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lunes, 3 de diciembre de 2018

"LA FLAUTA MÁGICA" (W.A. Mozart) - Palau de les Arts - 01/12/18


El sábado tuvo lugar el esperado inicio de la temporada operística 2018-2019 en el Palau de les Arts. Tras las decepcionantes funciones de la Turandot de pretemporada, los aficionados esperaban con ilusión la inauguración oficial del ejercicio lírico valenciano. Una inauguración que además contaba con todos los ingredientes para que se confiase en poder disfrutar de una intensa velada: una joya de la producción operística como es La Flauta Mágica, de W.A. Mozart; una sala con todo el papel vendido y abundante presencia de gente joven; e incluso una nutrida representación institucional, encabezada por el máximo responsable del Ministerio de Cultura (una institución lamentablemente demasiado ausente hasta ahora de nuestro teatro), la directora del INAEM, el conseller de Cultura, la consellera de Justicia y el President de la Generalitat, entre otros.

Bueno, pues desde luego intensa fue la velada, pero para mal… Intensamente decepcionante y por momentos, al menos para quien esto escribe, indignante. El gatillazo del Palau de les Arts en su estreno de temporada ha sido memorable y el principal culpable de ello es el señor Graham Vick, reputado y reconocido director escénico del que en Les Arts hemos visto algún trabajo muy digno, como su Lucia di Lammermoor, pero que en esta ocasión nos ha presentado una mamarrachada monumental y pretenciosa, con menos sentido que un discurso de Antonio Ozores y, lo peor de todo, que se convierte en única protagonista del espectáculo, avasallando el componente musical y mancillando sin recato una obra maestra mozartiana.

Sé que con esta crónica me granjearé (nunca mejor dicho ante tanto pollo) las críticas de aquellos a los que la función les encantó, que también los hubo; así como la incomprensión de quienes piensen que se trata del eterno debate entre puestas en escena clásicas o innovadoras, que no es el caso, o que es la típica reacción de los viejos abonados conservadores, elitistas y estirados, reticentes ante cualquier cosa que huela a renovación. No es así. Ni me considero elitista, ni menos aún conservador, ni me parece mal la renovación. Quienes me seguís sabéis que no me molestan en absoluto las puestas en escena transgresoras. Recientemente, por ejemplo, no me cansé de elogiar la dirección de Michieletto en una propuesta tan particular como la presentada en junio para La damnation de Faust. Así que si hoy alguien no comparte mis impresiones, lo siento; pero si no dijese lo que realmente pienso, este blog dejaría de tener el poco sentido que le pueda quedar.

El problema de la producción elegida para inaugurar la temporada en Les Arts no es su transposición espacio temporal, ni que se pase la historia del libreto por la intermuslar, ni que disfrace de mamarrachos a los cantantes, ni que rompa la cuarta pared y utilice todo el recinto de la sala principal para ambientar su historia, ni que llene el escenario de actores no profesionales, incluso ni que el discurso que transmita sea una imbecilidad propia de primer curso de Podemita. Lo criticable reside en que todo eso, más las ocurrencias con las que lo aliña, acaban por afectar muy negativamente a lo realmente importante en una ópera, a su columna vertebral que es la vertiente musical.

Antes de nada quiero advertir que si alguien va a ir a ver esta ópera y quiere dejarse sorprender por la producción, mejor que no siga leyendo porque voy a desvelar muchas de sus idioteces (o hacer spoiler que dicen ahora los yeyés).

Cuando se anunció en prensa que Les Arts iba a hacer una selección de 70 personas no profesionales para intervenir como figurantes en esta producción y subir al escenario de manera altruista, por un momento se me pasó por la cabeza la idea de presentarme y entiendo perfectamente que le hiciese ilusión a mucha gente. Inmediatamente deseché la opción de hacerlo, no por temor a la crítica de Justo Romero cuando viera lo mal que actúo, sino porque, sin poner en duda que en el fondo la intención de la convocatoria pudiera ser bienintencionada y realmente pretendiera acercar el mundo de la ópera a los ciudadanos mediante la participación del pueblo en una ópera popular, me parecía una falta de respeto a un colectivo profesional ya bastante maltratado como el de los actores, bailarines y demás personal habitual de figuración. Con ello no quiero criticar en absoluto a las personas que han participado y que han dado lo mejor de sí en esta producción por mero amor al arte, pero sí cuestiono la ocurrencia de Vick y sobre todo sus resultados.

El señor Vick no se ha limitado a llenar de figurantes el escenario y los pasillos de la platea y a que aquéllos interpreten sus papeles de “gente de la calle” (inmigrantes, ancianos, manguis, mendigos…), sino que además les hace hablar. Sí, amiguitos, el señor director de escena ha decidido, por sus santos atributos masculinos, que había que añadir texto al libreto de Schikaneder por si algunas cosas no quedaban claras para los espectadores tontitos y, sobre todo, para procurar suavizar algunos mensajes del texto machistas o racistas, en una búsqueda absurda de dar una lectura políticamente correcta, según los imbéciles parámetros del siglo XXI, de un texto del siglo XVIII. Intuyo que lo que Vick pretende es que ese colectivo no profesional represente y dé voz al pueblo, a modo de coro griego, advirtiendo a los personajes de las posibles consecuencias de sus acciones o reprochándoles su conducta.

La majadería es mastodóntica en sí misma, pero lo peor es que además esas frases las encomienda a estos actores no profesionales, resintiéndose la acción dramática de forma crítica, ya que muchos de ellos demostraron no estar a nivel de poder debutar ni en la función de Navidad de 2º de Primaria. Reconozco su esfuerzo y valoro su ilusión, pero el resultado es malo, sin paliativos. Me hubiera parecido estupendo que hubieran hecho funciones especiales con participación de estos actores gratuitos no profesionales y, ya puestos, con entrada general gratis para que el pueblo pueda disfrutar de la ópera como quiere Vick; pero no tiene perdón de Osiris que, cuando se ha pagado 135 castañas por una entrada de ópera, te la destrocen con una mala función de cole entre medias.

Por supuesto la intervención de los actores gratuitos no profesionales se hace en castellano, con lo que en muchas ocasiones asistimos a la charlotesca situación de diálogos entre figurantes y cantantes en castellano y alemán, respectivamente. No pude evitar acordarme de aquellos tiempos en que en televisión tenían la mala costumbre de no subtitular las canciones de las películas musicales, así que, cuando en medio de una canción en inglés alguno de los actores hablaba, lo hacía doblado al castellano sin que supieras a santo de qué venía aquello. Recuerdo en Guys and Dolls (Ellos y Ellas) cantando guachigüeriguachigüeriguachigua y de pronto decía Marlon Brando “¿química?”. Pues algo así pasaba ayer. Pumpfenbafffenbafftempenf y decía uno: “grilletes”… Patético. De risa, si no fuera porque es una función de inauguración de temporada de un teatro de ópera que pretende ser de primer nivel y con entradas a precio de temporada oficial.

No sólo a los actores gratuitos les hacen hablar en castellano, también a algunos cantantes e incluso en un instante concreto a los músicos de la orquesta. Todo muy guay, muy divertido, muy popular… pero alargando innecesariamente la duración de la función y cargándose la obra de Mozart en canal. Y, como me dijo alguien en el intermedio, convirtiendo La flauta mágica en Los perriflautis mágicos.

Las ocurrencias escénicas de Vickspraynasal atacan por todos los flancos la línea de flotación de la ópera, disturbando la escucha de música y voces de otras mil maneras aparte de lo comentado. Para empezar nos encontramos ante una labor escénica extraordinariamente ruidosa y molesta. La salida de la serpiente-excavadora con unas luces deslumbrantes y su posterior explosión, las varias mascletás de fondo, los correteos y destemplados gritos de la masa de figurantes, las reubicaciones escenográficas con operarios de por medio... y, como colofón, la disparatada caída de la escenografía como fichas de dominó en mitad del maravilloso coro final. Por otra parte, se ha colocado una pasarela rodeando el foso de la orquesta por el que los cantantes pululan durante la obra y cantan por delante del conjunto orquestal y fuera de la caja escénica, con los perversos resultados acústicos que eso conlleva; como también ocurre en las innumerables ocasiones en que los solistas salen por el patio de butacas o cuando se sitúa al coro en los pasillos de platea alta. Además, esa pasarela cierra el foso de la orquesta por su parte delantera, normalmente abierta, menguando notablemente el volumen de la música. Posiblemente ayer fuera una de las pocas funciones de la historia de Les Arts donde no creo que nadie pueda decir que la orquesta tapaba a las voces, casi ocurrió lo contrario y no estamos hablando de solistas de especial volumen.


La permanente salida de cantantes y personajes por distintos puntos de la sala es otro elemento que distrae al espectador de lo esencial y le incomoda sobremanera, ya que si estas ubicado en las zonas laterales del teatro no ves elementos de la acción que discurren debajo de ti y si estás situado en la primera mitad de la platea y no sabes alemán, si quieres saber lo que están cantando tienes que estar girando el cogote para ver al cantante, te fracturas las cervicales volviendo a buscar la pantalla de subtítulos y acabas con la cabeza como la niña del exorcista. Por cierto, ayer como novedad nos encontramos con una pantalla de sobretítulos sobre el escenario que ofrece la traducción al valenciano de los textos. Intuyo que esto no será cosa de Vick sino de los nuevos gestores, aunque no entiendo muy bien por qué después de haberse gastado el teatro una pasta en las pantallas individuales, tienen que meter ahora este elemento en danza, salvo que sea un guiño de valencianismo hacia los marzalitos.

Todas estas vertientes de la producción que he comentado hacen que el regista se convierta en el centro de la función y único protagonista y, en lugar de ser él quien adapte su puesta en escena a los requerimientos musicales y vocales para respetar, potenciar y engrandecer la obra, supedita la creación musical a sus ocurrencias y la coloca en un segundo plano inaceptable. Eso es lo que justifica mi rechazo y motivó ayer mi abucheo.

Menos importancia tienen para mí otros aspectos de la propuesta de Vick, como la exaltación del feísmo que estéticamente desprende o el tontorrón mensaje que pretende transmitir. Incluso pienso que si se hubiera limitado a dejar la acción en el escenario y hubiera prescindido de los actores gratis, hasta hubiera tenido su gracia la cosa.

El mensajillo politiquero es muy primario. En lugar de los tres pilares del templo nos presidirán toda la acción los edificios del Banco Central Europeo, la Basílica de San Pedro y una tienda Apple, simbolizando, supongo, la tiranía del poder económico, del religioso y del de la informática. Frente a ellos, la masa de actores gratis representa al pueblo desfavorecido que acampa en los laterales del escenario y protesta frente a los poderosos y los niños pijos. La sala principal de Les Arts se la encuentra el espectador al entrar llena de pancartas reivindicativas de todo tipo de cuestiones, desde los desahucios a la corrupción, la violencia machista o las pensiones, y los figurantes se pasean por escena también con mensajes de toda índole.  Por supuesto todo ello con una corrección política mayúscula. Cuando se critica a las religiones salen todas representadas, cuando Papageno y Pamina cantan el precioso dúo elogiando el amor de hombre y mujer, los figurantes se encargan de enseñarnos que las parejas pueden ser también de hombre-hombre y mujer-mujer o cuando Sarastro reprende a Monostatos y le dice que tiene el alma tan negra como su piel, los actores gratis le llaman racista y le dicen que la culpa es de la sociedad. Sonrojante y lamentable. Somos adultos y comprendemos que la época en que fue escrita la obra no es esta, no nos vamos a escandalizar por esas cosas. Es más, nos da igual. Lo importante es la música. Y el señor Vick se la carga con desvergüenza.

Que Papageno salga caracterizado de gigantesco pollo cual reclamo comercial de tienda de pollos asados, no me molesta. Peor me parece el cutre aspecto de Tamino con gorra de tontaco del revés, chándal de Casa de la Caridad y mochilica con escudo del Valencia CF; o una Pamina infantil e idiotizada en la primera mitad de la obra. Si tuviera que decir lo que más me convenció de la puesta en escena creo que sería el indiscutible trabajo de dirección de actores que hay detrás de toda esta memez, la primera salida de los tres niños en patinete eléctrico y el ridículo baile final de todo el elenco que, ya en pleno destarifo y desparrame, acaba por tener su gracia… sobre todo porque ya se acaba todo.

Si Carlos Saura no hubiera cometido aquel crimen de lesa humanidad y mayúscula caradura con su impresentable Carmen, Graham Vick estaría sin duda pugnando por la medalla de oro de los mojones escénicos de la historia del Palau de les Arts.

Veo que llevo escrito tanto o más que sobre cualquiera de mis crónicas operísticas habituales y todavía no he dicho una sola palabra sobre la vertiente musical. Lamento haber concedido tanta importancia a una dirección de escena que no merecería ser protagonista más que de una portada de página de sucesos, pero es que el sábado todo lo demás que ocurrió estuvo condicionado por la defecación mental del amigo Vick y, lamentablemente, como ya he dicho, lo musical acabó por quedar en un segundo plano. Así que procuraré ser breve.

La dirección musical corrió a cargo de Lothar Koenigs, quien se ponía por primera vez al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Venía con el marchamo de ser un especialista en el repertorio mozartiano y me dejó con un mal sabor de boca. Era complicado destacar ante el cúmulo de cagarrutas escénicas que se desarrollaban, pero la verdad es que la dirección del alemán fue también de una insulsez soberana. Me imagino que viendo aquel desfile de pollos y figurantes gratis por diestra, siniestra, delante y detrás, con ruidos, gritos y todo tipo de inconvenientes, resultara complicado centrarse, pero no hubo ni un solo detalle que desvelase una propuesta medianamente interesante. Lectura plana, fofa, desvaída, sin alma y con importantes caídas de tensión. Mero acompañamiento al servicio de los delirios escénicos. Únicamente puedo decir en su favor la atención que prestaba a marcar las entradas de los cantantes y coro, aunque se le desmandaran en más de una ocasión. Me sorprendió, por lo inhabitual, ver por primera vez en mucho tiempo a un número importante de miembros de la orquesta bostezando. Les comprendo. Ha de destacarse por encima de todo la soberbia labor de Magdalena Martínez a la flauta y del solista de glockenspiel y las intervenciones de Pierre Antoine Escoffier al oboe, Joan Enric Lluna al clarinete o unos estupendos fagots.

Más que solvente, como siempre, el Cor de la Generalitat que, pese a no tener una extensa participación, volvió a dejar constancia de su profesionalidad, asumiendo las idioteces escénicas sin perder la compostura (debe ser muy complicado conservar la dignidad teniendo que cantar disfrazado de gurú pintarrajeado), con unos coros masculinos espléndidos y dejando dos finales de acto vocalmente excelentes. Fue una pena que no aprovecharan el desvarío escénico de Vick para colgar alguna pancarta con sus reivindicaciones.

Hay que lamentar el desastre escénico y la poca relevancia de la dirección musical porque en el apartado vocal el nivel no estuvo nada mal. Tampoco es que fuera la pera, pero al lado de todo lo demás fue lo más destacable.

Me gustó el Tamino de Dmitry Korchak. Comenzó un tanto destemplado en su aria de entrada, Dies Bildnis ist bezaubernd schön, temblón y llegando a desafinar, pero fue yendo a más y, pese a la lamentable pinta con que la dirección escénica le había castigado, tuvo una más que buena actuación. Quizás le falto refinamiento en algunos momentos en que se mostró algo tosco, pero en general cumplió con solidez y potencia en el registro agudo y algunos detalles de buen gusto.

Estupenda también la Pamina que compuso Mariangela Sicilia. La soprano italiana tiene una preciosa voz lírica que adorna regulando con elegancia en los momentos más intimistas con distinción. Me pareció preciosa la resolución de su aria del segundo acto Ach, ich fühl's, es ist verschwunden, y durante toda la función tuvo una entrega escénica magnífica. Aunque si de comportamiento escénico hablamos creo que el premio principal ha de concederse al Papageno del barítono británico Mark Stone. Toda la velada disfrazado de pollo, haciendo mil y una tonterías, incluido el tener que hablar en castellano, y, aun así, manteniendo siempre el nivel vocal sin perder las plumas.

Otra de las triunfadoras de la velada fue la Reina de la Noche de la soprano ucraniana Tetiana Zhuravel. Tuvo un pequeñísimo desliz en una de las notas de su endiablada coloratura, pero fue un mero accidente puntual. Una notable prestación vocal a la que sólo se le podría poner la pega de una cierta frialdad y a la que le faltaba ese puntito de poderío y maldad que debe acompañar al personaje, si bien es cierto que la dirección escénica la pintaba como una de las buenas de la película.

Bien en lo vocal y en lo escénico, paseándose por toda la sala y hablando en castellano las majaderías escritas por Vick, estuvo también el Sarastro de Wilhelm Schwinghammer, aunque le faltase profundidad y rotundidad en los graves.

Cumplidor, como de costumbre, Moisés Marín como Monostatos, así como Vicent Romero y Richard Wiegold como Armados y entregadísimas escénicamente y con una más que aceptable prestación vocal, las Damas del Centre de Perfeccionament, Camila Titinger, Olga Syniakova y Marta Di Stefano. Menos me gustó el Primer Sacerdote de Dejan Vatchkov.

Mención aparte merece la Papagena de Júlia Farrés-Llongueras por su gran labor actoral y la sabiduría escénica con la que solventó la situación cuando se le enganchó una de las mangas de su pollochaqueta. Y estupendos también los tres niños Lucas Tino David Rebato, Kiran Sundip Patel y Dionysios Sevastakis.

La sala principal de Les Arts, pese a tener todas las entradas vendidas, presentaba algunos huecos, no sé si debido al partido de fútbol entre el Real Madrid y el Valencia, a los cortes previstos en la ciudad por el maratón del día siguiente o por gente que vio fotos de lo que se preparaba y prefirió desertar. Aun así se registro una magnífica entrada. Durante la representación se aplaudieron los momentos habituales y nada más apagarse las luces y extinguirse las últimas notas ya se escucharon los primeros abucheos. Una cantidad muy notable de personas abandonó la sala en ese momento, algunos por la mala educación de costumbre y otros como protesta ante lo visto en escena. En los saludos finales hubo aplausos para todos, salvo para la dirección escénica que cosechó un mayoritario abucheo contestado por aplausos por una parte de los espectadores.

Bueno, pues hasta aquí mi crónica de la primera representación de la temporada. Fue una lástima que para una vez que viene el Ministro de Cultura tuviera que tragarse el esperpento de Vick. Nosotros llevamos años esperando que vengan a integrarse en el Patronato de Les Arts y a aportar una asignación presupuestaria justa e igual cuando vuelva a Madrid lo que pide es que pongan barricadas en las vías del AVE para evitar que los pollos y los actores gratis invadan la meseta.


lunes, 7 de mayo de 2018

"TOSCA" (Giacomo Puccini) - Palau de les Arts - 06/05/18

Ayer se estrenó otra Tosca en el Palau de les Arts… Y ya van tres desde que se inauguró. Con todas las obras de primera línea que hay en el repertorio operístico que todavía no se han estrenado en este teatro, se sigue insistiendo hasta el hartazgo en unas pocas, como es el caso de Tosca. Ya no hablo de obras o autores más singulares, sino que incluso dentro de la producción de los omnipresentes Puccini o Verdi tenemos óperas importantes como La fanciulla del West, Il Trittico, Ernani, Un ballo in maschera o Falstaff, que aún no se han escuchado, mientras que algunos tenemos ya un cierto empacho de chuparnos tanta Traviata, Butterfly, Turandot o Tosca. Pero claro, mientras se sigan agotando las localidades con estas obras es complicado que los gestores del teatro (si es que los hay actualmente) se planteen renunciar al recurso fácil de su programación en modo pepino.

Y hablando de gestores, la indolencia y desvergüenza de los actuales irresponsables culturales de la Comunitat respecto la situación que se vive en Les Arts, alcanza ya cotas que poco tienen que envidiar a las que en su día consiguieron otros nefandos personajes como Lola Johnson o María José Catalá. Se suponía que en marzo se iba a anunciar el concurso público para cubrir la vacante originada por la dimisión de Davide Livermore; estamos en mayo y el silencio es la única respuesta. La temporada próxima sigue sin hacerse pública. El desconcierto respecto al futuro de la dirección musical de la Orquestra de la Comunitat Valenciana es total tras la dimisión de Fabio Biondi, sin que nadie quiera aventurar nada ni se establezcan contactos en tanto no haya un nuevo director artístico. El Cor de la Generalitat anuncia drásticas medidas de protesta respecto a su situación y les torean con bonitas palabras vacías de hechos y soluciones concretas. La situación general del teatro es caótica y esperpéntica, pero lo más bochornoso de todo es que quienes deberían tomar medidas, o al menos dar la cara (dura) para no transmitir esta imagen de vacío de poder y de ideas, callan y se desentienden por completo, demostrando que esto no les importa nada. Luego cuando no haya nadie que se interese por venir a Valencia como director artístico o director musical igual hasta se extrañan.

Mientras tanto, los trabajadores y el equipo técnico del teatro, así como los miembros de la orquesta y del coro, siguen dando lecciones de profesionalidad, haciendo que todo funcione con apariencia de normalidad.

Y para completar el sainete, va y resulta que, en medio de esta juerga padre que vivimos, la dirección escénica de la Tosca estrenada ayer es de nuestro amigo el ex intendente Davide Livermore, quien se presentó ayer en Les Arts cojeando y apoyándose en una muleta (supongo que no sería una lesión de retorcerse por el suelo de risa viendo el panorama que ha dejado). La producción presentada pertenece al Teatro Carlo Felice de Genova y contiene rasgos bastante habituales en sus trabajos: hay claras influencias del lenguaje cinematográfico (aunque particularmente me ha parecido una sandez eso que ha dicho de que se presentaba la historia como un plano secuencia), no faltan algunos vídeos con nubarrones, la dirección de actores está trabajada, la escenografía es escueta pero efectiva, y, aunque pueda haber alguna pequeña licencia efectista, la propuesta no deja de ser enormemente clásica y fiel al libreto.

Toda la acción se desarrolla en una plataforma triangular imitando mármol, por supuesto muy inclinada, que igual servirá para escenificar la iglesia de Sant'Andrea della Valle en el primer acto, el despacho de Scarpia en el Palazzo Farnese en el segundo, o el Castel Sant’Angelo en el tercero; y el caso es que funciona bastante bien. Las velas tendrán también un importante protagonismo, tanto en la iglesia, como en los candelabros de Scarpia o en la celda de Cavaradossi. El gran valor de la escenografía es su movilidad y a su vez constituye uno de sus principales defectos. La plataforma girará frecuentemente ayudando a crear la diferenciación de ambientes de las distintas escenas sin interrupciones (a eso supongo que se refería Livermore cuando hablaba del plano secuencia) con diferentes puntos de vista y permitiendo un fluido movimiento de personajes. Además de eso, el giro se utilizará para ofrecer al espectador distintos niveles de la acción, permitiendo, por ejemplo, que veamos la tortura de Cavaradossi mientras Scarpia presiona a Tosca para hacer guarreridas, vulnerando el libreto pero potenciando el crescendo dramático. La diferenciación de planos de la acción jugará también un papel simbólico, con el poder eclesiástico arriba y el pueblo debajo, o con Tosca en lo más alto tras asesinar al vil Scarpia. La entrada en escena de éste es impactante, con el malvado personaje plantado en el vértice de la plataforma dominando la acción como una especie de Capitán Ahab en la proa del Pequod.

El problema estriba en que se abusa del efecto giratorio, que bien administrado es interesante pero que acaba por cansar y marear al espectador que sale de la sala con los ojos como Marty Feldman. Además se desluce el drama dando la impresión a veces de que los cantantes se encuentren en un tiovivo. Y para rematar, el carrusel y las alturas también afectan a las voces de los cantantes que pierden proyección. Y encima la plataforma al girar hace ruido que interfiere la música.

Durante el primer acto se ofrece al fondo del escenario la imagen circular, como un gran ojo vigilante, de la cúpula de la iglesia de Sant'Andrea, con los famosos frescos de Giovanni Lanfranco. También vemos en diferentes momentos aparecer de fondo los conocidos nubarrones livermorianos, y la imagen de un Cristo que durante la tortura a Cavaradossi sangrará, mientras que durante la cantata y en el Vissi d’arte lo que asomará será una especie de figura alada (¿paloma, ángel…?) bastante cursi. En el tercero veremos la luna y un paisaje, se supone que del Tíber, bastante cutrecillo, como de cuadro de sala de espera de Gestoría Martínez. También queda un poco ridículo que cuando Scarpia se quita el chaleco y se acerca a Tosca para cepillársela, desde algunas zonas del teatro se le viera la camisa manchada de sangre antes de que la diva le clavara el cuchillo. Debería controlarse igualmente la carga de los fusiles de la ejecución de Cavaradossi, pues el elevado volumen de chispas que sale, a buen seguro que acaba impactando en el tenor, que a este paso cuando llegue la última función parecerá Niki Lauda.

El vestuario creado por Gianluca Falaschi es más clásico que el peinado de Matías Prats Jr y absolutamente fiel a la época y libreto; mientras que en la iluminación se opta por un trabajo que resulte adecuado a la acción, sin especiales efectos, bastante básico. El final, para el que dice Livermore haberse inspirado en el film Cielo sobre Berlín de Wenders, es efectista y sorprendente, no tanto por lo que pasa sino por la forma de reflejarlo. Me resisto a comentar nada más para no hacer spoiler a quien todavía no la haya visto. Yo salí con sentimientos encontrados respecto a la propuesta del regista turinés, hubo cosas que me parecieron interesantes y otras que me cargaron, pero creo que en términos generales sirve a su propósito.

Al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a situarse Nicola Luisotti, quien ya nos ha visitado anteriormente en un par de ocasiones, dejando un buen recuerdo tanto en Mefistofele como en Nabucco. Independientemente de la labor que lleve a cabo, que considero que fue buena, es increíble el buenrollismo que desprende este hombre que permanece con la sonrisa en los labios durante toda la función. Luisotti dirigió con pulso, energía y precisión y un gran control de todas las secciones y de la escena, aunque yo quizás eché de menos un mayor refinamiento y una mayor puesta de relieve de los contrastes que tiene la partitura. Impuso de inicio unos tempi lentos que pusieron en algún apuro a los cantantes. También hubo abuso del volumen orquestal que castigó puntualmente las voces. Creo que al final del acto primero y en el tercer acto es donde la orquesta ofreció sus mejores prestaciones, logrando una intensidad dramática imponente, con una sección de cuerda absolutamente espectacular. Las flautas tuvieron también una noche inspirada tanto en el foso como en la gavota interna del segundo acto. Excelente fue la intervención de las trompas al inicio del tercer acto, o la introducción del clarinete de Tamás Massányi a E lucevan le stelle,  y maravillosos de nuevo los violonchelos en la escena previa de ese acto tercero, por cierto comandados por un nuevo solista del que ignoro su nombre.

El Cor de la Generalitat había anunciado posibles acciones de protesta, incluyendo la huelga en esta Tosca, si la administración autonómica no resuelve adecuadamente la incertidumbre de la agrupación por la situación de interinidad de sus miembros. Parece ser que se les ha emplazado para ofrecerles próximamente una propuesta y las acciones de protesta se han suspendido de momento. Ojalá todo se solucione de la mejor forma posible, que no es otra que garantizando la estabilidad y consolidación de todos sus componentes, con las medidas que sean necesarias, ordinarias o extraordinarias, para preservar este irrenunciable activo cultural de la Comunitat. Aunque conociendo el percal, más bien huele la cosa a un intento de ganar tiempo y evitar la repercusión mediática de una huelga en Tosca.

No es extensa la participación del coro en la obra, pero sí determinante en ese impresionante Te Deum en el que volvieron a mostrarse inmensos. También fue muy relevante su entrada del primer acto y una cantata del segundo espléndida. Muy bien estuvieron también los niños y niñas de la Escola Coral Veus Juntes de Quart de Poblet.

El papel protagonista de Floria Tosca ha estado interpretado por Lianna Haroutounian, una cantante que saltó a la fama internacional en el Don Carlo de 2013 en el ROH londinense dirigido por Pappano y protagonizado por Jonas Kaufmann, cuando tuvo que hacer una sustitución de última hora de la soprano prevista, Anja Harteros, consiguiendo un importante éxito. La soprano armenia tiene un instrumento privilegiado, con una voz lírica de indudable belleza en el centro que corre perfectamente por la sala con potencia y riqueza tímbrica. Se muestra poderosa y resplandeciente en el agudo y con muchas más carencias en una zona grave donde cambia el color. El reproche que yo le haría es la falta de matices, sin un solo intento de regulación; no obstante lo cual logró transmitir una gran expresividad dramática a momentos como el dúo con Scarpia del primer acto, con un estupendo Dio mi perdona... Egli vede ch'io piango!, la escena del interrogatorio o el dúo final con Cavaradossi. En el Vissi d’arte cantó con emoción e incisividad, pero yo eché en falta también una mayor variedad de intensidades.

Bastante menos me gustó el Cavaradossi del tenor surcoreano Alfred Kim, quien desde hace un año está siendo más noticia por motivos ajenos a lo artístico, tras ser condenado en Francia por violencia de género, lo que ha motivado que diversos teatros le hayan vetado. No ha sido el caso de Les Arts. Si le reprochaba yo antes la falta de matices a la soprano, lo de Kim fue ya de matrícula. Su fraseo tarzanesco no bajaba del forte, destrozando cualquier atisbo de lirismo que pudiera contener la partitura, con el agravante de que, además, su proyección, salvo en los territorios más agudos, no siempre superaba la barrera orquestal. Su momento de lucimiento en el adiós a la vida quedó así sepultado entre vozarrones desaforados, transmitiendo menos emoción que un percebe sesteando. Tan sólo en O dolci mani apuntó una aproximación a las medias voces, con mejores intenciones que resultados. El resto de su actuación fue una pura exhibición de músculo y potencia en el agudo, donde brilló notablemente. Tanto en La vita mi costasse del primer acto como en los Vittoria del segundo, nos regaló sendos impecables pepinazos en los que su voz, que en el centro se mostraba tirante, temblona y mate, sonaba limpia y liberada.

Claudio Sgura fue un Scarpia para olvidar. De medios mucho más limitados que sus compañeros de reparto, el barítono italiano se mostró absolutamente incapaz de otorgarle al personaje la presencia y autoridad que requiere.  La voz no es fea pero se le quedaba en la nuez, no llegando ni al proscenio. El Te Deum en lugar de ser su momento de lucimiento parecía una imitación de Harpo Marx, resultando totalmente inaudible. Y el segundo acto se quedó en una burda pantomima de un Scarpia sin carácter y más blandito que Bambi. Fue sin duda el más perjudicado por el torrente decibélico orquestal, pero intuyo que ni con un cuarteto de cuerda hubiera estado a la altura.

Entre los comprimarios destacaría el buen Sacristán de Alfonso Antoniozzi y el Spoletta del siempre entregado Moisés Marín  (tanto, por cierto, que el día del ensayo general a punto estuvo de partirse una pierna resbalando en la traicionera rampa inclinada ideada por Livermore).

Un Angelotti irrelevante y para desechar compuso el ex miembro del Centre de Perfeccionament Alejandro López, muy justo en lo vocal y en lo interpretativo, al que además se le castigó con una pinta lamentable de naufrago de Forges. Y muy justito el Sciarrone de César Méndez. Bastante más correcto fue Andrea Pellegrini como Carcelero.

Sí me gustaría reseñar la estupenda intervención del joven Alejandro Navarro miembro de la Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats como Pastorcillo.

Con todo el papel vendido desde hace meses, el teatro, como era de esperar, presentó un aspecto espléndido con un lleno absoluto. En el palco, pese a tratarse de una ópera de las fáciles, de las que pueden asimilar sin sueño hasta los altos cargos públicos, no se vio a ningún relevante marzalito. Hubo toses a cascoporro y la habitual estampida final a la carrera sin esperar ni a que se levante el telón, pese a que, al ser domingo, no eran las 9 de la noche cuando finalizó. Me parece impresentable y una falta de respeto que pone en evidencia la poca educación de una gran parte del público de Les Arts. Un público que, por cierto, se mostró bastante frío toda la noche. Al final hubo aplausos generalizados, pero sólo una ovación intensa para la pareja protagonista. Había cierto morbo por ver la reacción del respetable durante los saludos de Livermore como director de escena en el retorno a su teatro, pero pasó sin pena ni gloria. Fue tibiamente aplaudido y no se escucharon protestas, lo cual ya es bastante.

Bueno pues esta temporada, entre dimisión y dimisión, se nos está pasando en un suspiro. Apenas quedan algunas funciones en el infame Auditori, más la imprescindible Condenación de Fausto de Berlioz en la sala principal. Mientras tanto seguiremos esperando a que los responsables autonómicos despierten de su letargo y tomen decisiones cuanto antes respecto a la dirección artística, y a que se publicite de una vez la próxima temporada. Parece que Ramón Gener tiene ya reservada una fecha de junio para hacerlo; pero espero que antes haya algún anuncio oficial y, sobre todo, que finalmente de verdad haya una temporada operística medio decente.


domingo, 21 de mayo de 2017

"WERTHER" (Jules Massenet) - Palau de les Arts - 20/05/17

Mientras seguimos esperando que la dirección de Les Arts se digne anunciar oficialmente los títulos que compondrán la próxima temporada operística 2017/2018, ayer tuvo lugar en el coliseo de Calatrava el estreno de una de las obras que más expectación habían generado este año entre algunos de nosotros, Werther, de Jules Massenet, una de las cumbres del repertorio operístico romántico francés.

Resumiendo las impresiones que enseguida desarrollaré, diré que salí bastante decepcionado, por culpa sobre todo de unas prestaciones vocales que no me convencieron y una puesta en escena insulsa, cursi y bastante idiota; y ello pese a que la dirección musical me pareció sobresaliente.

La dirección de escena corre a cargo de Jean-Louis Grinda en esta nueva coproducción del Palau de les Arts y la Opéra Monte-Carlo. Del regista monegasco ya hemos podido ver en este teatro su trabajo para The telephone, Amelia al ballo, y la Tosca que se representó en 2011 y 2012. Dije entonces de su labor en Tosca que me resultó previsible y anodina, de planteamiento muy clásico, con una escenografía pobre y absurda y una vulgar dirección de actores. Y lo cierto es que podría decir lo mismo de lo visto ayer en Werther.

La propuesta es enormemente clásica y si el libreto dice clavecín, nos coloca un clavecín en mitad del escenario, si se habla de pistolas, allí están en un armariete, también el libro, las cartas… La única licencia que se toma el señor Grinda es presentarnos toda la obra como un flashback del protagonista que ya nos aparece durante el preludio con su camisa ensangrentada contemplando un espejo que se romperá y que permanecerá presente en el escenario durante toda la representación.

Esto del flashback no es ninguna novedad, pero además en este caso lo considero un recurso fallido. No tiene sentido porque para eso tienes que respetar el punto de vista del personaje principal y ver toda la obra a través de sus ojos, lo que resulta imposible en todas aquellas escenas en las que Werther no participa, salvo que le hagas estar por allí pululando para que veamos su espíritu contemplar la acción. Esto sólo se lleva a cabo poco antes de la entrada del personaje en el tercer acto, precisamente en el peor momento posible, pues se rompe todo el dramatismo de ese instante de Charlotte dudando si su amado aparecerá, mientras él está bambando por detrás mirando las pistolitas. Además resulta ridículo que se pase el personaje toda la obra vestido con la misma camisa llena de sangre.

Y si de vestuario hablamos me gustaría que alguien me explicase qué tipo de hecatombe climática hace que Albert llegue en el primer acto, que se desarrolla en el mes de julio, con abrigo y bufanda. Tampoco la caracterización de Schmidt y Johann como ancianos está conseguida, acercándose a una caracterización de función de colegio. Algo mejor aparece el personaje de Le Bailli, aunque con una pinta de Santiago Segura bastante risible. De los angelitos repipis casi mejor me callo porque la señora madre de Grinda no tiene culpa de nada.

La iluminación tampoco aporta absolutamente nada y todo es sosainas, plano y de andar por casa. La dirección de actores es igualmente vulgar y descuidada lo que, unido a la falta de sapiencia o ganas de la mayoría de los intérpretes, condujo a unos resultados pobres y aburridos en cuanto a dramatismo escénico.

Quizás pudiera reseñar la proyección que se ofrece durante el interludio musical entre el tercer y cuarto acto, con la imagen de Charlotte angustiada corriendo por un interminable camino nevado; pero, como ya sabéis, me repatea eso de que nos quieran entretener durante los fragmentos musicales

No quiero extenderme más sobre el componente escénico de este Werther porque pienso que no lo merece semejante pavisosez y tontunez que lo único que me provocó es sopor.

La riqueza melódica y el refinamiento orquestal de esta composición de Massenet, requieren una orquesta que esté a la altura y ayer encontró adecuado vehículo en nuestra Orquestra de la Comunitat Valenciana que volvió a sonar excepcionalmente; pero, sobre todo, necesita un director que sepa destacar y poner de relieve los inacabables matices de la partitura y Henrik Nánási nos brindó una lectura minuciosa y bellísima de esta maravillosa página. Lamentablemente, anoche en pocas ocasiones el escalofrío de la emoción me alcanzó; eso sí, cuando lo hizo fue siempre, salvo una excepción que luego comentaré,  en momentos puramente orquestales: en el Preludio, donde ya vimos por dónde iban a ir las cosas musicalmente, con una variedad de matices y juegos de dinámicas portentosos; en el Claro de Luna del primer acto, donde los violonchelos sonaron celestialmente; o en el interludio entre tercer y cuarto acto, de una intensidad emocional enorme.

El equilibrio orquestal, la variedad dinámica y la fuerza expresiva fueron constantes toda la velada, con una cuerda grave en estado de gracia, como en la introducción al Pourquoi me réveiller, con destacadas intervenciones también en diferentes momentos de saxo, violín y metales. Nánási nos ofreció una cuidadísima labor de dirección, cuidando bastante las voces, aunque hubiese puntuales arrebatos de volumen orquestal, pero sucedió en instantes en los que lo que se requería era precisamente eso, arrebato emocional. También estuvo atentísimo al escenario dando las entradas a los cantantes con gesto claro y preciso.

Este hombre ha venido ya tres veces a Les Arts y siempre me ha entusiasmado; además, chúpate esa, tocando tres palos tan diferentes como son Bartok, Verdi y Massenet. Por mí, desde luego puede seguir viniendo todos los años varias veces. El otro día en la rueda de prensa de presentación de estas funciones, bromeaban Livermore y Nánási sobre lo bien que se siente éste cada vez que viene a dirigir, por el buen clima de València en comparación con el frío berlinés (dirige allí la Komische Oper) y afirmó confiar en que el Intendente le vuelva a llamar. Yo, si fuera Livermore (Dios no lo permita), intentaría llamarle para que se quede y hacerle titular de una orquesta que no parece sentirse especialmente cómoda con Biondi y Abbado, ni este último parece muy contento con Livermore. En fin, por pedir que no quede.

Hay quien me dice que soy un pelota con el Cor de la Generalitat y que siempre les pongo bien… Pues mira por donde hoy no voy a hablar bien del coro.

El papel protagonista de Werther se ha encomendado al francés Jean-François Borras, un tenor que alcanzó relevancia mediática en 2014 cuando hubo de sustituir en este mismo papel en el Metropolitan de Nueva York al inicialmente previsto Jonas Kaufmann, y que viene con valiosas referencias al haber cantado también en otros importantes teatros (Londres, Viena, Berlín). Yo, después de lo escuchado ayer, no acabo de entender qué es lo que le han visto de especial y le ha catapultado a la fama. No diré que tuvo una mala actuación porque faltaría a la verdad, pero no encontré nada tan relevante como para decir que nos encontramos ante una estrella, ni mucho menos.

Es un tenor lírico bastante ligero, con una vocecita de agradable timbre y acusado, y en ocasiones molesto, vibratillo, a la que, para mi gusto, le falta bastante enjundia y cuerpo. Ofrece un Werther joven, muy ajustado por frescura vocal, delicado y evanescente; pero tan delicadito lo quiere hacer todo, con medias vocecitas y falsetes, que muchas veces cualquier atisbo dramático se evapora, deviniendo, más que en un héroe romántico, en un cervatillo tembloroso. Muestra potencia y seguridad en el agudo, donde es la única zona en la que adquiere prestancia y potencia vocal. Su fraseo tampoco es lo refinado que sería deseable y la escasez de consistencia vocal la pretende suplir en los pasajes más dramáticos con algunos arranques que rozan lo verista. Su primer acto me resultó de una insulsez casi vegetal. Mejoró bastante en el segundo, y en el tercero quizás ofreciese sus mejores prestaciones, cuidando bastante su esperado momento en el aria, la cual resolvió con elegancia y solvencia. En el cuarto tuvo un pequeño accidente perdiendo la afinación y rozando el kikirikí. Escénicamente Borras tampoco me convence y, entre la desidia regista de Grinda y que el tipo tampoco es precisamente Marlon Brando, me resultó demasiado estático y poco natural. Mención especial merece su alargada agonía, durante la cual igual estaba tirado en el suelo exánime, como se levantaba raudo cual rayo y se ponía a cantar como un machote. En cualquier caso, pese a la subjetiva opinión de quien esto suscribe, Borras fue el gran triunfador de la noche y obtuvo el reconocimiento unánime del público.

Siempre he sentido una especial predilección por la mezzosoprano italiana Anna Caterina Antonacci; su Carmen junto a Kaufmann en Londres, o su Cassandre de Les Troyens del Châtelet parisino, entre otros muchos ejemplos, me parecen papeles referenciales. A sus 56 años sigue desprendiendo un carisma y una belleza inigualables, pero quizás esta interpretación de Charlotte le haya pillado ya en un momento algo tardío de su carrera, no porque haya disminuido su capacidad dramática y expresiva, pero sí porque la juventud del personaje queda completamente desdibujada ante un instrumento que ayer, y siento decirlo, parecía acabado. La voz de Antonacci ha perdido homogeneidad y presenta colores distintos a lo largo de un registro en el que, en sus zonas más extremas del agudo y grave, las notas tienden a abrirse y muestran un apreciable vibrato. El agudo roza el tambaleo y el grave no existe, convirtiéndose la mayor parte de las veces en un parlato. El centro sigue siendo bello, pero ha perdido consistencia, por lo que la emisión a veces deviene inaudible. Dicho todo esto, que no es poco, a mí su expresividad dramática y vocal me continúa cautivando y logró hacerme sentir a flor de piel la lucha interna de Charlotte entre su amor por Werther y su compromiso con Albert y con los convencionalismos sociales; especialmente en el que, para mí, es uno de los momentos más bellos y emocionantes de la ópera francesa, el aria del tercer acto Laisse couler mes larmes, donde, acompañada por el saxo y una orquesta inspiradísima, logró conmoverme.

Creo que Les Arts se ha equivocado de lleno encomendando el personaje de Albert al alumno del Centre de Perfeccionament Michael Borth. Me parece bien que los papeles menores de las óperas se ofrezcan al Centre, pero Albert, pese a que su presencia en escena es limitada, tiene una importancia en la obra que merecía algo mucho mejor, especialmente cuando el encargado de asumir el rol es alguien tan carente de estilo, de medios tan limitados y que transmite la emoción de un sándwich de pepino, como fue el caso de Borth. A mi juicio, fue un Albert absolutamente impresentable que convirtió al personaje en alguien irrelevante y que vocalmente llegó incluso a gallear en un par de ocasiones, con una emisión inconsistente y sin ninguna autoridad vocal. Realmente entre lo blandito de este Werther y el mequetrefe de Albert, la que tenía que haberse suicidado era Charlotte.

En el apartado vocal, posiblemente lo que más me convenció de la noche fuera la soprano Helena Orcoyen que hacía frente al repelente papel de Sophie y que tuvo una excelente actuación. Extraordinariamente adecuada al personaje, su voz ligerísima, de jilguerillo, limpia y cristalina, con la que esbozó un dulce fraseo, convirtió sus intervenciones en un soplo de aire fresco.

Si repelente es el personaje de Sophie no digamos los de Schmidt y Johann… La verdad es que en Werther, aparte de los dos protagonistas, el resto de papeles siempre me han parecido bastante odiosos y si hubiese metido la tijera Massenet creo que nos habría hecho un favor. Los miembros del Centre de Perfeccionament Moisés Marín y Jorge Álvarez fueron los encargados de encarnar a este par de vejestorios, pero, entre la primitiva caracterización escénica y sus exageraciones en los movimientos para hacernos creer que eran ancianos, la cosa acabó siendo grotesca. Vocalmente no obstante cumplieron de forma aceptable.

Otro bonico personaje es Le Bailli, ese carcamal, padre de Charlotte, que ha tenido ocho hijos y cuya esposa está fallecida, intuyo que suicidada ante la perspectiva de seguir siendo la coneja del señorito. El omnipresente miembro del Centre Alejandro López fue quien asumió el rol. Me convenció más que otras veces, supongo que porque su voz ajada y su habitual limitación para el movimiento escénico, en esta ocasión le iban bien al personaje. Además su entrega dramática fue algo mayor. Si hace poco dije que su faceta de actor no era mucho mejor que la de un sobao pasiego, creo que ha llegado el momento de ascenderle a Tigretón.

Estupendos vocalmente, aunque con algún despiste escénico, supongo que por fallos de dirección, estuvieron los niños de la Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats y las chicas de la Escola Coral Veus Juntes de Quart de Poblet.

La sala principal del Palau de les Arts presentó una buena entrada, aunque hubo notablemente más huecos que en los anteriores estrenos de la temporada. No sé muy bien qué es lo que ha ocurrido para que esta conocida ópera sea una de las que menos respuesta del público ha recibido hasta el momento. Los asistentes estuvieron bastante fríos, aunque interrumpieron con aplausos la representación al finalizar el aria de Charlotte Laisse couler mes larmes. Hubo ovaciones para todos al concluir la función, especialmente para el tenor Borras y la orquesta, pero no se prolongaron en exceso. De hecho los saludos se extendieron más allá de los aplausos.

Pues, como siempre, os animo desde aquí a acudir a ver este Werther y a forjaros vuestra propia opinión. Aunque sólo fuese por la belleza de las melodías compuestas por Massenet y por las excelentes prestaciones que Henrik Nánási extrae de nuestra orquesta, ya valdría la pena.

Como decía al comienzo, seguiremos aguardando a que el señor Livermore se decida a hacer público el contenido de la próxima temporada operística en València. Yo estoy deseando ya que lo haga para arremeter ante la ausencia que nos espera, una vez más, de Wagner, Strauss o Janáček y la saturación de repertorio italiano ya visto.