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domingo, 23 de junio de 2019

"LUCIA DI LAMMERMOOR" (Gaetano Donizetti) - Palau de les Arts - 22/06/19


Con el estreno ayer de la celebérrima ópera de Gaetano Donizetti, Lucia di Lammermoor, la temporada operística valenciana toca a su fin. Una temporada que ya califiqué, cuando se conoció su contenido hace poco más de un año, como de ligeramente decepcionante y de transición, a la espera de que el nuevo director artístico de la casa, Jesús Iglesias Noriega, tomase definitivamente posesión de su cargo y pudiera empezar a trazar el nuevo rumbo del coliseo de Calatrava. Ese nuevo rumbo ya ha empezado a vislumbrarse con el anuncio de una próxima temporada lírica que invita a la esperanza. Y he de reconocer que, analizando todo lo visto este año, al final el resultado ha sido mejor de lo previsto y ha acabado presentando bastantes más luces que sombras.

Dije también hace un año que, a priori, esta Lucia di Lammermoor constituía el plato de fuerte de la temporada y creo que no ha defraudado las expectativas, gracias fundamentalmente a una pareja protagonista extraordinaria, con una inconmensurable Jessica Pratt y un estupendo Yijie Shi que hicieron tambalearse los cimientos del teatro ante las muestras de entusiasmo del público asistente. Ayer sí que hubiera habido motivos sobrados en diversos momentos, tanto por la calidad de lo escuchado como por la respuesta del público, para poder haber asistido a un bis de esos que Leo Nucci decidió unilateralmente implantar en Les Arts durante el reciente Rigoletto. Al final del aria de la locura y sobre todo tras el popular sexteto, hubo intensos y muy largos aplausos con voces pidiendo bis que, afortunadamente, no tentaron en esta ocasión a Abbado.

La  producción que se ha elegido para este cierre de temporada está coproducida por la Opéra Monte-Carlo y el New National Theatre de Tokio y cuenta con la dirección escénica de Jean Louis Grinda, de quien ya hemos visto aquí sus propuestas para Tosca, Werther, Amelia al ballo y The telephone, sin que nunca haya llegado a convencerme del todo. En esta Lucia no ha buscado contarnos nada especial, o si lo ha pretendido poco se nota, y se limita a presentar un marco estético para que la acción se desarrolle (casi) siempre dentro de las líneas principales que marca el libreto, con una ligera trasposición temporal, pero con un concepto clásico con el que busca el protagonismo de la música y de la belleza visual. Hay algunas cosas que pueden criticarse, pero, en general, funciona muy bien, todo tiene coherencia y se permite al espectador seguir la trama sin distraerse analizando extrañas divagaciones, sino pudiéndose centrar en la música y el canto, cosa que de vez en cuando se agradece.

Hay producciones muy minimalistas donde se apuesta por espacios prácticamente vacíos que resulten polivalentes para los diferentes escenarios en los que se desarrolla la acción y eso suele conllevar una mayor ligereza en las transiciones entre escenas. La presentada ayer, sin ser tampoco especialmente sobrecargada, sí que cuenta con un componente escenográfico importante que ralentiza bastante esas transiciones. Podía haberse optado por hacer más descansos entre actos, pero, creo que acertadamente, se ha preferido que los cambios se hagan en escena a telón bajado, interrumpiendo la función lo justo. En esos parones se ha decidido proyectar una imagen de las olas golpeando un acantilado con sonidos marítimos incluidos. Una tontunez que al principio tiene su gracia, pero a la cuarta repetición acaba por cansar y termina provocando la chunga del respetable que ya no sabe si esta en Lucia o en Moby Dick.

Como decía antes, en la vertiente de la estética visual es donde esta producción logra sus mejores prestaciones, merced principalmente a un inteligente trabajo de iluminación de Laurent Castaing y el vistoso vestuario de Jorge Jara. La escenografía de Rudy Sabounghi nos presenta, con mayor o menor acierto, todos los ambientes en los que la obra se desarrolla: la fuente, el torreón, la gran sala del castillo, el cementerio… otorgando un importante protagonismo al agua y a la presencia de los acantilados y la playa. Los elementos escenográficos se combinarán con algunas proyecciones lográndose interesantes efectos, siempre destilándose una atmósfera romántica, con alguna alusión más que evidente a Caspar David Friedrich, como al comienzo de la última escena del acto tercero.

Me gustó bastante la decisión adoptada variando al final la muerte de Edgardo que aquí no se apuñala ni se pasa muriéndose los últimos 5 minutos, aunque no haré spoiler, pero tiene mucho sentido. También me gustó la aparición de la fuente en la escena de la locura, centrándose la luz sólo en Luciay haciendo al público partícipe del delirio de la protagonista. Menos me agradó, en el comienzo de esa misma escena, la entrada de Lucia tras asesinar a Arturo, no con un puñal, sino con una gigantesca pica y, para colmo, con una pinta lamentable, mezcla entre la Moma y el tren de la bruja, muy apropiada por cierto para Valencia en estas fechas del Corpus y a las puertas de la feria de julio.

Algo ridículos también fueron los rosarios que lucen las plañideras en la última escena, de un tamaño tal que más bien parece que lleven colgadas ristras de ajos. Tampoco encontré justificado que se tenga que poner a Luciael traje de novia en escena a la vista de los espectadores. Lo mismo, detrás de un biombo, puede tener el mismo efecto y no se somete el abundante cuerpo enfajado de la pobre soprano al cuchicheo e impropios comentarios de la platea; pero bueno, pese a estas cosillas que me gustaron menos, creo que la propuesta del director monegasco funciona muy bien, tiene coherencia en su planteamiento y consigue algunos momentos de brillante impacto estético.

Roberto Abbado se despide con esta Lucia di Lammermoor de su paso por el Palau de les Arts como titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, una labor que, pese a que me consta que no cuenta con el respaldo de los músicos, desde el punto de vista del espectador creo que sólo puede decirse que los resultados obtenidos han sido buenos. Igual no es mérito suyo y sí la mera consecuencia de la profesionalidad y el trabajo de los miembros de la orquesta, pero su balance ha de ser necesariamente positivo. Y su labor de ayer también creo que merece el aplauso. Es verdad que me fue gustando más conforme avanzaba la obra. En el primer acto abordó el dúo de la pareja protagonista con una lentitud casi exasperante, aunque fue aumentando progresivamente la intensidad y fuerza y el final del dúo fue bellísimo. Hubo otros momentos muy destacados, como toda la escena de la boda, quizás lo más relevante orquestalmente, en la que hizo gala de una sabia administración y despliegue de la tensión. Pese a algún descontrol de volúmenes, estuvo especialmente cuidadoso con las voces, como suele ser habitual en él, adaptándose a sus características.

Al haberse optado en esta versión por utilizar la armónica de cristal en lugar de la flauta en la escena de la locura, el gran protagonismo del foso se lo llevó el reputado intérprete de este raro instrumento, Sascha Reckert. Fue una gozada su acompañamiento a la soprano acariciando el arsenal de copas que estaban dispuestas en un aparatoso soporte de madera. Durante el descanso no fuimos pocos los que sufrimos viendo cómo se iban incorporando al foso los músicos, pasando ajustados junto a todo ese coperío y más de una vez pensé que iban a tirar a tierra el mueble bar. Reckertrealmente consiguió extraer unos sonidos espectrales que, junto con la belleza del canto de Jessica Pratt, dejaron a la platea sin respiración, en un silencio que pocas veces he sentido yo en esta sala. No obstante ese merecido reconocimiento, me gustaría destacar muy especialmente en la orquesta el maravilloso rendimiento de ayer de los cuatro trompas, con Bernardo Cifresa la cabeza, en una obra para ellos muy exigente que bordaron con sobresaliente; como también lo hizo la solista de arpa en la introducción a la entrada en escena de Lucia o Rafal Jezierski al chelo con su bellísimo acompañamiento durante el último cuadro.

El Cor de la Generalitat volvió a alcanzar la excelencia vocal e interpretativa y fue otra de las claves para el éxito final del espectáculo, brindándonos algunas intervenciones memorables como en D'immenso giubilo, en  todo el final del segundo acto y, especialmente, en un Oh! qual funesto avvenimento! que fue para quitar el sentío

Ya he dejado claro desde las primeras líneas de esta crónica que la pareja protagonista fue la indudable triunfadora de la noche. La soprano Jessica Pratt nos brindó nuevamente una magistral lección de canto que se me hace muy complicado trasladar a simples palabras. Ya nos entusiasmó hace un par de años en el rossiniano Tancredi y ayer volvió a poner el teatro patas arriba con una bellísima línea de canto de una pureza y precisión sublimes. Filados, pianísimos, trinos, medias voces perfectas, adornaban una voz cristalina que subía al agudo y sobreagudo con una facilidad pasmosa, resolviendo también la coloratura de manera modélica. Su impresionante fiato le permite lucir un legato impecable en el que además deslumbra por su infinita variedad de matices. ¿Fue todo perfecto? Bueno, un solo reparo pondría yo a esta exhibición vocal y es que estuvo corta de expresividad. Me comentaba un amigo en el descanso que, pese a reconocer la esplendorosa exhibición canora de la pareja protagonista, no había conseguido borrar el recuerdo de aquella otra Lucia que vimos aquí en 2010 con Nino Machaidze y Francesco Meli. Pues quizás la diferencia fuera esa, Machaidze y Meli desbordaron pasión y expresividad; Pratt y Shi, perfección vocal, pero más cortos en cuanto a transmisión de emociones. Es mi opinión.

El complicado papel de Edgardo fue asumido por el tenor chino Yijie Shi, que precisamente ya hizo pareja con la Pratt en aquel Tancredi de 2017, e igual que entonces ha vuelto a lograr un importante y merecido éxito. Gran parte de lo que escribí entonces para Argirio sería aplicable a su Edgardo, aunque posiblemente aquél papel rossiniano se ajuste mejor a su vocalidad que este. Su voz, de timbre ingrato, me sigue sin parecer precisamente bonita, pero es indudable su potencia, solidez, su insultante comodidad y firmeza en el registro agudo y la pulcritud con la que cuida los recitativos. Estuvo ajustado en los concertantes y tuvo también un buen comportamiento escénico. Si hubiese introducido más matices en el fraseo se llevaría el diez en una actuación que, en cualquier caso, ha de calificarse de sobresaliente.

Mucho menos me gustó el Enrico que compuso el barítono italiano Alessandro Luongo, a años luz de la pareja protagonista, lo cual era fácil de prever, aunque con indudables buenas intenciones y arrojo. Era la primera vez que visitaba Les Arts y cumplió la difícil encomienda con buena dicción, ligando bien, mostrando temperamento y desgarro interpretativo, quizás demasiado, pareciendo más cercano a veces a una Cavalleria que a una obra belcantista. Se echa de menos un mayor refinamiento en un fraseo tosco, con empujones de una voz que se mostró bastante irrelevante junto al plantel de acompañantes que tuvo en escena.

El que sí es un habitual en Les Arts, es el bajo ruso Alexander Vinogradov que afrontó la parte del capellán Raimondohaciendo gala, una vez más, de un instrumento privilegiado que le permite exhibir una voz grande, poderosa y profunda que conquista fácilmente al público. Cosa distinta es que le siga faltando nobleza en un canto bastante rudo, con escasa variedad de acentos y una cuestionable articulación y fraseo del italiano, que parece a veces que esté chupando un caramelo pues sólo se escuchan las vocales.

La sorpresa de la noche fue el Arturo de Xabier Anduaga. Hace tiempo que venía oyendo hablar de este joven tenor vasco que se presentó ayer en Valencia con una voz fresca, de enorme caudal y riqueza tímbrica y expresiva, para un papel vocalmente casi anecdótico que sirvió a la perfección y nos dejó con ganas de volverle a escuchar en roles más exigentes.

El tenor cántabro Alejandro del Cerro fue un Normannocorrecto, de agradable timbre y valiente vocalmente. Por su parte, Olga Syniakova compuso una Alisaexcelente, dando adecuada réplica a un monstruo como la Pratt y confirmando que estamos ante una de las voces más interesantes de las últimas generaciones del Centre Plácido Domingo.

La sala presentaba una buena entrada aunque lejos del sold out. Bastantes huecos en platea deslucían una velada que merecía un lleno completo. Eso sí, los espectadores se mostraron bastante más cálidos de lo que suele ser habitual en las noches de estreno e interrumpieron la representación con fuertes y prolongados aplausos en diversos momentos, llegando incluso, como he comentado antes, a escucharse voces pidiendo bis. Al finalizar la función, la platea se puso en pie y las ovaciones se mantuvieron muchos minutos, con atronadora efusividad para Pratt, Shi y Vinogradov. La salida de Jean-Louis Grinda como director de escena también fue premiada con unánimes aplausos.

Me gustaría mandar un mensaje al personal de Les Arts encargado de la vigilancia de puertas. Ayer se permitió que un numeroso grupo de espectadores retrasados entraran en la sala mientras sonaba el arpa introduciendo la entrada de Lucia del primer acto. No se debería permitir nunca una vez la música ha comenzado, pero es que además ayer tenía mucho menos sentido, ya que poco antes se había interrumpido la representación para el cambio de escenografía entre cuadro y cuadro y se volvería a hacer 3 o 4 veces más, momentos estos que se podrían haber aprovechado para recolocar a los tardones.

Que una obra tan popular como Lucia di Lammermoor, con un reparto de primera fila y en sábado no logré llenar la platea de Les Arts, es preocupante. No quiero pensar entonces qué pasará con Elektra o Ariodante. Hay quien comentaba que igual se debía a la festividad del lunes que podría haberse aprovechado por muchas personas para hacer puente. No lo sé. El caso es que en la web del teatro sigue habiendo bastantes entradas para las próximas funciones. Ya lo dije hace poco, si el público no respondemos llenando el teatro todos los días, todos los esfuerzos económicos y artísticos que se están llevando a cabo para llevar la ópera de Valencia definitivamente al primer nivel, será en vano. Así que ya sabéis, todos a Les Arts. Perderse una representación de ópera del nivel de esta Lucia sí que sería una locura.

domingo, 21 de mayo de 2017

"WERTHER" (Jules Massenet) - Palau de les Arts - 20/05/17

Mientras seguimos esperando que la dirección de Les Arts se digne anunciar oficialmente los títulos que compondrán la próxima temporada operística 2017/2018, ayer tuvo lugar en el coliseo de Calatrava el estreno de una de las obras que más expectación habían generado este año entre algunos de nosotros, Werther, de Jules Massenet, una de las cumbres del repertorio operístico romántico francés.

Resumiendo las impresiones que enseguida desarrollaré, diré que salí bastante decepcionado, por culpa sobre todo de unas prestaciones vocales que no me convencieron y una puesta en escena insulsa, cursi y bastante idiota; y ello pese a que la dirección musical me pareció sobresaliente.

La dirección de escena corre a cargo de Jean-Louis Grinda en esta nueva coproducción del Palau de les Arts y la Opéra Monte-Carlo. Del regista monegasco ya hemos podido ver en este teatro su trabajo para The telephone, Amelia al ballo, y la Tosca que se representó en 2011 y 2012. Dije entonces de su labor en Tosca que me resultó previsible y anodina, de planteamiento muy clásico, con una escenografía pobre y absurda y una vulgar dirección de actores. Y lo cierto es que podría decir lo mismo de lo visto ayer en Werther.

La propuesta es enormemente clásica y si el libreto dice clavecín, nos coloca un clavecín en mitad del escenario, si se habla de pistolas, allí están en un armariete, también el libro, las cartas… La única licencia que se toma el señor Grinda es presentarnos toda la obra como un flashback del protagonista que ya nos aparece durante el preludio con su camisa ensangrentada contemplando un espejo que se romperá y que permanecerá presente en el escenario durante toda la representación.

Esto del flashback no es ninguna novedad, pero además en este caso lo considero un recurso fallido. No tiene sentido porque para eso tienes que respetar el punto de vista del personaje principal y ver toda la obra a través de sus ojos, lo que resulta imposible en todas aquellas escenas en las que Werther no participa, salvo que le hagas estar por allí pululando para que veamos su espíritu contemplar la acción. Esto sólo se lleva a cabo poco antes de la entrada del personaje en el tercer acto, precisamente en el peor momento posible, pues se rompe todo el dramatismo de ese instante de Charlotte dudando si su amado aparecerá, mientras él está bambando por detrás mirando las pistolitas. Además resulta ridículo que se pase el personaje toda la obra vestido con la misma camisa llena de sangre.

Y si de vestuario hablamos me gustaría que alguien me explicase qué tipo de hecatombe climática hace que Albert llegue en el primer acto, que se desarrolla en el mes de julio, con abrigo y bufanda. Tampoco la caracterización de Schmidt y Johann como ancianos está conseguida, acercándose a una caracterización de función de colegio. Algo mejor aparece el personaje de Le Bailli, aunque con una pinta de Santiago Segura bastante risible. De los angelitos repipis casi mejor me callo porque la señora madre de Grinda no tiene culpa de nada.

La iluminación tampoco aporta absolutamente nada y todo es sosainas, plano y de andar por casa. La dirección de actores es igualmente vulgar y descuidada lo que, unido a la falta de sapiencia o ganas de la mayoría de los intérpretes, condujo a unos resultados pobres y aburridos en cuanto a dramatismo escénico.

Quizás pudiera reseñar la proyección que se ofrece durante el interludio musical entre el tercer y cuarto acto, con la imagen de Charlotte angustiada corriendo por un interminable camino nevado; pero, como ya sabéis, me repatea eso de que nos quieran entretener durante los fragmentos musicales

No quiero extenderme más sobre el componente escénico de este Werther porque pienso que no lo merece semejante pavisosez y tontunez que lo único que me provocó es sopor.

La riqueza melódica y el refinamiento orquestal de esta composición de Massenet, requieren una orquesta que esté a la altura y ayer encontró adecuado vehículo en nuestra Orquestra de la Comunitat Valenciana que volvió a sonar excepcionalmente; pero, sobre todo, necesita un director que sepa destacar y poner de relieve los inacabables matices de la partitura y Henrik Nánási nos brindó una lectura minuciosa y bellísima de esta maravillosa página. Lamentablemente, anoche en pocas ocasiones el escalofrío de la emoción me alcanzó; eso sí, cuando lo hizo fue siempre, salvo una excepción que luego comentaré,  en momentos puramente orquestales: en el Preludio, donde ya vimos por dónde iban a ir las cosas musicalmente, con una variedad de matices y juegos de dinámicas portentosos; en el Claro de Luna del primer acto, donde los violonchelos sonaron celestialmente; o en el interludio entre tercer y cuarto acto, de una intensidad emocional enorme.

El equilibrio orquestal, la variedad dinámica y la fuerza expresiva fueron constantes toda la velada, con una cuerda grave en estado de gracia, como en la introducción al Pourquoi me réveiller, con destacadas intervenciones también en diferentes momentos de saxo, violín y metales. Nánási nos ofreció una cuidadísima labor de dirección, cuidando bastante las voces, aunque hubiese puntuales arrebatos de volumen orquestal, pero sucedió en instantes en los que lo que se requería era precisamente eso, arrebato emocional. También estuvo atentísimo al escenario dando las entradas a los cantantes con gesto claro y preciso.

Este hombre ha venido ya tres veces a Les Arts y siempre me ha entusiasmado; además, chúpate esa, tocando tres palos tan diferentes como son Bartok, Verdi y Massenet. Por mí, desde luego puede seguir viniendo todos los años varias veces. El otro día en la rueda de prensa de presentación de estas funciones, bromeaban Livermore y Nánási sobre lo bien que se siente éste cada vez que viene a dirigir, por el buen clima de València en comparación con el frío berlinés (dirige allí la Komische Oper) y afirmó confiar en que el Intendente le vuelva a llamar. Yo, si fuera Livermore (Dios no lo permita), intentaría llamarle para que se quede y hacerle titular de una orquesta que no parece sentirse especialmente cómoda con Biondi y Abbado, ni este último parece muy contento con Livermore. En fin, por pedir que no quede.

Hay quien me dice que soy un pelota con el Cor de la Generalitat y que siempre les pongo bien… Pues mira por donde hoy no voy a hablar bien del coro.

El papel protagonista de Werther se ha encomendado al francés Jean-François Borras, un tenor que alcanzó relevancia mediática en 2014 cuando hubo de sustituir en este mismo papel en el Metropolitan de Nueva York al inicialmente previsto Jonas Kaufmann, y que viene con valiosas referencias al haber cantado también en otros importantes teatros (Londres, Viena, Berlín). Yo, después de lo escuchado ayer, no acabo de entender qué es lo que le han visto de especial y le ha catapultado a la fama. No diré que tuvo una mala actuación porque faltaría a la verdad, pero no encontré nada tan relevante como para decir que nos encontramos ante una estrella, ni mucho menos.

Es un tenor lírico bastante ligero, con una vocecita de agradable timbre y acusado, y en ocasiones molesto, vibratillo, a la que, para mi gusto, le falta bastante enjundia y cuerpo. Ofrece un Werther joven, muy ajustado por frescura vocal, delicado y evanescente; pero tan delicadito lo quiere hacer todo, con medias vocecitas y falsetes, que muchas veces cualquier atisbo dramático se evapora, deviniendo, más que en un héroe romántico, en un cervatillo tembloroso. Muestra potencia y seguridad en el agudo, donde es la única zona en la que adquiere prestancia y potencia vocal. Su fraseo tampoco es lo refinado que sería deseable y la escasez de consistencia vocal la pretende suplir en los pasajes más dramáticos con algunos arranques que rozan lo verista. Su primer acto me resultó de una insulsez casi vegetal. Mejoró bastante en el segundo, y en el tercero quizás ofreciese sus mejores prestaciones, cuidando bastante su esperado momento en el aria, la cual resolvió con elegancia y solvencia. En el cuarto tuvo un pequeño accidente perdiendo la afinación y rozando el kikirikí. Escénicamente Borras tampoco me convence y, entre la desidia regista de Grinda y que el tipo tampoco es precisamente Marlon Brando, me resultó demasiado estático y poco natural. Mención especial merece su alargada agonía, durante la cual igual estaba tirado en el suelo exánime, como se levantaba raudo cual rayo y se ponía a cantar como un machote. En cualquier caso, pese a la subjetiva opinión de quien esto suscribe, Borras fue el gran triunfador de la noche y obtuvo el reconocimiento unánime del público.

Siempre he sentido una especial predilección por la mezzosoprano italiana Anna Caterina Antonacci; su Carmen junto a Kaufmann en Londres, o su Cassandre de Les Troyens del Châtelet parisino, entre otros muchos ejemplos, me parecen papeles referenciales. A sus 56 años sigue desprendiendo un carisma y una belleza inigualables, pero quizás esta interpretación de Charlotte le haya pillado ya en un momento algo tardío de su carrera, no porque haya disminuido su capacidad dramática y expresiva, pero sí porque la juventud del personaje queda completamente desdibujada ante un instrumento que ayer, y siento decirlo, parecía acabado. La voz de Antonacci ha perdido homogeneidad y presenta colores distintos a lo largo de un registro en el que, en sus zonas más extremas del agudo y grave, las notas tienden a abrirse y muestran un apreciable vibrato. El agudo roza el tambaleo y el grave no existe, convirtiéndose la mayor parte de las veces en un parlato. El centro sigue siendo bello, pero ha perdido consistencia, por lo que la emisión a veces deviene inaudible. Dicho todo esto, que no es poco, a mí su expresividad dramática y vocal me continúa cautivando y logró hacerme sentir a flor de piel la lucha interna de Charlotte entre su amor por Werther y su compromiso con Albert y con los convencionalismos sociales; especialmente en el que, para mí, es uno de los momentos más bellos y emocionantes de la ópera francesa, el aria del tercer acto Laisse couler mes larmes, donde, acompañada por el saxo y una orquesta inspiradísima, logró conmoverme.

Creo que Les Arts se ha equivocado de lleno encomendando el personaje de Albert al alumno del Centre de Perfeccionament Michael Borth. Me parece bien que los papeles menores de las óperas se ofrezcan al Centre, pero Albert, pese a que su presencia en escena es limitada, tiene una importancia en la obra que merecía algo mucho mejor, especialmente cuando el encargado de asumir el rol es alguien tan carente de estilo, de medios tan limitados y que transmite la emoción de un sándwich de pepino, como fue el caso de Borth. A mi juicio, fue un Albert absolutamente impresentable que convirtió al personaje en alguien irrelevante y que vocalmente llegó incluso a gallear en un par de ocasiones, con una emisión inconsistente y sin ninguna autoridad vocal. Realmente entre lo blandito de este Werther y el mequetrefe de Albert, la que tenía que haberse suicidado era Charlotte.

En el apartado vocal, posiblemente lo que más me convenció de la noche fuera la soprano Helena Orcoyen que hacía frente al repelente papel de Sophie y que tuvo una excelente actuación. Extraordinariamente adecuada al personaje, su voz ligerísima, de jilguerillo, limpia y cristalina, con la que esbozó un dulce fraseo, convirtió sus intervenciones en un soplo de aire fresco.

Si repelente es el personaje de Sophie no digamos los de Schmidt y Johann… La verdad es que en Werther, aparte de los dos protagonistas, el resto de papeles siempre me han parecido bastante odiosos y si hubiese metido la tijera Massenet creo que nos habría hecho un favor. Los miembros del Centre de Perfeccionament Moisés Marín y Jorge Álvarez fueron los encargados de encarnar a este par de vejestorios, pero, entre la primitiva caracterización escénica y sus exageraciones en los movimientos para hacernos creer que eran ancianos, la cosa acabó siendo grotesca. Vocalmente no obstante cumplieron de forma aceptable.

Otro bonico personaje es Le Bailli, ese carcamal, padre de Charlotte, que ha tenido ocho hijos y cuya esposa está fallecida, intuyo que suicidada ante la perspectiva de seguir siendo la coneja del señorito. El omnipresente miembro del Centre Alejandro López fue quien asumió el rol. Me convenció más que otras veces, supongo que porque su voz ajada y su habitual limitación para el movimiento escénico, en esta ocasión le iban bien al personaje. Además su entrega dramática fue algo mayor. Si hace poco dije que su faceta de actor no era mucho mejor que la de un sobao pasiego, creo que ha llegado el momento de ascenderle a Tigretón.

Estupendos vocalmente, aunque con algún despiste escénico, supongo que por fallos de dirección, estuvieron los niños de la Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats y las chicas de la Escola Coral Veus Juntes de Quart de Poblet.

La sala principal del Palau de les Arts presentó una buena entrada, aunque hubo notablemente más huecos que en los anteriores estrenos de la temporada. No sé muy bien qué es lo que ha ocurrido para que esta conocida ópera sea una de las que menos respuesta del público ha recibido hasta el momento. Los asistentes estuvieron bastante fríos, aunque interrumpieron con aplausos la representación al finalizar el aria de Charlotte Laisse couler mes larmes. Hubo ovaciones para todos al concluir la función, especialmente para el tenor Borras y la orquesta, pero no se prolongaron en exceso. De hecho los saludos se extendieron más allá de los aplausos.

Pues, como siempre, os animo desde aquí a acudir a ver este Werther y a forjaros vuestra propia opinión. Aunque sólo fuese por la belleza de las melodías compuestas por Massenet y por las excelentes prestaciones que Henrik Nánási extrae de nuestra orquesta, ya valdría la pena.

Como decía al comienzo, seguiremos aguardando a que el señor Livermore se decida a hacer público el contenido de la próxima temporada operística en València. Yo estoy deseando ya que lo haga para arremeter ante la ausencia que nos espera, una vez más, de Wagner, Strauss o Janáček y la saturación de repertorio italiano ya visto.



lunes, 2 de abril de 2012

"TOSCA" (Giacomo Puccini) - Palau de les Arts - 01/04/12


Por mucha crisis que haya y aunque “Tosca” sea siempre un título de los que tienen garantizado un tirón popular, no considero que tenga mucho sentido reponer una producción cuando apenas han transcurrido diez meses desde su estreno, sobre todo si tampoco la dirección escénica era como para tirar cohetes y más aún si, como ocurrió ayer, los resultados musicales son mucho peores.

Después de haber asistido el día anterior a una extraordinaria “Thaïs”, tanto en el plano escénico, como en el musical y vocal, esta “Tosca” me ha defraudado enormemente. La dirección de escena no me gustó ya el año pasado, la musical de Omer Wellber está a años luz del trabajo de Zubin Mehta y sustituir en el papel de Scarpia a Bryn Terfel por Marco Vratogna es como cambiar a Messi por el cojo Manteca. Pero vayamos por partes.

Esta coproducción de Les Arts con la Fundación del Festival Puccini de Torre del Lago, la Ópera de Montecarlo y el Teatro Regio de Turín, cuenta con la dirección escénica ideada por Jean-Louis Grinda que ya tuve ocasión de comentar con motivo de su estreno en el Festival del Mediterrani del pasado año, por lo que a aquella crónica me remito (podéis leerla aquí) y poco más tengo que decir, salvo reiterarme en lo poco que me gustó. Me sigue pareciendo una demostración de absoluta falta de ideas que lo único que hace es llevar a cabo un planteamiento muy clásico con una escenografía pobre y absurda y una vulgar dirección de actores. Para colmo, hubo un problema en el tercer acto con la bajada de la escenografía, que parece que se quedó enganchada, haciendo un ruido horroroso.

La dirección musical de Omer Wellber no me ha gustado. Ya hace tiempo que vengo diciendo que, conforme le voy viendo dirigir más funciones, más se asienta mi sensación de que no es el genio que nos quisieron vender. La principal reacción que me suele provocar siempre el director israelí es la de desconcierto y ayer no fue una excepción. Su lectura de la genial página pucciniana me pareció superficial y, en apariencia al menos, caprichosa. Sus tiempos fueron lentísimos, pero, junto a estas ralentizaciones que rozaban lo exasperante, introducía unas extrañas aceleraciones sin sentido, todo ello adornado con una gestualidad desbocada, más propia, como decía mi amiga Assai, de un conductor de cuádrigas que de un director de orquesta.

Lo malo es que toda esta exageración no se tradujo en la más mínima emoción. En los pasajes más intensamente dramáticos la dirección resultó plana, con una falta absoluta de tensión y en ningún momento logró, a mi juicio, crear la atmósfera precisa. Si acaso sólo salvaría el inicio del tercer acto. Para empeorar las cosas no se privó de toques efectistas, como las paradinhas estratégicas para provocar el aplauso a los cantantes, y nos castigó con un altísimo volumen que, junto a los vozarrones de Jorge De León y Oksana Dyka, hacían, con toda seguridad, la función audible desde el exterior. Fueron evidentes también numerosos desajustes y claras descompensaciones, culminando una noche para el olvido, en la que, tener tan presente la dirección de Zubin Mehta del año pasado, hizo mucho más cruel y sangrante la comparación.

La Orquesta de la Comunitat Valenciana, con esta dirección, no pudo brillar como de costumbre. Esos desajustes que ya he mencionado antes, posiblemente indiquen la falta de rodaje con un director que, según me han comentado, no se ha caracterizado precisamente por los ensayos en esta “Tosca”. Pese a todo, la calidad de los músicos es incuestionable y durante toda la noche destacaron las intervenciones del clarinete de Tamás Massànyi y la sensacional actuación en el tercer acto de los cellos de Guiorgui Anichenko y Arne Neckelmann.

Buenas prestaciones tanto del Coro de la Generalitat como de la Escolania de la Mare de Déu dels Desemparats, aunque también se apreciasen algunos desajustes con el foso y el Tedeum no resultase tan lucido como siempre se espera, debido a los tiempos marcados por Wellber y al deficiente Scarpia de Marco Vratogna. Me volvió a llamar la atención en los saludos finales la ausencia del director del Coro de la Generalitat, Francesc Perales.

Lo mejor de la noche vino de la mano de Jorge de León como Cavaradossi. Ya sabemos que el tenor tinerfeño tiene un centro a veces oscilante e inestable y alguna puntual desafinación, pero sus agudos son brillantes y auténticos cañonazos, y su entrega en escena es irreprochable, así como su valentía a la hora de abordar por derecho cualquier obstáculo de la partitura con absoluta convicción. Hizo gala de un fraseo intencionado y lleno de expresividad, y de buen control del fiato. En “Recondita Armonia” entró un tanto frío, asomando un feo vibrato inicial, pero resolvió la página con brillantez, con gran musicalidad y unos agudos espectaculares, obteniendo la primera ovación de la noche. Aunque eso no sería nada para su culminación de un “E lucevan le stelle…” muy meritorio, donde tuvo que lidiar con el tempo lentísimo que imprimió Wellber, y donde tan sólo se echó de menos una mayor capacidad de matización, que fue premiado con un torrente de bravos y unos larguísimos aplausos que me hicieron incluso pensar que se fuera a producir un bis que hubiera sido un premio excesivo.

La Tosca de Oksana Dyka, como ya ocurriese en el estreno, resultó más fría que una bolsa de menestra congelada. Sigue sin apenas regular intensidades y se limita a dar rienda suelta a su enorme y potente voz, pero sin llegar a transmitir ninguna emoción. Su fraseo es abrupto y chillón, y el “Vissi d’arte” que se marcó me pareció bastante penoso, pura rutina sin el más mínimo matiz. En frases clave para sacar toda la fuerza del personaje, como “Questo è il bacio di Tosca!” o “E avanti a lui tremava tutta Roma!”, parecía que estuviese leyendo el precio de los pepinos.

La guinda la puso el Scarpia compuesto por Marco Vratogna, con su característica voz fea, opaca y de emisión sucia con la que nos obsequió cantando de forma tosca, a empujones, arrastrando la voz. Toda la perversidad de Scarpia que transmitía Bryn Terfel con un simple gesto de su ceja, aquí estaba ausente; la única maldad que se vislumbraba era lo malo que es el propio Vratogna cantando. Bueno, cantando y actuando, porque el tío se plantaba estático, mirando el patio de butacas cual clik de Famobil y con eso ya estaba bien. Ni siquiera supo simular que escribía el salvoconducto, limitándose a echar rayotes. Estoy seguro de que si a Cavaradossi, en lugar de llevárselo a la cámara de tortura, le dejan en la habitación de Scarpia con Vratogna cantándole a la orejita, confiesa hasta haber matado a Manolete. Su “Non mi vendo a prezzo di moneta” fue horroroso, plano e inaudible. Lo mejor que hizo en toda la noche fue morirse, aunque, para desconsuelo de algunos, sólo estaba fingiendo. Pese a todo lo dicho, lo cual demuestra que no tengo ni idea, fue ovacionado en los saludos finales e incluso hubo algún cachondo que le braveó.

Del resto del reparto merece destacarse el buen Sacristan de Fabio Previati y Gianluca Buratto como Carcelero. Bien estuvo también el niño José Escorihuela. Angelotti fue el bajo finlandés Mika Kares quien, como siempre, le pone mucha intención, pero esa voz de emisión cuasi anal, no acaba de convencerme.

Al final, encendidos aplausos para todos los intervinientes, incluidos Wellber y Vratogna, con una ovación larga y ensordecedora para el tenor Jorge de León, esta sí más coincidente con mi criterio.

Una vez más la sala principal de Les Arts presentaba demasiados huecos para tratarse de un estreno en día festivo y con una ópera popular como “Tosca”. Hasta los que se creen VIPs fueron muchos menos que en otras ocasiones, apenas la Consellera de Cultura, el presidente del Consejo Jurídico Consultivo, pelotas varios y algún engominado ex Secretario Autonómico recientemente cesado. Nada que ver con el oropel de la “Thaïs” del sábado, con el President Fabra y la Infanta doña Pilar a la cabeza. Es lo que tiene que cante Plácido Domingo.

Por cierto, ahora sólo queda esperar a ver si Domingo consigue mejorar la dirección de Wellber en las últimas funciones. A priori me hubiera atrevido a apostar que no, pero después de lo escuchado ayer, todo es posible.

Aquí podéis leer también la siempre interesante y fundamentada crónica de Maac.

viernes, 15 de julio de 2011

"THE TELEPHONE" y "AMELIA AL BALLO" (Gian Carlo Menotti) - Teatro Martín i Soler - Palau de les Arts - 13/07/11


Ahora sí que se acabó. Tras las representaciones ofrecidas los días 13 y 14 de julio de las óperas de Gian Carlo Menotti “The Telephone” y “Amelia al Ballo” en su sala Martín i Soler, el Palau de les Arts echa el cierre, en cuanto a representaciones operísticas, hasta el comienzo de la próxima temporada 2011-2012, cuyo calendario y contenido sigue, incomprensiblemente, sin anunciarse, pero que no se prevé que inicie antes de finales de octubre.

Una vez más, la actividad musical y operística de la capital valenciana queda completamente muerta durante unos meses en que se concita una importante afluencia de turistas. Pero ellos sabrán lo que hacen.

Reconozco que nunca antes había escuchado ni “The Telephone” ni “Amelia al Ballo” y acudí el pasado miércoles 13 a Les Arts con bastante poca convicción, pero he de reconocer que salí bastante satisfecho.

Las obras no son, a mi juicio, ninguna maravilla. Demasiada tendencia a incluir pasajes que suenen a Puccini, con tímidos toques de “modernidad” e inevitables ecos de Broadway. Los libretos son un puro sainete disparatado, pero el conjunto acaba por resultar entretenido y agradable de escuchar, a lo que también ayuda que su duración sea breve.

La dirección de escena corrió a cargo de Jean-Louis Grinda, de quien no me gustó su reciente “Tosca”, pero que creo que en esta ocasión, sobre todo en “Amelia al Ballo”, ha llevado a cabo una propuesta sencilla pero muy funcional y ajustada al contenido y carácter de las obras, destacando una dirección de actores ágil y estudiada que mantiene en todo momento el pulso de la comedia y permite el seguimiento de la acción con interés. Me pareció muy positivo que se decidiera efectuar el cambio de decorados entre una y otra obra al comienzo de “Amelia al Ballo”, con la música ya sonando y dando así un carácter de unidad a toda la representación.

También es justo destacar el excelente trabajo de iluminación de Antonio Castro, una de las principales bazas de esta puesta en escena.

En lo musical, el mayor interés radicaba en la presencia al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana del polifacético Plácido Domingo, quien dirigió con corrección y sin que se pueda destacar ningún aspecto especialmente negativo, pero que siempre te deja con la impresión de que, afortunadamente, se gana la vida holgadamente con su voz, y su batuta no deja de ser un capricho que está en todo su derecho, a estas alturas de su carrera, de poderse permitir.

Puso gran énfasis Domingo en los pasajes más líricos de las partituras y estuvo muy atento a las indicaciones a los cantantes, pero la orquesta en muchas ocasiones parecía ir un poco a su aire, ajustada pero sin que se apreciara una aparente coordinación entre el foso y la batuta.

El mayor pero que se le puede poner a su dirección es un exceso de volumen que no supo controlar para desgracia de algunos solistas que no conseguían hacerse oír, pese a la reducida composición de una Orquesta de la Comunitat Valenciana en la que se hace necesario volver a destacar las intervenciones solistas del oboe de Pierre Antoine Escoffier, magistral en “The Telephone”, y de Álvaro Octavio a la flauta.

El elenco vocal, incluido el Coro, estaba compuesto íntegramente por alumnos del valenciano Centre de Perfeccionament Plácido Domingo, del Domingo-Cafritz Young Artist Program de la Ópera de Washington y algún participante de Operalia. El nivel general fue bastante aceptable, sobre todo en su faceta de actores, donde tuvieron una entrega irreprochable. Entre las voces hubo un poco de todo, destacando claramente del resto el impresionante volumen y penetrante timbre de la norteamericana Jennifer Lynn Waters en su papel de Amelia.

Mención especial, para mal, vuelve a merecer la subtitulación de los textos en Les Arts, donde siguen empeñados en actualizar ridículamente las expresiones del libreto, y al final más que una ópera acaba pareciendo aquello un capítulo de “Física o Química”.

Al finalizar, fuertes aplausos para todos los artistas, dirección de escena incluida, de un público que llenaba casi por completo la sala Martín i Soler, con presencia de Consellera, Concejala y una Helga Schmidt que se sentó en primera fila dejando un asiento libre entre ella y Marta Ornelas (esposa de Domingo) a quien no se dignó saludar.

Supongo que estaría demasiado concentrada pensando cuántos contratos sin cerrar se atreve a incluir en la programación de la próxima temporada de Les Arts o cuánto más puede retrasar su anuncio, de forma que cuando mande las cartas a los abonados para la renovación pille al mayor número de vacaciones y sin tiempo para solicitar la baja en el abono. Pues no es lista ni .

Os recomiendo leer la crónica de la función que ha hecho Maac.