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viernes, 18 de mayo de 2018

RENOVACIÓN DEL PATRONATO DEL PALAU DE LES ARTS


Cinco meses y medio después (que se dice pronto) de que Davide Livermore presentase su dimisión como director artístico del Palau de les Arts, parecen darse por fin los primeros pasos efectivos para intentar empezar a enderezar el rumbo del teatro valenciano. El conseller de Cultura Vicent Marzà anunció ayer en rueda de prensa que el próximo lunes tendrá lugar la reunión constitutiva del nuevo Patronato de la Fundación Palau de les Arts que, a su vez, anunciará las bases de la convocatoria del concurso para la contratación del nuevo director artístico de la casa.

La primera buena noticia es que se anuncia una Presidencia del Patronato desvinculada de cargos políticos y con una intensa relación con el mundo de la cultura y el mecenazgo en nuestra ciudad, en la persona de Susana Lloret, vicepresidenta y directora general de la Fundación Per Amor a l’Art. Esa apertura del Patronato a la sociedad civil se completa además con la introducción de otras cinco personas más como son: la ex ministra de Cultura y patrona del Teatro Real, Carmen Alborch; Isabel Muñoz, que fue directora del Centro de Investigación Príncipe Felipe; José Remohí, del Instituto Valenciano de Infertilidad (IVI); Rafael Juan, empresario; y el presidente de la Asociación Amics de l'Òpera i de les Arts de la Comunitat Valenciana, Pablo Font de Mora.

Esto sin duda es una noticia que invita al optimismo de quienes, entre los que me incluyo, llevamos años abogando por un Patronato menos político. El problema es que, aunque se ha dado entrada a esas personas, los miembros del Patronato que lo son en función de sus cargos políticos, aumentará respecto a la anterior composición, pasando de 8 a 12, o sea doblando el de “representantes de la sociedad civil”. Entre estos cargos políticos se quieren reservar dos asientos al Ministerio de Cultura, a ver si alguna vez se digna mirar hacia Valencia más allá de para venir a la playa a chupar cabezas de gamba, y se animan a integrarse en Les Arts y a aumentar el actualmente insultante apoyo económico al teatro. Del antiguo Patronato parece que cae también la única persona que no era cargo político, el director del Cor de la Generalitat, Paco Perales, lo cual es una lamentable noticia, pues se pierde una de las voces más sabias de la música valenciana y los músicos dejarán de estar representados.

Por supuesto que esta estructura, al menos sobre el papel, es infinitamente mejor que lo que había, pero permitidme que muestre cierta desconfianza inicial. Si de verdad esa apertura a la sociedad del órgano de gobierno de la Fundación se hace efectiva y la sociedad civil tiene voz decisiva en los acuerdos del Patronato, entonces estaremos en la buena senda; ahora bien, no me gustaría nada que esta nueva estructura no fuese más que una renovación del desgastado maquillaje de los representantes políticos en Les Arts y al final solo sirviese para dar una apariencia de apertura y transparencia a unas decisiones en la misma línea que las que se han venido adoptando poniendo en peligro el futuro del teatro. Espero fervientemente que no sea así. Y será obligación de esas seis personas que se incorporarán al Patronato permanecer vigilantes para que no les tengan sólo de comparsas. Por otra parte, habrá que ver cuál va a ser la composición definitiva de otro órgano, la Comisión Ejecutiva, que será la que efectivamente vaya marcando el rumbo de la gestión.

Otra buena noticia anunciada ayer es el nombramiento de Plácido Domingo al frente de una nueva Comisión de Mecenazgo de Les Arts. Es motivo de enorme satisfacción que este gran artista decida seguir implicándose personalmente en el futuro de nuestro teatro pese a todo lo que ha caído. Pocos perfiles más apropiados habrá desde luego para buscar apoyos económicos nacionales e internacionales a la ópera en Valencia que el maestro Domingo, a quien le deseo mejor fortuna en esta singladura que la que tuvo Helga Schmidt cuando le vendieron la moto de dirigir el mecenazgo del teatro.

Y también pienso que es una buena noticia la confirmación de Francisco Potencianocomo director gerente.

Respecto al concurso que se pretende convocar para la contratación del nuevo director artístico, espero que a partir del lunes, cuando se anuncien las bases del mismo, se despejen algunas de las muchas dudas que todavía existen sobre este proceso selectivo. De momento ya es un hecho constatado que no se han cumplido los plazos previstos y en junio no habrá todavía nombramiento. Dice el conseller que “hemos avanzado todo lo rápido que hemos podido, pero estas cosas requieren su tiempo”, una gran frase que pasará a los libros de politología y que en realidad quiere decir “dije una fecha a pitopito porque no tenía ni puñetera idea de lo que cuesta montar un tinglado de estos”.

Y otra cosa que no entiendo o no ha explicado bien Marzà es que, después de anunciar una convocatoria pública, imagino que con unos méritos a valorar, hable de que el proceso será confidencial. Entiendo que quiera avisar a posibles concursantes de que no van a ir pregonando quién se va presentando (cosa que conociendo el percal tampoco me atrevería yo a asegurar, cuando de hecho ya se están filtrando algunos nombres), pero espero que si se empeñan en establecer unos baremos (que siempre me ha parecido una estupidez), se haya de ser escrupulosamente transparente a la hora de justificar por qué se elige a Pepe y no a Juan.

Bueno, a partir del lunes veremos cómo va evolucionando la cosa. Más allá de las dudas, como decía al comienzo, lo principal es que parece empezar a desbloquearse la situación, lo que es fundamental para evitar que la imagen del teatro siga dañándose, y que algunas de las líneas que se apuntan no tienen mala pinta. Pondremos una vela a San Judas Tadeo.

lunes, 7 de mayo de 2018

"TOSCA" (Giacomo Puccini) - Palau de les Arts - 06/05/18

Ayer se estrenó otra Tosca en el Palau de les Arts… Y ya van tres desde que se inauguró. Con todas las obras de primera línea que hay en el repertorio operístico que todavía no se han estrenado en este teatro, se sigue insistiendo hasta el hartazgo en unas pocas, como es el caso de Tosca. Ya no hablo de obras o autores más singulares, sino que incluso dentro de la producción de los omnipresentes Puccini o Verdi tenemos óperas importantes como La fanciulla del West, Il Trittico, Ernani, Un ballo in maschera o Falstaff, que aún no se han escuchado, mientras que algunos tenemos ya un cierto empacho de chuparnos tanta Traviata, Butterfly, Turandot o Tosca. Pero claro, mientras se sigan agotando las localidades con estas obras es complicado que los gestores del teatro (si es que los hay actualmente) se planteen renunciar al recurso fácil de su programación en modo pepino.

Y hablando de gestores, la indolencia y desvergüenza de los actuales irresponsables culturales de la Comunitat respecto la situación que se vive en Les Arts, alcanza ya cotas que poco tienen que envidiar a las que en su día consiguieron otros nefandos personajes como Lola Johnson o María José Catalá. Se suponía que en marzo se iba a anunciar el concurso público para cubrir la vacante originada por la dimisión de Davide Livermore; estamos en mayo y el silencio es la única respuesta. La temporada próxima sigue sin hacerse pública. El desconcierto respecto al futuro de la dirección musical de la Orquestra de la Comunitat Valenciana es total tras la dimisión de Fabio Biondi, sin que nadie quiera aventurar nada ni se establezcan contactos en tanto no haya un nuevo director artístico. El Cor de la Generalitat anuncia drásticas medidas de protesta respecto a su situación y les torean con bonitas palabras vacías de hechos y soluciones concretas. La situación general del teatro es caótica y esperpéntica, pero lo más bochornoso de todo es que quienes deberían tomar medidas, o al menos dar la cara (dura) para no transmitir esta imagen de vacío de poder y de ideas, callan y se desentienden por completo, demostrando que esto no les importa nada. Luego cuando no haya nadie que se interese por venir a Valencia como director artístico o director musical igual hasta se extrañan.

Mientras tanto, los trabajadores y el equipo técnico del teatro, así como los miembros de la orquesta y del coro, siguen dando lecciones de profesionalidad, haciendo que todo funcione con apariencia de normalidad.

Y para completar el sainete, va y resulta que, en medio de esta juerga padre que vivimos, la dirección escénica de la Tosca estrenada ayer es de nuestro amigo el ex intendente Davide Livermore, quien se presentó ayer en Les Arts cojeando y apoyándose en una muleta (supongo que no sería una lesión de retorcerse por el suelo de risa viendo el panorama que ha dejado). La producción presentada pertenece al Teatro Carlo Felice de Genova y contiene rasgos bastante habituales en sus trabajos: hay claras influencias del lenguaje cinematográfico (aunque particularmente me ha parecido una sandez eso que ha dicho de que se presentaba la historia como un plano secuencia), no faltan algunos vídeos con nubarrones, la dirección de actores está trabajada, la escenografía es escueta pero efectiva, y, aunque pueda haber alguna pequeña licencia efectista, la propuesta no deja de ser enormemente clásica y fiel al libreto.

Toda la acción se desarrolla en una plataforma triangular imitando mármol, por supuesto muy inclinada, que igual servirá para escenificar la iglesia de Sant'Andrea della Valle en el primer acto, el despacho de Scarpia en el Palazzo Farnese en el segundo, o el Castel Sant’Angelo en el tercero; y el caso es que funciona bastante bien. Las velas tendrán también un importante protagonismo, tanto en la iglesia, como en los candelabros de Scarpia o en la celda de Cavaradossi. El gran valor de la escenografía es su movilidad y a su vez constituye uno de sus principales defectos. La plataforma girará frecuentemente ayudando a crear la diferenciación de ambientes de las distintas escenas sin interrupciones (a eso supongo que se refería Livermore cuando hablaba del plano secuencia) con diferentes puntos de vista y permitiendo un fluido movimiento de personajes. Además de eso, el giro se utilizará para ofrecer al espectador distintos niveles de la acción, permitiendo, por ejemplo, que veamos la tortura de Cavaradossi mientras Scarpia presiona a Tosca para hacer guarreridas, vulnerando el libreto pero potenciando el crescendo dramático. La diferenciación de planos de la acción jugará también un papel simbólico, con el poder eclesiástico arriba y el pueblo debajo, o con Tosca en lo más alto tras asesinar al vil Scarpia. La entrada en escena de éste es impactante, con el malvado personaje plantado en el vértice de la plataforma dominando la acción como una especie de Capitán Ahab en la proa del Pequod.

El problema estriba en que se abusa del efecto giratorio, que bien administrado es interesante pero que acaba por cansar y marear al espectador que sale de la sala con los ojos como Marty Feldman. Además se desluce el drama dando la impresión a veces de que los cantantes se encuentren en un tiovivo. Y para rematar, el carrusel y las alturas también afectan a las voces de los cantantes que pierden proyección. Y encima la plataforma al girar hace ruido que interfiere la música.

Durante el primer acto se ofrece al fondo del escenario la imagen circular, como un gran ojo vigilante, de la cúpula de la iglesia de Sant'Andrea, con los famosos frescos de Giovanni Lanfranco. También vemos en diferentes momentos aparecer de fondo los conocidos nubarrones livermorianos, y la imagen de un Cristo que durante la tortura a Cavaradossi sangrará, mientras que durante la cantata y en el Vissi d’arte lo que asomará será una especie de figura alada (¿paloma, ángel…?) bastante cursi. En el tercero veremos la luna y un paisaje, se supone que del Tíber, bastante cutrecillo, como de cuadro de sala de espera de Gestoría Martínez. También queda un poco ridículo que cuando Scarpia se quita el chaleco y se acerca a Tosca para cepillársela, desde algunas zonas del teatro se le viera la camisa manchada de sangre antes de que la diva le clavara el cuchillo. Debería controlarse igualmente la carga de los fusiles de la ejecución de Cavaradossi, pues el elevado volumen de chispas que sale, a buen seguro que acaba impactando en el tenor, que a este paso cuando llegue la última función parecerá Niki Lauda.

El vestuario creado por Gianluca Falaschi es más clásico que el peinado de Matías Prats Jr y absolutamente fiel a la época y libreto; mientras que en la iluminación se opta por un trabajo que resulte adecuado a la acción, sin especiales efectos, bastante básico. El final, para el que dice Livermore haberse inspirado en el film Cielo sobre Berlín de Wenders, es efectista y sorprendente, no tanto por lo que pasa sino por la forma de reflejarlo. Me resisto a comentar nada más para no hacer spoiler a quien todavía no la haya visto. Yo salí con sentimientos encontrados respecto a la propuesta del regista turinés, hubo cosas que me parecieron interesantes y otras que me cargaron, pero creo que en términos generales sirve a su propósito.

Al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a situarse Nicola Luisotti, quien ya nos ha visitado anteriormente en un par de ocasiones, dejando un buen recuerdo tanto en Mefistofele como en Nabucco. Independientemente de la labor que lleve a cabo, que considero que fue buena, es increíble el buenrollismo que desprende este hombre que permanece con la sonrisa en los labios durante toda la función. Luisotti dirigió con pulso, energía y precisión y un gran control de todas las secciones y de la escena, aunque yo quizás eché de menos un mayor refinamiento y una mayor puesta de relieve de los contrastes que tiene la partitura. Impuso de inicio unos tempi lentos que pusieron en algún apuro a los cantantes. También hubo abuso del volumen orquestal que castigó puntualmente las voces. Creo que al final del acto primero y en el tercer acto es donde la orquesta ofreció sus mejores prestaciones, logrando una intensidad dramática imponente, con una sección de cuerda absolutamente espectacular. Las flautas tuvieron también una noche inspirada tanto en el foso como en la gavota interna del segundo acto. Excelente fue la intervención de las trompas al inicio del tercer acto, o la introducción del clarinete de Tamás Massányi a E lucevan le stelle,  y maravillosos de nuevo los violonchelos en la escena previa de ese acto tercero, por cierto comandados por un nuevo solista del que ignoro su nombre.

El Cor de la Generalitat había anunciado posibles acciones de protesta, incluyendo la huelga en esta Tosca, si la administración autonómica no resuelve adecuadamente la incertidumbre de la agrupación por la situación de interinidad de sus miembros. Parece ser que se les ha emplazado para ofrecerles próximamente una propuesta y las acciones de protesta se han suspendido de momento. Ojalá todo se solucione de la mejor forma posible, que no es otra que garantizando la estabilidad y consolidación de todos sus componentes, con las medidas que sean necesarias, ordinarias o extraordinarias, para preservar este irrenunciable activo cultural de la Comunitat. Aunque conociendo el percal, más bien huele la cosa a un intento de ganar tiempo y evitar la repercusión mediática de una huelga en Tosca.

No es extensa la participación del coro en la obra, pero sí determinante en ese impresionante Te Deum en el que volvieron a mostrarse inmensos. También fue muy relevante su entrada del primer acto y una cantata del segundo espléndida. Muy bien estuvieron también los niños y niñas de la Escola Coral Veus Juntes de Quart de Poblet.

El papel protagonista de Floria Tosca ha estado interpretado por Lianna Haroutounian, una cantante que saltó a la fama internacional en el Don Carlo de 2013 en el ROH londinense dirigido por Pappano y protagonizado por Jonas Kaufmann, cuando tuvo que hacer una sustitución de última hora de la soprano prevista, Anja Harteros, consiguiendo un importante éxito. La soprano armenia tiene un instrumento privilegiado, con una voz lírica de indudable belleza en el centro que corre perfectamente por la sala con potencia y riqueza tímbrica. Se muestra poderosa y resplandeciente en el agudo y con muchas más carencias en una zona grave donde cambia el color. El reproche que yo le haría es la falta de matices, sin un solo intento de regulación; no obstante lo cual logró transmitir una gran expresividad dramática a momentos como el dúo con Scarpia del primer acto, con un estupendo Dio mi perdona... Egli vede ch'io piango!, la escena del interrogatorio o el dúo final con Cavaradossi. En el Vissi d’arte cantó con emoción e incisividad, pero yo eché en falta también una mayor variedad de intensidades.

Bastante menos me gustó el Cavaradossi del tenor surcoreano Alfred Kim, quien desde hace un año está siendo más noticia por motivos ajenos a lo artístico, tras ser condenado en Francia por violencia de género, lo que ha motivado que diversos teatros le hayan vetado. No ha sido el caso de Les Arts. Si le reprochaba yo antes la falta de matices a la soprano, lo de Kim fue ya de matrícula. Su fraseo tarzanesco no bajaba del forte, destrozando cualquier atisbo de lirismo que pudiera contener la partitura, con el agravante de que, además, su proyección, salvo en los territorios más agudos, no siempre superaba la barrera orquestal. Su momento de lucimiento en el adiós a la vida quedó así sepultado entre vozarrones desaforados, transmitiendo menos emoción que un percebe sesteando. Tan sólo en O dolci mani apuntó una aproximación a las medias voces, con mejores intenciones que resultados. El resto de su actuación fue una pura exhibición de músculo y potencia en el agudo, donde brilló notablemente. Tanto en La vita mi costasse del primer acto como en los Vittoria del segundo, nos regaló sendos impecables pepinazos en los que su voz, que en el centro se mostraba tirante, temblona y mate, sonaba limpia y liberada.

Claudio Sgura fue un Scarpia para olvidar. De medios mucho más limitados que sus compañeros de reparto, el barítono italiano se mostró absolutamente incapaz de otorgarle al personaje la presencia y autoridad que requiere.  La voz no es fea pero se le quedaba en la nuez, no llegando ni al proscenio. El Te Deum en lugar de ser su momento de lucimiento parecía una imitación de Harpo Marx, resultando totalmente inaudible. Y el segundo acto se quedó en una burda pantomima de un Scarpia sin carácter y más blandito que Bambi. Fue sin duda el más perjudicado por el torrente decibélico orquestal, pero intuyo que ni con un cuarteto de cuerda hubiera estado a la altura.

Entre los comprimarios destacaría el buen Sacristán de Alfonso Antoniozzi y el Spoletta del siempre entregado Moisés Marín  (tanto, por cierto, que el día del ensayo general a punto estuvo de partirse una pierna resbalando en la traicionera rampa inclinada ideada por Livermore).

Un Angelotti irrelevante y para desechar compuso el ex miembro del Centre de Perfeccionament Alejandro López, muy justo en lo vocal y en lo interpretativo, al que además se le castigó con una pinta lamentable de naufrago de Forges. Y muy justito el Sciarrone de César Méndez. Bastante más correcto fue Andrea Pellegrini como Carcelero.

Sí me gustaría reseñar la estupenda intervención del joven Alejandro Navarro miembro de la Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats como Pastorcillo.

Con todo el papel vendido desde hace meses, el teatro, como era de esperar, presentó un aspecto espléndido con un lleno absoluto. En el palco, pese a tratarse de una ópera de las fáciles, de las que pueden asimilar sin sueño hasta los altos cargos públicos, no se vio a ningún relevante marzalito. Hubo toses a cascoporro y la habitual estampida final a la carrera sin esperar ni a que se levante el telón, pese a que, al ser domingo, no eran las 9 de la noche cuando finalizó. Me parece impresentable y una falta de respeto que pone en evidencia la poca educación de una gran parte del público de Les Arts. Un público que, por cierto, se mostró bastante frío toda la noche. Al final hubo aplausos generalizados, pero sólo una ovación intensa para la pareja protagonista. Había cierto morbo por ver la reacción del respetable durante los saludos de Livermore como director de escena en el retorno a su teatro, pero pasó sin pena ni gloria. Fue tibiamente aplaudido y no se escucharon protestas, lo cual ya es bastante.

Bueno pues esta temporada, entre dimisión y dimisión, se nos está pasando en un suspiro. Apenas quedan algunas funciones en el infame Auditori, más la imprescindible Condenación de Fausto de Berlioz en la sala principal. Mientras tanto seguiremos esperando a que los responsables autonómicos despierten de su letargo y tomen decisiones cuanto antes respecto a la dirección artística, y a que se publicite de una vez la próxima temporada. Parece que Ramón Gener tiene ya reservada una fecha de junio para hacerlo; pero espero que antes haya algún anuncio oficial y, sobre todo, que finalmente de verdad haya una temporada operística medio decente.


domingo, 10 de diciembre de 2017

"DON CARLO" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 09/12/17

Ayer dio comienzo oficialmente la temporada operística 2017/18 en el Palau de les Arts de València. Desde que se anunció el contenido de la programación de este año sabíamos que nos encontrábamos ante una de las grandes citas para el aficionado, confluyendo el interés que siempre tiene un inicio de temporada, con la representación de una de las indiscutibles joyas del repertorio, la grandiosa, en todos los sentidos, Don Carlo, de Giuseppe Verdi, contando además con la presencia, cuestionable pero siempre taquillera, del incombustible Plácido Domingo en el reparto.

Pero por si había poco picante en el guiso, el pasado martes 5 de diciembre Davide Livermore decidió vaciar el frasco de tabasco en la olla, anunciando de forma inesperada su dimisión como intendente y director artístico de Les Arts, como ya os comente AQUÍ; por lo que había también gran interés por saber cómo reaccionaría el público valenciano ante la noticia y si los representantes políticos responsables del área de Cultura acudirían al inicio de temporada, como hizo el conseller Marzà el año pasado o al comienzo de la pretemporada del anterior.

Marzà en su Mundo del Revés
Pues ayer quedaron dos cosas claras: que el aficionado está muy enfadado con la gestión política de este problema y que, una vez más, los políticos encargados de la política cultural en la Comunidad Valenciana son indignos de ostentar esa representación ciudadana, precisamente por su desprecio hacia la ciudadanía. Ni el conseller Marzà, ni el secretario autonómico de Cultura, Albert Girona, a quien estos días protegido en la intimidad de su despacho oficial se le llenó la boca de sandeces, tuvieron el coraje de acudir a Les Arts a dar la cara. Lo peor no fue su cobardía, sino el desprecio absoluto hacia el mundo de la ópera que ello significa, haciendo ostentación con su ausencia en un estreno oficial y en un momento tan delicado como este, de que pasan de nosotros. Es probable que se defecasen encima pensando en lo ocurrido en 2014, cuando se abucheó a otro nefasto personaje, la consellera María José Catalá del gobierno del PP, y no quisieran ser hoy portadas de prensa, pero con ello y sean cuales sean los motivos, perdieron la escasa dignidad pública que les pudiera quedar.

Por cierto, igual de indecente e impresentable es la postura de la señora Catalá quien hoy ha salido sacando pecho y acusando de cobardía al actual gobierno, cuando ella es culpable en muy gran medida de todo lo que está pasando hoy.

Quien sí estuvo dando la cara, asistiendo a la representación y departiendo en el descanso con quienes se acercaban a él, fue Davide Livermore. Fui testigo de cómo numerosos aficionados se acercaban a mostrarle su apoyo y le noté alterado y muy enfadado.

Nada más salir ayer Ramón Tebar al foso y antes de iniciarse la representación, una espectadora solicitó “un aplauso para el maestro Livermore”, petición que fue seguida de una larga ovación. Después, antes de la salida del director tras el descanso, una voz gritó “conseller cobarde”, secundándose con numerosos aplausos y con otras voces como “fuera políticos” o “no os carguéis la ópera”. A continuación, la salida de Tebar fue acompañada de una larguísima e intensa ovación dirigida a la orquesta.

Girona en su Mundo del Revés
La protesta del aficionado no hay que entenderla personalizada en la dimisión de Davide Livermore en sí. Realmente el detonante de la indignación del aficionado valenciano son las desafortunadas y chulescas declaraciones posteriores de Albert Girona, en las que no sólo mostró la falta de proyecto cultural serio en relación con el Palau de Les Arts, sino además el desconocimiento absoluto del funcionamiento de un teatro de ópera y el desprecio hacia los aficionados y en general hacia el mundo de la lirica, con mención especial para una indiscutible figura como Plácido Domingo de quien tuvo la osadía de afirmar: “no sé qué interés puede tener lo que diga una persona de fuera del Palau de les Arts”. Señor Girona, usted sí que es una persona de fuera… de fuera del mundo real.

Por cierto, alguien debería aclararle a Girona que el cargo de Helga y de Livermore ha sido intendente y director artístico, nunca “superintendente”, como reitera en todas sus declaraciones, no sé si consciente o inconscientemente. El único superintendente conocido es Vicente, el de la T.I.A., la agencia en la que trabaja Mortadelo y donde seguramente el señor Girona haría mucho mejor papel, junto al profesor Bacterio, que en la conselleria de Cultura.

Después de aquellas primeras declaraciones de Girona se ve que alguien se ha dado cuenta de que estaban metiendo la pata hasta las ingles y han procurado maquillarlas diciendo toda clase de tonterías, como que el funcionamiento de Les Arts “no ha sido ni será diferente al del resto de recintos del mundo”. Cualquier persona que haya trabajado en o con Les Arts sabe que eso es simplemente falso. Dudo que haya en todo el mundo otro teatro de ópera del nivel de Les Arts que tenga similares trabas burocráticas, económicas y administrativas para su funcionamiento diario y su gestión interna y artística. Eso es así y es una consecuencia de la dependencia económica y orgánica respecto a la administración autonómica, lo que impide, por ejemplo, que la orquesta pueda reforzarse adecuadamente, al aplicarle las mismas limitaciones en cuanto a contratación de nuevas incorporaciones que las que afectan a cualquier departamento administrativo funcionarial de la Generalitat.

También han salido corriendo ahora los Marzalitos a decir que nunca han pensado en hacer concursos públicos para contratar a los artistas de la temporada operística y que eso ha sido una invención de Livermore. Pues miren, tampoco es cierto. Eso lo dice Livermore porque es lo que se desprende de los informes de auditoría de cumplimiento de la Intervención General de los años 2015 y 2016.

Siguen insistiendo en que hay que abrir el Palau a la sociedad civil, no sé si es que ahora estará ocupado por el tercio Duque de Alba de la Legión o que los aficionados y abonados actuales no somos sociedad civil. Estos últimos años con Livermore al frente creo que precisamente se han dado muchos pasos hacia el acercamiento del género y del teatro a toda la sociedad valenciana con múltiples iniciativas. Lo que realmente habría que abrir a la sociedad civil y al mundo de la cultura y el arte es el Patronato de la Fundación Palau de les Arts, hoy copado por ineficientes y obtusos cargos políticos.

Se pretende engañar a la gente diciendo que lo que quieren, cuando proponen eliminar la figura de intendente y sacar a concurso la de director artístico, es equiparar el organigrama al de otros teatros como Madrid y Barcelona. Es cierto que ahí no hay intendente, pero sí director artístico, como lo era Livermore. Matabosch no fue elegido por concurso; sí lo fue en el Liceu Scheppelmann, pero desde luego en su proceso de selección no tuvo que acreditar, como dicen que pedirán ahora los Marzalitos, conocer la filosofía del gobierno de turno o el conocimiento oral y escrito de la lengua catalana... y ojo que hablamos de Barcelona.

En fin, ya seguiré comentando todas estas cuestiones en otro momento. Davide Livermore lo explica todo bien clarito en la entrevista que concedió ayer a El Mundo y que podéis leer AQUÍ. Yo voy a cambiar de tema porque si sigo no voy a decir nada de lo realmente importante de ayer que fue la representación de ópera que tuvo lugar.

La producción elegida para la ocasión, de la Deutsche Oper de Berlín, cuenta con la dirección escénica, escenografía e iluminación del suizo Marco Arturo Marelli y el vestuario de Dagmar Niefind. Como sabiamente la ha calificado el amigo Titus, se inscribe en ese, últimamente tan habitual, estilo “neososo” que te vale igual para un Don Carlo que un Barberillo de Lavapiés.

Toda la fuerza de la puesta en escena reside en una variada iluminación y una escenografía mínima, compuesta apenas por una serie de bloques o paneles móviles que configuran los distintos espacios escénicos. Durante la mayor parte de la obra se juega con el hecho de que el hueco que dejen esos paneles conforme la figura de una cruz, haciendo así presente en todo momento el omnímodo y vigilante poder religioso. El permanente movimiento de los paneles y los espacios que se van configurando dotan de agilidad a la propuesta y exigen un intensísimo y preciso trabajo por parte del equipo técnico del teatro, entiendo que de ahí que estos saliesen a saludar al término de la función.

Creo que visualmente funciona bastante bien y algunas escenas, como la del auto de fe, me pareció muy interesante, aunque en ésta la situación del coro entre los paneles y en las alturas intuyo que dificultaría su proyección y les exigiría un esfuerzo extra. En el apartado de movimiento escénico y dirección de actores no hay tampoco nada especialmente reseñable, pero sí que todo el conjunto presenta una homogeneidad del discurso dramático y deja fluir sin trabas la historia contada y cantada.

El vestuario mezcla distintas épocas y estilos optando por una abundancia de colores neutros o negros, a excepción del verde de Éboli, los blancos y azules de la reina y el rojo del clero. Sí pienso que alguna mayor carencia se aprecia en el apartado de caracterización y maquillaje, no sé si voluntaria o involuntariamente. Creo que poco hubiera costado un bote de Farmatint o una peluca de Casa Picó para que el Rodrigo encarnado por Plácido Domingo intentase al menos dar el pego de que, como ocurre en el libreto, se trata de un personaje de la misma edad que Carlo y no alguien que podría ser su abuelo. Y luego, la apariencia casi de zombis de los diputados flamencos o el aspecto cantinflanesco de Tebaldo, les hacen perder cualquier connotación dramática. Tampoco me gustó el exceso de humo presente en la sala gran parte de la noche sin venir a cuento. Imagino que cuando fueran a quemar en la hoguera a los herejes estos ya estarían asfixiados y medio ciegos, como buena parte de la platea.

Lo mejor de toda la velada, en mi opinión, estuvo en la magnífica dirección musical de Ramón Tebar. El nuevo titular de la Orquesta de València y principal director invitado de la Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a mostrar gran sensibilidad y conocimiento de la obra verdiana, como ya hiciese en febrero con La Traviata. El director valenciano consiguió un óptimo ajuste de balances entre foso y escena y llevó a cabo una meritoria labor de concertación. Tebar, muy minucioso, guió la orquesta con nervio, buen pulso y tensión dramática, cuidando al mismo tiempo mucho las voces. Eso hizo que en algún momento, especialmente en intervenciones de Plácido Domingo, el material orquestal plegase gran parte de su protagonismo a las exigencias de las peculiares condiciones vocales del cantante; pero sin que en ningún instante decayese la tensión.

Ayer, en manos de Tebar la Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a adquirir las sonoridades de antaño y hubo momentos absolutamente mágicos. Creo que fue de menos a más y, tras un primer acto algo más anodino con unos cantantes bastante planos en lo expresivo, la emoción fue ganando enteros con unos dos últimos actos soberbios. Es imposible no recordar la gran escena del auto de fe que nos brindó Maazel en 2007, pero anoche Tebar no desmereció en absoluto, ofreciéndonos una intensidad orquestal y una emoción espectaculares, con un gran rendimiento de los atriles del foso y de la orquesta interna. Fue una noche especialmente inspirada de toda la sección de cuerda, especialmente de la cuerda grave y también de los metales. Hubo grandes instantes de arrebatadora intensidad dramática y enorme calidad musical, como toda la escena del Inquisidor con Felipe II; el precioso diálogo de cuerda grave y metales al comienzo del acto cuarto; el inicio del acto segundo; el dúo entre el rey y Elisabetta del acto tercero; la entrada del pueblo al final del acto tercero, con un nervio orquestal impactante; los violonchelos en el trío del acto tercero; la cuerda en la entrada de la guardia en la escena final; o, por supuesto, el estupendo solo de violonchelo de Guiorgui Anichenko que acompañó el aria de Felipe II. También hubo instantes de lucimiento para el oboe de Pierre Antoine Escoffier; de Ana Rivera con el corno inglés, como en el acompañamiento a Non pianger, mia compagna; o la flauta y los metales en la muerte del marqués de Posa.

En medio de la tempestad política y económica que lleva azotando estos últimos años la nave de Les Arts, a pesar de la fuga de atriles que está padeciendo la orquesta, y sobreviviendo a la incapacidad de los dirigentes políticos para reforzar la agrupación de forma que se garantice su continuidad, es un auténtico milagro que la Orquestra de la Comunitat Valenciana siga ofreciendo la inmensa calidad que la sigue consolidando como la mejor orquesta de España sin discusión posible.

Y si de milagros hablamos, lo del Cor de la Generalitat es ya digno de canonización. Hacer frente a una ópera como Don Carlo con un refuerzo irrisorio y con los caprichos escénicos de registas más pendientes de la estética que de la música, y obtener unos resultados como los que pudimos disfrutar en la noche de ayer, es para quitarse el sombrero, el bisoñé y la tapa craneal. Enorme auto de fe el que nos brindaron sus miembros, potente, empastado, emocionante… y, como siempre, un rendimiento escénico sobresaliente toda la velada. Bravo.

Plácido Domingo asumió el rol de Rodrigo, marqués de Posa, uno de los más bellos papeles baritonales de la producción verdiana. Sé que siempre es delicado hablar de Domingo y a mí se me hace especialmente difícil porque me provoca grandes contradicciones. En cualquier caso, voy a dar lo que no es más que mi opinión y lo que realmente pienso. Creo que el rol de Posa en la interpretación del veterano artista madrileño queda completamente desdibujado. Ya he comentado muchas veces que comprendo que la presencia de Domingo en la temporada valenciana es un aliciente para muchos espectadores y garantía de agotar las localidades; pero lo que se está agotando de verdad es la paciencia de otros muchos aficionados entre los que me incluyo, ante el maltrato y descafeinamiento de los que son objeto algunos personajes operísticos, como es el caso de este Rodrigo.

Reconozco la grandeza del artista Domingo y su insuperable carrera, sigo alabando y admirando su fuerza dramática y su inteligencia interpretativa, de la que continúa haciendo gala, pero no me parece que eso haya de justificar el que nos tenga que parecer normal o incluso bien que siga cantando estos papeles de barítono sin tener voz de barítono, con carencia absoluta del color baritonal, sin graves y presentando un instrumento cada vez más gastado. Su encarnación del personaje es dramáticamente espléndida, pero ese no es Rodrigo, ni vocal ni físicamente. Asistir por primera vez a Don Carlo con este Rodrigo es engañar al público. Admito que igual es preferible tener a Domingo, sea lo que sea, que a un barítono malo y soso; pero creo que se deben aceptar las reglas del juego.

Dicho todo lo anterior, al mismo tiempo reconozco que si alguien anoche en escena conocía las claves y acentos del fraseo verdiano, ese fue Domingo. Si alguien derrochó carisma escénico e intensidad dramática en cada intervención, ese fue Domingo. Si alguien supo encubrir sus debilidades y venirse arriba en los momentos precisos, ese fue Domingo. Paradigmática fue la escena de su muerte, donde echó el resto, mostrando, pese a la falta de fiato exhibida toda la noche, un fraseo ligado y cargado de intención. Escénicamente su muerte dejó más que desear y tardó más en hincar la rodilla que un Victorino de los bravos.

La reina Elisabetta corrió a cargo de María José Siri, otra vieja conocida en Les Arts. La soprano uruguaya presentó buena proyección para una voz de emisión sólida, sin graves pero muy segura sobre todo por arriba, pese a alguna oscilación y algún agudo abierto; pero, como ya ocurriera en sus anteriores presencias en este teatro, su expresividad es limitada y su canto carece de emoción, renunciando casi por completo a cualquier tipo de variedad o riqueza en un fraseo, monótono y bastante plano. Curiosamente lo mejor de la velada vino en su gran aria del acto cuarto, donde ofreció alguna regulación e incluso se permitió enhebrar una messa di voce de buena factura en la invocación a Francia.

El papel del infante Don Carlo se ha encomendado al italiano Andrea Carè, un tenor que está cantando papeles de spinto en recintos tan prestigiosos como Londres, Bruselas, Barcelona o Madrid. Mi impresión particular es que nos encontramos, una vez más, ante un caso de tenor lírico con grandes posibilidades al que se le intenta explotar cantando papeles que vocalmente puede afrontar pero que pueden pasarle factura muy pronto. Después de escucharle ayer no parece muy normal que con las características de su instrumento y su juventud esté centrando prácticamente toda su carrera en personajes como Don José, Pollione, Cavaradossi o Radamés. La voz no es fea y pretende mostrar autoridad en la zona alta, aunque con algún apuro en la zona de paso y notables estrangulamientos. El mayor problema lo encontré en un fraseo desganado, atropellado, sin clase ni emoción alguna y sin sentido del legato, todo acompañado además de una inexpresividad propia de un maniquí de Cortefiel.

El agradecido y complicado papel de Felipe II lo asumió el bajo ruso Alexander Vinogradov a quien ya hemos tenido por aquí otras ocasiones, como las Vespri Siciliani con las que se inauguró la pasada temporada. Hay que reconocer que, aunque su canto continúa siendo poco refinado, su voz tiene gran presencia y volumen y consigue meterse al público enseguida en el bolsillo. Ayer además, en esa auténtica joya que es el aria que abre el tercer acto, resolvió la papeleta con gran inteligencia, exhibiendo un canto ligado y un fraseo sentido. Fue, junto a Plácido, el triunfador de la noche.

Después de algunos años interpretando papeles de soprano, Violeta Urmana vuelve a nuestro teatro en su cuerda natural, la de mezzo, con un papel no muy extenso, pero de enjundia vocal, como es la Éboli. Aunque ha perdido parte de la frescura natural del timbre que exhibiera en sus inicios, mantiene un poderío incontestable y una entidad dramática imponente. Su voz se muestra todavía homogénea y aunque en los extremos de la tesitura tiende al chillido por arriba y se pierden graves por abajo, la fuerza expresiva de la Urmana a mí me convenció completamente.

El Gran Inquisidor que compuso Marco Spotti apenas se quedó en un pequeño monaguillo. Este inquisidor verdiano precisa de una voz de bajo profundo que estremezca, que imponga autoridad en sus dúos con la voz también grave del rey. Anoche la voz de Vinogradov como Felipe II era mucho más imponente y grave que la de un Spotti que a su lado ni siquiera parecía un bajo, sino más bien un baritonete de voz oscura. No obstante fue también muy aplaudido.

En los papeles secundarios destacaría especialmente al Tebaldo de Karen Gardeazabal y al estupendo conde de Lerma que ofreció Matheus Pompeu.

Cumplieron correctamente Rubén Amoretti, Olga Zharikova y los Diputados flamencos: Javier Galán, Manuel Mas, Valentin Petrovici, Pedro Quiralte, David Sánchez  y Arturo Espinosa.

En el palco, como dije al comienzo, no había ningún responsable principal, secundario o chupatintas de la consellería de Cultura. La representación política institucional apenas estuvo cubierta por la consellera de Justicia, Gabriela Bravo y el diputado de Cultura, Xavier Rius. También estaba por allí el ex presidente Fabra, no pude ver si en vaqueros, pero tiene napias la cosa… después de que en todo su mandato apenas asomase el pico por el palco un par de veces y de que no hiciese absolutamente nada por mejorar la situación del teatro, que ayer se acercará a Les Arts hace pensar si era al olor de la posible carroña. Qué pena.

Al finalizar la representación hubo muy entusiastas ovaciones para todo el reparto, triunfando claramente Domingo y Vinogradov. Se produjo un hecho curioso en los saludos: posiblemente por despiste, cuando ya habían saludado todos los solistas, volvieron a entrar y a comenzar, esta vez por donde tocaba, por figurantes y coro, que antes se habían quedado sin salir. Hubo también la novedad de que tras los saludos del responsable de la dirección escénica pasaron al escenario gran parte del equipo técnico del teatro, posiblemente para reconocer el arduo trabajo técnico que conlleva la producción, pero el caso es que, como el ambiente estaba caldeadito con el tema Livermore/Generalitat, la mayor parte del público lo interpretó como que era un gesto de apoyo del personal de Les Arts a su dimitido intendente.

No sé cómo acabará el nuevo culebrón de Les Arts, pero es imposible que seamos optimistas. Ayer a la salida un espectador me preguntó si de verdad yo pensaba que se iban a cargar la ópera en València, que él pensaba que al final se impondría la sensatez. Yo le envidié su confianza, pero, aunque de verdad pudiera creer en la sensatez de los representantes políticos y en que Marzà se dé mañana un golpe valenciano en la cocorota y de pronto se interese por el sostenimiento y apoyo de un proyecto de ópera de calidad en el Palau de les Arts, veo casi imposible que el daño pueda repararse.

Ojalá me equivoque, pero de momento lo que es un hecho incuestionable es que el coliseo valenciano se encuentra sin director artístico. ¿Qué pasará durante estos próximos meses mientras se nombra a un responsable de la dirección artística? Los teatros de ópera trabajan a muchos meses vista y este parón en la dirección puede condenar la organización de la próxima o próximas temporadas. ¿Qué pasará si Biondi o Abbado o ambos deciden marcharse tras la salida de Livermore? ¿Qué ocurrirá esta misma temporada en mayo con la programación de Tosca, de cuya dirección escénica se encargaba Livermore como parte de un contrato que ya no existe y cuyo coste también entiendo que estaba incluido?. ¿Ahora le pagarán ese trabajo?, ¿se cancelará?

En fin, ya iremos viendo. Compañeros/as sigamos alerta y peleando, es lo que nos queda. De momento disfrutemos de lo bueno que tenemos mientras dure, por ejemplo de este estupendo Don Carlo.