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martes, 3 de diciembre de 2019

"NABUCCO" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 02/12/19


Gran expectación popular, lleno hasta la bandera, desaforada atención mediática, incluso con cámaras de televisión en la entrada a Les Arts preguntando a los espectadores si iban a apoyar a Plácido… la estrella era Plácido y todo parecía centrado en él. La vida es así de injusta a veces.

Injusta por muchos motivos. El primero porque, más allá de la categoría reconocida como el artista irrepetible de la historia de la ópera que es y será siempre Plácido Domingo, su situación vocal actual no justifica por sí misma ese interés por escucharle. Injusto es también que se lleve vendiendo todos estos días en prensa que es sólo la figura de Plácido la que ha hecho que se agoten todas las localidades de la totalidad de funciones de este Nabucco estrenado ayer, cuando la popular ópera verdiana digo yo que también habrá tenido algo que ver, y cuando había otros elementos objetivamente mucho más atractivos para el público que podrían y deberían haber influido en el éxito de la convocatoria, como la presencia en el reparto de la grandísima Anna Pirozzi o el contar todavía en nuestro teatro con uno de los mejores coros del panorama internacional, el Cor de la Generalitat, en una obra en la que el coro es precisamente su espina dorsal y su principal sustento dramático. E injusto es, finalmente, para el propio Plácido Domingo, que, a estas alturas de su incuestionable carrera, sea el morbo creado por las acusaciones de acoso que le han llevado a apartarse de la actividad en los teatros estadounidenses, el que protagonice los titulares y el que haya convertido de algún modo su presencia actual en Les Arts en una especie de plebiscito para demostrar que el público hispano no es como el norteamericano y va a acudir a aplaudirle y apoyarle, cante como cante, y donde sólo habría faltado que nos vistieran a los espectadores de flamencos como en Bienvenido Mr. Marshall.

Desde luego no seré yo quien abra aquí el melón de ponernos a teorizar y discutir sobre los presuntos acosos acaecidos, o no, muchos años atrás, pero para que no quepan dudas sobre mi postura quiero que quede claro que no me parece justificada la caza de brujas (o sátiros) desatada contra el artista; y que siempre he considerado que una cosa es la vertiente personal de cada uno de nosotros y otra la profesional. Cualquier tipo de abuso o acoso es condenable y lo rechazo de plano, así que si alguien ha cometido algún hecho reprobable penalmente y queda demostrado, que lo pague en los tribunales, se llame como se llame; pero no que se condene a un cantante preventivamente con su apartamiento de la escena por hechos no probados sucedidos en los tiempos del pantalón campana y juzgados, sin opción a defenderse, en las redes sociales con los criterios del politicorrectismo imperante en este nefasto siglo XXI. Pira mediática encendida y a pulverizar una carrera profesional inigualable.

Realmente la escena quizás la debería abandonar Domingo por otros motivos, como es el que sus condiciones vocales actuales y su condición física sigue yendo a peor y se corre el riesgo de que se acabe por deteriorar el recuerdo y la figura de uno de los mejores artistas de la historia; pero no por lo que hasta ahora se ha conocido de los famosos acosos. Especialmente cuando la vara de medir es tan diferente dependiendo de la conducta de que se trate o de la profesión a la que se dediquen algunos. Ahí tenemos sin ir más lejos a unos señores llamados Messio Cristiano, delincuentes sentenciados, y a quien nadie ha pedido que dejen de jugar en sus respectivos equipos por malhechores. Pero bueno, ya he dicho que no es mi intención debatir sobre este tema, en absoluto, y además tengo muchas cosas que quiero comentar del estreno de anoche.


La producción estrenada ayer de la Washington National Opera, en coproducción con The Minnesota Opera y Opera Philadelphia, cuenta con la dirección de escena y escenografía del estadounidense Thaddeus Strassberger y el vestuario de Mattie Ullrich, quienes fueron ya los responsables de otra producción verdiana que pudo verse en Les Arts en 2013, I due Foscari, también con el protagonismo de Plácido Domingo, aunque poco tienen que ver ambas producciones, salvo quizás algunos rasgos del vestuario. Si algo caracteriza a primera vista esta propuesta es, sin duda alguna, su tradicionalidad, vistosidad y la majestuosidad de cartón piedra en la ambientación de unas espectaculares Jerusalén y Babilonia, propias del álbum de cromos Vida y Color, con sus jardines colgantes, sus leones de la puerta de Ishtar, su barbudo Nabucodonosor… procurando que todo se ubique allí donde dice el libreto, con una escenografía consistente en su mayor parte en grandes telones pintados a la antigua, de esos que cuando pasaba el coro al lado de las columnas del templo de Salomón estas se movían ondulantes. Todo más clásico que un rollo de papel higiénico del Elefante. Una señora detrás de mí comentó entusiasmada que ya era hora de que trajesen a Les Arts puestas en escena como Dios manda. Lo que no me acabó de aclarar es si lo mandaba Jehová o Baal.

Debe reseñarse el llamativo vestuario de Mattie Ullrich, con colores vivos y luminosos para los babilonios y tonalidades blancas o crudas para el pueblo judío; así como también la iluminación de Mark McCullough que jugará un importante papel en una producción que puede gustar o no gustar, enseguida me voy a pronunciar sobre ello, pero a la que si algo no se le puede negar es que viene sustentada en un trabajo escenográfico con un impacto visual muy relevante.

Strassberger no se ha limitado a dejarnos la escenificación clásica sin más, y su innovación consistirá en una duplicación de la acción, con la colocación a la izquierda del escenario de unos palcos de teatro, con espectadores vestidos de época (siglo XIX) asistiendo a la misma función que nosotros, de tal modo que nos encontraremos con una función de ópera dentro de la ópera. Los personajes que asisten a la función y otros figurantes llevarán a cabo su propia trama con una acción dramática paralela durante la obertura, en los entreactos y en algún otro momento que ahora comentaré.

Parece ser que lo que se ha pretendido es escenificar lo que podría haber sido el estreno de Nabucco en 1842 en el Teatro Alla Scala, y digo bien, lo que podría haber sido, no lo que fue. Los personajes de los palcos representarían a la nobleza austriaca, también veremos a miembros del ejército austriaco vigilando al público y  lo que ocurre en escena, y -OJO SPOILER- al final de la noche, acabada la representación operística y cuando están finalizando los saludos de los cantantes (con lo cual a no pocos espectadores, de esos que salen en desbandada nada más escuchar el chimpún final por si se les enfría el hervido, les pilló ya en la calle), se producirá una interacción entre cantantes y figurantes: La Pirozzicogerá del suelo los ramos que les habían lanzado a los cantantes durante los saludos desde los falsos palcos, y los arrojará desafiante contra ellos, en un gesto simbólico contra el invasor austriaco, entonces una voz desde el coro inicia una repetición a cappella del Va pensiero a la que acabará uniéndose todo el coro, los solistas y la orquesta, mientras el coro irá componiendo una bandera italiana con una especie de telones verdes blancos y rojos y unos figurantes junto a los cantantes sujetarán dos banderas italianas pequeñas con el lema Viva Verdi, grito que se lanzará también desde el escenario.

Doy fe de que mucha gente no se enteró de la película, pese a que tampoco es que hiciese falta tener una vasta cultura operística o histórica para entender de qué iba la cosa, porque a la salida escuché no pocas veces lo bonito que había sido que hiciesen un bis del Va pensiero, cosa que incluso ha llegado a salir en algún medio de prensa. Otros comentaban que no entendían por qué había gente vestida de diferentes épocas, pero… ¡qué bonito había sido todo! Incluso hubo quien lo que decía no acabar de comprender era por qué sacaban una bandera de Irlanda (sic), pero… ¡qué bonito!

Pues eso. Todo muy bonito, muy clásico y por lo escuchado ayer en diversos corrillos sé que hoy posiblemente yo vaya a ir a contracorriente, pero, vamos, personalmente, a mí no me acabó de convencer. Reconozco su fuerza visual; su clasicismo, que no tiene por qué ser negativo, en este caso con un guiño que puede resultar entrañable a la manera de hacer teatro a la antigua; e incluso puedo admitir cierta originalidad en la propuesta, enmarcando la obra original en el contexto histórico de la situación política en la fecha del estreno y trasladando a escena la repercusión política que tendría posteriormente la obra de Verdi, con ese episodio final de ficción haciendo protagonista al Va pensiero. Pero más allá de esa idea que puede tener cierta gracia, hay que recordar, como tantas otras veces, que aquí lo principal es la función operística y es en este punto donde yo, como tiquismiquis diplomado, encuentro bastantes cosas negativas.

Para empezar, el empeño en meter tramas dramáticas paralelas durante la obertura y los interludios orquestales, hace que el espectador se distraiga de la música y que esta pierda todo su sentido de introducir y ambientar lo que vendrá después, pasando a ser una mera música de fondo de una acción no escrita en el libreto. Algo parecido ocurrirá con la sobrecarga de acción dramática en el escenario, muchas veces sin sentido; ejemplo paradigmático de ello lo tenemos en el aria de Abigaille, Anch’io dischiuso un giorno, donde, en vez de dejarnos concentrarnos en ese intenso instante musical y dramático, tenemos que aguantar mientras como un puñado de sacerdotes se ponen a moverse por allí haciendo tontás, como si hicieran taichí, movimientos que durante la subsiguiente cabaletta se convertirán en giros similares a una danza de derviches… ¿derviches babilónicos?...

Pese a la aparente sencillez de una escenografía con telones móviles, se produjeron también importantes parones entre actos que, unidos a la trama paralela, cortaban bastante el discurrir dramático. Tampoco se apreció un trabajo especial de movimiento de actores. O, lo peor de toda la noche, el celebérrimo Va pensiero aquí se escenificará de forma que parece que lo estemos contemplando entre bambalinas, a través de un telón semitransparente bajado, con figurantes representando a cantantes o bailarines esperando para salir a escena y a diverso personal de La Scala realizando todo tipo de menesteres por delante del coro, que sale de espaldas a nosotros (aunque afortunadamente se giraron para cantar), pero consiguiendo con todo ello que uno de los instantes más emocionantes de la historia de la ópera perdiese toda su fuerza dramática y cualquier tipo del intimismo pretendido por Verdi. Y puestos ya a adulterar el original, tampoco entendí por qué en lugar de acabar la ópera con la muerte de Abigaille, lo hace con el coro Immenso Jeovha que la antecede.

Todas esas cosas, más allá que sean más o menos importantes para cada uno, a mí me dejaron la impresión de que al director norteamericano le importaba bastante poco la ópera y sólo la habría utilizado como vehículo de lucimiento personal. En lugar de haberse trabajado una propuesta escénica que transmita alguna nueva lectura o innovador concepto que pudiera encontrarse a partir del libreto original, Strassbergerse limita a dejar que la ópera se desarrolle de la forma más clásica posible en una parte del escenario, mientras sus innovaciones más que aportar nuevas ideas lo que hacen es introducir historias paralelas de modo tal que además se acaba por perjudicar la música y las voces. O al menos esa es la sensación con la que yo me quedé, por mucho que luego con la sorpresa final del Va pensiero repetido se pretenda ir de guay y epatar al espectador ofreciéndole de nuevo el fragmento más popular de la ópera.

Ocupaba de nuevo el foso de Les Arts el alcoyano Jordi Bernàcer, quien se reencontraba así con la Orquestra de la Comunitat Valenciana y el Cor de la Generalitat, tras haber sido director asistente de ambas agrupaciones y haber dirigido ya en anteriores ocasiones funciones de la temporada regular de ópera en Valencia, como en Simon Boccanegra o Luisa Fernanda. Llevó a cabo ayer Bernàcer un trabajo de batuta bastante serio, con una gran capacidad concertadora, demostrando conocimiento de la partitura y del espíritu verdiano, dirigiendo con brío y énfasis, a veces pecando de exceso de volumen y estridencia y con unos tempi a veces algo lentos. Yo eché de menos una mayor gama de contrastes, aunque hubo instantes de gran intensidad como la preghiera. Creo que en líneas generales cumplió más que adecuadamente y tuvo además el mérito de saber seguir a Domingo cuando este marcaba sus particulares ritmos. Entre los miembros de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, creo que merece destacarse el bellísimo sonido del violonchelo y en general de la cuerda grave toda la noche, especialmente en la bellísima  preghierade Zaccaria que se marcaron, con destacadas intervenciones también durante la velada de trompeta, percusión, flauta y maderas.

El verdadero protagonista de la velada fue el Cor de la Generalitat, luciéndose como el excepcional grupo vocal que sigue siendo, ante una obra de gran exigencia y en la que el coro lleva el peso de la función, y ello a pesar de que posiblemente sigan sin contar con los refuerzos óptimos que precisaría una obra de esta envergadura coral. También demostraron saberse imponer a las mamarrachadas escénicas, desde el cantar disfrazados tapados completamente con túnicas amarillas y una especie de tiesto en la cabeza, como si fuesen los caraconos en una fiesta de Halloween, o ese Va pensiero extraordinariamente cantado (qué maravilla de nota final sostenida), pero en el que era imposible concentrarse por el trajín ideado en escena por delante. Estuvieron espléndidos toda la velada comenzando ya con un tremendo Gli arredi festivi, siguiendo con el brutal Maledetto dal Signor que se marcó el coro masculino, me maravillaron en S'appressan gl'istanti y pusieron el broche de oro con una escena final para chuparse los dedos. Que lujazo sigue siendo este coro.

Como decía al comienzo, la estrella era Plácido Domingo que acudía a su cita anual prenavideña con Les Arts. El público ya llegó decidido a bravearle incondicionalmente y así lo hizo. ¿Eso quiere decir que lo bordase?, pues, en mi humilde opinión, no. Como no podía ser menos, el madrileño hace su personal Nabucco que no suena a barítono, suena a Domingo cantando Nabucco. Y poco se puede añadir a lo que ya he escrito con motivo de sus últimas visitas, salvo que su voz se presenta cada vez más deteriorada y su movilidad más reducida. Sigue existiendo una zona central que en momentos mágicos aparece sonora y sana, pero las sonoridades leñosas son cada vez más frecuentes. El fiato también es cada vez más corto y la respiración muestra fatiga. Es verdad que sabe construir las frases como nadie, pero se ve obligado a acortarlas y modificarlas por limitaciones físicas más que normales en un cantante que está rondando (por arriba o abajo) los 80.

Reconozco que fue a más conforme avanzaba la representación y, tras una primera parte en la que me resultó bastante decepcionante y me hacía padecer, en la segunda mitad se vino arriba, completando un intenso dúo con Abigailley enhebrando un Dio di Giuda maravilloso, profundo, sentido, con un fraseo de maestro y encima, no ya arrodillado como marca el libreto, sino tumbado directamente boca abajo. Y es que donde Domingo no tiene prácticamente rival es en su instinto dramático, en su enorme expresividad, en la intensidad de sus recitativos, en su capacidad como actor cantante y en su conocimiento de lo que es el canto verdiano. Pocos habrá como él que sepan expresar con tal convicción dramática la evolución del rey babilónico, desde el tirano invasor, al demente que se cree un dios y al converso arrepentido. La humanidad y crueldad del personaje son dibujadas por Domingo con ese talento operístico irrepetible que sigue haciendo que, pese a todas las faltas que se pueden y deben poner a su interpretación vocal, yo siga saliendo del teatro con sensaciones encontradas.

El barítono, este sí de verdad, Amartuvshin Enkhbat, de nombre ciertamente imposible que suena a Rajoy, pazdescanse, felicitando las pascuas comiéndose un polvorón, interpretará el rol del rey babilonio los días 14 y 16. Me ha llamado la atención leer en algunos medios que este será el debut del barítono mongol (con perdón) en Valencia, cuando no es cierto. Ya debutó en Les Arts en un papel verdiano en 2012 interpretando el Monterone en Rigoletto, e incluso en una de las funciones asumió el papel protagonista. Como Monterone hace siete años no me gustó nada, mostrando una de esas emisiones atrasadas cuasi anales, pero me están hablando muy bien de él ahora y es francamente fácil que, en cuanto a ajuste vocal, lo haga mejor que Domingo, en el resto de facetas lo dudo. Lamentablemente no creo que pueda verle, ya que no queda ni una entrada, pero alguien nos lo contará. Ayer, por cierto, se encontraba en la sala y aprovechó el descanso para fumarse medio paquete de cigarrillos tomando el fresco.

Volvía también a Les Arts Anna Pirozzi en el papel de Abigailleque ya interpretase en 2015. No hay duda de que la Pirozzi es una de las grandes Abigaille de la actualidad y de las pocas artistas que pueden hacer frente a este diabólico rol con garantías. Ayer lo volvió a demostrar convirtiéndose, junto al coro, en lo más destacable de la velada. Su voz grande, corpórea, robusta, se imponía fácilmente a la orquesta y corría, timbrada y bellísima, por la sala con poderío, al tiempo que se adornaba en los momentos más líricos regulando intensidades y con un inteligente uso de las medias voces y pianísimos. Su fraseo intencionado derrochaba sentido dramático, cincelando todas las facetas del personaje, desde la autoridad y el odio, al abatimiento final. Todo lo corta que quizás se quede como actriz, lo compensa sobradamente con su expresividad vocal. Imponente estuvo en su Anch’io dischiuso un giorno y supo afrontar también con tremenda solvencia los saltos interválicos y la coloratura, como en la cabaletta Salgo già del trono. Quizás en la zona más alta algún agudo quedó un poco chillado, pero, como ya dije en mi crónica de 2015, pocas Abigaillehay que no chillen en algún momento. Bravissima.

Completando el trío protagonista, el rol de Zaccariafue interpretado por Riccardo Zanellato. El bajo italiano conoce bien la escritura verdiana, no en vano ha trabajado con Muti en diversas ocasiones, y frasea con intención, buen legato y acentos nobles. En su preghiera se mostró realmente emocionante. El problema es que carece del peso vocal preciso para este personaje y su voz se presenta clara en exceso y corta de proyección, lo que hacía que en los concertantes pasase desapercibido.

Otro viejo conocido de Les Arts es el tenor Arturo Chacón-Cruz, quien en 2017 fuese el Alfredo de La Traviata también junto a Plácido Domingo. Yo no sé qué le ve a este chico Domingo o quien sea responsable de su contratación. Digo Domingo porque es muy habitual que coincidan juntos en escena, con lo que entiendo que Plácido igual tiene algo que ver en el tema. Si lo que quieren es que cuando cante Chacón-Cruz nos acordemos del joven Domingoy le echemos de menos, lo han conseguido. Ayer el joven tenor mejicano interpretó el papel de Ismael y como en anteriores ocasiones, no me gustó demasiado. Su entrega vocal siempre es irreprochable, pero la voz presenta tiranteces y un centro bastante mate. Se mueve con cierta comodidad por la franja aguda aunque con algunos sonidos abiertos y recurriendo en más de una ocasión al portamento. El fraseo tampoco es nada refinado, y en escena, aunque hace muchos aspavientos y gestos, su expresividad es apenas mayor a la de un botijo toledano.

Por su parte, la soprano Alisa Kolosova fue la encargada de encarnar a la hija de Nabucodonosor, Fenena, con una voz grande, de bello timbre, que incluso en ocasiones se imponía en volumen a la de Pirozzi, como el terceto del primer acto,  y en la que posiblemente se echó en falta un mayor refinamiento en el fraseo. En pequeños papeles comprimarios destacó por encima de todos un estupendo Dongho Kim como Gran Sacerdote, exhibiendo una voz poderosa con la que casi me atrevo a decir que podría haber sido un mejor Zaccaria que Zanellato. Muy bien estuvo también Sofía Esparza como Anna y cumplió correctamente Mark Serdiuk como Abdallo.

La sala principal de Les Arts presentó la mejor entrada de la temporada. Lleno absoluto, con notable presencia del paisanaje valenciano y de esos personajes que no los sueles ver en la ópera si no viene la reina emérita o canta Plácido, pero que les conoces porque salen en revistas tipo Hello Valencia, en todos los eventos sociales, no sé si bronceados o con la cara untada de Nocilla y poniendo gesto de Joker con colitis. Políticos locales por supuesto apenas había, no fuera a acusarles alguien de que estaban apoyando a Domingo. Sí que me dijo alguien que estaba la directora general de Cultura, Carmen Amoraga, miembro del Patronato. Durante la representación y pese a los consabidos avisos, sonaron varios móviles, como siempre; los tísicos también acudieron en cuadrilla; y por supuesto no faltaron los canturreos acompañando el Va pensiero. Se aplaudió todo lo que sonaba a chimpún, se braveó insistentemente a Domingo tras el Dio di Giuda y, al finalizar la representación y la performance del Viva Verdi, las ovaciones fueron generalizadas para todos, incluyendo la dirección de escena.

También durante esos aplausos finales hicieron acto de aparición unos papeles pequeñines y cursis lanzados desde los pisos altos con frases de agradecimiento a Plácido Domingo. Y no faltó tampoco a su cita ese señor mayor que se coloca durante esos aplausos finales en la platea, en el cogote del director de orquesta, y les lanza ramos de flores a los cantantes cuando saludan, con una fuerza digna de Popeye y una precisión milimétrica. Si en Tokio 2020 hacen olímpico este deporte, no voy a decir el oro, pero el pódium lo tenemos garantizado.

Bueno, pues esta es mi crónica de Nabucco y otros aconteceres. Si alguien ha aguantando leyendo hasta aquí que me perdone el rollo y espero que no se sienta desanimado para acudir a disfrutar en Les Arts de un notable espectáculo operístico, sólo por la Pirozzi y el coro ya vale mucho la pena. Y, pese a todo lo que he dicho, yo ayer me lo pasé muy bien.

viernes, 2 de diciembre de 2016

LES ARTS ANUNCIA LA CANCELACIÓN DE PIROZZI

Esta mañana, el Intendente Davide Livermore, acompañado por el director musical Roberto Abbado, ha presentado oficialmente en rueda de prensa el inicio oficial de la temporada operística 2016-2017 en el Palau de les Arts, con el estreno el próximo día 10 de diciembre de la ópera de Giuseppe Verdi I Vespri siciliani.

Uno de los grandes atractivos que presentaba esta apertura de la temporada valenciana era la presencia de la soprano italiana Anna Pirozzi en el complicado papel de Elena, tras el buen sabor de boca que dejó en 2015 con su Abigaille en Nabucco. Pirozzi es sin duda una de las cantantes que más garantías ofrece actualmente para defender este rol con solvencia.

Pues bien, esta mañana ya se ha dignado el Intendente de Les Arts hacer público, al fin, que Pirozziha cancelado su participación en todas las funciones que tenía previstas en Valencia, aduciéndose como causa “prescripción médica ante su estado de gestación”. Las funciones de los días 10, 16 y 18 de diciembre serán cantadas por la ucraniana Sofia Soloviy, mientras que los días 13 y 21 de diciembre lo hará Maribel Ortega, a quien ya pudimos escuchar en la reciente El Gato Montés.

No voy a entrar a valorar a las sustitutas antes de verlas en escena, aunque parece evidente que juegan en otra división.

Hace más de dos semanas que los rumores ya eran algo más que rumores en todos los corrillos y yo mismo decidí hace ocho días hacer público en Facebook lo que se comentaba, que Pirozzi cancelaba y Sofia Soloviy sería la sustituta.

Durante todo este tiempo la dirección de Les Arts ha mantenido silencio y hasta esta misma mañana Pirozzi seguía anunciada en la web del teatro valenciano, en lo que considero una nueva falta de respeto al espectador, sobre todo cuando hace ya varios días que Soloviy se encuentra en Les Arts ensayando y Pirozzi no ha llegado a pisar Valencia.

No voy a poner en duda que la causa alegada sea cierta, aunque algunos sí lo hagan. Me da igual el motivo. Esto puede ocurrir en cualquier teatro. Lo que no es de recibo es que se oculte la información al público hasta el último momento. No sé si así habrán conseguido vender algunas localidades más estas dos últimas semanas, pero lo que sí puedo garantizar es que han conseguido que el espectador, además de frustrado por la ausencia de la cantante, lo que es normal, hoy se sienta engañado y menospreciado por el teatro, lo cual es intolerable.

¿De verdad es tan difícil hacer alguna vez las cosas bien del todo, señor Livermore?

sábado, 2 de mayo de 2015

"NABUCCO" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 30/04/15

El jueves se produjo el estreno de la última ópera de la temporada en la sala principal del Palau de les Arts. Aún queda el Narciso de Scarlatti que se subirá al escenario de la sala Martin i Soler el próximo día 22, pero con Nabuccofinaliza oficialmente la más corta y convulsa temporada del teatro de ópera valenciano hasta la fecha.

De la próxima nada se sabe oficialmente. Todas las buenas palabras del nuevo Intendente, Davide Livermore, asegurando que este año se iba a anunciar la programación a finales de marzo o primeros de abril, ha quedado en una nueva tomadura de pelo de Les Arts. Ya estamos en mayo y únicamente se han lanzado rumores de títulos, pero sin concretar fechas, lo que hace que, ni público, ni músicos, ni coro, puedan programar sus agendas para el ejercicio próximo. Y, lo que es peor, dadas las fechas en las que nos encontramos, con unas elecciones a la vuelta de la esquina, en las que se auguran aires de renovación, o se anuncia rápidamente la programación o me temo que llegaremos de nuevo a verano sin saber nada y con demasiadas incertidumbres sobre el futuro.

Esas próximas elecciones también puede que sean el motivo de que ayer en Les Arts no se viese a ningún político valenciano de primera línea, más allá del imputado y dimisionario vicealcalde Alfonso Grau. Eso no es malo. Estuvimos todos más a gusto y olía mejor el patio de butacas, pero deja de manifiesto que el interés por la cultura operística de los políticos valencianos es nulo.

La producción presentada de Nabucco, originaria de la Bayerische Staatsoper, cuenta con la dirección escénica del griego Yannis Kokkos. Hubo quien asistió al ensayo general y me había comentado que era de las peores cosas que había visto en Les Arts, así que iba francamente atemorizado frente a lo que me podría encontrar. Y lo cierto es que a mí no me desagradó, pese a algunos reproches que se le pueden hacer.

De Kokkosyo conocía su buen trabajo en ese Les Troyens referencial del Châtelet parisino, con Antonacci, Kunde y Graham. Y por esa línea van los tiros de este Nabucco. Una propuesta atemporal, con los judíos vestidos de negro y los babilonios de azul oscuro con cascos y metralletas (por cierto, merece especial castigo y tortura las horrorosas pelucas azules de las mujeres babilonias).

La escenografía está limitada a seis cubos dorados y una escalinata para el templo de Salomón y un gran cubo para el palacio de Babilonia. Paneles móviles y poco más. Tan sólo hay un gran cambio escénico para la ejecución del celebérrimo Va pensiero, donde el coro, representando al pueblo judío, se sitúa tras una gigantesca alambrada, en una nada original alusión a los campos de concentración. Quizás una referencia al muro que aísla Cisjordania de Israel, señalando a los palestinos como nuevos oprimidos, hubiese sido una apuesta más valiente, pero líbreme Alá de dar lecciones a los registas.

La propuesta es oscura, con estudiados juegos de luces. Las alusiones al Dios judío son subrayadas por unos fogonazos de luz sobre la platea muy molestos para los espectadores, aunque efectivos para transmitir el poder de Jehová (siempre que digo Jehová no puedo evitar acordarme de “qué bueno está el bacalao, por Jehová”, de La vida de Brian). Por su parte, la entrada de Nabucodonosora caballo en el templo de Salomón es sustituida por una aparición en una plataforma móvil envuelta en una inmensa nube de humo, propia de Lluvia de Estrellas, aunque en este caso Dimitri Platanias no se convierta en Renato Bruson.

La dirección de actores no presenta tampoco novedades ni se denota en ella un trabajo especialmente exhaustivo. En resumen, nos encontramos con una labor de dirección escénica que no resulta rompedora ni aporta nada nuevo, manteniéndose en una concepción básicamente clásica, pese a los anacronismos que dotan de atemporalidad a la propuesta; pero el conjunto a mí me resulta positivo y adecuado para el desarrollo de la historia.

A mi juicio, lo peor del trabajo escénico estriba en las largas interrupciones entre los cuadros de las diferentes partes o actos. Esas paradas a telón bajado hacen decaer completamente la tensión dramática y lastran negativamente una propuesta que, por lo demás, no está mal.

En el foso de la sala principal de Les Arts tomaba la batuta por primera vez el director italiano Nicola Luisotti, quien ya había estado al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana en Mefistófeles, de Boito, hace cuatro años, pero en el infecto Auditori.

El trabajo de Luisotti me pareció notable. La obertura fue electrizante, combinando momentos de reposado lirismo, deleitándose casi en el alargamiento de los compases, con otros llenos de garra, viveza, fuerza y expresividad, sometiendo a la orquesta a un esfuerzo mayúsculo. Tanta fue la fuerza y el ímpetu en la dirección, que antes del descanso ya había salido una batuta quebrada volando, cayendo en el regazo de mi amigo Nibelungo.

Esa combinación de tempi reposados y enérgicos, siguió a lo largo de la función, llegando en algún momento a dar la impresión de arbitrariedad en su elección; aunque lo importante es que la tensión se mantenía y las emociones se subrayaban adecuadamente. Yo le reprocharía quizás, como a tantas otras batutas que han pasado por este foso, la tendencia a despacharse con decibelios a cascoporro, llegando a tapar a las voces más de una vez, y eso que alguna de ellas estaba sobrada de volumen. Se ve que se encuentran a los mandos de este Ferrari que es la orquesta de Les Arts y no pueden evitar apretar el pedal a fondo para hacerla brillar en toda su intensidad. Y esto desde luego se logró, la orquesta brilló en plenitud, con unos sonidos extraordinarios. Incluso hasta en el “momento banda de pueblo” de la marcha fúnebre, donde la banda interna sonó estupendamente bien.

Entre los músicos debe destacarse la magistral exhibición de la que volvió a hacer gala Álvaro Octavio a la flauta. Algunos piensan que exagero o que es amiguete mío y por eso siempre le destaco, pero lo hago porque realmente cuando él toca la flauta en el foso, se nota para bien. También es de justicia reseñar las extraordinarias intervenciones de Rafal Jezierski con el violoncello, así como a las arpistas y a Ana Rivera con lo que me pareció ser un corno inglés.

También hay quien me cuestiona porque siempre digo que el Cor de la Generalitat ha estado muy bien. Pues nada, irse preparando a repetirlo, porque en este Nabucco, donde el coro tiene un papel protagonista, esta agrupación ofrece su mejor cara y se me queda corto cualquier adjetivo que pueda buscar para alabar su fabuloso rendimiento en el estreno. Es verdad que al comienzo hubo algunos desajustes en las primeras intervenciones e incluso demasiada tensión y alguna destemplanza en las voces graves masculinas, pero a lo largo de la velada fue yendo todo a mejor, hasta alcanzar la excelencia.

Es de reconocer el enorme mérito que tuvo responder a las exigencias de la casi permanente presencia en escena, ahora de judíos, ahora de babilonios; así como aguantar los embates decibélicos de Luisotti, pese a que, al fin, parece que hubo refuerzos masculinos. Posiblemente, esa exigencia de volumen impuesta por la dirección musical vuelva a dar pie a la injustificada crítica de esas, cuya sordera o ignorancia, les lleva a empeñarse en afirmar que este coro sólo sabe cantar en forte. Porque desde luego se empleó el forte, y mucho, pero con una calidad mayúscula. Y únicamente la estulticia o la mala fe pueden justificar una crítica negativa al trabajo del Cor de la Generalitat en Nabucco. Todo el público esperaba la llegada del Va pensiero y, pese a la ocurrencia escénica de meter al coro tras una verja y retirados de la boca del escenario, no quedamos defraudados. Creo que es complicado cantarlo mejor y solamente por escuchar la eterna nota final mantenida en diminuendo vale la pena chuparse los siete Nabucco. Por cierto, aprovecho para pedir a los espectadores de próximas funciones que hagan como en el estreno, y no se apresuren en aplaudir al coro para disfrutar de esa maravillosa nota hasta su extinción.

Mientras esperamos a ver si finalmente se confirma que el veterano Leo Nucci acude a protagonizar las tres últimas funciones (días 10, 12 y 14 de mayo), el papel de Nabucco fue asumido ayer por el barítono griego Dimitri Platanias. De entrada, Platanias, pobrecico mío, tiene más aspecto de tractorista que de rey de Babilonia y, aunque tampoco hubo caballo en su entrada en el templo, nadie se hubiera extrañado de verle irrumpir en escena en una mula mecánica. El hombre tiene un importante exceso de peso que le dificulta su movimiento escénico y le coloca en ocasiones al límite del colapso. Daba penica verle congestionado y sudando más que Catalá en un examen de cultura general. Pero en lo vocal, que es lo fundamental, estuvo más que correcto.

A mí me fue gustando más conforme avanzaba la representación. Al principio me desagradaba un poco una emisión un tanto forzada y tosca, así como su poco tacto para el matiz, pero tanto en el dúo con Abigaille del tercer acto como en su aria, estuvo francamente bien, permitiéndose incluso alguna regulación, aunque sonase más a cantar bajito que a media voz pura, destacando sus acentos de puro sabor verdiano. Porque es que, si algo realmente destacaría de Platanias, es que al escucharle se escuchaba el sonido y los acentos del barítono verdiano.

Lo mejor de la noche junto con el Cor de la Generalitat, a mi juicio, fue la espectacular Abigaille que ofreció la italiana Anna Pirozzi, una soprano de la que no tenía referencia alguna, pero a la que habré de seguir la pista. Tiene la Pirozzi una apariencia que impone, por envergadura. Como imponente resulta también su enorme voz con tintes de spinto. Tiene densidad y cuerpo en la zona central y grave y se maneja con insultante poderío por la parte alta de la tesitura, clavando unos agudos y sobreagudos impactantes, aunque el del final del dúo lo chilló sin paliativos.

Pero, ¿qué Abigaille no chilla y se descompone ante semejante papel infernal? Siempre me ha llamado la atención que Giuseppina Strepponi pudiese acabar enamorándose de Verdi después de haberle hecho éste pasar por la tortura de cantar el personaje. Los diabólicos saltos interválicos escritos por el de Busseto, fueron ejecutados por Pirozzi con una solvencia magnífica. Bajadas al grave y subidas al agudo en una montaña rusa sin tregua que Pirozzi supo domar con maestría y belleza canora. Además, mostro una amplia gama de matices, con unas regulaciones bellísimas y algún ataque en piano sobresaliente. En la coloratura estuvo más justa, pero, en cualquier caso, estamos ante una espléndida Abigaille, sin duda alguna.

Más decepcionante fue el Zaccaria de Serguéi Artamonov a quien tuvimos la ocasión de escuchar muy recientemente en el Oroveso de Norma. Le faltó contundencia vocal en los graves que sonaron en demasiadas ocasiones eructados, y mostró tiranteces en las subidas al agudo.

Varduhi Abrahamyan, reciente Adalgisa en Norma, volvió a encantar al público, como Fenena, con su bello timbre, llevando a cabo una buena actuación pese a su plana expresividad.

Mucho menos me gustó el Ismaele de Brian Jadge. Sonidos abiertos, destemplanzas y problemas de afinación lastraron sus intervenciones, presentando también más limitaciones en su comportamiento dramático y escénico que un actor de teleserie española.

Muy correctos el Abdallo de David Fruci y, sobre todo, la Annade Hyekyung Choi. No me gustó nada Shi Zong como Sumo Sacerdote, totalmente irrelevante y con una emisión que parecía provenir del mismo ojete. Quiero pensar que estos tres cantantes serán alumnos del Centre de Perfeccionament, aunque no aparezca así reseñado en la web de Les Arts.

El recinto de la sala principal presentaba un aspecto magnífico, con muy pocos huecos, y es que este Nabucco parece que va a ser lo más vendido de la temporada. El público estuvo bastante frío, no lanzándose a aplaudir con entusiasmo más que el Va pensiero y al finalizar la representación, donde fueron todos los intérpretes muy ovacionados, destacando, con justicia, los bravos al coro y a Anna Pirozzi. La dirección escénica fue acogida con tibios aplausos.

De nuevo me veo en la obligación de denunciar el comportamiento de una de las personas que vigilan las puertas. Una amiga me comentó que en el tercer piso se puso a hablar por el pinganillo a mitad de representación, molestando a los espectadores, y cuando estos le reprocharon su actitud, contestó que estaba solucionando un problema técnico. Vamos a ver, si tienes un problema técnico que comentar, te sales fuera de la sala, y no molestas al público.

Bueno, pues, lamentablemente, esta agitada y breve temporada va llegando a su fin. Sólo nos quedan estas seis últimas funciones de Nabucco, que recomiendo que no os perdáis, y el Narciso que se estrena el 22 de mayo. Este año nos quedamos sin Festival del Mediterrani. No sé si el nuevo Intendente nos obsequiará con algún concierto o recital sorpresa. De momento, la sorpresa que nos está ofreciendo es faltar a su palabra de que anunciaría en marzo la temporada 2015/2016. Seguiremos esperando.