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viernes, 28 de marzo de 2014

"SIMON BOCCANEGRA" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 27/03/14

Decía el otro día la Intendente Helga Schmidt en una entrevista, que en el Palau de les Arts “vamos de milagro en milagro”. Y realmente, tal y como está la situación en el coliseo valenciano y ante el desamparo en el que se encuentra por parte de las instancias políticas autonómicas y estatales competentes, es verdad que es un milagro que siga pudiéndose desarrollar una programación operística de nivel relevante en nuestra ciudad.

Ayer, uno de esos milagros volvió a hacerse realidad con el estreno de la ópera Simon Boccanegra, de Giuseppe Verdi, en la producción propia de Les Arts que pudo verse en Valencia en 2007, con el protagonismo esta vez, en el papel del corsario Simon reconvertido en Dux, del tenor reconvertido en barítono, Plácido Domingo y la presencia en el foso de un director musical de cierto renombre como es el italiano Evelino Pidò.

El milagro del que hablo es el hecho mismo de que pueda montarse una producción de estas características y con estos nombres en el momento actual. Cosa distinta es que luego los resultados artísticos obtenidos sean más o menos satisfactorios. Y en este sentido tengo que empezar por manifestar que ayer no salí precisamente satisfecho del teatro. Por diferentes motivos. Principalmente por una dirección musical, a mi juicio, desafortunada, y unas voces, en general, decepcionantes.

Sobre la dirección musical de este Simon hubo absoluto silencio durante meses, motivado, en un principio, por el proceso de negociación con el maestro Wellber respecto a la fecha en que dejase la dirección de la orquesta titular de Les Arts. Después, los problemas de agenda y compromisos adquiridos por diferentes directores, tuvieron en vilo al aficionado hasta hace bien poco tiempo, cuando finalmente se conoció que sería el maestro turinés Evelino Pidò quien subiría al podio en todas las representaciones, salvo la última en que lo hará el alcoyano Jordi Bernàcer.

De Evelino Pidò siempre se comenta cuando se promocionan sus actuaciones que es el director de referencia de famosos cantantes como Angela Gheorghiu, Roberto Alagna o Elina Garanca. No sé si diciendo esto se pretende hacerle un favor, pero yo lo percibo como si (perdonen los antitaurinos la comparación) se buscase alabar una ganadería diciendo que es la preferida de las grandes figuras del toreo, cuando posiblemente lo único que indique esa preferencia sea su blandura y falta de bravura para facilitar la posturita pinturera y sin riesgo del diestro de turno. En nuestro caso, cuando leí el comentario sobre Pidò lo primero que pensé es que estaríamos ante un director que antepondría el cuidado a las voces y a las exigencias y características del divo de turno, frente a cualquier intento de hacer brillar la partitura verdiana.

Y no sé si es porque iba con esa predisposición, pero la verdad es que la sensación con la que salí anoche fue la de haber asistido a una labor de batuta que no consiguió transmitir ese plus de emoción, ese aliento verdiano, que hace que una gran partitura como es esta, además de belleza musical deje un poso de emoción. Y en esta ocasión, la emoción vino más de algún instante esporádico de sabio fraseo verdiano del veterano Domingo, con todos los peros que se le quieran poner, que del foso.

La dirección de Pidò me resultó plana. Es complicado encontrar, en una partitura tan rica en color y matices como esta, una lectura tan carente de brillo y contrastes como la que ayer perpetró Pidò. Puso el piloto automático del forte y sólo pasó a modo manual al final del primer acto, para subir aun más el volumen hasta los mismos límites del reventón de tímpanos, y en la escena final, donde, por fin, apianó el sonido de la orquesta. Más que una batuta parecía que llevase un garrote en la mano, por la tosquedad de una dirección con menos sutilezas que un concurso de ventosidades de puercos del Pirineo.

Desde luego, si algo no se le puede negar es que adaptó los tiempos de la orquesta a las necesidades de Domingo, y en ocasiones aquello difería notablemente de los Boccanegra que podemos estar acostumbrados a escuchar. En eso sí estuvo condescendiente con el cantante. Pero, contra lo que yo pensaba a priori, no cuidó en absoluto el volumen de la orquesta y avasalló las voces de forma inmisericorde. Esto no es el primer director que lo hace. El mismo Maazel más de una vez tiró de decibelios sin prisioneros, pero, mientras lo hacía, conseguía que la orquesta brillase en todo su esplendor y nos ofreció versiones personalísimas y bellísimas. Pidò no. Su visión de Boccanegra me pareció simplista, efectista y chimpunera, con incapacidad para la creación de atmósferas y el mantenimiento de la tensión dramática.

En los concertantes tampoco estuvo acertado y el ajuste fue imposible. El bellísimo trío del segundo acto fue un disparatado ejemplo. Allí cada uno iba a la suya: la orquesta a todo volumen y al pachín pachón que marcaba el batutero; Domingo a su ritmo; Guanqun Yu en forte permanente, y Magrí entrando tarde y desafinando como sólo él sabe.

Eso no obsta para que el rendimiento de la Orquestra de la Comunitat Valenciana fuese espléndido, con unos violonchelos intensos y estremecedores, unas trompas, y metales en general, gloriosos, y las virtuosas intervenciones de Francisco Javier Ros en el clarinete bajo, Tamás Massànyi al clarinete, y Pierre Antoine Escoffier con el oboe.

El coro en Simon Boccanegra tiene un papel preponderante y se convierte en un personaje más que ha de tener toda la relevancia que el maestro Verdi quiso imprimirle. Aquí, otra vez más, el Cor de la Generalitat no falló y estuvo rotundo y poderoso, haciéndose oír incluso por encima del tsunami sonoro alentado por Pidò.

Si alguien pretende asistir a este Simon Boccanegra comparando al protagonista con las versiones de referencia que cada uno tenga, mal vamos. Ir a escuchar a Plácido Domingo cantando de barítono hay que planteárselo de forma distinta. Hay que saber que se va a ver el Simon de Plácido. Habrá algunos a quien, como a mí, nos compense la fuerza dramática del madrileño, la intencionalidad de su fraseo o su poderío escénico; y otros que lanzarán pestes porque aquello se parezca al original como un huevo a una castaña, y tendrán razón.

Personalmente, me siento afortunado de poder disfrutar todavía en los teatros de un monstruo de la escena como Domingo y de una voz que, esto sí que es un milagro, a los setenta y tantos años siga teniendo frescura, pese a que cada año se perciba más pérdida de brillo, sonidos más abiertos, mayor fatiga y un arsenal de trucos más extenso que los Presupuestos de Montoro. Y a mí  me compensa una frase cantada con auténtico sabor verdiano, bien respirada y con sentido del drama, como ese “figlia” que puso fin al dúo del acto primero. Volviendo al símil taurino, me reconozco como esos aficionados que se zampaban con ilusión una soporífera Feria de San Isidro con tal de haber podido contemplar un par de naturales dibujados a la vieja usanza por Curro Romero.

Al igual que hiciese en I due Foscari, volvió a morirse Domingo pegándose tremendo batacazo, sin que hayamos leído hoy en la prensa que se haya roto la cadera, con lo cual aumentan nuestras sospechas de que no es humano y en realidad se trata de un cyborg cantarín.

No me desagradó Guanqun Yu como Amelia Grimaldi, aunque más por ser la tuerta en el país de los ciegos que porque nos ofreciera algo extraordinario. Tiene una voz lírica, timbrada, con volumen y que brilla en la zona alta y se proyecta con fuerza, sin embargo cantó todo el tiempo en forte y fue incapaz de matizar ni una sola frase. Su pronunciación sigue siendo ininteligible y el acento verdiano estuvo de vacaciones, pero fue una Amelia aceptable para lo que se cocía en escena.

Para el papel de Jacopo Fiesco se anunció al principio de temporada al gran bajo ruso Ildar Abdrazakov. Posteriormente, sin aviso, como es mala costumbre en Les Arts, desapareció del cartel, apareciendo en su lugar Vitali Kovaliov, un bajo ucraniano del que la única referencia que yo tenía era, nada menos, que haber sido el Wotan de La Valquiria dirigida por Daniel Barenboim que abrió la temporada milanesa en 2010.

Tiene Kovaliov una voz profunda, oscura, que da el pego de que nos encontramos ante un bajo “de acero”, como exigía Verdi al rol, pero que, en cuanto cantó un poquito, nos demostró ser más bien un bajo de mantequilla. Cada vez que bajaba a la zona más grave, su voz desaparecía y era sustituida por un eructillo áfono y su fraseo, además, fue plano y completamente falto de emoción. Personalmente salí muy defraudado con un cantante del que esperaba bastante más.

Ivan Magrì fue un Gabriele Adorno de voz fea y técnica deficiente. Ya conocemos todas sus carencias de anteriores actuaciones. Es incapaz de regular o apianar, y cuando lo intenta pierde la impostación y la voz se cae. Desafinó reiteradamente, tuvo varias entradas fuera de tiempo, y en escena estuvo tenso como un pasmarote. Tuvo algunos agudos de buena factura y no le faltó arrojo, pero masacró su aria y estuvo muy lejos de brillar como el personaje merece.

Tampoco me convenció el Paolo de Gevorg Hakobyan, un barítono rudo, de voz cascada y al que le eché en falta carácter y presencia vocal.

Estuvieron bastante correctos en sus pequeños papeles Serguéi Artamonov, Valentino Buzza y Chiara Osella.

Yo no tuve ocasión de ver en 2007 esta producción, así que este era mi primer contacto con la dirección de escena concebida por Lluis Pasqual, adaptada para esta reposición por Leo Castaldi, y creo que, en general, puede calificarse de positiva.

Dos de sus características: la oscuridad y la presencia permanente del mar, se adaptan perfectamente al libreto. La escenografía es mínima y tan sólo con unas celosías o enrejados móviles van creándose los diferentes escenarios y ambientes, con la imprescindible colaboración de una inteligente iluminación, si bien en este apartado hay que reprochar los reflejos y luces de fondo que en algunos momentos molestan bastante en la platea.

No hay un trabajo excesivo en los movimientos de actores y el vestuario no me pareció nada del otro mundo, pero en conjunto, como decía, resulta una puesta en escena eficaz, que no molesta y que deja que fluya el drama con relativa facilidad.

Como ya viene siendo tristemente habitual, nuevamente un estreno mostró demasiadas butacas vacías. Yo sigo insistiendo en que mantener más caras las entradas de la primera función, además de no tener sentido, no puede compensar. Ayer, además, el público estuvo bastante frío. Es cierto que desde el foso tampoco es que se estimulase la emoción, pero los aplausos fueron tibios y esporádicos. Al finalizar la representación sí se escucharon muestras de aprobación algo más rotundas, sobre todo para Plácido Domingo.

Y una vez más también voy a tener que hacer referencia al lamentable espectáculo vivido en el cuarto piso. Aquello parecía ayer una verbena de barrio: comentarios permanentes en voz alta, bolsas de plástico tamaño edificio de Calatrava que eran arrugadas con sadismo, estornudos y toses que pugnaban en superar los decibelios de la orquesta… allí sólo faltaba una mascletà. Pero lo mejor llegó transcurrido un cuarto de hora de función cuando, en mitad de “il lacerato spirito”, irrumpieron en la sala de forma ruidosa un grupo de 4 ó 5 personas acompañadas por una acomodadora con linternita, como si estuviésemos en la terraza de verano con el bocata de calamares, la cual además se puso a levantar de sus asientos a quienes habían ocupado las plazas de los retrasados, montándose un lío de narices. Cuando un espectador en el descanso recriminó a la joven su conducta, ésta le dijo que habían sido instrucciones del jefe de sala.

Yo no sé quién fue el responsable ni la causa de lo ocurrido, pero, ya que no es la primera vez que pasa, convendría recordar las normas del propio Palau de les Arts que impiden la entrada en el recinto una vez comenzada la representación, máxime si, como ayer, apenas unos minutos después iba a haber un cambio de acto.

Bueno, pues ahora sólo nos queda esperar a Maror y aguardar con impaciencia la llegada del Festival del Mediterrani y que sus expectativas se cumplan. Aunque, ya puestos a pedir, me gustaría que, lo antes posible, pudiéramos anunciar que Zubin Mehta ha aceptado asumir la dirección musical de la casa. Eso daría más garantías de supervivencia a nuestra orquesta y haría que la Consellera Catalá y sus secuaces dejasen de lanzar torpedos a la línea de flotación del Palau con absoluta irresponsabilidad, como están haciendo ahora, volviendo hoy a sacar a la palestra a los jóvenes directores valencianos.

Aunque pedirle responsabilidad y sensatez a nuestros gobernantes… eso sí que es un milagro y no los de Santa Helga


video de PalaudelesartsRS
 

lunes, 11 de noviembre de 2013

"LA TRAVIATA" CON SONYA YONCHEVA

Finalmente, ayer 10 de noviembre, en la sexta función de las siete previstas de "La Traviata", de Giuseppe Verdi, que se está representando en el Palau de les Arts de Valencia, pudimos tener a la pareja de cantantes que se anunció en su momento que iba a protagonizar todas las representaciones.

Luego vinieron cancelaciones, cambios sin previo aviso, sustituciones en plena función, anuncios de nuevos cantantes que no llegan a venir… Sólo en el papel de Alfredo, tras seis representaciones, han pasado ya por los carteles o el escenario de esta Traviata, otros tantos tenores (el anunciado cuando se dio el avance de la temporada, Stefan Pop, que ni llegó a aparecer; Ivan Magrì que oficialmente iba a protagonizar todas las funciones, pero cantó el primer acto y el aria y cabaletta del segundo el día del estreno y se retiró por lesión en plena función; Nikolai Schukoff, que cantó desde un atril en el proscenio lo que restaba de Traviata en el estreno; Aquiles Machado, que fue anunciado para el 24 de octubre, pero luego cantó también la del 29; Saimir Pirgu, que teóricamente iba a cantar las funciones del 29 de octubre y 2 de noviembre, pero no llegó a venir; e Ismael Jordi que protagonizó las representaciones del 2 y 7 de noviembre).

Pues, como decía, anoche por fin pudo verse en escena a la pareja inicialmente prevista: Ivan Magrì como Alfredo y la búlgara Sonya Yoncheva como Violetta. Sólo voy a comentar aquí brevemente mis impresiones sobre estos dos cantantes, ya que acerca de la escena, orquesta y resto de intérpretes, me remito a mis anteriores crónicas que podéis ver aquí y aquí, no variando anoche nada sustancialmente respecto a lo que ya dije entonces, destacando una Orquesta de la Comunitat Valenciana sobresaliente bajo la dirección de un Zubin Mehta al que muy pronto empezaremos a echar de menos.

De Ivan Magri ya dije, con ocasión del accidentado estreno, que sus descoordinaciones con el foso fueron numerosas y que yo considero que no es el papel más adecuado para él, pero que debería juzgársele cuando cantase en condiciones. Bueno, pues ayer se supone que lo hizo y mi valoración no puede ser buena. En la parte positiva hay que reseñar su entrega y valentía, afrontando con arrojo las partes más exigentes de la partitura y subiendo sin temor a los extremos más agudos de la tesitura.

Pero su ingrato timbre metálico y unas enormes carencias técnicas, así como una reiterada tendencia a la desafinación y los numerosos fallos en sus entradas perdiendo a la orquesta (pese a no quitar ojo del maestro Mehta), dieron como resultado una actuación en general deficiente, que culminó agotado, perdiendo la impostación y no dando ni una nota en su sitio en un “Parigi o cara” de huir. Como actor se mostró también muy limitado, no sé si debido a su lesión, pero lo cierto es que tuvo menos movilidad y expresividad que un clik de Famobil. En algún momento llegué a pensar que los achuchones y meneos que le daba la Yoncheva en escena iban encaminados a ver si se le reproducía la lesión cervical y le cambiaban el galán para la última función.

Y es que ese paupérrimo Alfredo fue una auténtica lástima después de haber escuchado a unos estupendos Schukoff, Machado, o Ismael Jordi (de este último lo digo por referencias, ya que no pude asistir personalmente a ninguna de sus dos funciones), y sobre todo teniendo junto a él a un pedazo de Violetta como fue Sonya Yoncheva.

La verdad es que tras las magníficas prestaciones que ofreció los días anteriores la joven siciliana Jessica Nuccio, era unánime la sensación de que mucho iba a tener que esforzarse la Yoncheva para hacernos olvidar a aquélla. Pero, aunque sé que habrá opiniones para todos los gustos, conmigo lo consiguió enseguida. Y no sólo porque sea un bellezón.

Personalmente, su voz me cautivó. Es fresca, grande, de enorme volumen y proyección, muy homogénea, con un centro rico y denso, y unos agudos redondos y luminosos. Hizo gala de un buen control de la respiración que le permite hilvanar un fraseo ligado e intencionado. Su fuerza dramática es arrolladora y su actuación escénica conmovedora e impactante, pese al escaso tiempo que habrá tenido para ensayar.

En el aria y cabaletta del primer acto se le vio más justita, pero sin llegar a patinar en ningún momento. Sus dos siguientes actos, especialmente el segundo, fueron de una intensidad dramática desbordante, llevando a cabo un dúo con Germont sensacional y culminando con un “Amami, Alfredo” muy emocionante.


video de MrRobuso

Es verdad que, aunque sí reguló intensidades y se marcó un “Alfredo, Alfredo di questo core” notable, se echa en falta una mayor capacidad de matización que jugase con filados y pianísimos, pero domar ese pedazo de voz no debe ser tarea sencilla. No obstante, a mi juicio, es una extraordinaria Violetta, a la que me voy a quedar con las ganas de ver en escena con un Alfredo que pudiera estar mínimamente a la altura.

El público, que llenaba la sala principal de Les Arts por completo, estuvo muy frío toda la noche, gélido. Parece que costaba iniciar cada aplauso. Incluso al final de la cabaletta del tenor en el segundo acto, ante el silencio del respetable el maestro Mehta se volvió hacia los presentes y dijo: “Bravo, ¿no?”, comenzando entonces una tibia ovación. Eso sí, al finalizar la representación la catarata de bravos a Sonya Yoncheva y a la orquesta fue espectacular.

Bueno, pues ya sólo queda una representación, el próximo miércoles 13, de esta accidentada Traviata. Yo aconsejaría, a quien pueda acudir, que se acercase a la venta de última hora para conseguir entrada y escuchar en directo a Sonya Yoncheva. Además, igual, con un poco de suerte, hasta cancela Magrì.
 

viernes, 25 de octubre de 2013

"LA TRAVIATA" CON AQUILES MACHADO


Tras el show del día del estreno de la temporada en el Palau de les Arts, ayer tuvo lugar la segunda representación de la ópera "La Traviata", de Giuseppe Verdi, con la novedad de la sustitución del tenor Ivan Magrì, por el venezolano Aquiles Machado.

La repercusión que tuvo en la prensa y otros medios la charlotada del estreno, que por otra parte alcanzó unos muy buenos resultados musicales, parece que ha escocido bastante en los círculos de dirección del teatro valenciano, donde, tras las críticas recibidas, se han puesto las pilas y esta vez sí han hecho las cosas como se deben hacer. En cuanto buscaron sustitutos para Magrì, se anunciaron los nuevos repartos en la web, acompañados de una nota explicativa que fue también remitida a la prensa.

Además, como también se ha convertido ya casi en costumbre en Les Arts, sobre todo cuando es Mehta quien dirige, los repartos alternativos son casi más atractivos que los originalmente previstos. Sustituir a Ivan Magrì por un tenor de la categoría de Aquiles Machado y otro como Saimir Pirgu (que puede gustar más o menos, pero está cantando Alfredo en los más prestigiosos teatros) es una gestión que debe calificarse de muy positiva.

De todas formas, debe haber una especie de ley no escrita en este teatro que parece empeñarse en impedir que las cosas se hagan bien del todo. Cuando, esta vez, todo parecía haberse resuelto de forma satisfactoria, los asistentes a la función de ayer nos encontramos con que los programas de mano que se repartían seguían anunciando los repartos sin modificar. ¿Tanto costaba haber encartado una simple nota informando de cómo quedaba el cast tras las sustituciones?. Frente a eso, se optó por anunciar por megafonía, poco antes del comienzo de la representación, que la pareja protagonista esa noche iba a ser la formada por Jessica Nuccio y Aquiles Machado, lo que no tenía nada que ver con el programa y daba nueva sensación de chapuza para el que no estuviese enterado de todo lo ocurrido estos días. De hecho, mi vecino de localidad, al finalizar, me preguntó si la que había cantado era la búlgara o la italiana y si el tenor era Magrì.

Aunque ya hice en este blog la crónica del estreno, he querido volver hoy para hacer una breve referencia a lo acontecido ayer, ya sin incidentes que empañasen lo puramente artístico y con un nivel musical, desde mi punto de vista, aun mejor que el día del estreno.

Como no quiero ser reiterativo respecto a lo que ya comenté de la primera de las funciones, tan sólo incidiré en aquello que considero que varió respecto a lo ya dicho entonces.

La atención se centraba en el nuevo Alfredo que, en apenas dos días, había tenido que incorporarse a la producción, recién llegado de cantar el papel en Oviedo. Aquiles Machado llevó a cabo una actuación magnífica. Su derroche físico fue extraordinario, moviéndose por escena con una agilidad y soltura increíbles. Al tercer acto llegó empapado en sudor y congestionado del palizón físico que se estaba metiendo. Yo no sé las veces que acabó rodando por el suelo. Imagino que debió llegar al hotel con más cardenales que una elección de Papa. En su faceta como actor estuvo implicadísimo, metido completamente en el personaje y muy expresivo.

En lo vocal, pese a haberle escuchado hace menos de un año como Rodolfo en “La Bohème” que dirigiese Riccardo Chailly, me sorprendió una voz que cada vez se va alejando más de terrenos ligeros y que está adquiriendo una anchura y un peso sorprendentes en centro y graves. En la zona aguda, más inestable, sin embargo pasó menos apuros en la resolución de la zona de paso que en otras ocasiones y las oscilaciones fueron menos ostensibles.

Sólo mostró apuros en la cabaletta “O mio rimorso”, ofreciendo toda la noche un recital antológico de belleza tímbrica, fraseo elegante, buen gusto y delicadeza canora, propio de los más grandes. Cuando finalizó “De' miei bollenti spiriti”, mientras el público rompió a aplaudir, el maestro Mehtale dirigió una sonrisa de complicidad muy elocuente, como también lo fue el abrazo en el que se fundió con el venezolano durante los saludos finales.

Un gran Alfredoque ha puesto el listón francamente alto a los compañeros que van a sustituirle en las próximas representaciones.

Y otra que va a tener difícil hacer olvidar a su predecesora será la Yoncheva si finalmente viene a cantar, ya que la joven siciliana Jessica Nuccio, más centrada y tranquila que el día del estreno, volvió a construir una Violetta de muchos quilates mostrando que estamos ante una cantante a tener en cuenta.

El tercer acto volvió a ser el marco de sus mejores prestaciones, con una combinación de fiato, legato y expresividad dramática, desbordantes. Tuvo un par de amagos de gallo en “sempre libera” y “addio del passato”, puros accidentes, bien resueltos y que además se produjeron por querer adornar su canto apianando el sonido. En el “sempre libera”, incluso, las notas inmediatamente siguientes fueron acometidas con valentía y fuerza, jugándosela a pecho descubierto. Salvó la situación a lo grande y con valor, allá donde otras se hubieran atemorizado y mostrado conservadoras.

Del barítono Simone Piazzola sigo pensando que, con buen material y sentido del canto verdiano, a mi juicio exagera demasiado al final de su aria, haciendo unas ostentaciones que buscan el aplauso fácil y que, desde mi punto de vista, deslucen su interpretación, aunque consiga que el teatro se venga abajo en aplausos.

El maestro Zubin Mehta, que se pasó casi toda la noche tosiendo (Wotan no quiera que haya que sustituir a este), volvió a ser el auténtico protagonista de la noche, llevando a cabo una dirección magistral, curiosamente lejos de cualquier tipo de exhibicionismo, dejando que fueran los cantantes y la genial música de Verdi quienes cumpliesen con su papel. Hay que ver lo fáciles que parecen estas cosas cuando hay una mano sabia dirigiendo como se debe.

Coro y Orquesta, una vez más, fabulosos. Sí quisiera mencionar aquí al concertino Stefan Eperjesi, a quien el día del estreno no pude identificar y que anoche volvió a lucirse, como toda la sección de cuerda.

Pese a tratarse de una representación en día laborable, la sala presentó un lleno casi absoluto, lo cual es una muy buena noticia, y el público se lo pasó en grande. Ojalá que se acaben ya los sustos y continuemos la temporada por estos derroteros de sala llena y gran nivel artístico y musical.

Una curiosidad. En la función de ayer, al comienzo del segundo acto, cuando se supone que Alfredo en esta producción sale descalzo, con un batín de flores y en calzoncillos (no he podido desterrar todavía de mi mente desde el estreno las canillas de Magrì), Machado entró en escena con el horroroso batín pero ocultando sus extremidades inferiores con unos elegantes pantalones largos negros y zapatos de vestir. Ignoro si se habrá debido a la negativa del tenor a tener que enseñar sus miserias, además de venir a cantar deprisa y corriendo, o habrá sido una decisión del teatro. En las próximas representaciones veremos.

domingo, 20 de octubre de 2013

"LA TRAVIATA" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 19/10/13


Anoche, finalmente, tras no pocos contratiempos e incertidumbres, se puso en marcha la temporada operística 2013/2014 en el Palau de les Arts con el estreno de “La Traviata”, de Giuseppe Verdi.

Una Traviataalgo peculiar, desde luego, porque resulta que Alfredo, en la primera escena del acto II, dice que se va a París a salvar su honor y, cual adúltero marido que alegase bajar a por tabaco, ya no volvió. Menos mal que el welsungo Siegmund, harto ya de tantos rollos incestuosos con Sieglindey de andar huyendo del vengativo cornudo Hundingy de la ira de los dioses Fricka y Wotan, se largó de los bosques germanos y acabó recalando en casa de Violetta, haciéndose pasar por Alfredo y ligándosela… No hay nada como ser un inútil gestionando un teatro de ópera para acabar celebrando el bicentenario de Verdiy Wagner a lo grande, fusionando Traviata y Valquiria para regocijo de los espectadores.

Lo ocurrido anoche en Les Arts no puede más que calificarse de bochornosa vergüenza. Posiblemente ahora haya quien salga alabando la capacidad de improvisación y el buen resultado final, pero ayer, más que nunca, quedó al desnudo la chapucera gestión del teatro valenciano.

Instantes antes de comenzar la función se anunció por megafonía que el tenor Ivan Magrì, pese a padecer una inflamación aguda de las cervicales, de última hora, iba a actuar. Mintieron. De última hora, nada. Hace ya semanas que se conocía el problema físico de Magrìhabiéndose especulado que podría cancelar su participación en Traviata. Así lo manifesté yo ya hace días en este blog, donde también adelanté que el tenor no tenía cover y podría haber problemas.

Durante el primer acto y la primera escena del segundo, el pobre tenor se movía como Robocopy presentó algunos apuros vocales. Tras la salida de escena de Germont, cuando se supone que Alfredo vuelve de París, y ante el desconcierto de Violetta (Jessica Nuccio), cae el telón y hacen retirarse de escena a esta, anunciándose por megafonía que el tenor Magrì había sufrido una indisposición y no iba a poder continuar (posteriormente se supo que había llegado incluso a tener un desvanecimiento), pidiendo al público que continuase en sus asientos. Casi media hora nos tuvieron allí. Apenas un par de silbidos manifestaron el descontento de un público demasiado acostumbrado a aborregarse y dejarse pisotear en todos los ámbitos sociales.

Un par de avisos más seguían pidiendo paciencia mientras se resolvía la situación, anunciándose finalmente que el tenor austriaco Nikolai Schukoff, que se encuentra estos días ensayando en Valencia su papel de Siegmund en la próxima Valquiria y que se hallaba entre el público (yo le vi en el descanso tomándose tranquilamente una copita de cava), iba a cantar desde un atril en el proscenio, mientras un coreógrafo y asistente de la dirección de escena, Christian David Krumm, interpretaría escénicamente el personaje.

Algunos me dirán que eso ocurre en otros teatros también. Cierto, yo lo viví en Londres, pero la situación fue muy diferente, aquello sí fue algo imprevisto, una fuerte tormenta de nieve que impedía llegar a algunos cantantes a tiempo a la representación. También en Les Arts, en un reciente “Cosí fan tutte”, cuando una cantante se quedó sin voz. Pero lo de ayer, aunque acabase resolviéndose bien, fue una imperdonable chapuza y falta de previsión de los responsables del teatro. Si hace semanas que sabes que este cantante está con serios problemas, que ha tenido mareos y fuertes dolores, aunque se lance a cantar tienes que tener preparada una solución por si pasa lo que pasó. ¿Si no llega a estar Schukoff, qué hubiera pasado? ¿Hubiera salido Mehta a escena a tararear?

Esto además puede traer cola. De fondo tiene que haber mucho más tomate. En el despacho de Helga Schmidt hubo una crispada reunión, durante el parón, de aquélla con el maestro Mehta y el agente de Magrì, en la que los gritos que se oían hubiesen hecho apocarse al mismísimo Tarzán. Veremos que trasciende de todo eso.

Insisto. La solución final fue aceptable y el resultado mejoró el original, pero no se puede funcionar a golpe de improvisación.

Por lo demás, se vieron por allí las caras conocidas del faranduleo pueblerino y la corrupción local que suelen acudir a los estrenos. También estaba el habitual Rappelque, aunque estuviese de fiesta en su día libre, bien podría haber avisado a Helga antes de empezar de lo que iba a ocurrir, que seguro que lo habría visto en su bola de cristal aunque llevase las gafas del revés. Nos obsequió con su presencia el President Fabra, que mostró durante la representación menos entusiasmo que un berberecho en una lata, acompañado por una corte de los milagros en la que se hacían ver la Consellera de Cultura, el Conseller de Sanidad y el Conseller cazador Castellano. Cuando pasaban en comitiva por el foyer durante el intermedio, alguien les gritó: “panda, que sois una panda”.

La producción elegida para abrir la temporada ha sido la que la De Nederlandse Opera de Ámsterdam crease, basada en el montaje que concibió Willy Decker para el Festival de Salzburgo de 2005. La famosa “Traviata del reloj” que firma en esta adaptación la directora de escena Meisje Barbara Hummel.

He de decir que me encantó. Ya la conocía del célebre Dvd con Netrebko y Villazón, pero ayer descubrí otros muchos detalles que me hacen valorar muy positivamente esta propuesta. Carece de cualquier envoltorio escenográfico que distraiga y toda la obra está dominada por un juego de luces muy inteligente y un escenario vacío en tonos claros, donde tan sólo nos encontramos con un sofá rojo y un omnipresente y enorme reloj que simboliza el inexorable paso del tiempo. Un tiempo que para Violetta se agota porque la muerte la espera, simbolizada en este caso por la figura del Dr. Grenvil (Luigi Roni) quien también tendrá un gran protagonismo en escena a lo largo de la obra, recordando a la joven con su presencia el inevitable final.

Violetta es la única que viste con color rojo, todo el resto del elenco va de negro y con trajes masculinos, salvo la criada que también es la única que viste de época. La obra se centra en Violetta y en su lucha dentro de una sociedad hipócrita y machista. Y así, escénicamente, se acentúa este objetivo.

Se podrá decir que todo este simbolismo es facilón y simplista, pero la construcción teatral y escénica alrededor del mismo me parece muy interesante. Hay momentos inolvidables, de gran fuerza dramática, como el tránsito del segundo al tercer acto, mientras suena el bellísimo preludio; el despojo de los ropajes y sábanas floridas que cubren la escena cuando en el segundo acto llega Germonta romper la felicidad de la pareja; o las miradas angustiosas de Violetta a Grenvil (la muerte), tanto en el primer acto, cuando Alfredo pide volver a verla al día siguiente y ella mira al doctor antes de responder “ebben, domani”, como en el tercero, cuando vuelve a cruzar la mirada, implorándole más tiempo, al regresar Alfredo y parecer que una feliz vida en común es posible. Y hay otros muchos instantes más que creo que dotan de gran fuerza a esta puesta en escena, aunque en ocasiones se contradiga el libreto, como la presencia de Alfredo junto a Violetta al final del primer acto o de ésta al lado de aquél al inicio del segundo. Hasta la, para mí, siempre antipática escena de “los toreros de Madrid”, resulta aquí más interesante al plantearse casi como una pesadilla de Alfredo.

El gran valor de la producción es este impacto dramático y la concentración en la psicología y pasiones interiores de los personajes. El problema es que la propuesta requiere grandes actores, además de cantantes, y de eso no estuvimos muy sobrados, primero con un Magrì que apenas podía moverse y luego rompiéndose definitivamente la magia escénica con ese Alfredo mudo, impecablemente interpretado por Krumm, pero que al ser doblado por Schukoff desde un rincón, la mirada inconscientemente se dirigía a éste.

Quisiera también destacar, por último, lo mucho que favorece la acústica el diseño del escenario, que hace que, incluso cuando cantan de espaldas los intérpretes, la voz corra perfectamente.

En lo musical, y pese a las incidencias, interrupciones y reuniones en el despacho de Helga, el maestro Zubin Mehta llevó a cabo una labor de batuta magistral. Atentísimo toda la noche a los cantantes, respirando con ellos, cuidándoles, acabó dirigiendo a tres bandas: orquesta, cantantes y atril. Comenzó con un tempo vivo, muy verdiano, alejado de algunas lecturas repipis muy comunes en esta obra. Ello no quita a que hubiera pasajes donde se ralentizó el tempo, pero con una profundidad tal que se logró hacer crecer la tensión y la emoción de manera soberbia, como en el maravilloso Preludio del tercer acto, con una cuerda en pianísimo antológica, o en el dúo de Violetta y Germont o en el aria de éste (ahí quizás en exceso). En el “addio del passato”, y todo el tramo final de la ópera en general, la magia de Mehtay la calidad de la Orquesta de la Comunitat Valenciana brillaron definitivamente, haciendo surgir emociones hasta dentro de ese espectáculo charlotesco que se había vivido con la sustitución tenoril.

Toda la sección de cuerda debe ser destacada por su labor anoche, con un concertino espectacular al comienzo de “teneste la promessa”, y también creo que merece hacerse una referencia a las flautas, al clarinete de Tamás Massànyi o al oboe de Cristopher Bouwman en el “Alfredo, Alfredo”.

No por repetidos deben ser menos apasionados los elogios al lujazo de Cor de la Generalitat que, pese a recortes, EREs y zarandeos varios, podemos seguir disfrutando y que continúa exhibiendo una calidad estratosférica. En la representación de ayer su trabajo merece ser más valorado aún si cabe, teniendo en cuenta que el día anterior cantaron en el Palau de la Música, también de forma excepcional, una obra tan exigente como “La condenación de Fausto”, de Héctor Berlioz. Bravo de nuevo, chicas y chicos del coro. Sois un ejemplo.

Tras confirmarse la cancelación de la participación de la soprano Sonya Yoncheva en las funciones del mes de octubre (de momento), se ha optado porque sea la siciliana Jessica Nuccio, quien la sustituya en el papel protagonista. Nuccio, que es la pareja del barítono Piazzola, que encarna a Germont, fue buscada en un principio para suplir a la búlgara en la representación del 2 de noviembre, fecha en que Yoncheva tenía un compromiso en Berlín en una gala benéfica contra el SIDA.

Curiosamente, en la web de ésta se anuncia que, efectivamente, el día 2 de noviembre cantará en Berlín, y que lo hará en Valencia el resto de funciones de octubre y noviembre. Ya veremos cómo se soluciona finalmente este galimatías.

Yo pensaba que este lío de sustituciones de sopranos iba a concentrar la atención de esta crónica, pero el esperpento de las vértebras de Magrì y de Siegmund cantando Alfredo, ha superado cualquier previsión.

En cualquier caso, antes de entrar a hablar de las voces escuchadas ayer quisiera hacer aquí una reflexión. Una cosa es que el Palau de les Arts opte por seguir procurando construir una programación con cantantes de cierto renombre, como la Yoncheva, dentro de las limitaciones económicas que, cada vez más, condicionan su actividad, y otra que, por esas mismas circunstancias económicas o imprevistos sobrevenidos, se opte por llenar los repartos con cantantes jóvenes, empleando esos habituales eufemismos de “estrellas emergentes” o “jóvenes promesas”. Jessica Nuccio es una cantante que, sin duda, merece oportunidades y que demostró ayer estar a muy buen nivel, aunque todavía tenga que pulirse en aspectos técnicos y desenvoltura escénica. Pero si vamos a optar por afrontar la crisis o los imprevistos con gente joven, para eso aquí contamos con cantantes locales de un buen nivel que han venido representando el papel en muchos teatros con notable éxito.


Hablo de voces como las de Carmen Romeu, Dolores Lahuerta, Silvia Vázquez o Maite Alberola.  Insisto en que no me parece mal que se les den esas oportunidades a jóvenes voces en un teatro como el Palau de les Arts, teniendo un director musical como Mehta y una orquesta y coro de primera línea. Me parecería perfecto incluso que se programasen habitualmente funciones populares más baratas con cantantes principiantes, pero eso debería aprovecharse, básicamente, para lanzar también las carreras de nuestros jóvenes y buenos  intérpretes.

Estas consideraciones hubiera sido fácil hacerlas si ayer la Nuccio hubiera resultado un desastre, pero las hago comenzando por afirmar que la soprano siciliana llevó a cabo un trabajo muy meritorio y que se ganó a pulso el éxito que finalmente obtuvo.

Y eso que comenzó bastante mal. Afrontó las primeras notas con voz temblona, posiblemente por los nervios del estreno, y con algunas desafinaciones demasiado evidentes y notas caladas. Tiene la Nuccio un timbre metálico, algo ingrato en ocasiones, mostrándose tremendamente frágil en la zona grave, pero con un poderoso registro agudo, si bien con abuso del portamento. Defendió el “sempre libera” con solvencia, aunque la coloratura quedase algo corta y esos portamenti comentados desluciesen un tanto su intervención. Su “dite alla giovine”, por el contrario, estuvo matizadísimo y cargado de intención y sensibilidad. En la parte menos positiva destacaría un “amami Alfredo” cortito de emoción y fuerza dramática, y el “Alfredo, Alfredo, di questo core” demasiado frío e insulso.

De cualquier forma, el resultado final fue muy positivo, gracias sobre todo a un tercer acto que, frente a lo que muchos pensábamos a priori, resolvió extraordinariamente bien. Su “addio del passato” fue sumamente emocionante, jugando con las medias voces y los filados con muchísimo gusto y, sobre todo, exhibiendo un magnífico fiato, impecable legato y un fraseo expresivo y cargado de sentimiento.

De Ivan Magrì poco debo decir, dado que era obvio que no se encontraba en condiciones para salir a escena. Las descoordinaciones con el foso fueron numerosas y pienso que no es el papel más adecuado para él, pero deberá juzgársele cuando cante en condiciones.

Nikolai Schukoffsí merece una elogiosa reseña. Ciertamente era Siegmund cantando Alfredo, pero qué bien cantado… Parecía increíble que este hombre subiese del patio de butacas y, a pelo, se zampase tres cuartos de Traviata con semejante autoridad vocal, con unas inflexiones y matices fantásticos, inundando de expresividad su canto, de tal forma que no hacía falta ver la actuación de su doble escénico, y, lo que es más sorprendente, con tal grado de coordinación con el foso y con sus compañeros. Parecía que llevase ensayando un mes. Su intervención en el complicado concertante del segundo acto fue magistral y de poner los pelos de punta todo el pasaje del “Ogni suo aver tal femmina”. Incluso se permitió unirse a la actuación escénica en la transición entre los actos segundo y tercero, mientras sonaba el Preludio. Bravísimo Nikolai. Esperamos ahora su Siegmundcon más ganas si cabe.

El barítono veronés Simone Piazzola, pese a su juventud, compuso un buen Germont, bastante creíble, en el que yo destacaría su fraseo verdiano, intencionado y muy ligado, aunque pienso que se equivocó al cargar todo el final de su aria “Di Provenza” de efectismos cara a la galería buscando el aplauso fácil. No lo necesitaba.

El resto del jovencísimo (a excepción del Dr. Grenvil de Luigi Roni) reparto, formado básicamente por alumnos y ex alumnos del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo, funcionó a bastante buen nivel, destacando como siempre la voz del tenor Mario Cerdá, esta vez en el papel de Gastone.

El público, que casi llenaba el teatro, con una numerosísima presencia de espectadores foráneos, prorrumpió en estruendosas ovaciones nada más finalizar la obra, esperándose en esta ocasión, por fin, a que finalizase la música en el tercer acto, no así en el primero. Nuccio, Piazzola y los siameses Schukoff-Krumm fueron especialmente braveados. También Mehta, coro y orquesta. Y la directora escénica fue igualmente bastante aplaudida sin que se apreciasen muestras de rechazo. Yo, al menos, le grité un sentido bravo.

Bueno, pues hasta aquí la extensa crónica del accidentado inicio de temporada. Si las cosas ya se avecinaban complicadas, esto no parece que ayude mucho a levantar nuestro optimismo. Aunque, para ser sincero, debo reconocer que, en esta ocasión, la imprevisión e inutilidad manifiesta para la gestión de los responsables de nuestro teatro, hicieron transformarse la noche, que podría haber pasado sin mucha pena ni gloria, en un cúmulo de emociones.

Ahora sólo falta saber si Sieglinde le leerá la cartilla a Siegmund cuando vuelva a casa… ¡habrase visto!… dejar a una welsunga por una tísica…