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jueves, 29 de marzo de 2018

"IL CORSARO" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 28/03/18


Ayer se estrenó en el Palau de les Arts una nueva producción de Il Corsaro de Verdi, una obra que no es nada habitual verla representada. Baste decir que su estreno en España se produjo en el Liceu en versión concierto en el año 2004 y no sería escenificada en nuestro país hasta el año 2010 en Bilbao. Fuera de nuestras fronteras tampoco es frecuente su presencia en los teatros de ópera, así que ya sólo por eso la cita con esta poco conocida composición verdiana presenta un indudable interés.

Reconozco que a priori me hacía bastante poca ilusión, sobre todo después de mi anterior experiencia en Les Arts con la inaguantable Il Mondo della luna de Haydn. Pero bueno, el caso es que al final la experiencia no fue tan mala como la del tostón lunero; para empezar su duración es casi una hora inferior a aquella, lo que ayuda mucho, y, sin ser tampoco el recopetín, aquí todo fluye mejor. La obra es todavía un Verdi primerizo, muy deudor del belcantismo, con cánones encorsetados donde el genio del compositor no se plasma aún en toda su intensidad, pero reconozco que cuenta con algunos momentos destacables como pinceladas que apuntan ese particular estilo con el que alcanzará poco después las cimas de la ópera italiana.

En cualquier caso, su mayor lastre, a mi juicio, es un libreto bastante idiota, con unos personajes más planos y estereotipados que Pierre Nodoyuna y Penélope Glamour. Más allá de los valores literarios que sin duda contendrá la obra The Corsair de Byron, en la que se basa la ópera, la adaptación del libreto de Piave y la historia en sí me parecen bastante memas y con buenas dosis de pesadez.

Para la ocasión se ha decidido apostar por una producción propia que se ha coproducido con la Opéra de Monte-Carlo, encargando la dirección escénica a la alemana Nicola Raab, quien ya pasó por Les Arts hace 6 años con la Thaïs de Massenet. Como suele ser habitual en los trabajos de Raab, el atractivo visual de la puesta en escena pretende ser el principal protagonista, dejando un poco más descuidado el apartado dramatúrgico. Ayer la propuesta escénica no me convenció en ninguna de sus facetas y no debí ser el único descontento pues en los saludos finales se escucharon no pocos abucheos.

Raab opta por plantear la historia como una fantasía del propio Lord Byron mientras  escribe The Corsair. De ahí que el personaje de Corrado-Byron esté prácticamente todo el tiempo en escena. Esa idea inicial, aunque esté más vista que Verano Azul, no deja de tener cierto interés e incluso llega a funcionar por momentos, aunque son más los pasajes en los que este planteamiento conduce a situaciones absurdas e incomprensibles si no conoces el libreto al dedillo, cosa que no creo que sea habitual en una obra tan poco representada como esta, como esa pelea de Corrado contra nadie mientras a su espalda Seid cae muerto y se levanta reiteradamente; o que Medora en el primer acto ya se chupe el veneno que acabará con su vida en el tercero.

La acción se desarrolla la mayor parte del tiempo en dos planos, el más cercano al espectador sería el de Byron mientras crea su obra y comprueba cómo evoluciona la historia y los personajes; y tras él se desarrolla el drama que surge de su mente, en otra dimensión. Al final, la muerte de Corrado será planteada como el atrapamiento de Byron en ese plano de su propia creación mental. Esta distinción de planos se aprecia bastante bien en el aria de Medora y el posterior dúo, cuando ella parece atrapada tras unos velos de plástico sin que pueda acceder, pese a intentarlo, al “mundo real”. En otros momentos de la representación la distinción de estos mundos paralelos se limitará a plantar a Corrado-Byron mirando la escena. Al final todo se queda en una buena idea que no acaba de funcionar. Lamentable fue, por ejemplo, el resultado del aria de Medora, haciendo cantar a la soprano desde el fondo del escenario y tras los plásticos colgantes, mientras en primera línea el tenor nos obsequiaba con un ruidoso concierto de rotura de papeles muy bonito.

El punto fuerte de la propuesta, que se supone es el visual, tampoco me gustó. Las proyecciones alla Livermore no aportaban nada y la estética del harén de Seid, que supongo pretendía rememorar el orientalismo de la pintura del XIX (Delacroix, Ingres, Fortuny…), se convirtió en un espectáculo viejuno y kitsch hasta empachar. Aquello parecía una función de colegio (de pago) o la tienda de Souvenirs Mohamed del Gran Bazar. Esos turbantes, babuchas, dorados… Para un Rossini bufo le hubieran ido al pelo, pero en un Verdi pretendidamente dramático chirriaban demasiado. Pocas cosas más patéticas y ridículas he visto últimamente que el presunto disfraz de derviche de Corrado del acto segundo. ¿Qué costaba haberse acercado a un Todo a 1€ del barrio y buscar algo menos risible que envolver al protagonista en una alfombra de mercadillo playero y plantarle un minúsculo fez?

Y en la dirección de actores la producción presentada alcanza ya la matrícula de honor del despropósito haciendo dejación absoluta de funciones, con un planteamiento plano donde, a partir de dos o tres ideas, el resto se deja a la buena de Alá. El colmo de la inoperancia se puso de manifiesto con el movimiento del coro. Vaya diferencia entre el exhaustivo trabajo al que tuvo que hacer frente la agrupación en el reciente Peter Grimes, con esta pantomima en la que las únicas indicaciones parecían ser: “coro a escena - coro fuera de escena”, haciéndoles avanzar por unos pasillicos estrechos, cantar desde la trasera y quedarse todos más quietos que el peluquero de Puigdemont.

En definitiva, pienso que nos encontramos ante una fallida propuesta escénica, rancia, fea, que dificulta seguir la ya de por sí absurda historia, que no favorece el apartado musical y que descuida la vertiente dramática.

De la dirección musical se ha encargado Fabio Biondi. Llamó mucho la atención desde el anuncio de la temporada que el director italiano, centrado en otros repertorios, afrontase un Verdi, por mucho que hablemos de un Verdi primitivo. Biondi, siempre dispuesto a buscar autenticidad en las interpretaciones, ha sorprendido esta vez a la platea de Les Arts subiendo el foso casi a la altura del escenario para, según ha afirmado, encontrar una relación fónica entre orquesta y voces que esté más cercana a lo que podía encontrarse el espectador del siglo XIX. Además de subir el foso, Biondi ha variado la disposición de los atriles, ubicando en el centro a chelos y contrabajos, a la derecha madera, metales y percusión, y a la izquierda violines, violas y arpa.  Cuando vi la original elevación del foso pensé que podría haber voces damnificadas, pero claro, no contaba con el hipogrito huracanado de Fabiano y Dyka. Quizás lo que ocurrió fue lo contrario, que se enteró Biondi de que cantaban estos dos vozarrones y subió la orquesta para que pudiéramos escucharla.

Al final, pese a las dudosas previsiones, me gustó bastante el resultado orquestal obtenido por Biondi. Está claro que la obra no es precisamente el colmo del refinamiento y la complejidad, pero dirigió con brío y buen pulso, remarcando con sensibilidad los instantes más líricos y consiguiendo un equilibrio muy notable. Enorme delicadeza mostró, por ejemplo, en el acompañamiento en pizzicato a la muerte de Medora. Trabajó con gusto las dinámicas y logró que la puntual mala disposición escénica de los cantantes no afectase al conjunto. Contó además con otra noche especialmente inspirada de los músicos de la Orquestra de la Comunitat Valenciana que supieron dejar detalles de su valía, como el clarinete de Tamás Massànyi en la obertura, el arpa en el aria de Medora, las flautas en el aria de Gulnara, el oboe de Christopher Bouwman en la entrada de Medora del tercer acto o el increíble sonido de los chelos, comandados esta vez por Arne Neckelmann, en la introducción orquestal a la segunda escena del acto tercero, a mi juicio, junto al Eccomi prigioniero! subsiguiente, el momento más bello, con diferencia, de esta ópera.

Volvieron a brillar sin reparos los miembros del Cor de la Generalitat pese a las majaderías escénicas que ya he comentado, a su breve participación en la obra y a pillarles este Corsaro en pleno proceso de reivindicaciones y protestas por la inaceptable precariedad laboral a las que les tiene sometida la administración autonómica desde hace años. Fantásticos los chicos en el coro de corsarios inicial y muy bien las chicas tanto en el coro de odaliscas, como en la escena final, en esa especie de coro de Morticias en el que les convirtió la regia.

Uno de los mayores reclamos de esta producción era la presencia como Corrado del tenor norteamericano Michael Fabiano, un cantante con presencia en los principales teatros de ópera desde sus inicios y que saltó especialmente a la fama tras ganar el premio Richard Tucker de 2014. Yo le he visto en algunas ocasiones en retransmisiones desde el MET y nunca me había acabado de convencer del todo. Ayer en directo me gustó más. Lo primero que llama la atención es el impresionante volumen que derrocha y su facilidad de emisión, con una bonita voz de tenor lírico que luce especialmente en el centro, cálida, clara, limpia y mostrando una valentía a prueba de bomba, afrontando el riesgo sin importarle las consecuencias, cosa que se agradece. Quizás flaquea un poco en la zona más aguda, así como con alguna puntual desafinación; pero el resultado general de Fabiano fue muy notable y conquistó sin reservas al público valenciano. A mí también, pero no fue quién más me gustó.

La gran sorpresa de la noche para mí fue la Medora de la impronunciable soprano Kristina Mkhitaryan. Belleza vocal y cautivadora presencia física caracterizaron una actuación impecable en un papel que, pese a su corta participación, bordó. Su timbre de sonoridades claramente eslavas, la riqueza expresiva y la sensibilidad mostrada tanto en su aria como, especialmente, en toda la última escena, me llegaron a recordar, perdóneseme la herejía, a la joven Netrebko. Me gustaría volver a ver a la joven cantante rusa en un papel de mayor extensión para corroborar mis impresiones.

A Oksana Dyka ya la conocemos bien en Valencia después de pasar por Les Arts como Butterfly y Tosca en 2009 y 2010. Vozarrón desaforado y temperamento siguen caracterizando a la soprano ucraniana a la que, sin embargo, he encontrado con un cierto desgaste que no sé si será consecuencia de haber estado frecuentando papeles de mayor peso de lo que su voz lírica aconsejaba. El recital de chillidos que nos ofreció ayer la Dyka fue digno de un Marathon Matrimoniadas. El poderoso agudo que posee queda muy deslucido con esta tendencia al grito y un timbre cada vez más hiriente, así como con el feo empleo de portamentos, como hizo ayer en su aria. Algo más moderada estuvo en la segunda parte, donde incluso apuntó un par de regulaciones, pero he de confirmar con Les Arts si finalmente sus gritos acabaron con toda la cristalería de la cafetería o quedó alguna copa sana.

El barítono italiano Vito Priante fue el encargado de dar vida al repelente y políticamente incorrecto personaje de Seid que, por si fuese poco, ayer fue obligado a vestir de mamarracho salido de una filà de moros de 8ª regional. Cumplió bien su cometido, aunque su escueto volumen e inconsistente emisión, con tendencia a cantar padentro, deslucía un papel que debe imponer un poco más de autoridad y que devino inaudible en gran parte de los concertantes. Además, vocalmente al lado de Dyka era como Mini yo con Pau Gasol. Se hacía muy difícil de creer que aquella tremenda odalisca de grito suelto estaba sojuzgada por este Pachá.

Bien el Giovanni de Evgeny Stavinsky y dignas de mención las breves intervenciones de los miembros del Cor de la Generalitat Ignacio Giner, Antonio Gómez y un estupendo Jesús Rita. Es de agradecer que para estos pequeños papeles se utilicen las buenas voces que tenemos en nuestro coro, en lugar de acudir, como se ha hecho tantas veces, a ignotos cantantes, generalmente italianos, fruto de paquetes (con perdón) 2 x 1 de agentes listillos.

La sala principal de Les Arts presentaba ayer un aspecto más que bueno, de lo cual me alegro, aunque internamente me siga entristeciendo que el nombre de Verdi, aunque sea en una operita como esta, venda más que una joya como Peter Grimes. En el casi lleno de ayer también influyó que el resto de funciones se van a desarrollar en plenas semanas Santa y de Pascua y algunos abonados optaron por cambiar su entrada al estreno. Se aplaudieron prácticamente todos los chimpún con bravos, bravi, brave y fervor de fan, aunque, curiosamente, al llegar el descanso los aplausos no pasaron de una tibieza que rozó la frialdad. Al finalizar la función hubo algo más de entusiasmo, especialmente con el tenor; y, como ya he comentado, se escucharon sonoros abucheos a la dirección de escena.

Se ha anunciado oficialmente que la función del próximo día 8 será retransmitida en streaming a través de www.OperaVision.eu con la colaboración de la Agencia Valenciana de Turismo y el canal Mezzo. Yo, en cualquier caso, como siempre, os animo a acudir en directo y a disfrutar de las cosas buenas que también tiene esta ópera, con dos voces muy notables y algunos momentos musicales destacables. Además es una oportunidad de conocer una obra muy inusual y, total, si no os gusta, al fin y al cabo estamos en semana de Pasión.



sábado, 23 de mayo de 2015

"NARCISO" (Domenico Scarlatti) - Palau de les Arts - 22/05/15

Ayer tuvo lugar en la sala Martin i Soler del Palau de les Arts el estreno de la última ópera de la temporada. Una desconocida Narciso, de Domenico Scarlatti, ponía el punto y final a un ejercicio operístico demasiado breve; aunque viendo todo lo sucedido desde el final de la pasada temporada, no nos podemos quejar mucho.

Hoy estamos viviendo esa ridiculez llamada “jornada de reflexión” y, tras lo visto y oído ayer, creo que también aprovecharé para hacer algunas reflexiones que me vinieron a la cabeza mientras me aburría soberanamente en la sala.

Empezaré por advertir a quien no me conozca que la ópera barroca, por lo general, me produce un irresistible sopor. Es algo de lo que no me enorgullezco. Es una carencia que lamento, pero, por más oportunidades que le doy, igual que me pasa con el ballet, sigue aburriéndome. Por eso, mis comentarios hoy, más que nunca, están cargados de unas impresiones muy subjetivas que no tienen por qué coincidir con el resto de aficionados.

Resumiendo en pocas palabras mi opinión de lo vivido anoche, creo que asistí a un magnífico espectáculo dramático, con una dirección escénica formidable y con una dirección y ejecución instrumental sobresalientes; acompañando un pestiño de ópera, con fugaces momentos muy bellos, que contó con un elenco vocal inadecuado y bastante flojo.

La producción presentada está coproducida con el Festival de Música Antigua de Innsbruck, donde ya se había representado el pasado mes de agosto, curiosamente contando con la dirección musical de Fabio Biondi, recientemente nombrado codirector titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana junto a Roberto Abbado, y con quien nos espera, se supone, un incremento de ópera barroca en la programación de Les Arts. Lo que deberían plantearse los gestores del teatro es qué nivel de ópera barroca queremos ofrecer y cómo pensamos que es la mejor manera de acercar al aficionado no iniciado al género. Y, en mi opinión, eso no se logra descuidando el nivel de las voces, precisamente en la ópera barroca, donde lo primordial es el canto. Y ayer eso fue lo que pasó.

La producción contaba con la dirección escénica del omnipresente y polifacético Davide Livermore que obtuvo un éxito sin paliativos con este trabajo, en el que traslada la acción a los años 20 del pasado siglo, con una referencia directa al excelente largometraje de Wes Anderson Gran Hotel Budapest, aquí transformado en Grand Hotel Arkadia.

Una escenografía de ribetes expresionistas, impactantes proyecciones (aunque muchas de ellas recicladas y ya vistas en anteriores producciones), espectaculares juegos de luces y un llamativo vestuario, culminaban una propuesta visualmente hipnótica que potenciaba la acción dramática de un libreto bastante plano y estático. Además, pese a la traslación espacio temporal, se consiguió que no chirriase en ningún momento el texto con una acción escénica que parecía adaptarse perfectamente al espíritu de la obra. Eso sí, dio un aire de comedia a un drama, lo cual a mí particularmente no me molestó porque la obra tampoco me parece el recopetín, pero, como me decía un amigo en uno de los intermedios, si esto lo hace con Rigoletto o con Lohengrin, por ejemplo, le tiramos piedras.

La gran labor de Livermore se completaba con otro de sus fuertes, una dirección de actores cuidadísima, un trabajo espectacular al servicio del drama, logrando de los jóvenes intérpretes un rendimiento máximo en esta faceta.

Pero tanto es su empeño en el refuerzo del apartado dramático que se descuida notablemente la vertiente musical. Como ya ha ocurrido en otros trabajos de Livermore, la acción inunda todos los planos, incluso en los momentos en que no se canta, distrayendo la atención de la música. Además, en ese trabajo escénico no son pocos los ruiditos (el timbre del botones acompañando un recitativo, las risas de los intérpretes…) que interfieren directamente la escucha de la música. ¿Que soy un purista puñetero?, pues quizás, pero creo que hay un término medio para todo y que es posible culminar un trabajo escénico extraordinario, como es el de este Narciso, con un mayor respeto por el apartado musical.

Y esto me preocupa todavía más cuando este señor es el director del Centre de Perfeccionament y el Director Artístico e Intendente de Les Arts, y resulta que la vertiente vocal aparece todavía más descuidada que la musical, con unas interpretaciones muy lejos de la media de calidad que se espera de la casa. Si los cantantes de ayer fueron lo mejor que pudo seleccionar Livermore del Centre, la cosa es alarmante y habría que replantearse el nivel de selección del mismo. Pero lo peor de todo es que me da la impresión, posiblemente errónea, de que a Livermore le chupa un pie que los cantantes sean mejores o peores mientras sepan desenvolverse en escena. Y esto sí lo logró.

Por eso, en medio de mi sopor, estuve reflexionando acerca de esto y pensando en ese próximo anuncio el día 3 de la temporada valenciana 2015/2016, donde se supone que se van a ofrecer ¡14 óperas!, con una apertura a otros repertorios como el barroco o la ópera contemporánea, donde se dice que podríamos tener obras de Britten, Honegger, Janacek o Strauss… Pero si la táctica va a ser hacerlo con el protagonismo de cantantes del Centre que salen gratis y con esta mínima exigencia de calidad vocal, el fracaso está garantizado y el acercamiento del público a esos repertorios más exigentes será imposible, por muy vistosas y divertidas que hagamos las puestas en escena. La ópera no es sólo teatro, es drama, sí, pero sobre todo es música y canto.

Pero bueno, tiempo habrá para hablar de todo esto cuando se anuncie oficialmente la temporada.

El apartado musical tuvo anoche también un protagonismo de enorme calidad en la figura del director italiano Federico María Sardelli, quien ya había estado en este teatro al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana en las óperas de Vivaldi L’incoronazione di Dario y Juditha Triumphans. Al igual que ocurriese en aquellas ocasiones, Sardelli llevó a cabo una magnífica labor, ofreciendo una lectura llena de nervio, brío y músculo, trabajando excelentemente las dinámicas y equilibrando los planos orquestales con sabiduría, logrando de esta orquesta, poco habituada al género, un sonido puramente barroco.

Destacadísima fue la aparición de los metales en sus breves intervenciones; maravilloso el sonido de toda la sección de cuerda, con ese momento en que la orquesta se convierte en quinteto de cuerda absolutamente fascinante; precioso el solo del concertino, Sergey Teslya; y acertadísimos toda la noche Aida Bousselma al clave, Arne Neckelmann con el violonchelo y Juan Francisco Padilla a la tiorba.

De los cantantes ya he dicho bastante. No voy a hacer mofa ni sangre, pero considero que tienen mucho que mejorar. A lo mejor exagero y tengo mis percepciones equivocadas por mi aversión al género, pero no hace mucho tiempo estuve también viendo una ópera barroca interpretada por alumnos del Máster del Conservatorio y el nivel me pareció superior.

Los recitativos estaban muy descuidados y toda la noche fue un recital de desafinaciones, destemplanzas, problemas de respiración e inadecuación al género. Destacaría entre todos favorablemente a Cristina Alunno, quien, al menos, dotó a su canto de expresividad; siendo el que menos me gustó el tenor Valentino Buzza con ese vibrato de borreguito característico y su tendencia a villazonear cantando todo como si fuese Pagliacci.

Sí quiero volver a repetir que su rendimiento en el plano escénico y dramático fue magnífico y ahí merecen un sobresaliente; como también merecen una reseña destacadísima las dos figurantes pertenecientes al Ballet de la Generalitat, Fátima Sanlés y Júlia Cambra, permanentemente en escena con una desenvoltura y unas dotes cómicas y dramáticas extraordinarias.

Al finalizar, hubo calurosas ovaciones para todos de un público que prácticamente llenaba la sala, con un altísimo porcentaje de extranjeros (alemanes, ingleses, noruegos y muchos italianos). También se encontraban presentes algunos jóvenes cantantes valencianos, ex compañeros/as del Centre de Perfeccionament o el que va a ser principal director invitado de Les Arts, Ramón Tebar.

Bueno, ahora esperemos al día 3 de junio a ver si el señor Livermore, dos meses después de lo prometido, se digna facilitar la información de la programación de la próxima temporada. Y a partir de ahí hablaremos del futuro.

Que ustedes reflexionen bien y voten mejor.


miércoles, 25 de abril de 2012

"LE CID" (Jules Massenet) - Palau de les Arts - 24/04/12


Anoche tuvo lugar el estreno de la ópera "Le Cid", de Jules Massenet, en versión concierto, la última de las programadas en la temporada oficial 2011-2012 del Palau de les Arts. Ya sólo nos quedarán las funciones del Festival del Mediterrani y los "espectáculos sorpresa" que de vez en cuando aparecen anunciados en la web del teatro valenciano, como ese "Dido y Eneas" de Purcell que se ha programado sin previo aviso para el próximo mes de mayo a cargo de los alumnos del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo.

Precisamente Plácido Domingo volvió a ser ayer el encargado de portar la batuta al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, mientras sigue pensándose si acepta el ofrecimiento de Helga Schmidt, ya comentado en este blog, para ser el director musical titular de Les Arts a partir de 2014. Está claro, y no vale la pena insistir sobre ello, que la dirección de orquesta no es el fuerte del señor Domingo, pese a lo cual, con esta orquesta, los resultados obtenidos no son peores de los que hemos podido tener con algunos directores de más renombre. Y es que la verdad es que esta extraordinaria orquesta puede tocar sola. Aunque si recordamos las prestaciones que han sacado de estos músicos recientemente Fournillier, Davies o Mariotti, la diferencia sí es más apreciable.

En la parte positiva del trabajo de Domingo ayer, destacaría el exquisito cuidado y atención que prestó en todo momento a los cantantes y el acento lírico que supo imprimir en algunos momentos como el dúo entre Rodrigo y Jimena o alguna de las danzas. Menos me gustó un exceso de chimpunismo, cierto descontrol en los vientos o las excesivas paradas que se produjeron buscando el aplauso y haciendo saludar a la orquesta (tras la obertura o el aria de Jimena, por ejemplo). Pero, en conjunto, la valoración que hago de su dirección es positiva y no deslució en absoluto el trabajo de los solistas.

Escuchar a la Orquestra de la Comunitat Valenciana sigue siendo un lujo y el sonido de sus violines y violonchelos me continúa enamorando, estos últimos ayer encabezados por Guiorgui Anichenko y Arne Neckelmann en una actuación fantástica. También destacaron las trompas, oboes y clarinetes y el maravilloso sonido que siempre extrae de la flauta Álvaro Octavio.

El Cor de la Generalitat, dirigido por Francesc Perales, estuvo también inspiradísimo (impresionante ese Réquiem que se marcaron) y contribuyó de forma decisiva a dotar a la obra del aliento épico que subyace a lo largo de la partitura.

El tenor Jorge de León fue el encargado de encarnar el exigente papel protagonista del héroe castellano y pasó la prueba con nota. De León se ha convertido ya en un habitual de Les Arts y tengo que confesar que estoy encantado de que así sea. Poco más puedo decir de lo que ya he comentado en otras ocasiones sobre las virtudes y defectos vocales de este cantante. Sus agudos siguen siendo esplendorosos y se va apreciando una evolución a mejor en cuanto a su fraseo o matices. Ayer nos obsequió con un elegante falsetillo al final del dúo con Jimena del tercer acto, y en su aria "Ô souverain, ô juge, ô pere" ofreció las mejores prestaciones de la noche haciendo vibrar la sala de emoción y obteniendo una larga ovación. A mi juicio, consiguió dotar al personaje del carácter heroico que precisa y, en cuanto ruede un poco más el papel y se encuentre más suelto, mejorarán todavía más sus resultados.

Gran interés tenía por escuchar en directo a la soprano ucraniana Ludmila Monastirska, de quien no pocos aficionados me habían hablado especialmente bien y lo cierto es que no me defraudó en absoluto. Tiene una voz enorme, potentísima, carnosa y muy homogénea en todos los registros que además sabe domar con tremenda sabiduría, regulando cuando es necesario, con medias voces y notas apianadas de gran belleza. En la zona aguda se movió con autoridad y sin que recurriese al chillido o a sonidos abiertos, y también apuntó algunos graves de peso. En su aria “Pleurez, pleurez mes yeux” estuvo excelsa. Una auténtica gozada, a la que tan sólo le pondría el pero de una pésima dicción francesa y cierta frialdad expresiva y poca implicación interpretativa, que en principio yo achaco a un rol poco trabajado, como quedaba en evidencia con su permanente fijación en la partitura. Me encantaría ver a este huracán de mujer en escena encarnando una Lady Macbeth o una Aida (¿oído, Helga?).

La soprano Micaëla Oeste fue una buena Infanta, que mostró una agradable voz lírico ligera con algunos detalles de mucho gusto, como el pianísimo que se marcó al final del dúo con Jimena del primer acto o la delicadeza que aportó al personaje, aunque la poca envergadura de su instrumento quedaba demasiado en evidencia al lado de los decibelios de Monastirska o De León.

Me gustó bastante también el veterano bajo chino Hao Jiang Tian como don Diego, con una voz que, aunque presenta algunas señales de natural desgaste, proyectó con suficiencia y poderío, aportando además unas enormes dosis de expresividad.

Muy correctos estuvieron también Felipe Bou, como Conde, y Josep Miquel Ramón, Mario Cerdá, Leonard Bernad e Isaac Galán en sus pequeños papeles. Menos me gustó el Rey de James Rutheford.


Al finalizar, hubo grandes ovaciones para todos, que fueron especialmente intensas para la pareja protagonista, por parte de un público que no llegó a llenar el Auditorio y donde, como suele ser cada vez más habitual, se vio una numerosa presencia de visitantes extranjeros.

Y precisamente no quisiera finalizar sin hacer una referencia al maldito Auditorio superior de Les Arts. Lamentablemente, una vez más se ha elegido para la representación de una ópera en versión concierto este infame recinto. Y como ellos insisten, pues yo también: señora Schmidt, es impresentable que teniendo disponible la sala principal se programen espectáculos de ópera o música clásica en un Auditorio que no cumple las mínimas condiciones acústicas ni para un concurso de pregoneros. Es vergonzoso tener que escuchar a espectadores que se han desplazado hasta esta ciudad ilusionados por el programa ofrecido e impactados con la estética del recinto, que salen jurando en arameo y echando pestes del sonido de la sala y asegurando que no vuelven.

Como broma ya está bien. Es un insulto a los espectadores, e indigno para los profesionales que allí actúan, ofrecer funciones de ópera en esta cueva. Lleve allí si quiere esos conciertos de música ligera con amplificación, con los que parece que se va a completar la actividad del Palau para sacar unas perrillas, pero deje a la ópera y la música clásica en paz en la sala principal. Lo contrario, a lo único que va a conducir, viendo que las estrecheces económicas pueden apuntar a un mayor número de óperas en concierto, será a la pérdida de abonados, especialmente de aquellos que en la sala principal se ubican en los pisos superiores y que en el auditorio son relegados a unas alturas donde el aire acondicionado o las flatulencias de los acomodadores se oyen mejor que las voces de los cantantes.

Para finalizar, os dejo con un video que han colgado en la web de Les Arts con imágenes de los ensayos de “Le Cid”, con Plácido Domingo y los miembros de la Orquestra de la Comunitat Valenciana:


video de PalaudelesartsRS

Os recomiendo leer aquí la estupenda crónica de Maac.

lunes, 2 de abril de 2012

"TOSCA" (Giacomo Puccini) - Palau de les Arts - 01/04/12


Por mucha crisis que haya y aunque “Tosca” sea siempre un título de los que tienen garantizado un tirón popular, no considero que tenga mucho sentido reponer una producción cuando apenas han transcurrido diez meses desde su estreno, sobre todo si tampoco la dirección escénica era como para tirar cohetes y más aún si, como ocurrió ayer, los resultados musicales son mucho peores.

Después de haber asistido el día anterior a una extraordinaria “Thaïs”, tanto en el plano escénico, como en el musical y vocal, esta “Tosca” me ha defraudado enormemente. La dirección de escena no me gustó ya el año pasado, la musical de Omer Wellber está a años luz del trabajo de Zubin Mehta y sustituir en el papel de Scarpia a Bryn Terfel por Marco Vratogna es como cambiar a Messi por el cojo Manteca. Pero vayamos por partes.

Esta coproducción de Les Arts con la Fundación del Festival Puccini de Torre del Lago, la Ópera de Montecarlo y el Teatro Regio de Turín, cuenta con la dirección escénica ideada por Jean-Louis Grinda que ya tuve ocasión de comentar con motivo de su estreno en el Festival del Mediterrani del pasado año, por lo que a aquella crónica me remito (podéis leerla aquí) y poco más tengo que decir, salvo reiterarme en lo poco que me gustó. Me sigue pareciendo una demostración de absoluta falta de ideas que lo único que hace es llevar a cabo un planteamiento muy clásico con una escenografía pobre y absurda y una vulgar dirección de actores. Para colmo, hubo un problema en el tercer acto con la bajada de la escenografía, que parece que se quedó enganchada, haciendo un ruido horroroso.

La dirección musical de Omer Wellber no me ha gustado. Ya hace tiempo que vengo diciendo que, conforme le voy viendo dirigir más funciones, más se asienta mi sensación de que no es el genio que nos quisieron vender. La principal reacción que me suele provocar siempre el director israelí es la de desconcierto y ayer no fue una excepción. Su lectura de la genial página pucciniana me pareció superficial y, en apariencia al menos, caprichosa. Sus tiempos fueron lentísimos, pero, junto a estas ralentizaciones que rozaban lo exasperante, introducía unas extrañas aceleraciones sin sentido, todo ello adornado con una gestualidad desbocada, más propia, como decía mi amiga Assai, de un conductor de cuádrigas que de un director de orquesta.

Lo malo es que toda esta exageración no se tradujo en la más mínima emoción. En los pasajes más intensamente dramáticos la dirección resultó plana, con una falta absoluta de tensión y en ningún momento logró, a mi juicio, crear la atmósfera precisa. Si acaso sólo salvaría el inicio del tercer acto. Para empeorar las cosas no se privó de toques efectistas, como las paradinhas estratégicas para provocar el aplauso a los cantantes, y nos castigó con un altísimo volumen que, junto a los vozarrones de Jorge De León y Oksana Dyka, hacían, con toda seguridad, la función audible desde el exterior. Fueron evidentes también numerosos desajustes y claras descompensaciones, culminando una noche para el olvido, en la que, tener tan presente la dirección de Zubin Mehta del año pasado, hizo mucho más cruel y sangrante la comparación.

La Orquesta de la Comunitat Valenciana, con esta dirección, no pudo brillar como de costumbre. Esos desajustes que ya he mencionado antes, posiblemente indiquen la falta de rodaje con un director que, según me han comentado, no se ha caracterizado precisamente por los ensayos en esta “Tosca”. Pese a todo, la calidad de los músicos es incuestionable y durante toda la noche destacaron las intervenciones del clarinete de Tamás Massànyi y la sensacional actuación en el tercer acto de los cellos de Guiorgui Anichenko y Arne Neckelmann.

Buenas prestaciones tanto del Coro de la Generalitat como de la Escolania de la Mare de Déu dels Desemparats, aunque también se apreciasen algunos desajustes con el foso y el Tedeum no resultase tan lucido como siempre se espera, debido a los tiempos marcados por Wellber y al deficiente Scarpia de Marco Vratogna. Me volvió a llamar la atención en los saludos finales la ausencia del director del Coro de la Generalitat, Francesc Perales.

Lo mejor de la noche vino de la mano de Jorge de León como Cavaradossi. Ya sabemos que el tenor tinerfeño tiene un centro a veces oscilante e inestable y alguna puntual desafinación, pero sus agudos son brillantes y auténticos cañonazos, y su entrega en escena es irreprochable, así como su valentía a la hora de abordar por derecho cualquier obstáculo de la partitura con absoluta convicción. Hizo gala de un fraseo intencionado y lleno de expresividad, y de buen control del fiato. En “Recondita Armonia” entró un tanto frío, asomando un feo vibrato inicial, pero resolvió la página con brillantez, con gran musicalidad y unos agudos espectaculares, obteniendo la primera ovación de la noche. Aunque eso no sería nada para su culminación de un “E lucevan le stelle…” muy meritorio, donde tuvo que lidiar con el tempo lentísimo que imprimió Wellber, y donde tan sólo se echó de menos una mayor capacidad de matización, que fue premiado con un torrente de bravos y unos larguísimos aplausos que me hicieron incluso pensar que se fuera a producir un bis que hubiera sido un premio excesivo.

La Tosca de Oksana Dyka, como ya ocurriese en el estreno, resultó más fría que una bolsa de menestra congelada. Sigue sin apenas regular intensidades y se limita a dar rienda suelta a su enorme y potente voz, pero sin llegar a transmitir ninguna emoción. Su fraseo es abrupto y chillón, y el “Vissi d’arte” que se marcó me pareció bastante penoso, pura rutina sin el más mínimo matiz. En frases clave para sacar toda la fuerza del personaje, como “Questo è il bacio di Tosca!” o “E avanti a lui tremava tutta Roma!”, parecía que estuviese leyendo el precio de los pepinos.

La guinda la puso el Scarpia compuesto por Marco Vratogna, con su característica voz fea, opaca y de emisión sucia con la que nos obsequió cantando de forma tosca, a empujones, arrastrando la voz. Toda la perversidad de Scarpia que transmitía Bryn Terfel con un simple gesto de su ceja, aquí estaba ausente; la única maldad que se vislumbraba era lo malo que es el propio Vratogna cantando. Bueno, cantando y actuando, porque el tío se plantaba estático, mirando el patio de butacas cual clik de Famobil y con eso ya estaba bien. Ni siquiera supo simular que escribía el salvoconducto, limitándose a echar rayotes. Estoy seguro de que si a Cavaradossi, en lugar de llevárselo a la cámara de tortura, le dejan en la habitación de Scarpia con Vratogna cantándole a la orejita, confiesa hasta haber matado a Manolete. Su “Non mi vendo a prezzo di moneta” fue horroroso, plano e inaudible. Lo mejor que hizo en toda la noche fue morirse, aunque, para desconsuelo de algunos, sólo estaba fingiendo. Pese a todo lo dicho, lo cual demuestra que no tengo ni idea, fue ovacionado en los saludos finales e incluso hubo algún cachondo que le braveó.

Del resto del reparto merece destacarse el buen Sacristan de Fabio Previati y Gianluca Buratto como Carcelero. Bien estuvo también el niño José Escorihuela. Angelotti fue el bajo finlandés Mika Kares quien, como siempre, le pone mucha intención, pero esa voz de emisión cuasi anal, no acaba de convencerme.

Al final, encendidos aplausos para todos los intervinientes, incluidos Wellber y Vratogna, con una ovación larga y ensordecedora para el tenor Jorge de León, esta sí más coincidente con mi criterio.

Una vez más la sala principal de Les Arts presentaba demasiados huecos para tratarse de un estreno en día festivo y con una ópera popular como “Tosca”. Hasta los que se creen VIPs fueron muchos menos que en otras ocasiones, apenas la Consellera de Cultura, el presidente del Consejo Jurídico Consultivo, pelotas varios y algún engominado ex Secretario Autonómico recientemente cesado. Nada que ver con el oropel de la “Thaïs” del sábado, con el President Fabra y la Infanta doña Pilar a la cabeza. Es lo que tiene que cante Plácido Domingo.

Por cierto, ahora sólo queda esperar a ver si Domingo consigue mejorar la dirección de Wellber en las últimas funciones. A priori me hubiera atrevido a apostar que no, pero después de lo escuchado ayer, todo es posible.

Aquí podéis leer también la siempre interesante y fundamentada crónica de Maac.