Mostrando entradas con la etiqueta Oneguin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Oneguin. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de octubre de 2013

"EUGENE ONEGIN" DESDE EL MET

Ayer comenzó la temporada de retransmisiones operísticas en directo desde el MET neoyorquino, todo un lujo que nos permite a los comunes mortales poder seguir disfrutando a distancia de la extraordinaria programación de este teatro de ópera, donde parece que no haya llegado esa crisis que está presente en nuestra vida diaria como una espesa y asfixiante niebla que todo lo envuelve.

La brillante apertura de la temporada se ha reservado además a una de las óperas más bellas del repertorio, “Eugene Onegin”, de Tchaikovsky, con un reparto de ensueño en el que destacaba la presencia, en el papel de Tatiana, de la gran zarina de todas las Rusias, Anna Netrebko.

Hace ya varios años que los aficionados amantes de la voz de esta mujer suspirábamos porque acometiese este rol que, a todas luces, parece compuesto para ella. La primavera pasada debutó el papel en Viena y esta cita neoyorquina ha supuesto su puesta de largo oficial y la confirmación de que, tal y como algunos esperábamos, nos encontramos ante una de las mejores Tatiana de la historia. Así de claro.

Su dominio vocal y expresivo del personaje es avasallador y casi insultante. Controla cada inflexión, cada pausa, como si llevase toda su vida cantando el sufrimiento y pasión de Tatiana. En el primer acto, supo reflejar la contención, retraimiento, melancolía y ensoñación amorosa de una adolescente sin que nada chirriase, pese a haber cumplido ya los 42 años, estar entradita en carnes y esconder un torrente vocal y una extroversión dramática que pugnaban por salir al exterior como de una olla a presión. En el segundo acto dio toda una lección de interpretación con gestos, miradas y sutiles matices vocales, acabando de perfilar un personaje que, en el último acto, alcanza su madurez y permite que la Netrebko saque toda su fuerza vocal e ímpetu dramático, como así hizo en un dúo final antológico.

Si Tatiana fue referencial, no menos lo fue el maravilloso Lensky que llevó a cabo el tenor polaco Piotr Beczala. Para mí, la gran sorpresa de la noche. Lo de Netrebko, siendo grandioso, lo esperaba. Respecto a Beczala, sabía que podía también llevar a cabo una gran interpretación, pero lo de anoche fueron palabras mayores. Un cantante, al que muchas veces se le ha reprochado ser frío o poco intenso, y que ayer construyó un Lensky enormemente emotivo, electrizando el patio de butacas, tanto en los pasajes más líricos y poéticos, como en su arrebatado enfrentamiento con Onegin del cuadro primero del segundo acto, donde estuvo soberbio. Absolutamente impactantes resultaban su frescura vocal, la limpieza y mordiente de sus agudos o la luminosidad y perfección de su canto, con un uso de las medias voces elegantísimo. Si hubiese enhebrado algún pianísimo en su aria, la cosa hubiera sido ya de desmayarse.

Con semejante pareja como acompañantes, la buena labor de Mariusz Kwiecien quedó quizás en un segundo plano. No obstante, creo que su Onegin fue enormemente meritorio, pese a que el barítono polaco tenga una voz demasiado lírica. Su interpretación dramática fue estupenda y todos los matices del personaje, que quizás vocalmente no acababan de redondearse, quedaban bien dibujados, siendo su entrega irreprochable, dándolo todo en un dúo final que, aunque se veía que se le hacía cuesta arriba, culminó razonablemente bien.

Una sorpresa agradable supuso también la Olga de Oksana Volkova, apuntando algunas interesantes tonalidades de contralto y estando escénicamente a la altura de sus compañeros. Aunque más en el primer acto que en el segundo.

Muy destacables resultaron las intervenciones de Elena Zaremba y, sobre todo,  de Larissa Diadkova como Filipyevna. Y hasta el repelente Triquet de turno, en este caso el tenor John Graham-Hall, estuvo al nivel que exigía el espectáculo.

El único lunar de la noche resulto el deficiente Gremin del bajo Alexei Tanovitski, muy por debajo del resto de intérpretes, tosco, de voz fea, sin la envergadura vocal que requiere el papel, con una técnica primitiva e incapaz de transmitir la más mínima emoción en un aria que es una joya. Más bien parecía que estuviese leyendo la sección de esquelas del ABC.

Gran parte del éxito de la velada correspondió sin duda a la magnífica labor de batuta de Valery Gergiev, todo un experto a la hora de dirigir Tchaikovsky, y que ayer supo generar y mantener la tensión y crear atmósferas de manera maestra, obteniendo de la orquesta un colorido e intensidad increíbles en momentos como la escena de la carta o el enfrentamiento en la fiesta entre Onegin y Lensky, y logrando unos instantes de desbordado lirismo en otros, como en esa mágica conexión con Beczala en el “Kuda, kuda”.

La puesta en escena de Deborah Warner es absolutamente clásica y muy atractiva visualmente. Muy del gusto MET y eficaz para enmarcar adecuadamente la historia. Me convenció más en la primera mitad y creo que fue claramente a menos, dejándose vencer en el último tramo de la obra por el ansia de vistosidad, aunque me pareció bastante conseguida la escena final, resuelta con una imponente fuerza dramática, pese a que la escenografía y la nevada de poliespán dejasen bastante que desear.

En la parte más positiva debe destacarse también el gran trabajo de dirección de actores y la poesía que desprendía todo el primer acto. Por el contrario, las escenas de baile y la presencia del coro se vieron dificultadas por una escenografía incómoda para el movimiento de masas.

Estas retransmisiones en pantalla grande nos ofrecen mil detalles interesantes que desde la lejanía de un cuarto o quinto piso quedan ocultos, así que, cuando tenemos la suerte de poder gozar de interpretaciones tan intensas como la de Anna Netrebko anoche, resulta un plus añadido al gran espectáculo que ya es la ópera de por sí. Pero convendría recordar que ésta ha sido concebida para ser contemplada desde un patio de butacas, de ahí que esa obsesión de los realizadores por incidir en los primeros planos, además de mostrarnos todos los problemas de cutis  o dentadura de las estrellas operísticas, nos desvelan muchos de los trucos del atrezzo, rompiendo toda la magia teatral. Un punto al que también influyen negativamente esas imágenes entre cuadro y cuadro, enseñándonos cómo se prepara la siguiente escena, en lugar de vivir el asombro de encontrarnos con los distintos ambientes al alzarse el telón. Tampoco comparto el gusto por unos permanentes movimientos de cámara que, generalmente, lo que hacen es impedir que tengamos la visión de conjunto del escenario y que sólo centremos nuestra atención en lo que al realizador le parece bien.

También quisiera hacer una breve referencia al nefasto sonido que nos ofrecieron en los cines Yelmo de Valencia. Ignoro si el problema era de la emisión norteamericana o del cine, pero había partes del escenario donde se velaba un sonido que, además en general, estuvo muy desequilibrado. Algo inaceptable, sobre todo si habías pagado 23 eurazos por entrar al cine.

Pese a todo, anoche pudimos gozar de una grandísima noche de ópera. Un magnífico comienzo de temporada neoyorquina, que se vio correspondida con una numerosa asistencia de espectadores en el cine, aunque, vistos los escandalosos precios de las entradas, no sé si con propuestas con menos tirón mediático conseguirán cubrir las expectativas. Deberían planteárselo.


video de MetropolitanOpera


video de MetropolitanOpera




lunes, 24 de enero de 2011

"YEVGUENI ONEGUIN" (Piotr Ilich Tchaikovsky) - Palau de les Arts - 22/01/11


El pasado sábado se estrenó en el Palau de les Arts la ópera “Yevgueni Oneguin” de Tchaikovsky. Resultó llamativo de entrada el gran número de huecos visibles en la sala. Es verdad que en el reparto no había nombres famosos, que la gélida noche no invitaba a salir, que los precios de las entradas no menguan ni con el frío y que entre los asistentes estaba Rappel con su abrigo leopardino y sus gafas del revés, que eso asusta a cualquiera, pero me parece muy preocupante la poca capacidad de convocatoria de una ópera realmente preciosa.

Como no hay estreno valenciano que se precie sin que doña Helga nos brinde alguna sorpresa, en esta ocasión, tres días antes del mismo, como siempre sin previo anuncio ni posterior explicación, se sustituyó en la web de Les Arts el nombre de la Tatiana prevista, Amanda Echalaz, por el de Irina Mataeva, que se añadía así al cambio ya anunciado hace más tiempo de Anita Rachvelishvili como Olga, por Olga Belkina. No sé cómo lo hubieran hecho las cantantes ausentes, pero las sustitutas, siendo benévolo, diré que no destacaron precisamente.

Helga sigue con su política de Juan Palomo y los nombres de los artistas aparecen y desaparecen de la programación sin que los ignorantes que le pagamos el sueldo merezcamos ni una miserable nota explicativa.

La producción que se ha traído procede de la Ópera Nacional de Polonia y cuenta con dirección escénica de Mariusz Trelinski, de quien ya pudimos ver la pasada temporada su propuesta para “Madama Butterfly”. Como en aquella ocasión, la versión ahora presentada de “Yevgueni Oneguin” se caracteriza por su minimalismo escenográfico y está cargada de simbolismos, jugando un papel determinante la efectista iluminación de Felice Ross. En conjunto he de decir que el resultado me pareció positivo, aunque muy irregular, alternándose momentos muy inspirados con otros claramente fallidos, yendo en picado de más a menos.

Trelinski ha optado por incluir un personaje en escena no previsto en el libreto: Un mimo (ya sabéis cuánto me gustan los mimos) pintado de blanco que se pasea por la escena simbolizando un Oneguin anciano o un espíritu de éste. Al comienzo la cosa tiene su gracia y dota de gran poderío visual a algunas escenas, como la estocada simbólica que da a Tatiana condenándola desde el primer encuentro a su desgraciado amor, pero al cabo de un rato, como les suele pasar siempre a los mimos, acaba cargando al más pintado y lo único que consigue es entorpecer el seguimiento del drama.

Tampoco me gustó la pasarela Cibeles que se colocó rodeando el foso y que puntualmente usaban los cantantes para trasladar allí la acción, con esta manía de los directores de escena actuales de saltar "la cuarta pared” en cuanto pueden. Y encontré especialmente desafortunado que el momento final de la ópera tuviese lugar allí, con los cantantes delante de la orquesta, viéndose deslucido gratuitamente tanto el resultado musical como el impacto dramático de este fragmento esencial.

Por el contrario, me pareció acertado y muy inteligente el planteamiento escénico del primer acto (sensacional ese bosque) y de la escena del duelo del segundo, dotados de gran sencillez, con un alto valor estético y potenciando la carga dramática. Pero junto a esto, lamentablemente, el feísmo se apodera del comienzo del acto II, llegando a su punto culminante con la aparición del personaje de Triquet ridículamente caracterizado a modo de Electroduende con levita rosa, que por si fuera poco se ve acompañado en sus couplets por unos Cupidos con Dodotis y un hada que sale de un bulbo gigante que, como bien me señaló la amiga Mi, recordaba a una falla de sexta C.

La Polonesa que abre el acto III no tuvo mejor resolución, viéndose sustituida por un extravagante desfile de zombies sincopados en una sala con pinta de anuncio de Porcelanosa o discoteca viejuna de los 70, y la aparición de Tatiana con aspecto de femme fatale tampoco ayudó a dar coherencia a aquello.

A pesar de todo, como decía, creo que el resultado global general no es negativo y los aspectos criticados no llegaron a molestarme tanto como para considerar la propuesta de Trelinski rechazable, aunque sí fallida, ya que no culminó con éxito lo que tan bien empezó.

En lo musical, existía gran interés por ver como Omer Wellber afrontaba su segunda cita en el foso de Les Arts al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, tras el exitoso debut en “Aida”. A mi juicio, Wellber ha dejado claro que nos encontramos ante un buen director que además tiene el privilegio de contar con una excelente plantilla de músicos a su cargo y los resultados obtenidos hasta ahora son muy positivos y esperanzadores de cara a su futuro como director musical de la casa. Pero también tiene algunas cosas que mejorar, producto posiblemente de su juventud y del necesario periodo de rodaje y acople con la Orquesta.

Wellber esbozó una lectura apasionada, pulcra y detallista de la obra, consiguiendo mantener en todo instante la tensión dramática, y con algunos momentos de enorme intensidad, como en la fantástica introducción de las cuerdas al aria de Lensky, y exhibió una notable inteligencia concertante. En su debe ha de consignarse un volumen que, unido a unas voces no precisamente poderosas, tapó de manera inclemente en varias ocasiones a los cantantes, especialmente a Mataeva, con una escena final donde el desmadre decibélico fue exagerado, afeando el resultado. También se apreciaron algunos desequilibrios entre secciones, sobre todo en la Polonesa, aunque esto puede ser considerado normal en una función de estreno y es de prever que pueda irse ajustando en futuras representaciones.

Fuera de esto el rendimiento de la Orquesta fue espléndido, destacando la calidez y densidad de la cuerda y la precisión de los metales.

El Cor de la Generalitat volvió a hacer gala de su enorme calidad y, aunque también se apreció algún desajuste puntual con el foso, ofreció un rendimiento incuestionable, a pesar de tener que hacer frente a alguna coreografía mamarracha cum laude. Se ha suprimido en esta ocasión incomprensiblemente el Coro de Campesinos del principio del acto I, no sé si a instancias del director escénico o del musical.

Entre los solistas destacó claramente el Lensky de Dmitri Korchak. El tenor ruso no tiene una voz que me resulte especialmente bonita, sin embargo mostró una musicalidad excepcional, un legato impecable y un fraseo bellísimo, muy rico en matices, logrando alcanzar con su “Kuda, Kuda” el momento más emocionante de la noche con diferencia.

Artur Ruciński fue un Oneguin bastante correcto. Me gustó más que en su reciente papel de Lescaut en “Manon”. Presentó una agradable voz baritonal que proyectó con firmeza y suficiente volumen para hacer frente a las embestidas orquestales. Se le echó en falta un mayor poderío en el último acto y más implicación en el plano actoral.

La Tatiana sorpresa de Helga, Irina Mataeva, fue la gran decepción de la noche. No porque lo hiciese especialmente mal, pero es que un Oneguin sin una Tatiana que emocione, no es lo mismo. Esta soprano rusa, procedente del Mariinsky, no presentó deficiencias escandalosas, pero su canto es demasiado plano. Su voz lírica se movía cómoda en la zona central, con mayores apuros en cotas más comprometidas, con un volumen demasiado justito y sobre todo con unas limitaciones expresivas que son incompatibles con este personaje que precisa emocionar para ser creíble.

El bajo Günther Groissböck, como Gremin, destacó por su intencionado fraseo y contundentes graves en su preciosa aria. Bastante floja sin embargo estuvo Lena Belkina como Olga.
Helene Schneiderman fue una buena Lárina y mejor aún Margarita Nekrasova como Filíppievna, alcanzando profundidades muy notables con sus graves.

Emilio Sánchez, como Triquet, en su línea habitual. Mejor en el apartado actoral que en el vocal, aunque bastante hizo el hombre con no salir llorando del escenario tras ver la sonrojante pinta que se le había adjudicado.

El público asistente, salvo la señora del bolso con velcro que salió de la sala a la carrera (posiblemente para evitar su linchamiento), aplaudió a todos sin excepción, incluyendo a Trelinski que acudió al estreno, aunque los mayores bravos tuvieron por destinatarios a Korchak, Wellber y la Orquesta.

A pesar de los reparos que he hecho, la sensación con la que salí del teatro fue muy positiva, habiendo disfrutado de una estupenda noche de ópera, que tuvo su perfecto colofón en una cena con entrañables amigos que nos hizo olvidar el frío exterior y hasta el espantoso abrigo de Rappel.

Aunque Helga no se merezca que le hagamos publicidad gratis después de lo mal que trata al aficionado, como en el fondo soy muy bueno (y sobre todo, como sé que no me va a poder pagar ni con petromortadelos), desde aquí quiero animar a quien esté dudando si asiste o no a ver este “Yevgueni Oneguin”, o a quien tenga reticencias basadas en el desconocimiento de la obra o en que le imponga el hecho de enfrentarse a una “ópera rusa”, que acuda, que a buen seguro no saldrá defraudado. Tchaikovsky nunca falla.