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sábado, 23 de marzo de 2019

"IOLANTA" (P. I. Tchaikovsky) - Palau de les Arts - 22/03/19


Ya dije cuando se anunció la presente temporada operística 2018/19 del Palau de les Arts que, en principio, lo que más interés me suscitaba, junto a la Lucia di Lammermoor que la clausurará, eran las funciones de Iolanta, de P.I. Tchaikovsky, que se iniciaron ayer en el coliseo valenciano. Varios eran los alicientes que presentaba: para empezar, es una ópera que me conquistó desde la primera vez que la escuché con una música que me parece preciosa; se trata de una obra que no es muy habitual ver representada; cuenta con la dirección escénica del polaco Mariusz Trelinski que casi siempre nos ha ofrecido propuestas interesantes; y de la dirección musical se encarga Henrik Nánási, que ha culminado con éxito incontestable cada aparición suya en el foso de Les Arts.

Para romper la intriga cuanto antes, empiezo ya por confesar que mis expectativas no quedaron defraudadas y considero que, aunque haya algunas cosas a las que se les pueda sacar punta, anoche se vivió un estreno muy exitoso en el que el público se lo pasó fenomenal, lo que, al fin y al cabo, es lo más importante.


Sí hay algo que no entiendo, y es que esta ópera de poco más de hora y media de duración no se haya ofrecido en un programa doble junto a otra obra breve, como se hace habitualmente en otros teatros (por ejemplo, recientemente, en el Teatro Real junto a Perséphone, de Stravinski; o en el neoyorquino Met junto a El castillo de Barbazul, de Bartók). Es verdad que prefiero que se haya optado por la versión escenificada, aunque sea sin ópera acompañante, y no por otra versión en concierto en el infecto Auditori, como ya la tuvimos en 2012; y también es cierto que se han reducido un poco los precios habituales de la sala principal para estas funciones. Igualmente, reconozco que posiblemente la programación un tanto coja de esta ópera venga derivada de cómo se fraguó esta temporada, sin director artístico, en pleno cambio de sus órganos de gobierno y sin apenas tiempo ni margen de reacción. Pero lo que es un hecho incontestable es que el público sale muy satisfecho de la sala con lo vivido, aunque con una especie de sensación de coitus interruptus muy significativa al quedarte con ganas de más.

Como decía antes, la dirección escénica de esta producción del Teatro Mariinsky de San Petersburgo corre a cargo del polaco Mariusz Trelinski, de quien en Les Arts ya hemos visto en temporadas anteriores sus versiones de Madama Butterfly (2010) y Eugene Onegin (2011), mucho mejor a mi juicio la primera que la segunda, aunque siempre con un poderío e impacto visual muy relevante. También en esta ocasión la iluminación y el componente visual y estético tendrán un papel fundamental, lo cual en esta ópera cobra aún más sentido al ser la luz o su ausencia el eje en torno al cual gira toda esta fábula. El vestuario y la escenografía juegan también con el contraste entre blancos y negros, reflejo de esa dualidad simbólica entre luz y oscuridad (conocimiento – ignorancia; uniformidad – singularidad; integración - marginación) que recorre la trama. 

La acción se ha trasladado temporalmente del siglo XV a una época más moderna, posiblemente sobre los años 40 del pasado siglo, y se ha comentado que se ha buscado inspiración en el cine negro de esos años. Como también suele ser habitual en el director polaco, nos encontramos aquí con una escenografía muy limitada; únicamente una estancia en forma de cubo giratorio que representará tanto el interior como el exterior de la casa donde permanece recluida Iolanta rodeada de cráneos de ciervos muertos. Allí la tiene encerrada su padre, igual que a esos animales sin vida, fuera de su hábitat, como un trofeo, sólo para él, tan sobreprotegida que está muerta para el mundo.    

Junto a la casa, enmarcando la acción, simplemente una pila de leña y un bosque de árboles secos flotantes con sus raíces suspendidas, dando al conjunto un cierto aire fantasmagórico muy apropiado para la fábula que en definitiva es. La oscuridad que rodea la casa o ese ambiente neblinoso y turbio, otorga especial protagonismo a la figura de Iolanta y centra la atención del espectador en los personajes principales y en el devenir dramático. El hecho de que gire el cubo central logra dotar de gran ligereza a la acción y los cambios de escena se suceden sin demoras innecesarias y sin que el ritmo narrativo se resienta.

Durante toda la representación, entre el escenario y la platea permanece permanentemente bajada una tela/pantalla sobre la que puntualmente se proyectan algunas imágenes. Yo pensaba que en la escena final, cuando la protagonista recupera la vista, la pantalla se retiraría definitivamente, pero no; con lo que la verdad es que no entiendo por qué nos tenemos que chupar toda la obra tras ese velo que dificulta la visión y la escucha del espectador, para que sirva de soporte para la proyección de video en apenas 4 o 5 ocasiones. Si es para que empaticemos más con la ceguera de la protagonista, ya puestos, que la hubieran hecho a oscuras. Aunque poco faltó para que la platea quedara ciega de verdad, pues, una vez más, las musas de los registas, que deben tener accionariado en la ONCE, decidieron que había que deslumbrar al espectador en una escena, en este caso cuando se descubre que Vaudemont está con Iolanta y todo el reparto aparece armado con linternas que, por supuesto, se encargan de dirigir convenientemente a las pupilas de los espectadores, no vaya a ser que se duerman.

Cuando finalmente la protagonista consigue ver, la luz crecerá en intensidad, y en la última escena todos los intérpretes, con un vestuario en el que predominará claramente el blanco, se alejarán festejando la buena nueva, a excepción de uno, el rey René, vestido de riguroso negro, con un guante de cuero del mismo color (posiblemente simbólico de lo cerca que está su comportamiento sobreprotector hacia su hija del sadismo o del maltrato psicológico), y que se quedará solo en la habitación de Iolanta mientras suenan las últimas notas de la ópera.

Creo que, en conjunto, la dirección escénica puede calificarse de positiva. Es verdad que se encuentra un poco en tierra de nadie entre las propuestas ajustadas al libreto y las más transgresoras, sin que aporte ninguna lectura especialmente original; pero hay una buena dirección de actores (otra cosa es lo buenos o malos que sean luego ellos) y obtiene una alta calificación en la creación de atmósferas y ambientes sugerentes que acompañan adecuadamente el discurso musical y dramático sin alterarlo especialmente y sin perturbar demasiado al espectador, a excepción, como ya he dicho, de esa molesta pantalla interpuesta y las linternitas del demonio.  

Para quien esto suscribe es una alegría poder volver a decir que regresaba al foso de Les Arts Henrik Nánási. Siempre que ha pasado por nuestro teatro, el rendimiento de la orquesta ha sido excelente. Y ayer no fue una excepción. Esta ópera, aparentemente menor, cuenta con una maravillosa orquestación que encontró en la batuta de Nánási y los componentes de la Orquestra de la Comunitat Valenciana una interpretación privilegiada. Todo el cromatismo con el que Tchaikovsky impregna los pentagramas para mostrarnos musicalmente esa dualidad entre la luz y la oscuridad, fue trasladada a la sala por la orquesta de manera mágica. El director húngaro volvió a maravillarme con su extraordinario manejo de las dinámicas y sabia administración de las intensidades, con el absoluto control y equilibrio de orquesta y foso y, sobre todo, con una labor de dirección rebosante de sentido dramático, sabiendo resaltar cada matiz de la partitura generando emociones, al mismo tiempo que cuidaba las voces con un mimo exquisito.

Ya desde los primeros compases, desde ese preludio donde sólo los vientos intervienen para reflejar así la carencia de la luz que padece la protagonista, la calidad de los componentes de nuestra orquesta se puso una vez más de manifiesto. Grandísima noche de maderas y metales, con muy destacadas intervenciones de flautas, trompas y trompetas, de Ana Rivera en el corno inglés, Pierre Antoine Escoffier al oboe y unos más que sobresalientes Salvador Sanchís al fagot y Tamás Massànyi con el clarinete. Y no menos sensacionales estuvieron las cuerdas, desde las luminosas arpas a unos soberbios contrabajos que junto con violines, chelos y violas sustentaron con excelencia el magnífico edificio orquestal concebido por Tchaikovsky. Mención especial merece también el virtuosismo mostrado por Guiorgui Dimchevski, de nuevo como concertino en el foso de Les Arts.

El coro en esta ópera tiene una escasa participación aunque con momentos de indiscutible belleza. Las componentes femeninas del Cor de la Generalitat estuvieron situadas otra vez en el foso, tras la orquesta, durante casi toda la representación. Esto parece ya una nueva moda y esta es ya la tercera vez que se recurre a este singular emplazamiento en menos de un año, desde que a finales de la pasada temporada Abbado tomara la decisión de ubicar parte del coro en el foso en La damnation de Faust y repitiera recientemente en I Masnadieri. La verdad es que, al menos desde mi posición, anoche se logró un gran equilibrio del coro con la orquesta y las voces. Impecables fueron todas sus intervenciones cargadas de sutileza y musicalidad, e imponente la última escena con todo el conjunto sobre el escenario en uno de esos momentos que quedarán para el recuerdo.

El papel de la protagonista ha sido encomendado a la soprano armenia Lianna Haroutounian, quien ya nos visitara el año pasado como Tosca. En aquella ocasión no me acabó de convencer, pese a reconocer la calidad de su instrumento. Como Iolanta me ha gustado más, aunque valdrían muchas de las consideraciones que hice entonces. Es incuestionable la belleza de una voz sana, con cuerpo, bien proyectada, de atractivo timbre lírico que en la zona aguda se expande y agranda notablemente. Puntualmente se le descontroló un poquito la afinación y, pese a que la cantante pone todo su empeño, no puedo evitar que me traslade una cierta frialdad. Es cierto que hay instantes en los que su derroche vocal y entrega artística elevan la vertiente expresiva, pero le falta ese punto de magia, esa chispa de emoción que estimula nuestra espina dorsal, pero puede que sea una sensación muy particular. De cualquier modo, compuso una Iolanta más que notable que sólo puede merecer un encendido elogio.

El rol de Vaudemont no es precisamente una perita en dulce y el tenor ucraniano, hasta ayer para mí desconocido, Valentyn Dytiuk, ha sido toda una agradable sorpresa. Es aún muy joven, apenas 28 años, y está claro que debe madurar y pulir muchos aspectos, pero el resultado final fue muy relevante. Cantó su romanza con un gusto exquisito, adornándose con falsetes y medias voces, presentando en el registro agudo una frescura deslumbrante con apabullante comodidad. El fraseo en la zona central estaba más descuidado, pero es una cuestión a trabajar y que no deslució su muy brillante rendimiento vocal general. Su flanco más vulnerable es su actuación dramática porque como actor el muchacho muestra obvias carencias, con una movilidad y gestualidad limitadas, sacando pecho palomo y posando cual muñeco Michelin. El vestuario con pijo-jersey de Zipi y Zape y pantalón de chándal metido por dentro del botín, tampoco ayudaba.

Poco antes de comenzar la función, nos encontramos en el programa de mano con la sorpresa de que el bajo ruso Mikhail Kolelishvili, inicialmente anunciado como rey René, quedaba relegado a las dos últimas representaciones. Les Arts ha hecho público un comunicado diciendo que cancelaba por indisposición su participación y que sería sustituido por el ucraniano Vitalij Kowaljow, un cantante que también ha pasado ya por Les Arts, cuando vino en 2014 a cantar el Jacopo Fiesco de Simon Boccanegra, también por cierto para sustituir otra cancelación de otro bajo ruso, Ildar Abdrazakov. Kowaljow cumplió sobradamente el compromiso con una voz grave poderosa que manejó cantando con mucha clase y sabiendo dibujar este complicado personaje de perfiles tan polivalentes. Quizás se echase de menos que se mostrara más imponente con esas resonancias cavernosas de los bajos más profundos.

En mi opinión, el menos destacado del quinteto protagonista, sin que ello quiera decir que estuvo mal, fue el Ibn-Haqia de Gevorg Hakobyan, un barítono armenio que también hemos visto en Les Arts el año pasado como uno de los Scarpia de aquellas Tosca con la Haroutounian. Tiene un instrumento más limitado y muestra más tosquedad en su fraseo. Aun así, solventó bastante bien la difícil papeleta en su monólogo en crescendo, aunque acabase algo apurado, y siempre contó con el apoyo y mimo de una base orquestal fantástica.

Excelente me pareció Boris Pinkhasovich como Robert. A mí fue el que más me gustó de la noche. El barítono ruso mostró un auténtico color baritonal, con graves bien apoyados, agudos potentes y un timbre luminoso que recorría la sala y se imponía a la orquesta con facilidad. Fraseó con vehemencia y estupendo legato. Su aria resultó imponente por potencia vocal, musicalidad y expresividad, aspecto este en el que sin duda fue también el más destacado de la velada, tanto en lo vocal como en lo actoral.

Me gustó mucho el trío de criadas Marta, Briggitta y Laura, que estuvieron interpretadas con indudable acierto por Marina Pinchuk, Olga Zharikova y Olga Syniakova, respectivamente. Mostraron un gran equilibrio vocal, sensibilidad y un muy buen comportamiento escénico.

Muy correcto estuvo también Gennady Bezzubenkov, en el casi anecdótico papel de Bertrand; y magnífico en todos los aspectos el veterano Andrei Danilov en el también breve rol de Almeric.

Como era de esperar conociendo el comportamiento del público valenciano, al ofrecerse una ópera menos popular aparecieron bastantes más huecos en la sala. Una verdadera pena teniendo en cuenta la calidad del espectáculo ofrecido. Ojalá en las próximas representaciones el boca a boca vaya funcionando y se mejore la venta de entradas. Se aplaudió generosamente a todos los intérpretes a la finalización y hubo gran ovación para la orquesta. Esta vez sí salieron a saludar los responsables de la dirección artística que también obtuvieron la unánime aprobación por parte del público presente.

A los que no se os haya pasado por la cabeza asistir a alguna de estas funciones de Iolanta, os recomiendo que reconsideréis vuestra decisión. Descubriréis una ópera de música bellísima, con una orquesta en estado de gracia y un reparto vocal muy homogéneo y equilibrado. Además, los precios de las localidades son más baratos que de costumbre. ¿Qué más se puede pedir?



viernes, 25 de enero de 2013

"I DUE FOSCARI" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 24/01/13

Este año, en el que se celebra el bicentenario del nacimiento de Giuseppe Verdi, el Palau de les Arts de Valencia tiene prevista la representación de dos óperas del autor italiano (“I due Foscari” y “Otello”), más “Rigoletto” que abrió la presente temporada el pasado mes de noviembre. Ayer tuvo lugar el estreno de la primera de ellas, “I due Foscari”, una composición de juventud perteneciente al periodo conocido como “años de galeras”, que, si bien no puede encuadrarse entre las obras maestras de Verdi, sí que atesora méritos suficientes como para tener una mayor presencia en los escenarios operísticos de la que tiene. Podéis leer un estupendo análisis de la misma pinchando aquí.

La presencia del veterano cantante Plácido Domingo debutando un nuevo papel de barítono, en este caso el de Francesco Foscari, constituía el principal aliciente de esta coproducción entre el coliseo valenciano, el Theater an der Wien, la Royal Opera House Covent Garden de Londres y la Ópera de Los Ángeles, donde ya se representó el pasado mes de septiembre. Pero ni el protagonismo de Domingo consiguió evitar que el teatro valenciano presentase una entrada paupérrima para ser una noche de estreno. Apenas media entrada, con los pisos superiores prácticamente vacíos. Quiero volver a reiterar aquí que quizás sea hora de plantearse el hecho de que las entradas para los días de estreno dejen de ser más caras que para el resto de representaciones. Para los artistas, el panorama de un estreno en un teatro medio vacío es deprimente; y está visto que el público prefiere esperarse a otras funciones de precio más reducido y donde además el espectáculo ya ha rodado y hay un mayor ajuste.

La producción presentada ayer cuenta con la dirección escénica del norteamericano Thaddeus Strassberger, con escenografía de Kevin Knight, el vestuario de Mattie Ullrich y la iluminación de Bruno Poet.

La puesta en escena se caracteriza por una ambientación oscura, a veces demasiado, acorde a la sombría trama del drama verdiano representado. La escenografía nos presenta estructuras y edificios semiderruidos apuntalados y montañas de escombros, posiblemente simbolizando todo ello una sociedad en descomposición dominada por un poder político corrupto donde las ambiciones personales prevalecen sobre la justicia. Incidiendo más en todo esto, se pone un énfasis, a mi juicio excesivo, en la vertiente más gore, con gratuitas imágenes de tortura y violencia en esas lóbregas mazmorras propias de las aventuras del Capitán Trueno.

El vistoso y colorido vestuario es lo único que aporta un cierto grado de luminosidad en medio de todo este oscuro y tétrico ambiente de los entresijos del poder que desprende una general fealdad. Por eso, causaba cierta gracia ver a Jacopo Foscari  colgado en una jaula y añorando su ciudad mientras esta se presenta como un montón de desechos.

Entre lo más positivo destacaría el uso de la iluminación para remarcar determinadas escenas con inteligencia, como en el terceto del segundo acto. También me gustaron las proyecciones, con algunas frases alusivas al drama, mientras sonaba la música al inicio de cada acto. Por el contrario, la escena de carnaval me pareció muy pobre y aquello más que el Carnaval de Venecia parecía una feria de pueblo, eso sí, con exhibición del últimamente omnipresente tragador de fuego que debe estar en plantilla de Les Arts. Pero, sobre todo, si algo me disgustó de esta propuesta escénica es que no comprendí a qué venía el detalle final de apartarse absurdamente del libreto original haciendo que, tras la muerte de los dos Foscari del título, Lucrezia ahogue en un charco al hijo mayor de Jacopo. Un disparate majadero sin igual.

Al frente de la Orquesta de la Comunitat Valenciana, tras el glorioso paréntesis en el que pudimos disfrutar de la maestría de Riccardo Chailly, volvió a colocarse su director titular Omer Meir Wellber. Tengo que decir que su trabajo me gustó bastante más que en “Rigoletto”, y, en conjunto, creo que fue positivo, aunque, una vez más, me volvió a dejar con la sensación de que su dirección peca de caprichosa. No consigue transmitirme un concepto unitario en su labor de batuta, aplicando tempi y volúmenes que en muchos momentos parecían seleccionados al azar, combinándose explosiones temperamentales de atronadores efectos sonoros y velocidades supersónicas, con algunos detalles líricos más reposados, pero no necesariamente conectados con lo que sucedía en escena. Su dirección vehemente y nerviosa volvió a atropellar en muchos momentos a los cantantes, y el descontrol, especialmente con Magrì y con el coro en sus primeras intervenciones, fue evidente en más de una ocasión. Este hombre debería tomarse una tila y respirar un poquito más con los cantantes. Por el contrario, pese a que otras veces en los concertantes ha patinado, ayer, en el que cierra el acto segundo, llevó a cabo una labor espléndida, alcanzándose uno de los momentos más bellos de la noche.

Los músicos de la Orquesta de la Comunitat Valenciana volvieron a mostrar un comportamiento ejemplar, con alardes de virtuosismo por parte del clarinete de Tamás Massànyi, magníficas intervenciones de Cristina Montes al arpa, y un espléndido inicio del segundo acto con el violonchelo de Guiorgui Anichenko y el solista de viola, al que no pude identificar.

Irreprochable también, una vez más, la labor del Cor de la Generalitat, mostrando un gran poderío en la escena final y derrochando belleza en la intervención de las voces femeninas en la cavatina de la soprano.

Como decía al comienzo, el principal aliciente era la presencia en el escenario de Plácido Domingo en el papel de Francesco Foscari. El número 140 de su carrera, que se dice pronto. Y con eso creo que ya se dice todo. Un señor con semejante currículo, siendo por derecho propio uno de los mejores cantantes de la historia de la ópera, y pisando los escenarios a los setenta y tantos años con un dominio de las tablas impresionante y una voz con impropia frescura, se merece todo mi respeto. Como ya he manifestado en otras ocasiones en que he comentado intervenciones de Domingo como barítono, si comparamos, desde el punto de vista de la ortodoxia canora, el rendimiento del madrileño con otros barítonos de referencia, es obvio que Domingo sale trasquilado. Lo quiera él o no, su voz sigue siendo de tenor. Su zona grave se muestra demasiado desguarnecida como para afrontar por derecho estos papeles, de ahí que se le vea forzado e incómodo en muchos momentos e incluso se vea tapado por la orquesta, aunque en cuanto la tesitura sube, su timbre vuelve a brillar con luz propia.

Pero, si nos olvidamos de la ortodoxia y nos centramos en el puro espectáculo operístico, el señor Domingo no defrauda. Solventa las carencias con efectivos ardides de viejo tahúr y el animal escénico que es te seduce sin paliativos con la fuerza dramática y la pasión de la que siempre hace gala en escena. Además, especialmente en su primera intervención y en la escena final, exhibió un fraseo de auténticos tintes verdianos, con musicalidad, un legato de reglamento, perfecta dicción y expresividad por arrobas. Por si faltaba algo, murió en escena rodando cual Victorino sin puntilla, con tal credibilidad que llegué a temer por su integridad física.

El papel de Jacopo Foscari fue interpretado por el tenor siciliano Ivan Magrì, a quien ya tuvimos ocasión de ver como Duca en “Rigoletto”. Volvió a mostrar parecidos defectos y virtudes a los de entonces, aunque esta vez me gustó algo más. Su timbre no es precisamente bonito, muy metálico, con un centro donde presenta un vibratillo caprino que afea un tanto su emisión. Destacó nuevamente en su facilidad para la subida al agudo, con potente volumen, pero sus escasos intentos por enhebrar medias voces o matizar su fraseo se topaban con una pérdida de la impostación. Tuvo un buen comportamiento en escena pese a tener que cantar casi permanentemente enjaulado y sobre todo se entregó a su personaje de forma valiente y apasionada haciendo creíble el papel.

La hasta ahora desconocida soprano china Guanqun Yu, ganadora de la última edición de Operalia asumió el rol de Lucrezia Contarini, un papel mucho más exigente de lo que puede parecer, ya que tiene que mostrar sobrada suficiencia tanto en la zona grave como aguda, debe ser solvente en las agilidades y tener fuerza dramática y capacidad para el matiz. Pero, lamentablemente, pocas cosas de estas demostró ayer la china. Tiene una voz lírica de matices muy bellos, brillando la emisión en la zona alta, pero de graves anda cortísima, las agilidades fueron deficientes, en su aria caló reiteradamente, resultaba fría, inexpresiva y sin emoción, y su dicción fue pésima. Pese a todo fue aplaudidísima.

El bajo italiano Gianluca Buratto, como Jacopo Loredano, posiblemente el único de los cantantes principales cuya voz se ajustaba a los requerimientos del papel, tuvo una actuación en la que destacó su poderosa y rotunda voz grave. El tenor valenciano Mario Cerdá fue un Barbarigo que brilló en su intervención final manifestando la inocencia de Jacopo; y los cantantes del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo Marina Pinchuk (Pisana), Pablo García López (Soldado) y Mattia Olivieri (Siervo), tuvieron también unas correctas actuaciones, destacando la potente voz de este último.

Al final, un público más frío y cuchicheador que de costumbre, brindo una ovación de gala a Plácido Domingo, a quien lanzaron numerosos ramos de flores que fueron a parar todos ellos al foso, estando uno a punto de dejar tuerta a la solista de fagot. Fueron también muy ovacionados el resto del elenco, especialmente, como decía antes, la china Guanqun Yu. Y también hubo tibios aplausos para la dirección escénica, pese a un escaso “buuu” aislado de un francotirador.

Quiero expresar aquí mi satisfacción y pública felicitación al encargado de bajar el telón en el Palau de les Arts que ayer, por fin, esperó a que finalizase completamente la música antes de iniciar su descenso, con lo que se evitaron los anticipados aplausos de los nerviosillos de turno.

Esta vez no hubo a la entrada protesta de los trabajadores del Palau de les Arts. Parece ser que han optado por suspender temporalmente las mismas en tanto esperan que la nueva Consellera de Cultura les escuche, como prometió al ocupar el cargo. Ojalá todo acabe solucionándose satisfactoriamente, se olviden del ERE y ese engendro llamado Culturarts no engulla la Fundación Palau de les Arts.

No quisiera finalizar sin animar a todo el que esté indeciso, por desconocer “I due Foscari”, a que acuda al Palau de les Arts. Si ver en escena a un mito de la historia de la ópera como Plácido Domingo no es aliciente bastante, le añadiría que esta obra tiene momentos bellísimos y, sin duda, lo pasarán bien.


video de PalaudelesartsRS


video de PalaudelesartsRS

Aquí podéis leer la estupenda crónica de Maac.

Y si alguien está interesado, el próximo miércoles 30 de enero, a las 19.30 horas, la Asociación Amics de l'Òpera i de les Arts de la Comunitat Valenciana dará una charla sobre "I due Foscari" en los locales de la Real Sociedad Valenciana de Agricultura y Deportes (calle Comedias nº 12, 46003 Valencia). La entrada es gratuita.

domingo, 7 de octubre de 2012

"EL DÚO DE LA AFRICANA" (Fernández Caballero) - Teatro Martin i Soler - Palau de les Arts - 06/10/12


Aunque todavía falta más de un mes para que comience la incierta temporada operística 2012-2013 en el Palau de les Arts, la actividad musical del teatro valenciano se reanudó anoche con la representación, en la pequeña sala Martín i Soler, de la zarzuela en un acto y tres cuadros “El Dúo de La Africana, del compositor murciano Manuel Fernández Caballero, en una producción del Teatro Arriaga de Bilbao en colaboración con la sala BBK que cuenta con dirección escénica de Emilio Sagi y musical de José Miguel Pérez Sierra, corriendo la interpretación a cargo de alumnos del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo.

Creo que debe ser motivo de satisfacción el que en los espacios de Les Arts vuelva a representarse zarzuela, y no estaría mal que todos los años, fuera de la temporada de ópera eso sí, hubiera oportunidad de asistir a alguna representación de este género que con tanta facilidad suele menospreciarse, la mayoría de las veces por puro desconocimiento.

“El Dúo de La Africana, con música de Manuel Fernández Caballero y libreto de Miguel Echegaray, es una de las obras más populares y divertidas del subgénero conocido como “género chico”. Estrenada en 1893, obtuvo un enorme éxito y sus melodías, especialmente el dúo y jota final, sonaban habitualmente por todas partes. La obra, una hilarante historia de enredos centrada en una modesta compañía itinerante de ópera que dirige un tacaño empresario, contiene un homenaje a las personas que viven del mundo de la escena y una crítica a la solemnidad y seriedad de la grand opéra francesa y a la excesiva influencia que tenía en España la ópera italiana, todo lo cual iba en perjuicio de un género autóctono como era la zarzuela y que se pretendía reivindicar. Si queréis conocer más cosas sobre “El Dúo de La Africana, incluidas algunas divertidas anécdotas, podéis pinchar aquí.

Fue bastante gratificante que, en esta primera representación en Les Arts tras el paréntesis veraniego, la sala se encontrase prácticamente llena. Es verdad que a ello influiría el reducido aforo de la Martin i Soler y los precios populares (15 euros), pero siempre es positivo ver que el público siga respondiendo a la programación musical, especialmente en estos momentos tan convulsos para la actividad cultural de nuestra ciudad.

Supongo que precisamente a esta complicada situación por la que pasa Les Arts se debería el hecho de que, en lugar de encontrarnos en las puertas con el personal habitual controlando las entradas, estuviera parte del personal técnico de la orquesta, lo que nos desconcertó a muchos y daba una impresión un poco cutre, casi de compañía de “ópera barata” similar a la que aparece en el argumento de “El Dúo de La Africana.

La puesta en escena ideada por Emilio Sagi resultó bastante acertada y responde a su estilo habitual. Sencillez, gran colorido, inteligente uso de la iluminación y un buen trabajo de dirección de actores. La acción parece haberse trasladado a la España de los años 50, pero, salvo por el vestuario, en nada más se aprecia esta reubicación temporal. Se ha rellenado el libreto original e introducido a dos personajes, sastras de la compañía, interpretadas por las cantantes Ximena Agurto e Irina Levian, que sirven de hilo de conexión entre el público y la escena sin que se distorsione el argumento original.

Es habitual que en esta obra haya un momento en que el empresario lleva a cabo audiciones de aspirantes a entrar en la compañía, instante que es aprovechado para que intervengan dos o tres artistas reales, generalmente jóvenes cantantes, que llevan a cabo una pequeña actuación. Pero claro, interpretándose esta vez la obra en un teatro de ópera como Les Arts y más en concreto en la escuela de cantantes que es el Centre de Perfeccionament Plácido Domingo, fue inevitable que esas audiciones se aprovechasen para que alumnos del Centre nos mostrasen sus facultades. Y no fueron dos ni tres, sino ¡diez!.

Como digo, era inevitable y resulta comprensible, pero lo cierto es que este momento rompió demasiado el ritmo de la función, lo cual además se vio agravado por el hecho de que tras las audiciones se decidiera hacer un intermedio.
 
No sé si se habrá buscado a propósito esta obra por su argumento, pero resultó descacharrante ver a Helga Schmidt en primera fila mientras el personaje del empresario Cherubini (Mattia Olivieri), a pocos metros, se vanagloriaba de que él no pagaba a los artistas, ni a la orquesta, ni a nadie (“Non si paga qui a nadie”)… curioso. Y no menos lo fue que el personaje de Giuseppini (Mario Cerdá) calentase la voz con escalas en las que decía “págame la nómina”. Me hubiera gustado ver la siempre seria cara de la Intendente Schmidt en esos momentos.

Uno de los mayores alicientes que presentaba esta función de ayer era el de reencontrarnos con la Orquestra de la Comunitat Valenciana y el Cor de la Generalitat. Y de nuevo sólo puedo tener palabras más que elogiosas para nuestros cuerpos estables que, con crisis o sin ella, continúan ofreciendo un nivel que es un lujo absoluto.

José Miguel Pérez Sierra llevó a cabo una dirección espléndida, ajustada en estilo, pendiente de los cantantes (sólo se desmandó un poco al final de la jota) y con algunos detalles fantásticos. El dúo que precede a la jota estuvo dotado de un inusual vuelo lírico bellísimo. Y fue todo un placer gozar de la orquesta sonando ampliamente en un comienzo del último cuadro increíble. ¡Qué ganas tengo de que empiece la temporada de ópera para poder disfrutar de esta orquesta en plenitud!.

Fantástico también el Cor de la Generalitat que dirige Francesc Perales en su reducida composición para la ocasión. Vocalmente impecables y con un comportamiento en escena espectacular. Muy celebrada fue la naturalidad y desenvoltura con la que una de sus integrantes, Ana Bort, improvisó cuando se le rompió la mariposa que movía en el cuadro final.

En lo que respecta a los cantantes del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo, ya sabéis los que sois habituales del blog que tengo por costumbre no incidir en los aspectos que me hayan podido parecer negativos cuando se trata de crónicas de funciones de los alumnos del Centre, motivo por el cual algunos luego me acusan de que soy demasiado blando con ellos, pero sigo pensando que de lo que se trata es de que se valore su esfuerzo y de esperar que sigan puliendo defectos y mejorando virtudes.

Desde luego si de esfuerzo y entrega hablamos, todos los que pisaron el escenario merecen un 10. Unos con más fortuna y otros con menos, pero el caso es que a todos se les vio dando lo mejor que tenían y con un comportamiento actoral espléndido.

A Mario Cerda, reciente ganador en este blog del Helga de oro 2012 al mejor cantante revelación de la pasada temporada, ya había tenido ocasión de escucharle anteriormente y siempre me ha parecido que tiene unas cualidades muy destacables. Se mueve con aparente facilidad por la zona alta del registro, donde su voz brilla especialmente y se muestra más estable. Si sabe elegir su repertorio y sigue mejorando técnicamente, creo que deberá contarse con él para papeles más relevantes.

Me sorprendió gratamente Ana Isabel Pérez Real. En el papel de Amina poco más hace que pegar grititos histéricos, pero cuando en la fase de las audiciones acometió un fragmento de “El Barbero de Sevilla”, dejó entrever unas condiciones y un dominio técnico muy relevantes.

Mattia Olivieri, como el empresario Querubini, se pasa un pelín de histrión, pero hay que reconocer que se come el escenario. Tiene una poderosa voz de agradable timbre baritonal que valdría la pena escuchar en un rol de enjundia para poder valorarla.

Poco andaluza, pero muy voluntariosa, estuvo la chilena Roxanna Herrera que ofreció sus mejores prestaciones en el dúo y jota. Y entregadísimos Pablo García López y Daniel Stefanov.

Entre los participantes en la audición, me llamó la atención la potencialidad del instrumento de la sueca Anna Forsebo, de quien espero que consiga perfeccionar su técnica. Y me parecieron interesantes las intervenciones de Marina Pinchuk, con “Voi lo sapete, o mamma” de Cavalleria Rusticana; de Ximena Agurto con el “Sempre libera” de “La Traviata”; y de Irina Levian con una destacable Petenera (“Tres horas antes del día”) de la zarzuela “La Marchenera”, de Moreno Torroba.

Sensacional en todas sus intervenciones la actriz Gurutze Beitia.

Un público absolutamente entregado brindó cálidas y largas ovaciones a todos los artistas, reconociendo su meritoria actuación. Como siempre tiene que haber alguien que dé la nota, esta vez le tocó el turno a una hermosa e inocente criaturita que no tendría ni tres años, la cual no tiene la culpa de que la encargada de su custodia no tenga mejor idea que meterla en un teatro dos horas a ver una zarzuela y, claro, la niña hizo lo que cualquier cría de homo sapiens hace a esa edad y en tal coyuntura, dar por saco. Afortunadamente, aunque demasiado tarde, fue sacada de la sala.

Pues nada, ahora a esperar la temporada de ópera. Si mal se aventuraba ya el futuro, las últimas noticias no nos hacen precisamente ser optimistas. Por una parte, tenemos el nuevo recorte sufrido en la aportación estatal a Les Arts (aquí podéis consultarlo). Todos recordamos las promesas de la Consellera de Cultura Lola Johnson, no hace ni un año, de que una vez gobernasen los suyos en Madrid la discriminación con el Liceu y el Teatro Real iba a desaparecer. Pues bien, no sólo no ha desaparecido sino que se ha agravado, al ser el recorte en la aportación a Les Arts bastante superior al de los otros teatros. Y la señora Consellera con apellido de sheriff de spaguetti-western en lugar de esconderse debajo de una piedra y callarse, sale, sin vergüenza, diciendo que no se puede pretender corregir esta discriminación en un solo ejercicio presupuestario. No señora, pero es que no sólo no hay indicios de corrección, sino que la discriminación ha aumentado y ustedes siguen sin defender los intereses que tienen encomendados por la ciudadanía e incomprensiblemente siguen cobrando su sueldo.

Y por si faltaba poco, ahora los trabajadores de Les Arts, a quienes comprendo perfectamente, amenazan con paros que coincidan con las representaciones operísticas de la temporada que está a punto de iniciarse. Dicen que estos paros originarán que las funciones comiencen dos horas más tarde, lo cual supondría que, en el mejor de los casos, finalizarían pasada la 1 de la madrugada. Creo que, si se confirman las convocatorias de huelga, los responsables de Les Arts deberían irse pensando ya cómo van a gestionar el tema de devolución de importe de las localidades a quienes no estén dispuestos a esperar esas dos horas a que comience la función.

Qué mal pinta todo. Iremos disfrutando mientras podamos.


video de PalaudelesartsRS