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sábado, 11 de diciembre de 2010

"MANON" (Jules Massenet) - Palau de les Arts - 09/12/10


El pasado jueves día 9 se estrenó la segunda de las óperas de la temporada en el Palau de les Arts, “Manon” de Jules Massenet, que vino marcada por la polémica previa acerca de la cancelación que Lorin Maazel anunció, alegando enfermedad, de su participación en todas las funciones que tenía previsto dirigir, manteniendo sin embargo su concierto de Navidad del día 22, lo que ha suscitado múltiples comentarios sobre si realmente está enfermo o se trata de una excusa para eludir la dirección de una ópera que no le es próxima, o que ante un resultado previsiblemente no muy brillante prefirió bajarse del carro. Comentarios que ya surgieron también en 2009 cuando ocurrió algo similar antes del estreno del “Faust” de Gounod (también con Vittorio Grigolo de protagonista, por cierto). Sea como fuere, lo cierto es que el francés Patrick Fournillier fue finalmente el encargado de la dirección musical en el estreno de esta producción que contaba con la dirección artística del norteamericano Vincent Paterson.

Se trata de una coproducción entre Los Angeles Opera y la berlinesa Deutsche Staatsoper Unter den Linden que tiene ya unos cuantos años y que es conocida por el gran público gracias al DVD editado en 2007 de una de las funciones berlinesas, con dirección musical de Daniel Barenboim y con Anna Netrebko y Rolando Villazón en los papeles protagonistas.

La versión traída ahora a Valencia respeta básicamente la puesta en escena vista entonces, aunque, lamentablemente, ni Barenboim estaba en el foso, ni Anna Netrebko fue Manon y, ¿quién me lo iba a decir?, ¡hasta añoré a Villazón! Pero vayamos por orden.

La puesta en escena es lo único que me convenció medianamente de la noche. El director artístico Vincent Paterson es un famoso coreógrafo que ha colaborado en trabajos de cantantes como Michael Jackson o Madonna, y a él se deben las coreografías de películas como “Evita”, “Closer” “Hook” o “Bailando en la Oscuridad”. En la propuesta presentada, la acción se ha trasladado de la Francia del siglo XVIII original, a los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, con elementos muy cercanos al musical y guiños a la época dorada de Hollywood, como esa Manon-Marilyn del tercer acto o la escena final con un atardecer estilo “Lo que el viento se llevó”.

Es de agradecer que se prescinda de elementos tan habituales hoy como grúas, cantantes colgados por los sobacos o mareantes proyecciones videográficas, para centrarse en una escenografía, obra de Johannes Leiacker, muy vistosa, colorista y ajustada al drama, de corte clásico pese al cambio de ubicación temporal, y en una dirección artística en la que se plantea una lectura respetuosa con el libreto y en la que se ha trabajado la dirección de actores de forma coherente con aquella.

El impacto visual del conjunto es innegable, destacando el vestuario de Susan Hilferty, y pocos elementos hay que chirríen. A mi juicio, tan sólo las apariciones en escena de unos sujetos llevando unos focos móviles, como si todo se tratase de un rodaje cinematográfico, pero que generaban ruidos muy molestos sin aportar nada especialmente importante. Y chocante resultó también comprobar que las monjas del seminario de Saint Sulpice… llevaban tacones. Pero en conjunto, como decía, la dirección de escena acabó siendo lo mejor de la noche.

En lo musical, tras la cancelación del maestro Maazel, había gran curiosidad por ver cómo se desarrollaba la relación de Fournillier con la Orquestra de la Comunitat Valenciana, y el resultado no fue nada afortunado. El director francés ofreció una lectura vivaz y dinámica de la partitura, deteniéndose con intensidad en los fragmentos más líricos, pero todo quedaba sepultado por un torrente acústico desmedido y sin conseguir encontrar el ajustado punto de empaste de la Orquesta.

Si alguien tiene el email de Fournillier debería hacerle llegar con urgencia la información del otorrino más próximo a su domicilio, porque el director galo debe tener un grave problema auditivo. Ya dije cuando dirigió “Iphigénie en Tauride” que había abusado de los decibelios, pero lo del jueves fue homérico. Quizás quería que su tía la de Toulouse oyese el concierto sin salir de casa, porque los volúmenes de la Orquesta llegaron a ser estruendosos. Baste decir que en algún momento llegaron incluso a tapar los berreos de Grigolo, que ya es decir.

Es probable que el mediocre resultado orquestal de este estreno fuese fruto de insuficientes ensayos como consecuencia de la improvisada incorporación a última hora de Fournillier, pero lo cierto es que, sobre todo en el primer acto, los desajustes fueron importantes y el único empaste que se apreciaba en la orquesta era el de la muela del juicio del trombón solista. No obstante, esperaremos a las sucesivas funciones para ver si se consigue una mayor compenetración entre el director y los músicos.

El Cor de la Generalitat Valenciana tampoco tuvo precisamente su mejor día y también fue en el primer acto donde se apreció una mayor falta de conjunción, aunque conforme avanzaba la representación su rendimiento fue mejorando, pero lejos de sus mejores noches.

La soprano estadounidense de origen hispano Aylin Pérez, que fue la encargada de dar vida a la protagonista, tiene una voz demasiado ligera para el papel, de agradable timbre, con escaso volumen, que quedaba reiteradamente tapada por el huracán Fournillier. Lució aparente facilidad para el agudo, pero tendiendo a abrirlos y chillarlos. Su zona grave era áfona y me resultó bastante sosa en escena, aunque no se le puede discutir su entrega y sus intentos por matizar, pero sus continuas desafinaciones acabaron por deslucir el resultado final.

Vittorio Grigolo, como Caballero Des Grieux, estuvo antológico… perdón, quería decir mitológico… porque a la mitología habría que acudir para encontrar semejante cruce entre pollino y cabra como el que presenta la voz del italiano. De Vittorio Grigolo siempre he dicho y mantengo que creo que tiene un instrumento con grandes posibilidades que desperdicia cantando mal. Y es una lástima. Su voz, aunque de bello color, carece totalmente de graves y temblequea cual ovejita lucera. Su técnica respiratoria es muy deficiente, lo que hace que cada vez que coge aire suene como un asno rebuznando. Se dedica a berrear todo lo que le echen, con la única preocupación del alarde exhibicionista y sin importarle el repertorio que afronte.

Su Des Grieux, como no podía ser menos, es lamentable. Muy efectista, pero absolutamente inapropiado y fuera de estilo. La sobreactuación actoral y vocal del italiano no sirve en una ópera como esta que, lejos de impropias interpretaciones veristas, exige musicalidad, delicadeza y elegancia en el fraseo. Sobreactuar no implica necesariamente intensidad emocional, y Grigolo, cuanta más pasión quería mostrar en escena, más aspavientos hacía y más gritaba. Es una pena que este hombre no consiga domar ese caudal de voz que tiene y debería dejar de una vez de intentar imitar a Villazón.

Para no ser del todo injusto diré que deben consignarse en su haber algunos agudos realmente brillantes y bien colocados y que en determinados momentos apianó con gran belleza, pero enseguida llegaba el grito, el golpe de glotis y el descontrol escénico. El hipogrito huracanado final del italiano, barritando como un elefante con hemorroides, es de las cosas más horrísonas que se han escuchado en un teatro de ópera desde que a un tramoyista del MET, en 1971, le cayera un foco sobre el dedo meñique de su pie.

Del resto del reparto tan sólo destacaría al Lescaut del barítono polaco Artur Ruciński, futuro Onegin en Les Arts, que cantó notablemente bien, pese a que tiene una voz un poco pesada y atrás.

Más discreto el Guillot de Emilio Sánchez, aunque su comportamiento escénico fue destacable. Y mucho más flojos me parecieron Raymond Aceto, como Des Grieux y Andrea Porta como Brétigny.

La asistencia de público a este estreno fue paupérrima. El patio de butacas, con numerosos asientos ocupados por invitaciones, presentaba un aspecto medianamente aceptable, aunque al comienzo del último acto se apreciaron muchas deserciones, pero los pisos altos estaban prácticamente vacíos (en el cuarto piso, 15 personas). Muy triste. Si con una ópera francesa relativamente conocida y con bellas melodías y arias este es el panorama, a “1984” igual vamos un servidor y la cuñada de Maazel.

Al finalizar la función, hubo aplausos para todos los intervinientes, sin llegar a ser entusiastas, excepto al salir Vittorio Grigolo, donde un sector ovacionó y braveó, al tiempo que se escuchaban algunos abucheos ruidosos pero aislados.

Cuentan que cuando Barenboim dirigió esta obra en Berlín dijo que “Manon” es una ópera que no debe interpretarse sin grandes figuras, y después de lo visto el jueves habrá que dar una vez más la razón al maestro.

Y una advertencia para los que todavía sigan confiando en la información que proporcionan en Les Arts: pese a que se dice que la duración de la función es de dos horas y media, el día del estreno, incluyendo los descansos y sin apenas tiempo de aplausos, la duración total llegó casi a las tres horas y media.

Para quitarme el mal sabor de boca (y oídos) de esta “Manon” finalizo con este video, que dedico especialmente a la amiga Assai, del tenor francés Leopold Simoneau cantando “En ferment les yeux”, del acto II de “Manon”, sin gritos, sin rebuznos, con sensibilidad y elegancia:


video de forallyouknow

martes, 13 de abril de 2010

"LA TRAVIATA" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 10/04/10


El pasado sábado tuvo lugar en Les Arts el estreno de la última de las óperas de la temporada 2009-2010 y la que más demanda de entradas había generado. “La Traviata” de Giuseppe Verdi es posiblemente la ópera más popular del repertorio italiano y suele ser escogida como acercamiento al género de los no iniciados. Eso motiva que sea realmente complicado conseguir entradas incluso cuando, como es el caso, el reparto vocal no sea especialmente conocido.

Pese a estar vendida la totalidad del aforo hubo algunos huecos en platea y, por supuesto, en esos palcos reservados para invitaciones que, ni con "La Traviata", consiguen que las posaderas VIP se dignen llenarlos, mientras el público aficionado tras horas de espera haciendo cola se queda con la frustración de no conseguir entrada.

La coproducción presentada del Arena Sferisterio de Macerata y la Fundación Pergolesi Spontini de Jesi, cuenta con la dirección artística de Henning Brockhaus y escenografía de Josef Svoboda.

Esta puesta en escena, conocida popularmente como “La Traviata de los espejos”, se caracteriza por el gran panel de espejos en ángulo de 60 grados que cubre la totalidad del fondo del escenario, reflejándose en él tanto lo que ocurre sobre el mismo visto desde arriba y detrás, como el suelo cubierto por telones pintados que son los que van creando los diferentes ambientes en los que se desenvuelve la trama.

Estéticamente resulta impactante, generando unas composiciones visuales atractivas que, sin embargo, sólo consiguen su efecto pleno vistas desde el patio de butacas.
Aunque siempre es arriesgado intuir qué narices quieren decir los directores de escena con sus más o menos osadas propuestas, parece que en este caso el espejo simbolizaría la doble moral de la sociedad. En la última escena, mientras la vida de Violeta se apaga, un foco ilumina directamente la platea y el panel de espejos se eleva hasta un ángulo de 90 grados, reflejando así no sólo lo que ocurre en el escenario, sino también el foso y el patio de butacas. Como me comentaba la amiga Assai, posiblemente se tratase de aludir a la vigencia del mensaje y a que todos nosotros formamos también parte de esa sociedad de doble moral. No sé si será así o no, pero en cualquier caso ese concreto momento escénico me pareció un error descomunal, por cuanto la luz sobre las butacas y el reflejo de los espectadores lo único que hace es distraer a estos en el intenso final.

Por otra parte, la dirección de actores es de una vulgaridad y sosería aplastantes y se concentra especialmente en coros y figurantes, dejando a los solistas en muchas ocasiones perdidos en escena, tiesos como palos. Especialmente significativo fue en este sentido la llegada de Giorgio Germont en el acto II y su posterior dúo con Violeta, un momento crucial de la obra, en el que hubo menos movimiento que en un museo de cera.

En el terreno musical, tras haber quedado maravillados con la reciente lectura de “Cavalleria Rusticana” llevada a cabo por Lorin Maazel, había gran expectación por ver “La Traviata” que nos brindaba el Maestro. Y el resumen de lo vivido sólo lo puedo expresar con una palabra: decepción.

Hubo numerosos desajustes entre foso y escena, la orquesta se mostraba desacompasada, la sección de cuerda no acababa de sonar como siempre lo hace… pero, sobre todo, Maazel daba la impresión de estar cumpliendo una rutinaria obligación, muy alejada de la intensidad que vive y transmite en las representaciones de Cavalleria (como en la del domingo sin ir más lejos, a la que tuve también la suerte de asistir). Fuere por lo que fuese, el caso es que la varita mágica de Maazel parecía haber sobrepasado el plazo hasta medianoche concedido por su hada madrina y haberse vuelto a trocar en vulgar batuta, porque la emoción no llegaba a la sala.
El archifamoso brindis fue un cúmulo de despropósitos entre el berreante Grigolo y una orquesta que parecía perderse. Y un momento musical tan propicio para haber vivido alguna genialidad del Maestro como es el preludio del acto III, fue ejecutado correctamente, pero con alarmante frialdad.
En Cavalleria el uso de los tiempos y las intensidades que hace Maazel puede ser discutible, pero es coherente con el conjunto de la lectura que efectúa. En “La Traviata” hubo unos pocos chispazos inconexos, pero que no acababan de encender la emoción: algunos pianísimos exagerados sin venir a cuento, paradas en seco de la orquesta, y un final “alla Maazel”, rotundo y explosivo, pero que después de lo escuchado quedó como un simple acto de exhibicionismo.

Quiero pensar que el decepcionante resultado fue fruto de unos insuficientes ensayos y que con las sucesivas representaciones irán subsanándose muchos defectos.
Dicho todo lo anterior me gustaría dejar claro que la ejecución musical ofrecida por la Orquesta de la Comunitat Valenciana fue correcta, pero con lo mal acostumbrados que nos tiene Maazel, esperaba mucho más y encontré una Traviata muy normalita.

El Coro de la Generalitat volvió a ofrecer un excelente rendimiento, aunque también fuesen apreciables algunos puntuales desajustes con el foso.

La rusa Hibla Gerzmava fue la encargada de asumir el rol protagonista, tras caerse del cartel Marina Rebeka sin previo anuncio ni explicación alguna por parte de los ineptos gestores administrativos de Les Arts, en una muestra más de incapacidad e indecente menosprecio al público.
Gerzmava fue sin ninguna duda la gran sorpresa y la triunfadora de la noche. En el primer acto tuvo un inicio inseguro y alguna dificultad con la coloratura, aunque solventó el “Sempre Libera” con nota alta. En los actos segundo y tercero, posiblemente más adaptados a su voz, dio una auténtica lección de canto. No tiene Gerzmava una voz especialmente bella, presentando algunos sonidos demasiado fijos, pero cantó con un gusto exquisito, matizando y derrochando toda la emoción que se le echaba de menos al foso. En el concertante del final del segundo acto estuvo sencillamente perfecta y su "Addio del Passato" estuvo cargado de delicadeza.

Vittorio Grigolo fue un nefasto Alfredo. Grigolo tiene una voz que podría ser bonita si el amigo supiera cantar, pero no es el caso. Toda la noche parecía empeñado en imitar los histriónicos recursos de Villazón, pero sin tener las cualidades que pudiera tener en su día el mejicano. Absurdos golpes de glotis, estentóreos berreos, deficiente técnica respiratoria, graves inexistentes, agudos abiertos y un horrísono fraseo, fueron todo su bagaje musical. Este es un cantante que, si de verdad quiere dedicarse a esto, debería cuidar su voz, estudiar mucho y centrarse en el repertorio operístico que mejor se ajuste a su vocalidad, en lugar de andar por ahí haciendo bolos como crooner guaperas, dándole igual cantar Verdi, rancheras o el himno de la Legión.

Gabriele Viviani compuso un Giorgio Germont vocalmente apocado, con demasiadas carencias en el registro grave, lo que no contribuía a hacer demasiado creíble el papel, como tampoco lo hacía el burdo maquillaje y el traje "tres tallas más" que parecían más propios de una función fin de curso. Cantó con gusto y suma corrección, pero no parece ser éste el papel que mejor se adapta a sus condiciones vocales, requiriendo una voz de mayor peso.

Volvió a destacar, esta vez en el pequeño papel de Annina, la excelente cantante del “Centre de Perfeccionament Plácido Domingo” María Luisa Corbacho.
Otra cantante del “Centre de Perfeccionament”, Ekaterina Metlova, fue una Flora Bervoix discreta. El resto de comprimarios estuvieron correctos, y muy notable fue la actuación de los bailarines Ricardo Sánchez, Esther Jiménez y Laia Salvador.

El público asistente al estreno fue un ejemplo de lo contagiosa que debe ser la tisis. Mientras Violeta tosía en escena con discreción casi inaudible, aunque su vida se extinguía consumida por la enfermedad, algunos ocupantes del patio de butacas, pese a parecer bien sanotes ellos, tosían y carraspeaban con sonoro alarde por encima del volumen de las trompas.

Al finalizar hubo entusiastas aplausos para todos los participantes, especialmente para una emocionada Gerzmava, y tan sólo se escucharon unos escasos y aislados abucheos entre muchos bravos al saludar Grigolo.

En definitiva, una Traviata aceptable, normalita, pero que a quienes esperábamos mucho más de Maazel, nos ha resultado bastante decepcionante. Espero que en las sucesivas representaciones mejore la cosa. Como tengo previsto acudir a la última, si mi impresión varía prometo contarlo.

De momento, finalizo esta entrada con el "Addio del passato" de Anna Netrebko en "La Traviata" de Salzburgo en 2005:


video de omraamm
Podéis leer también la estupenda crónica de Titus
Y otras opiniones diferentes en las críticas publicadas en La Razón, El País, Las Provincias y Levante.

martes, 10 de febrero de 2009

FAUST (Gounod) - Palau de Les Arts - 08/02/09

Finalmente, asistí a la representación del "Faust" de Gounod que venía siendo noticia últimamente más por sus cambios de reparto que por sus propuestas artísticas. El resultado del conjunto me pareció altamente positivo, pese a algún despropósito que ya nos temíamos.

Se trata de una coproducción del londinense Royal Opera House, la Opéra de Monte-Carlo, la Opéra de Lille, y la Fondazione Teatro Lirico Giuseppe Verdi de Trieste, que cuenta ya más de 20 años. La puesta en escena original de David McVicar, adaptada por Bruno Ravella, es espectacular, de tintes clásicos, aunque la acción se traslade ligeramente de época y lugar (de la Alemania del siglo XVI a la Francia de finales del XIX), con un tono sombrío y gótico que considero muy adecuado al drama mefistofélico, apoyado por una escenografía de Charles Edwards barroca e impactante. El cuidado movimiento escénico y el inteligente uso de los espacios permiten el seguimiento de la acción, jugando en muchas ocasiones con los segundos planos. La escena del crucifijo, provocadora donde las haya, el episodio heroinómano de Fausto, la bailarina embarazada y el travestismo de Schrott en esa noche de Walpurgis que acaba en orgía, me parecieron lo más chocante y prescindible de esta puesta en escena que, en general, valoro muy positivamente.
La iluminación de Gary Dooley resultó efectista cuando debía serlo y ayudó a conseguir el tono sombrío buscado por la regia sin pecar de oscuridad.
El vestuario de Brigitte Reiffenstuel es muy vistoso, aunque mostrase algunos anacronismos.
El típico ballet de toda ópera francesa que se precie se incluye en esta ocasión en la escena de la Noche de Walpurgis, con coreografía de Esther Balfe. Unos buenos bailarines, descalzos, protagonizan un interesante número a modo de paródica “Giselle”.

En el apartado puramente musical, empezaré por lo mejor: El Coro de la Generalitat, sin duda. Excelso. No se puede hacer mejor. ¡Qué barbaridad!. La capacidad de asombro ante la emoción desmedida que genera este grupo de hombres y mujeres, con su perfección, sigue superando cualquier expectativa. El empaste y poderío que demuestran en cada intervención alcanzó su culminación en el brillantísimo coro masculino "Gloire immortelle de nos aïeux" del acto IV.

Frédéric Chaslin fue el encargado de sustituir al frente de la Orquesta de la Comunitat Valenciana al presunto enfermo Lorin Maazel. Maazel nunca ha dirigido "Faust", con lo que no podemos saber como lo hubiese hecho. Todo apunta a que muy bien como suele ser norma en él. No obstante, me cuesta creer que Maazel hubiera conseguido superar la emotividad, la fuerza, el dramatismo, la expresividad y la poesía que logró transmitir ayer Chaslin. Sin duda el francés conoce bien el repertorio y manejó la batuta con autoridad, guiando las secciones con precisión milimétrica y extrayendo unos sonidos cálidos y robustos de esta Orquesta, extraordinariamente cohesionada, que muestra cada día mayor musicalidad y perfección. A los músicos se les ve disfrutar con lo que hacen, y transmiten al oyente ese placer de tocar bien. Impecables estuvieron todas las secciones. Una vez más, volvió a lucirse el primer clarinete en un par de solos espléndidos, así como el primer violín, quien en la Cavatina “Salut, demeure, chaste et pure” alcanzó un grado de lirismo exquisito, derrochando todo el sentimiento que el tenor no logró acabar de transmitir.

En cuanto a las voces solistas:

Mario Cassi, como Valentin, demostró potencia y buen gusto, superando los escollos de su aria "Avant de quitter ces lieux" con aparente facilidad y mostrando un fraseo elegante. Lástima que como actor resultase muy mejorable.

La Siebel de Ekaterina Gubanova estuvo aceptable, aunque anduvo un poco falta de fuelle y el vibrato afeaba su gama alta. En ocasiones se desconcentraba en su actuación y la cojera de su personaje igual era exagerada que milagrosamente inexistente.

Annie Vavrille como Marthe dibujó bien el perfil de su personaje aunque el timbre de su voz no me resultó nada atractivo.

Vittorio Prato fue un Wagner simplemente correcto, pasando sin pena ni gloria por el escenario en ese corto y poco lucido papel.

Vittorio Grigolo estuvo muy bien en el complicado papel protagonista. Comenzó su interpretación del anciano doctor con un look y movimientos un tanto exagerados que me recordaron al Dick Van Dyke de Mary Poppins. Vocalmente, este comienzo fue adornado inteligentemente por el italiano, acentuando el vibrato para avejentar una voz que, tras la transformación, surgió con toda su frescura y claridad. Exhibió volumen y buen control del fiato, así como una descarada facilidad para los agudos, si bien tendían a abrirse en alguna ocasión, sin que acabase de redondearlos. Le faltó capacidad de matización y de regular intensidades, lo que hizo que no transmitiese toda la emotividad que en ciertos pasajes, especialmente el dúo con Marguerite del acto III, se hacen imprescindibles.

Erwin Schrott fue de menos a más. Comenzó bastante reservón, pero en la segunda mitad refulgió esa maravillosa voz, amplia, poderosa y consistente con que regala nuestros oídos el uruguayo. Su presencia escénica es imponente y perfiló magistralmente el aspecto sarcástico y seductor del rol, aunque no acabó de sacar toda la maldad de Méphistophélès, si bien estuvo impresionante en la escena de la maldición de Marguerite, posiblemente lo mejor del uruguayo, con un tremendo "Marguerite, sois maudite! à toi l'enfer!". En cualquier caso, el Sr. Netrebko fue con diferencia el gran triunfador de la velada.

Alexia Voulgaridou, aunque no os lo creáis, no es una de mis cantantes favoritas. ¿Qué le vamos a hacer?. No puedo evitarlo, a mi esta señora no me gusta. Algo haría bien, pensaréis. Pues sí: saludar elegantemente al final y largarse de una escena que jamás debía haber pisado. Bueno, para ser justos, en la dificilísima escena final bastante hizo con que no se le calase el motor. Sacó toda la fuerza que pudo y se movió en la zona alta con unos agudos, algo planos, pero bastante aceptables, sin perder la compostura ni quebrarse. Fue lo mejor de su actuación, aunque ignoro si acabaría defecándose encima, pues el esfuerzo se veía que era límite. El timbre de su voz es agradable, pero en cuanto tiene que moverse con fluidez hacia la zona grave o realizar un mínimo salto interválico, se quiebra su línea de canto y la voz se desmorona, al estilo de (perdóneseme la herejía) la Callas de los últimos años. Personalmente, me parece inaceptable que se coloque en este papel a una mujer absolutamente incapacitada para las agilidades y adornos. En el comienzo del aria de las joyas resultó simplemente ridícula, con unos grititos desacompasados patéticos. Se preparó bien los agudos para alcanzarlos con seguridad y con eso asegurarse el aplauso fácil. Tuvo a bien la griega, eso sí, para que su leyenda no decaiga, de obsequiarnos con un inmisericorde gallo poco antes de comenzar la escena final. Consiguió algunos buenos momentos en que jugó con las medias voces y filados, pero su capacidad de transmisión de emociones es nula. Su voz me parece profundamente inexpresiva, con lo que su actuación, en el mejor de los casos, acaba siendo fría, sosa, aburrida, vulgar.

Al final disfrutamos de un extraordinario espectáculo operístico que ni la vulgar consiguió empañar.

De postre, para desengrasar, este video de Schrott en plan torero:

video de fritz51269