquim en su blog, no estaba incluida en la ópera y fue añadida, precisamente, por Alberto Zedda. El que se trate de un aria no incluida por el autor en la trama se soluciona escénicamente de forma inteligentísima, haciendo que comience a cantarse en el proscenio a telón bajado y, cuando éste se abre y durante todo el desarrollo del aria, quienes ocupan el escenario no son los personajes, sino los propios artistas, el personal técnico y los directores escénicos como si hubiesen sido sorprendidos de improviso por la reanudación de la función en pleno descanso, volviendo a retomarse la trama a la finalización del aria.

Si la dirección artística merece un sonoro Bravo, otro tanto hay que decir respecto a la musical. El maestro milanés Alberto Zedda, director artístico del ROF Pésaro y del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo, dirigió a los estupendos músicos de la Orquestra de la Comunitat Valenciana con enérgica batuta, demostrando su conocimiento de la partitura rossiniana, y dotando a la misma de toda la frescura, agilidad y brío que la farsa requería. Quizás se le pueda reprochar, aunque roce el anatema, no haber controlado en ciertos momentos ese ímpetu para compensar las limitaciones vocales de algunos de sus alumnos solistas.

Dentro de la orquesta, que rindió de nuevo al máximo nivel, es justo destacar el extraordinario papel de José Ramón Martín, quien estuvo impecable en el clave.

Los jóvenes cantantes del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo que actuaban como cantantes solistas derrocharon entrega dramática, sentido escénico y vis cómica. En el ámbito vocal no es momento de hacer reproches con la lupa puesta, ya que se está en proceso de formación y todos ellos tienen mucho tiempo por delante para pulir defectos y potenciar virtudes. Unos más que otros, desde luego.

Sin duda, destacó por méritos propios Dolores Lahuerta, como Giulia, haciendo gala de una voz de soprano lírica de gran volumen, exquisitamente timbrada, con la que afrontó con suficiencia y aparente comodidad las agilidades de la partitura y nos obsequió con unos agudos brillantes y segurísimos. Dramáticamente, como el resto del elenco, estuvo entregadísima, llegando a cantar, por ejemplo, mientras realizaba ejercicios de fitness. Esta mujer tiene un instrumento que precisa, ya mismo, de papeles de mayor envergadura, y estoy convencido de que está llamada a importantes éxitos muy pronto en los principales recintos operísticos.

Respecto al resto del reparto, Hans Ever Mogollón, como Dorvil paso algunos apuros puntuales, aunque tuvo momentos donde lució un buen control del fiato y gran expresividad vocal, y se agradeció que renunciase a los exigentes sobreagudos del aria “Vedrò qual sommo incanto”.

Germano es el personaje conductor de la obra. En esta producción se nos presentó como un criado filipino, y requiere de un cantante con unas grandes dotes para la comedia y con resistencia física. Lluís Martínez cumplió en este sentido sobradamente. Fue de menos a más en sus prestaciones vocales, con una actividad permanente en escena, teniendo que cantar mientras plancha, dobla la ropa, limpia el polvo, cocina… y por si fuera poco hace malabarismos con todo lo que encuentra a su mano (naranjas, rollos de papel higiénico…). Fue interesante escuchar como en los recitativos Martínez recalcaba el acento asiático del personaje.

Ekaterina Metlova compuso una Lucilla descarada y provocativa, desenvolviéndose en escena con una soltura irreprochable. Lució más en los recitativos y las réplicas a Blansac que en su aria “Sento talor nell'anima”. Es poseedora, no obstante, de una materia prima interesante que deberá trabajar más.

Isaac Galán fue un Blansac limitado en el aspecto vocal, pero con un extraordinario comportamiento actoral.

Javier Tomé, como Dormont, cumplió en un papel muy breve y poco agradecido.

El público, con numerosa presencia de gente joven, finalmente llenó la sala, pese al gran número de entradas que quedaban por vender hace apenas un par de días (¿se regalaron a última hora?), y ovacionó largamente el espectáculo ofrecido, con especial intensidad para Dolores Lahuerta, Lluís Martínez, la dirección artística y, sobre todo, el maestro Zedda, quien fue premiado con una lluvia de flores por parte de sus alumnos presentes en la sala.

A destacar también la presencia en primera fila de mi amiga Helga Schmidt, quien no paraba de incorporarse para controlar el foso, ignoro con qué motivo (¿abrir expediente disciplinario al que tocase con desgana o se riese del profesor?), lo que sé es que el pobre señor que estaba tras ella no hacía más que buscar por diestra y siniestra un campo de visión que no fuera obstaculizado por la abultada presencia de la Schmidt. Y a ver quién era el valiente que le decía algo… Si hubiese estado Kynan Johns

Aquí podéis leer la excelente crónica que ha escrito Titus.

Para finalizar podemos escuchar a William Mateuzzi interpretando el aria de Dorvil "Vedrò qual sommo incanto", y este no se come ni una nota:



video de vilaph