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domingo, 23 de junio de 2019

"LUCIA DI LAMMERMOOR" (Gaetano Donizetti) - Palau de les Arts - 22/06/19


Con el estreno ayer de la celebérrima ópera de Gaetano Donizetti, Lucia di Lammermoor, la temporada operística valenciana toca a su fin. Una temporada que ya califiqué, cuando se conoció su contenido hace poco más de un año, como de ligeramente decepcionante y de transición, a la espera de que el nuevo director artístico de la casa, Jesús Iglesias Noriega, tomase definitivamente posesión de su cargo y pudiera empezar a trazar el nuevo rumbo del coliseo de Calatrava. Ese nuevo rumbo ya ha empezado a vislumbrarse con el anuncio de una próxima temporada lírica que invita a la esperanza. Y he de reconocer que, analizando todo lo visto este año, al final el resultado ha sido mejor de lo previsto y ha acabado presentando bastantes más luces que sombras.

Dije también hace un año que, a priori, esta Lucia di Lammermoor constituía el plato de fuerte de la temporada y creo que no ha defraudado las expectativas, gracias fundamentalmente a una pareja protagonista extraordinaria, con una inconmensurable Jessica Pratt y un estupendo Yijie Shi que hicieron tambalearse los cimientos del teatro ante las muestras de entusiasmo del público asistente. Ayer sí que hubiera habido motivos sobrados en diversos momentos, tanto por la calidad de lo escuchado como por la respuesta del público, para poder haber asistido a un bis de esos que Leo Nucci decidió unilateralmente implantar en Les Arts durante el reciente Rigoletto. Al final del aria de la locura y sobre todo tras el popular sexteto, hubo intensos y muy largos aplausos con voces pidiendo bis que, afortunadamente, no tentaron en esta ocasión a Abbado.

La  producción que se ha elegido para este cierre de temporada está coproducida por la Opéra Monte-Carlo y el New National Theatre de Tokio y cuenta con la dirección escénica de Jean Louis Grinda, de quien ya hemos visto aquí sus propuestas para Tosca, Werther, Amelia al ballo y The telephone, sin que nunca haya llegado a convencerme del todo. En esta Lucia no ha buscado contarnos nada especial, o si lo ha pretendido poco se nota, y se limita a presentar un marco estético para que la acción se desarrolle (casi) siempre dentro de las líneas principales que marca el libreto, con una ligera trasposición temporal, pero con un concepto clásico con el que busca el protagonismo de la música y de la belleza visual. Hay algunas cosas que pueden criticarse, pero, en general, funciona muy bien, todo tiene coherencia y se permite al espectador seguir la trama sin distraerse analizando extrañas divagaciones, sino pudiéndose centrar en la música y el canto, cosa que de vez en cuando se agradece.

Hay producciones muy minimalistas donde se apuesta por espacios prácticamente vacíos que resulten polivalentes para los diferentes escenarios en los que se desarrolla la acción y eso suele conllevar una mayor ligereza en las transiciones entre escenas. La presentada ayer, sin ser tampoco especialmente sobrecargada, sí que cuenta con un componente escenográfico importante que ralentiza bastante esas transiciones. Podía haberse optado por hacer más descansos entre actos, pero, creo que acertadamente, se ha preferido que los cambios se hagan en escena a telón bajado, interrumpiendo la función lo justo. En esos parones se ha decidido proyectar una imagen de las olas golpeando un acantilado con sonidos marítimos incluidos. Una tontunez que al principio tiene su gracia, pero a la cuarta repetición acaba por cansar y termina provocando la chunga del respetable que ya no sabe si esta en Lucia o en Moby Dick.

Como decía antes, en la vertiente de la estética visual es donde esta producción logra sus mejores prestaciones, merced principalmente a un inteligente trabajo de iluminación de Laurent Castaing y el vistoso vestuario de Jorge Jara. La escenografía de Rudy Sabounghi nos presenta, con mayor o menor acierto, todos los ambientes en los que la obra se desarrolla: la fuente, el torreón, la gran sala del castillo, el cementerio… otorgando un importante protagonismo al agua y a la presencia de los acantilados y la playa. Los elementos escenográficos se combinarán con algunas proyecciones lográndose interesantes efectos, siempre destilándose una atmósfera romántica, con alguna alusión más que evidente a Caspar David Friedrich, como al comienzo de la última escena del acto tercero.

Me gustó bastante la decisión adoptada variando al final la muerte de Edgardo que aquí no se apuñala ni se pasa muriéndose los últimos 5 minutos, aunque no haré spoiler, pero tiene mucho sentido. También me gustó la aparición de la fuente en la escena de la locura, centrándose la luz sólo en Luciay haciendo al público partícipe del delirio de la protagonista. Menos me agradó, en el comienzo de esa misma escena, la entrada de Lucia tras asesinar a Arturo, no con un puñal, sino con una gigantesca pica y, para colmo, con una pinta lamentable, mezcla entre la Moma y el tren de la bruja, muy apropiada por cierto para Valencia en estas fechas del Corpus y a las puertas de la feria de julio.

Algo ridículos también fueron los rosarios que lucen las plañideras en la última escena, de un tamaño tal que más bien parece que lleven colgadas ristras de ajos. Tampoco encontré justificado que se tenga que poner a Luciael traje de novia en escena a la vista de los espectadores. Lo mismo, detrás de un biombo, puede tener el mismo efecto y no se somete el abundante cuerpo enfajado de la pobre soprano al cuchicheo e impropios comentarios de la platea; pero bueno, pese a estas cosillas que me gustaron menos, creo que la propuesta del director monegasco funciona muy bien, tiene coherencia en su planteamiento y consigue algunos momentos de brillante impacto estético.

Roberto Abbado se despide con esta Lucia di Lammermoor de su paso por el Palau de les Arts como titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, una labor que, pese a que me consta que no cuenta con el respaldo de los músicos, desde el punto de vista del espectador creo que sólo puede decirse que los resultados obtenidos han sido buenos. Igual no es mérito suyo y sí la mera consecuencia de la profesionalidad y el trabajo de los miembros de la orquesta, pero su balance ha de ser necesariamente positivo. Y su labor de ayer también creo que merece el aplauso. Es verdad que me fue gustando más conforme avanzaba la obra. En el primer acto abordó el dúo de la pareja protagonista con una lentitud casi exasperante, aunque fue aumentando progresivamente la intensidad y fuerza y el final del dúo fue bellísimo. Hubo otros momentos muy destacados, como toda la escena de la boda, quizás lo más relevante orquestalmente, en la que hizo gala de una sabia administración y despliegue de la tensión. Pese a algún descontrol de volúmenes, estuvo especialmente cuidadoso con las voces, como suele ser habitual en él, adaptándose a sus características.

Al haberse optado en esta versión por utilizar la armónica de cristal en lugar de la flauta en la escena de la locura, el gran protagonismo del foso se lo llevó el reputado intérprete de este raro instrumento, Sascha Reckert. Fue una gozada su acompañamiento a la soprano acariciando el arsenal de copas que estaban dispuestas en un aparatoso soporte de madera. Durante el descanso no fuimos pocos los que sufrimos viendo cómo se iban incorporando al foso los músicos, pasando ajustados junto a todo ese coperío y más de una vez pensé que iban a tirar a tierra el mueble bar. Reckertrealmente consiguió extraer unos sonidos espectrales que, junto con la belleza del canto de Jessica Pratt, dejaron a la platea sin respiración, en un silencio que pocas veces he sentido yo en esta sala. No obstante ese merecido reconocimiento, me gustaría destacar muy especialmente en la orquesta el maravilloso rendimiento de ayer de los cuatro trompas, con Bernardo Cifresa la cabeza, en una obra para ellos muy exigente que bordaron con sobresaliente; como también lo hizo la solista de arpa en la introducción a la entrada en escena de Lucia o Rafal Jezierski al chelo con su bellísimo acompañamiento durante el último cuadro.

El Cor de la Generalitat volvió a alcanzar la excelencia vocal e interpretativa y fue otra de las claves para el éxito final del espectáculo, brindándonos algunas intervenciones memorables como en D'immenso giubilo, en  todo el final del segundo acto y, especialmente, en un Oh! qual funesto avvenimento! que fue para quitar el sentío

Ya he dejado claro desde las primeras líneas de esta crónica que la pareja protagonista fue la indudable triunfadora de la noche. La soprano Jessica Pratt nos brindó nuevamente una magistral lección de canto que se me hace muy complicado trasladar a simples palabras. Ya nos entusiasmó hace un par de años en el rossiniano Tancredi y ayer volvió a poner el teatro patas arriba con una bellísima línea de canto de una pureza y precisión sublimes. Filados, pianísimos, trinos, medias voces perfectas, adornaban una voz cristalina que subía al agudo y sobreagudo con una facilidad pasmosa, resolviendo también la coloratura de manera modélica. Su impresionante fiato le permite lucir un legato impecable en el que además deslumbra por su infinita variedad de matices. ¿Fue todo perfecto? Bueno, un solo reparo pondría yo a esta exhibición vocal y es que estuvo corta de expresividad. Me comentaba un amigo en el descanso que, pese a reconocer la esplendorosa exhibición canora de la pareja protagonista, no había conseguido borrar el recuerdo de aquella otra Lucia que vimos aquí en 2010 con Nino Machaidze y Francesco Meli. Pues quizás la diferencia fuera esa, Machaidze y Meli desbordaron pasión y expresividad; Pratt y Shi, perfección vocal, pero más cortos en cuanto a transmisión de emociones. Es mi opinión.

El complicado papel de Edgardo fue asumido por el tenor chino Yijie Shi, que precisamente ya hizo pareja con la Pratt en aquel Tancredi de 2017, e igual que entonces ha vuelto a lograr un importante y merecido éxito. Gran parte de lo que escribí entonces para Argirio sería aplicable a su Edgardo, aunque posiblemente aquél papel rossiniano se ajuste mejor a su vocalidad que este. Su voz, de timbre ingrato, me sigue sin parecer precisamente bonita, pero es indudable su potencia, solidez, su insultante comodidad y firmeza en el registro agudo y la pulcritud con la que cuida los recitativos. Estuvo ajustado en los concertantes y tuvo también un buen comportamiento escénico. Si hubiese introducido más matices en el fraseo se llevaría el diez en una actuación que, en cualquier caso, ha de calificarse de sobresaliente.

Mucho menos me gustó el Enrico que compuso el barítono italiano Alessandro Luongo, a años luz de la pareja protagonista, lo cual era fácil de prever, aunque con indudables buenas intenciones y arrojo. Era la primera vez que visitaba Les Arts y cumplió la difícil encomienda con buena dicción, ligando bien, mostrando temperamento y desgarro interpretativo, quizás demasiado, pareciendo más cercano a veces a una Cavalleria que a una obra belcantista. Se echa de menos un mayor refinamiento en un fraseo tosco, con empujones de una voz que se mostró bastante irrelevante junto al plantel de acompañantes que tuvo en escena.

El que sí es un habitual en Les Arts, es el bajo ruso Alexander Vinogradov que afrontó la parte del capellán Raimondohaciendo gala, una vez más, de un instrumento privilegiado que le permite exhibir una voz grande, poderosa y profunda que conquista fácilmente al público. Cosa distinta es que le siga faltando nobleza en un canto bastante rudo, con escasa variedad de acentos y una cuestionable articulación y fraseo del italiano, que parece a veces que esté chupando un caramelo pues sólo se escuchan las vocales.

La sorpresa de la noche fue el Arturo de Xabier Anduaga. Hace tiempo que venía oyendo hablar de este joven tenor vasco que se presentó ayer en Valencia con una voz fresca, de enorme caudal y riqueza tímbrica y expresiva, para un papel vocalmente casi anecdótico que sirvió a la perfección y nos dejó con ganas de volverle a escuchar en roles más exigentes.

El tenor cántabro Alejandro del Cerro fue un Normannocorrecto, de agradable timbre y valiente vocalmente. Por su parte, Olga Syniakova compuso una Alisaexcelente, dando adecuada réplica a un monstruo como la Pratt y confirmando que estamos ante una de las voces más interesantes de las últimas generaciones del Centre Plácido Domingo.

La sala presentaba una buena entrada aunque lejos del sold out. Bastantes huecos en platea deslucían una velada que merecía un lleno completo. Eso sí, los espectadores se mostraron bastante más cálidos de lo que suele ser habitual en las noches de estreno e interrumpieron la representación con fuertes y prolongados aplausos en diversos momentos, llegando incluso, como he comentado antes, a escucharse voces pidiendo bis. Al finalizar la función, la platea se puso en pie y las ovaciones se mantuvieron muchos minutos, con atronadora efusividad para Pratt, Shi y Vinogradov. La salida de Jean-Louis Grinda como director de escena también fue premiada con unánimes aplausos.

Me gustaría mandar un mensaje al personal de Les Arts encargado de la vigilancia de puertas. Ayer se permitió que un numeroso grupo de espectadores retrasados entraran en la sala mientras sonaba el arpa introduciendo la entrada de Lucia del primer acto. No se debería permitir nunca una vez la música ha comenzado, pero es que además ayer tenía mucho menos sentido, ya que poco antes se había interrumpido la representación para el cambio de escenografía entre cuadro y cuadro y se volvería a hacer 3 o 4 veces más, momentos estos que se podrían haber aprovechado para recolocar a los tardones.

Que una obra tan popular como Lucia di Lammermoor, con un reparto de primera fila y en sábado no logré llenar la platea de Les Arts, es preocupante. No quiero pensar entonces qué pasará con Elektra o Ariodante. Hay quien comentaba que igual se debía a la festividad del lunes que podría haberse aprovechado por muchas personas para hacer puente. No lo sé. El caso es que en la web del teatro sigue habiendo bastantes entradas para las próximas funciones. Ya lo dije hace poco, si el público no respondemos llenando el teatro todos los días, todos los esfuerzos económicos y artísticos que se están llevando a cabo para llevar la ópera de Valencia definitivamente al primer nivel, será en vano. Así que ya sabéis, todos a Les Arts. Perderse una representación de ópera del nivel de esta Lucia sí que sería una locura.

sábado, 24 de junio de 2017

"TANCREDI" (Gioachino Rossini) - Palau de les Arts - 23/06/17

En la corta historia del Palau de les Arts la presencia de Gioachino Rossini ha tenido cierta asiduidad. Hemos podido disfrutar, que yo recuerde, de La scala di seta, La cenerentola, Il barbiere di Siviglia, L’italiana in Algeri y el Stabat Mater. Ayer se dio un paso más en el recorrido por el catálogo rossiniano haciendo la primera incursión en sus llamadas óperas serias con el estreno de Tancredi, que ha sido la obra elegida para poner el punto y final a la temporada operística en el teatro valenciano. Y no ha podido tener un mejor colofón.

Al igual que ocurriese el año pasado con A midsummer night’s dream de Britten, la ópera que ha cerrado la temporada ha sido probablemente el mejor espectáculo de la misma. Este año hemos tenido voces muy interesantes, direcciones musicales relevantes e incluso alguna dirección de escena que se dejaba ver; pero el Tancredi de ayer fue, a mi juicio, el espectáculo más redondo y equilibrado en su conjunto, con una nota bastante alta en todos sus apartados.

Yo que no soy precisamente muy rossiniano y que esta ópera me ha parecido siempre una tontunez un poquito pesada, me chupé ayer el Tancredi sin pestañear. Es verdad que sigo pensando que unos cuantos tijeretazos no le vendrían mal, porque a Rossini le pasaba como a mí en mis crónicas, que se ponía a escribir y no tenía mesura. Pero siempre he defendido frente a algunos conocidos que insisten en el aburrimiento irreconciliable que les genera Rossini, que para acercarse a él es fundamental que esté bien servido. Como me comentaba ayer un amigo, incluso una obra tan inspirada como Il barbiere puede ser una maravilla o un tostón inaguantable, dependiendo simplemente de que haya unas buenas y adecuadas voces y una batuta con oficio. Y ayer lo hubo.

La producción elegida para cerrar la temporada es una coproducción de la Opéra de Lausanne y el Teatro Municipal de Santiago de Chile, con dirección de escena a cargo de Emilio Sagi y su equipo habitual (vestuario de Pepa Ojanguren e iluminación de Eduardo Bravo) que vuelven a Les Arts tras la Lucrezia Borgia que nos presentaron en marzo. La acción se traslada desde principios del siglo XI a lo que parece ser finales del XIX o comienzos del XX, sin que sepamos muy bien por qué. Supongo que por liberar algo la carga de ranciedad de la historia y presentarla más cercana, al menos visualmente. De todas formas da un poco igual. Como suele ser habitual en el director asturiano, su objetivo no es contarnos nada especial ni formular nuevas interpretaciones, sino construir un entramado escénico en el que el drama se desarrolle cómodamente, sin forzar situaciones, y resultando visualmente atrayente.

Y en esta ocasión la propuesta escénica de Sagi tiene nuevamente como gran valor su indudable atractivo plástico, logrando crear unos sugerentes ambientes, con influencias cinematográficas como el propio director ha reconocido, en los que la iluminación juega un papel destacado. La escenografía, en esta ocasión a cargo de Daniel Bianco, es imponente, pero sin que ese protagonismo escénico dificulte, en aras de la estética, lo realmente importante que es el canto. Escenografía impactante pero con inteligencia, dejando espacio para el movimiento de los cantantes, a los que además se procura acercar al proscenio en los momentos más importantes y no se perjudica la proyección de sus voces.

Toda la acción se desarrolla enmarcada por las paredes de lo que podría ser un decadente palacio siciliano, con columnas de mármol y grandes ventanales en los que asoman decoraciones de estilo art déco. Esas paredes móviles irán configurando los diferentes escenarios, desde el palacio de Argirio, la plaza pública, el campo abierto o la cárcel, con mayor ajuste en unas ocasiones que en otras, pero sin que tampoco haya nada que desconcierte al espectador. Quizás se echase en falta alguna referencia marina que acompañase a la musical barcarola de la entrada de Tancredi. Eso sí, no voy a dejar de reseñar un nuevo episodio de lo que parece ser la última moda en la dirección de escena: “tóquele la entrepierna al espectador deslumbrándole, no se vaya a dormir”. Este año llevamos ya tres quemaduras de cornea con Lucrezia Borgia, The turn of the screw y ayer con las linternitas del Tancredi. Imagino que ya falta poco para ver a la asociación de oftalmólogos de Monteolivete entre los patrocinadores del teatro.

Me gustó bastante el efecto conseguido con las sombras fuera de escena tras el duelo. También en el cuadro final se hará morir al protagonista a los pies de un gran mausoleo blanco con un gran efecto simbólico y visual. Toda esta fuerza estética compensa de algún modo la, en mi opinión, poca chicha dramática de la mayor parte del libreto y el estatismo escénico que del mismo se desprende. Estatismo que está presente en muchos momentos y no se evita, pero que también sirve para centrarnos en lo puramente vocal. Pienso que no es esta una obra que permita precisamente el lucimiento del regista, el cual con salir del paso dignamente ya hace bastante. Y yo creo que Sagi lo logra.

Para finalizar con el apartado escénico no quiero dejar de comentar el misterio de la noche: al inicio del aria de Amenaide No, che il morir non è, se vio caer un objeto desde las alturas del escenario que aterrizó en un extremo de éste, fuera ya de escena. No pude identificar de qué se trataba, pero por el ruido no parecía precisamente un paquete de kleenex; era algo pesado. Afortunadamente no pilló a nadie debajo y supongo que se trataría de un accidente porque por allí ni pasaba Livermore ni nada…

La cotitularidad de Roberto Abbado al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana cada vez pierde más peso y está alcanzando niveles de lo meramente anecdótico. Su presencia ayer en el foso suponía la segunda ópera que dirigía en toda la temporada tras haberla inaugurado con I vespri siciliani. Y el año que viene se prevé que tan sólo dirija una, la última, que se estrenará a finales de junio y que será La Damnation de Faust. O sea, que tenemos que esperar casi un año para volver a ver al titular dirigir a su orquesta en una ópera. Es verdad que estará presente en un par de conciertos, pero su poca continuidad al frente de la orquesta dista muchísimo de lo que se espera de un director titular.

Ayer, para colmo, Abbado apareció en el foso con el brazo derecho en cabestrillo, dirigiendo toda la obra con la mano izquierda, con movimientos de cabeza y gergieveando con los deditos de la derecha. Pese a las limitaciones, he de decir que yo salí bastante satisfecho de la labor del italiano, quien demostró desenvolverse con soltura en el género, logrando que la orquesta mostrase la ligereza y transparencia que requiere. Ya en la obertura se imprimió un arranque ágil y con nervio y brío, con un eficaz juego de dinámicas, buenas regulaciones del crescendo y un equilibrio orquestal que sería la tónica de la noche. También hubo equilibrio con el escenario, respirando con los cantantes, y concertando y marcando las entradas con esa mano izquierda que ayer fue más valiosa que la de Joselito.  Elocuente fue en este sentido cómo en el aria de Roggiero, donde Rita Marqués perdió el tempo, la recondujo a la orquesta con gesto rápido y claro, y en la repetición del aria le indicó perfectamente dónde hacer la pausa para no volverse a perder. Abbado consiguió ofrecer diversidad de acentos y me pareció ejemplar el cuidado e intensidad que se mostró en los recitativos toda la noche tanto por los cantantes como por el sostén orquestal.

Se obtuvieron momentos musicales bellísimos en los que la orquesta brilló especialmente, como las introducciones a la entrada de Tancredi o al recitativo de Amenaide In mia vita infelice. También la cuerda sobrecogió en ese final trágico de la versión de Ferrara que se ha elegido y que, aunque reconozco que corta el rollo, a mí me encanta. Las maderas estuvieron inspiradísimas toda la noche: flauta, oboe, corno inglés o ese precioso clarinete que acompaña el aria de Isaura. Y no quiero dejar de alabar la buena labor toda la noche del continuo, con José Ramón Martín al fortepiano, Rafal Jezierski al chelo y David Molina al contrabajo.

El Cor de la Generalitat, reducido en esta ocasión a sus voces masculinas, mostró empaque, autoridad, rotundidad y esa variedad dinámica que alguna comentarista de prensa parece que nunca sabe o quiere ver. Fantásticas fueron sus intervenciones en la llamada a la batalla, el finale primo o la maravillosa escena final; y, como siempre, fue estupendo el desempeño escénico de todos sus integrantes.

El principal aliciente con el que contaba la representación era la presencia de un reparto vocal más que interesante que ayer no sólo no defraudó, sino que hizo honor y dignificó el concepto mismo de bel canto.

La veterana Daniela Barcellona asumía el papel que da título a la obra. Un rol que la lanzó a la fama en el Festival de Pésaro de 1999 y que desde entonces ha paseado por todo el mundo, habiendo devenido una de sus más solventes intérpretes. Conoce el personaje a la perfección y lo hace suyo, con sabiduría, llevándolo a su terreno, sabiendo cómo y dónde mostrar sus mejores recursos y también cómo disimular sus limitaciones. Sólo por la corrección estilística y la expresividad mostrada ya vale la pena disfrutar su Tancredi. Es verdad que junto a algún agudo imponente, marca de la casa, también tuvo alguna subida apurada; es cierto que ha perdido homogeneidad y, aunque ofreció algún grave rotundo, asomaban cambios de color y puntualmente se abría la emisión en la parte más baja de la tesitura; y yo eché de menos un poquito más de pasión y garra.  Alguien que había estado en el ensayo general me comentó que aquél día estuvo mejor que en el estreno. Las próximas funciones comprobaré si fue algo pasajero, pero en cualquier caso estamos ante un Tancredi de primera división, lleno de calidad canora y musicalidad, con un fraseo de clase, intenso y sentido. Lo mejor de la noche sin duda fueron sus excelsos dúos con la Pratt, especialmente el del primer acto, un auténtico goce para los sentidos.

Ya se ha dicho muchas veces, pero esta ópera en realidad debería llamarse Amenaide. Y, sin que ello se entienda como una crítica a Barcellona, ayer aún mas, pues la exhibición de bel canto en estado puro que ofreció Jessica Pratt fue sublime. Era la primera vez que la soprano subía al escenario principal de Les Arts para cantar una ópera, tras su paso fugaz por el infausto Auditori en 2015 con el mozartiano Davidde Penitente, donde nos dejó buenas sensaciones, pero nada que ver con la lección de maestría de anoche. Jessica Pratt deslumbró con un brillo vocal espectacular, un poderío en la zona aguda incontestable y una línea de canto exquisita y cuidada, consiguiendo unos sonidos delicados y etéreos sin que por ello la voz perdiese presencia ni cuerpo. Un canto refinado que adornó con elegantes reguladores (sensacionales, por ejemplo, los pianísimos en Giusto Dio che umile adoro); una impoluta coloratura, donde cada nota se daba colocada en su sitio con perfecta afinación; cada mordiente, cada trino, cada picado, cada apunte en la partitura se escuchaba perfectamente, transmutado en esos sonidos celestiales que ofreció ayer la soprano australiana.

El tercer personaje en importancia de la obra es Argirio, padre de Amenaide, un papel verdaderamente complicado y exigente. Para la ocasión se presentaba en València el tenor chino Yijie Shi, quien, pese a su juventud, presenta en su curriculum un importante bagaje rossiniano. El cantante tiene la vocalidad, conoce el estilo, se mueve cómodo en las agilidades y destaca por la frescura y potencia de su agudo (imponente resultó el agudo final, largo y mantenido, en el aria del segundo acto Ah! segnar invano io tento). Sus recitativos también estuvieron bien fraseados, con variados acentos y algunos detalles de muchísimo gusto. Sin embargo, a mí había algo que no me acababa de convencer y posiblemente fuese un timbre ingrato que afeaba un tanto el resultado final, en el que eché de menos una mayor nobleza. Por otra parte, si el personaje ya de por sí resulta poco creíble en el libreto, ayer ni por presencia escénica ni por estética convencía, y es que, pese a los buenos intentos de maquillaje y peluquería por hacernos creer que el chino del flequillo podía ser padre de Jessica Pratt, allí había algo que chirriaba (no sé si de ahí vendrá la expresión “engañarte como a un chino”). De cualquier modo, sólo cabe felicitar al tenor por su entrega y desempeño.

El cuarteto protagonista se completa con el malvado personaje de Orbazzano, encarnado ayer por Pietro Spagnoli. El barítono italiano tiene muchísimas tablas y también controla el género, lo que le ayudó a solventar con habilidad una actuación para la que, en mi opinión, su voz carecía del peso requerido, faltando autoridad y rotundidad en los graves. Eso sí, su dicción fue perfecta y supo dotar de intención al fraseo. En su aria se mostró algo plano y perdió la orquesta en un par de ocasiones, pese a los intentos de Abbado desde el foso por reconducirle.

En los dos papeles menores de Isaura y Roggiero cumplieron bien Martina Belli y la alumna del Centre Plácido Domingo, Rita Marques, sacando adelante sus respectivas arias di sorbetto.

El único punto negro de la función estuvo en la escasa presencia de público. Ha sido el estreno de la temporada con más huecos en la sala, no sé si debido a la competencia de la Nit de Sant Joan, al inicio del fin de semana playero, al escaso tirón de Rossini y de una ópera poco conocida, o a una mezcla de todo ello; pero el caso es que no se llegaba a los tres cuartos de aforo. De cualquier modo, los presentes nos lo pasamos en grande y pese a que la función acababa cerca de las once y media de la noche hubo largas y muy cálidas ovaciones para todos, incluida la dirección de escena. Una platea entusiasmada es el indicador perfecto de que las cosas se han hecho bien.

Fue una lástima que no se llenase porque el resultado ha sido muy bueno y estamos posiblemente ante el mejor espectáculo de la temporada, siendo una oportunidad inmejorable para acercarse a la música de Rossini como debe hacerse, con buenos intérpretes y una cuidada dirección musical. Aún quedan cuatro representaciones más. Si os lo estáis pensando, no lo dudéis, todo el conjunto es extraordinario, pero aunque sólo fuese por escuchar a la Pratt vale la pena. Si ya fuisteis ayer no creo que os tenga que convencer, seguro que, como yo, repetiréis.