sábado, 2 de mayo de 2015

"NABUCCO" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 30/04/15

El jueves se produjo el estreno de la última ópera de la temporada en la sala principal del Palau de les Arts. Aún queda el Narciso de Scarlatti que se subirá al escenario de la sala Martin i Soler el próximo día 22, pero con Nabuccofinaliza oficialmente la más corta y convulsa temporada del teatro de ópera valenciano hasta la fecha.

De la próxima nada se sabe oficialmente. Todas las buenas palabras del nuevo Intendente, Davide Livermore, asegurando que este año se iba a anunciar la programación a finales de marzo o primeros de abril, ha quedado en una nueva tomadura de pelo de Les Arts. Ya estamos en mayo y únicamente se han lanzado rumores de títulos, pero sin concretar fechas, lo que hace que, ni público, ni músicos, ni coro, puedan programar sus agendas para el ejercicio próximo. Y, lo que es peor, dadas las fechas en las que nos encontramos, con unas elecciones a la vuelta de la esquina, en las que se auguran aires de renovación, o se anuncia rápidamente la programación o me temo que llegaremos de nuevo a verano sin saber nada y con demasiadas incertidumbres sobre el futuro.

Esas próximas elecciones también puede que sean el motivo de que ayer en Les Arts no se viese a ningún político valenciano de primera línea, más allá del imputado y dimisionario vicealcalde Alfonso Grau. Eso no es malo. Estuvimos todos más a gusto y olía mejor el patio de butacas, pero deja de manifiesto que el interés por la cultura operística de los políticos valencianos es nulo.

La producción presentada de Nabucco, originaria de la Bayerische Staatsoper, cuenta con la dirección escénica del griego Yannis Kokkos. Hubo quien asistió al ensayo general y me había comentado que era de las peores cosas que había visto en Les Arts, así que iba francamente atemorizado frente a lo que me podría encontrar. Y lo cierto es que a mí no me desagradó, pese a algunos reproches que se le pueden hacer.

De Kokkosyo conocía su buen trabajo en ese Les Troyens referencial del Châtelet parisino, con Antonacci, Kunde y Graham. Y por esa línea van los tiros de este Nabucco. Una propuesta atemporal, con los judíos vestidos de negro y los babilonios de azul oscuro con cascos y metralletas (por cierto, merece especial castigo y tortura las horrorosas pelucas azules de las mujeres babilonias).

La escenografía está limitada a seis cubos dorados y una escalinata para el templo de Salomón y un gran cubo para el palacio de Babilonia. Paneles móviles y poco más. Tan sólo hay un gran cambio escénico para la ejecución del celebérrimo Va pensiero, donde el coro, representando al pueblo judío, se sitúa tras una gigantesca alambrada, en una nada original alusión a los campos de concentración. Quizás una referencia al muro que aísla Cisjordania de Israel, señalando a los palestinos como nuevos oprimidos, hubiese sido una apuesta más valiente, pero líbreme Alá de dar lecciones a los registas.

La propuesta es oscura, con estudiados juegos de luces. Las alusiones al Dios judío son subrayadas por unos fogonazos de luz sobre la platea muy molestos para los espectadores, aunque efectivos para transmitir el poder de Jehová (siempre que digo Jehová no puedo evitar acordarme de “qué bueno está el bacalao, por Jehová”, de La vida de Brian). Por su parte, la entrada de Nabucodonosora caballo en el templo de Salomón es sustituida por una aparición en una plataforma móvil envuelta en una inmensa nube de humo, propia de Lluvia de Estrellas, aunque en este caso Dimitri Platanias no se convierta en Renato Bruson.

La dirección de actores no presenta tampoco novedades ni se denota en ella un trabajo especialmente exhaustivo. En resumen, nos encontramos con una labor de dirección escénica que no resulta rompedora ni aporta nada nuevo, manteniéndose en una concepción básicamente clásica, pese a los anacronismos que dotan de atemporalidad a la propuesta; pero el conjunto a mí me resulta positivo y adecuado para el desarrollo de la historia.

A mi juicio, lo peor del trabajo escénico estriba en las largas interrupciones entre los cuadros de las diferentes partes o actos. Esas paradas a telón bajado hacen decaer completamente la tensión dramática y lastran negativamente una propuesta que, por lo demás, no está mal.

En el foso de la sala principal de Les Arts tomaba la batuta por primera vez el director italiano Nicola Luisotti, quien ya había estado al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana en Mefistófeles, de Boito, hace cuatro años, pero en el infecto Auditori.

El trabajo de Luisotti me pareció notable. La obertura fue electrizante, combinando momentos de reposado lirismo, deleitándose casi en el alargamiento de los compases, con otros llenos de garra, viveza, fuerza y expresividad, sometiendo a la orquesta a un esfuerzo mayúsculo. Tanta fue la fuerza y el ímpetu en la dirección, que antes del descanso ya había salido una batuta quebrada volando, cayendo en el regazo de mi amigo Nibelungo.

Esa combinación de tempi reposados y enérgicos, siguió a lo largo de la función, llegando en algún momento a dar la impresión de arbitrariedad en su elección; aunque lo importante es que la tensión se mantenía y las emociones se subrayaban adecuadamente. Yo le reprocharía quizás, como a tantas otras batutas que han pasado por este foso, la tendencia a despacharse con decibelios a cascoporro, llegando a tapar a las voces más de una vez, y eso que alguna de ellas estaba sobrada de volumen. Se ve que se encuentran a los mandos de este Ferrari que es la orquesta de Les Arts y no pueden evitar apretar el pedal a fondo para hacerla brillar en toda su intensidad. Y esto desde luego se logró, la orquesta brilló en plenitud, con unos sonidos extraordinarios. Incluso hasta en el “momento banda de pueblo” de la marcha fúnebre, donde la banda interna sonó estupendamente bien.

Entre los músicos debe destacarse la magistral exhibición de la que volvió a hacer gala Álvaro Octavio a la flauta. Algunos piensan que exagero o que es amiguete mío y por eso siempre le destaco, pero lo hago porque realmente cuando él toca la flauta en el foso, se nota para bien. También es de justicia reseñar las extraordinarias intervenciones de Rafal Jezierski con el violoncello, así como a las arpistas y a Ana Rivera con lo que me pareció ser un corno inglés.

También hay quien me cuestiona porque siempre digo que el Cor de la Generalitat ha estado muy bien. Pues nada, irse preparando a repetirlo, porque en este Nabucco, donde el coro tiene un papel protagonista, esta agrupación ofrece su mejor cara y se me queda corto cualquier adjetivo que pueda buscar para alabar su fabuloso rendimiento en el estreno. Es verdad que al comienzo hubo algunos desajustes en las primeras intervenciones e incluso demasiada tensión y alguna destemplanza en las voces graves masculinas, pero a lo largo de la velada fue yendo todo a mejor, hasta alcanzar la excelencia.

Es de reconocer el enorme mérito que tuvo responder a las exigencias de la casi permanente presencia en escena, ahora de judíos, ahora de babilonios; así como aguantar los embates decibélicos de Luisotti, pese a que, al fin, parece que hubo refuerzos masculinos. Posiblemente, esa exigencia de volumen impuesta por la dirección musical vuelva a dar pie a la injustificada crítica de esas, cuya sordera o ignorancia, les lleva a empeñarse en afirmar que este coro sólo sabe cantar en forte. Porque desde luego se empleó el forte, y mucho, pero con una calidad mayúscula. Y únicamente la estulticia o la mala fe pueden justificar una crítica negativa al trabajo del Cor de la Generalitat en Nabucco. Todo el público esperaba la llegada del Va pensiero y, pese a la ocurrencia escénica de meter al coro tras una verja y retirados de la boca del escenario, no quedamos defraudados. Creo que es complicado cantarlo mejor y solamente por escuchar la eterna nota final mantenida en diminuendo vale la pena chuparse los siete Nabucco. Por cierto, aprovecho para pedir a los espectadores de próximas funciones que hagan como en el estreno, y no se apresuren en aplaudir al coro para disfrutar de esa maravillosa nota hasta su extinción.

Mientras esperamos a ver si finalmente se confirma que el veterano Leo Nucci acude a protagonizar las tres últimas funciones (días 10, 12 y 14 de mayo), el papel de Nabucco fue asumido ayer por el barítono griego Dimitri Platanias. De entrada, Platanias, pobrecico mío, tiene más aspecto de tractorista que de rey de Babilonia y, aunque tampoco hubo caballo en su entrada en el templo, nadie se hubiera extrañado de verle irrumpir en escena en una mula mecánica. El hombre tiene un importante exceso de peso que le dificulta su movimiento escénico y le coloca en ocasiones al límite del colapso. Daba penica verle congestionado y sudando más que Catalá en un examen de cultura general. Pero en lo vocal, que es lo fundamental, estuvo más que correcto.

A mí me fue gustando más conforme avanzaba la representación. Al principio me desagradaba un poco una emisión un tanto forzada y tosca, así como su poco tacto para el matiz, pero tanto en el dúo con Abigaille del tercer acto como en su aria, estuvo francamente bien, permitiéndose incluso alguna regulación, aunque sonase más a cantar bajito que a media voz pura, destacando sus acentos de puro sabor verdiano. Porque es que, si algo realmente destacaría de Platanias, es que al escucharle se escuchaba el sonido y los acentos del barítono verdiano.

Lo mejor de la noche junto con el Cor de la Generalitat, a mi juicio, fue la espectacular Abigaille que ofreció la italiana Anna Pirozzi, una soprano de la que no tenía referencia alguna, pero a la que habré de seguir la pista. Tiene la Pirozzi una apariencia que impone, por envergadura. Como imponente resulta también su enorme voz con tintes de spinto. Tiene densidad y cuerpo en la zona central y grave y se maneja con insultante poderío por la parte alta de la tesitura, clavando unos agudos y sobreagudos impactantes, aunque el del final del dúo lo chilló sin paliativos.

Pero, ¿qué Abigaille no chilla y se descompone ante semejante papel infernal? Siempre me ha llamado la atención que Giuseppina Strepponi pudiese acabar enamorándose de Verdi después de haberle hecho éste pasar por la tortura de cantar el personaje. Los diabólicos saltos interválicos escritos por el de Busseto, fueron ejecutados por Pirozzi con una solvencia magnífica. Bajadas al grave y subidas al agudo en una montaña rusa sin tregua que Pirozzi supo domar con maestría y belleza canora. Además, mostro una amplia gama de matices, con unas regulaciones bellísimas y algún ataque en piano sobresaliente. En la coloratura estuvo más justa, pero, en cualquier caso, estamos ante una espléndida Abigaille, sin duda alguna.

Más decepcionante fue el Zaccaria de Serguéi Artamonov a quien tuvimos la ocasión de escuchar muy recientemente en el Oroveso de Norma. Le faltó contundencia vocal en los graves que sonaron en demasiadas ocasiones eructados, y mostró tiranteces en las subidas al agudo.

Varduhi Abrahamyan, reciente Adalgisa en Norma, volvió a encantar al público, como Fenena, con su bello timbre, llevando a cabo una buena actuación pese a su plana expresividad.

Mucho menos me gustó el Ismaele de Brian Jadge. Sonidos abiertos, destemplanzas y problemas de afinación lastraron sus intervenciones, presentando también más limitaciones en su comportamiento dramático y escénico que un actor de teleserie española.

Muy correctos el Abdallo de David Fruci y, sobre todo, la Annade Hyekyung Choi. No me gustó nada Shi Zong como Sumo Sacerdote, totalmente irrelevante y con una emisión que parecía provenir del mismo ojete. Quiero pensar que estos tres cantantes serán alumnos del Centre de Perfeccionament, aunque no aparezca así reseñado en la web de Les Arts.

El recinto de la sala principal presentaba un aspecto magnífico, con muy pocos huecos, y es que este Nabucco parece que va a ser lo más vendido de la temporada. El público estuvo bastante frío, no lanzándose a aplaudir con entusiasmo más que el Va pensiero y al finalizar la representación, donde fueron todos los intérpretes muy ovacionados, destacando, con justicia, los bravos al coro y a Anna Pirozzi. La dirección escénica fue acogida con tibios aplausos.

De nuevo me veo en la obligación de denunciar el comportamiento de una de las personas que vigilan las puertas. Una amiga me comentó que en el tercer piso se puso a hablar por el pinganillo a mitad de representación, molestando a los espectadores, y cuando estos le reprocharon su actitud, contestó que estaba solucionando un problema técnico. Vamos a ver, si tienes un problema técnico que comentar, te sales fuera de la sala, y no molestas al público.

Bueno, pues, lamentablemente, esta agitada y breve temporada va llegando a su fin. Sólo nos quedan estas seis últimas funciones de Nabucco, que recomiendo que no os perdáis, y el Narciso que se estrena el 22 de mayo. Este año nos quedamos sin Festival del Mediterrani. No sé si el nuevo Intendente nos obsequiará con algún concierto o recital sorpresa. De momento, la sorpresa que nos está ofreciendo es faltar a su palabra de que anunciaría en marzo la temporada 2015/2016. Seguiremos esperando.


lunes, 9 de marzo de 2015

"NORMA" (Vincenzo Bellini) - Palau de les Arts - 08/03/15

Jornada llena de emociones la de ayer en el Palau de les Arts. Para empezar, se representaba el que, a todas luces, es el plato fuerte de esta temporada operística en Valencia, una de las obras cumbres del género, Norma, de Vincenzo Bellini, con un reparto sumamente atractivo. Y, por otro lado, a media tarde comenzaron a circular distintos rumores acerca del nombramiento del nuevo director musical titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana.
 
Se sabía que hoy lunes se anunciaría el nombre del sustituto del ya olvidado Omer Meir Wellber, tras demasiado tiempo con la orquesta de la casa sin titular, pero pocos minutos antes de comenzar la representación se empezó a escuchar por los pasillos que el elegido podía ser Fabio Luisi. Poco tiempo después, desde la página de Beckmesser, origen de la errónea información, se rectificaba y se decía que sería Fabio Biondi. Todo tipo de especulaciones corrieron a partir de ese momento. Esta mañana, finalmente, se ha hecho oficial que la titularidad de la dirección musical de Les Arts será compartida por los italianos Roberto Abbado y  Fabio Biondi, con el valenciano Ramón Tébar como primer director invitado.

El tema da para un amplio debate, pero ya habrá tiempo para ello. De momento hay que congratularse de que por fin se despeje la incógnita que estaba manteniendo demasiado en vilo a la orquesta, lo cual sólo podía ir en perjuicio de la misma. Además, después de las imbecilidades reiteradas, lanzadas desde la conselleria de Cultura y su entorno, acerca de la necesidad de que el nuevo director fuese valenciano por decreto de marijose, es de agradecer que se haya optado por criterios más o menos acertados, pero al menos no basados en partidas de nacimiento.

Por otra parte, los nombres de Abbado y Biondi, en principio, llaman a ser optimistas, sobre todo después de ver el sensacional rendimiento del primero junto a la orquesta de Les Arts en el reciente Don Pasquale, y la categoría contrastada del segundo, cuyo trabajo también hemos tenido la oportunidad de disfrutar en el Palau de la Musica varias veces en los últimos años. Lo de Ramón Tébar suena a cuota conselleril, pero no hay duda de que es un director solvente que puede hacer un buen trabajo como principal batuta invitada, si bien Gimeno o Bernàcer también podrían haberlo sido.

Habrá que esperar a ver si nos cuentan cómo se va a organizar esa bicefalia batutera, que es algo que a mí personalmente ya me causa más reparo. Yo soy partidario, a priori, de que haya un solo director titular que pueda marcar carácter a la orquesta y personalidad propia. Y otra cosa que me origina cierta preocupación es que, también a priori, parece que tenemos expertos en repertorio belcantista y barroco, quedando mucho más descuidado el más contemporáneo.

Pero bueno, como decía antes, ya habrá tiempo de comentar esto. Además, recuerdo aquí lo que escribí en mi crónica de Don Pasquale de hace apenas un mes: “Si mañana anunciase el verborreico Livermore que Abbado, ya que está por aquí, se va a quedar de director titular, no sería yo quien protestase”… Pues eso mismo.

Ahora voy a procurar centrarme en la crónica de una noche de ópera que, en términos musicales, fue de un nivel espléndido.

La coproducción del teatro valenciano con el Teatro Real y ABAO-Olbe presentada ayer, cuenta con la dirección escénica del Intendente, director artístico, director del Centre de Perfeccionament, y yo que sé cuántas cosas mas, Davide Livermore, que a este paso va a acabar con más títulos en sus tarjetas que la fallecida Duquesa de Alba, y no me acabó de convencer del todo, aunque el balance general creo que debe valorarse de forma positiva.

He de empezar diciendo que no conozco Juego de Tronos, porque ayer escuché un millón de veces distintas referencias a ello. La estética de este nuevo trabajo de Livermore a mí me recordaba al mundo de El señor de los anillos que es algo que controlo más. La propuesta es muy Livermore, para lo bueno y para lo malo.

Una escenografía casi nula. Apenas unos chirimbolos metálicos que simulan los árboles del bosque y un enorme tronco retorcido, con una escalinata en uno de sus lados, que servía para todo.

El tronco avanzaba y giraba consiguiendo algunos efectos interesantes, pero, a mi juicio, se abusó en exceso de esos giros. Cualquier ocasión era buena para hacer subir a los cantantes al tiovivo, perdiéndose las voces al proyectarse en dirección opuesta a las butacas. Tampoco favorecía la proyección de las voces el hacerles cantar desde lo alto del mamotreto. Y no me pareció nada adecuado que a una señora de edad respetable como Mariella Devia la tuviesen subiendo y bajando escaleras media función, que la verdad ya no se sabía si aquello era Norma de Bellini o Norma Duval.

Me resultó criticable que, nuevamente, se pretenda escenificar una obertura, como si temiesen que los aficionados nos aburramos cuando sólo hay música. Esto además se vio agravado al consistir el presunto divertimento en una panda de danzarines en bolas que no sé si pretendían representar los espíritus del bosque o una manifestación anti abrigos de piel, pero que, desde mi humilde punto de vista, sobraba. Estas son las cosas de tener que amortizar el tener al Ballet de la Generalitat, magnífico por otro lado, pero que debería tener su propio espacio diferenciado o reservarlo para las óperas que llevan ballet, y no ser utilizado para ahorrarse figurantes o para tener que montar bailes en cualquier ocasión, vengan o no a cuento.

Las consabidas proyecciones que inundan los trabajos de Livermore volvieron a estar presentes, casi hasta el empacho, sin que, a diferencia por ejemplo de lo que ocurría en La forza del destino, se aportase apenas nada al devenir dramático y, por el contrario, se rozase el ridículo en algunas ocasiones. Por otro lado, la obsesión de colocar una pantalla entre los cantantes y el patio de butacas para proyectar allí imágenes, llegó a hacerse molesta por excesiva, entorpeciendo la visión.

Claro, y ahora os preguntaréis ¿por qué habla este tío de balance general positivo después de repartir semejante estopa? Pues principalmente porque, como también suele ser habitual en los trabajos de dirección escénica de Livermore, hay una importante labor de dirección de actores y movimiento escénico, lo cual es más meritorio aún en una ópera intimista y de escasa acción, como es el caso de Norma. Cada personaje y miembro del coro estaba perfectamente instruido acerca de sus movimientos y actuación en escena, resultando el conjunto bastante eficaz y potenciándose el sentido dramático del texto.

Entrando ya en el apartado musical, en el foso se colocaba por primera vez al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana dirigiendo una ópera, Gustavo Gimeno, uno de los directores valencianos cuyo nombre había sonado insistentemente como posible candidato a la titularidad de la batuta de Les Arts. Yo he defendido estos días mi opinión acerca de que considero que la orquesta precisa de un director con más carácter y más experimentado en lides operísticas, sin cuestionar en absoluto su valía en el terreno sinfónico. Y, aunque lo sigo manteniendo, desde ayer poco voy a poder criticarle en el campo operístico, al menos por lo demostrado en esta Norma, donde llevó a cabo una labor extraordinaria.

Gimeno demostró, ante todo, oficio. Una claridad en el gesto ejemplar y una atención permanente a la conexión entre foso y escena, que fue impecable. Supo respirar con los cantantes en una ópera tan exigente como esta, marcando todas las entradas y llevando a cabo el que creo que ha sido uno de los trabajos de batuta más cuidadosos con las voces que yo he contemplado en este teatro. Manejó las dinámicas con gran inteligencia y momentos como el concertante final o el prescindible coro Guerra, Guerraestuvieron cargados de tensión dramática. En resumen, una dirección musical sobresaliente.

Entre los solistas, destacaron Magdalena Martínez en la flauta y Tamás Massànyi al clarinete, con una sección de violonchelos al mando de Rafal Jezierski espectacular en el inicio del acto segundo.

El Cor de la Generalitat, una vez más, respondió incluso por encima de las expectativas, contundente el masculino en sus escenas con Oroveso, y delicadísimo y casi celestial el acompañamiento de las voces femeninas en la cavatina Casta diva. En la ya mencionada escena de Guerra, Guerra, se lució demostrando poderío vocal y un empaste magnífico, y, como siempre, destacaron en el apartado dramático. No por repetido deja de ser verdad el lujazo que es contar en el Palau de les Arts con estos cuerpos estables.

Mariella Deviaes una auténtica diosa del belcanto. Soy un devoto admirador suyo y, quizás no sea demasiado objetivo, porque esto es lo que tiene también la pasión operística. Reconozco que no la había escuchado en el papel de Norma que, pese a su larga carrera, ha debutado hace menos de un año, así que iba también con un poco de prevención porque, a priori, no parece el rol que mejor se adapte a su vocalidad y, además, la señora está a punto de cumplir 67 años. Bueno, pues he de decir que me reafirmo en que puede no ser el papel que mejor se adapta a sus características, pero, por Tutatis, vaya lección belcantista nos ofreció la Devia anoche.

La voz ofrece algún pequeño síntoma de desgaste y en los descensos al grave se denotaban apuros y cambios de color, pero ahí pondría yo el punto y final a cualquier crítica que se pretenda hacer de una labor cuyos puntos positivos compensaron, con mucho, cualquier reparo. Su técnica respiratoria y el prodigioso control del fiato le permitieron exhibir un legatoexcelso, elegante hasta el desmayo. La precisión en los ataques, la afinación y la musicalidad infinita que derrochó fueron ejemplares. Si en los pasajes dramáticos percibía más limitaciones, la soprano los compensaba con expresividad a raudales a base de pura técnica canora. Además de eso, su comportamiento escénico fue encomiable, pese a tener que hacer de vedette sube y baja escaleras.

Una gratísima sorpresa fue la Adalgisa que ofreció la mezzosoprano armenia Vaduhi Abrahamyan. Su voz oscura, de bello timbre, grande, se apoderaba de la sala, mostrando gran expresividad, buena dicción y sentido musical. Empastó perfectamente en los dúos con Norma, aunque técnicamente pasó algún apuro en las agilidades.

El Pollionedel tenor norteamericano Russell Thomastambién fue digno de destacarse, con un importante vozarrón que brilló especialmente en los agudos, mostrando voluntad para adornar el canto con algunos matices y recursos expresivos que no acabaron de salir bien del todo. La pena fue una dicción bastante mala y un escaso sentido del legato belcantista, debido sobre todo a una técnica de emisión ruda, a empujones. Yo me preguntaba cómo una mujer tan elegante vocalmente como Norma podía haberse enamorado de este romano tan basto… Aunque igual es que el nombre del personaje no es casualidad.

Tampoco fue un ejemplo de elegancia belcantista el bajo Serguéi Artamonovcomo Oroveso, pero su voz oscura se adaptaba a los requerimientos del personaje. Buenas prestaciones ofreció Cristina Alunno como Clotilde y algo más justito David Fruci, como Flavio, con problemas de proyección; ambos alumnos del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo.

La sala se encontraba ayer más llena que en los últimos estrenos, castigándonos con su presencia en el palco la nefasta consellera María José Catalá, a quien acompañaba el President Fabra, quien por hacerse la foto se tuvo que chupar la ópera enterita. Sus ronquidos no se llegaron a escuchar, posiblemente debido a que serían tapados por el concierto de desaforadas toses que tuvimos que padecer durante toda la noche, con especial intensidad al comienzo del segundo acto.

El público aplaudió y braveó con calidez durante toda la representación los principales momentos, y al finalizar fueron singularmente efusivas las ovaciones dedicadas al terceto protagonista, especialmente a Mariella Devia. También la dirección escénica de Livermorefue acogida con unánime aprobación, así como el trabajo de Gustavo Gimeno al frente de la orquesta y el del Cor de la Generalitat.

A la salida todos los comentarios se centraban en cruzar apuestas acerca de quién sería el designado hoy tras filtrarse el nombre de Biondi. Bueno, pues ya ha habido fumata blanca. Esperemos que este sea el inicio de una vuelta a la normalidad lo más rápida posible que ayude a consolidar la continuidad y calidad de nuestra orquesta. Mimbres hay, ahora hay que saber hacer los cestos.

domingo, 1 de febrero de 2015

"DON PASQUALE" (Gaetano Donizetti) - Palau de les Arts - 31/01/15

Ópera 1 después de Helga.

Tras inundarse los últimos días los medios de difamación, digo manipulación, digo información, con noticias y chismes del Palau de les Arts nada edificantes, ayer, por fin, volvió a ser un estreno operístico el principal protagonista en el coliseo valenciano.

Había curiosidad por saber si la nefanda consellera Catalá asomaba el morro por el recinto operístico, en esta noche de estreno posterior a la presunta destitución (parece que no está formalizada) de Helga Schmidt como Intendente, y por saber si el público de Les Arts le iba a mostrar de algún modo su agradecimiento ante lo bien que, según El Mundo, está gestionando este tema y en general la política cultural de la Comunidad. Pero no pudo ser.

Parece ser que la señora consellera no asistió al estreno porque se hallaba en el acto de exaltación de la fallera mayor infantil de Valencia 2015. Chúpate esa. Con eso se dice todo. Quien sí estuvo fue Davide Livermore, el nuevo director artístico o Intendente o lo que sea del Palau de les Arts. Y es que nadie, ni la prensa cercana a la consellera, parece aclararse acerca del alcance del nombramiento del italiano, que se dice que tampoco está todavía formalizado.

Algo sí me gustaría decir de Livermore antes de entrar en el análisis puramente operístico de lo vivido ayer. Este hombre, como director escénico y responsable del Centre de Perfeccionament, ha demostrado muchas cosas. Como director artístico o Intendente, o ambas cosas, del Palau, creo que lo único que se puede decir de él hasta ahora es que habla mucho. Le plantan un micrófono delante y, como buen latino hiperactivo, larga todo lo que le viene a la cabeza, con buena intención, sin duda, pero me da la impresión de que sin calibrar demasiado el que sus palabras van a ser analizadas hasta la última coma. Pienso que en estos momentos debería mostrarse más cauto y centrarse en organizar su trabajo y sus planes de futuro, sin necesidad de contarnos todo lo que se le pase por la testa. Hemos pasado de una gestión casi secreta a un exceso de información que, además, muchos están utilizando con aviesas intenciones. Pero mira, una de las cosas que podría hacer es hablar con Potenciano y con su amiga Catalá para ver si pagan a los cantantes que actuaron en el inicio de temporada, porque si no, al final, entre unas cosas y otras, aquí no va querer venir a cantar ni Leonardo Dantés.

El aspecto que presentaba la sala fue bastante parecido al de estrenos anteriores, con huecos en platea y los pisos altos con más asientos vacíos que ocupados, y eso que me consta que en los últimos días se han repartido gratuitamente un importante número de entradas, cosa que, por cierto, si Helga continuase siendo la Intendente, hoy habría sido, por supuesto, portada de El Mundo. Este reparto de última hora, en las circunstancias que vivimos actualmente en el teatro, no me parece inocente y creo que responde al propósito de que se transmita la falsa imagen de que sin Helga todo va mejor. Pero bueno, esto es otro tema que da para mucho y ya habrá ocasión de ir comentando.

Jonathan Miller firma la dirección escénica de esta producción del Maggio Musicale Fiorentino, si bien en Valencia ha sido Rodula Gaitanou la encargada de dirigir esta reposición. Curiosamente, tuve la oportunidad hace casi tres años de ver en Londres una Carmen, representada en el pub King’s Theatre, con una dirección escénica de Gaitanou muy interesante. Por el contrario, el recuerdo de Jonathan Miller en Les Arts no puede ser peor. Su Don Giovanni creo que ha sido una de las mayores inmundicias de dirección escénica que han pasado por Valencia, posiblemente sólo superada por la Carmen de Saura.

Además del pésimo recuerdo del responsable de esta puesta en escena, las primeras imágenes que habían circulado de la misma mostraban una especie de casa 13 rue del Percebe que también me hicieron rememorar otra desafortunada dirección escénica, como fue la de Damiano Michieletto para El barbero de Sevilla.

Pues bien, pese a ir tan predispuesto contra lo que me iba a encontrar en escena, he de empezar por manifestar que considero en esta ocasión un acierto el trabajo de Miller y Gaitanou, con sus defectos, pero de un gran impacto visual, muy efectista y adecuado para el desarrollo de la acción, percibiéndose además un importante trabajo de dirección de actores con los solistas, al contrario de lo que ocurriese en Don Giovanni, donde sólo las escenas con el coro y figurantes presentaron algún interés.

El decorado representa una gran casa de muñecas en tres alturas, con tres estancias en cada una de ellas, donde cada detalle está estudiado al extremo, y en ese escenario único se desarrollará toda la trama. Al iniciarse la representación, tras la obertura, la gran casa se abre para enseñarnos su interior, entornándose las puertas en la última escena que se desarrollará delante de aquélla.

La principal crítica que debe hacerse de la propuesta de Miller es que la proyección de las voces no se ve precisamente favorecida, al estar encajonadas en esta escenografía que además se halla alejada del foso. Cuando en la última escena el tenor y la soprano cantan delante de la casa junto al foso, la voz por fin les corría libremente y daba la impresión de que se las hubieran amplificado.

Los intérpretes van exageradamente maquillados, como si fuesen muñecos o personajes de la comedia del arte italiana, y con un vestuario de época, clásico, que acentúa esa sensación de casa de muñecas, la cual se potencia todavía más con los movimientos de algunos personajes al final, como si fuesen autómatas. Lo que no entiendo es por qué esa visión clásica es absurdamente rota con la aparición de los sirvientes con paquetes de compras de Gucci, Prada, etc.

La iluminación juega un papel esencial creando ambientes en las diferentes estancias, especialmente en el crepúsculo de la segunda escena del tercer acto, originariamente desarrollada en el jardín y aquí delante de la casa de muñecas, donde se consigue un efecto de gran belleza y que favorece la intriga burlesca del episodio.

Los movimientos de los intérpretes están trabajados con inteligencia y gran sentido de la acción dramática, de forma muy adecuada al ritmo fluido y ligero de la partitura donizettiana. Los personajes están bien definidos en sus rasgos principales, con sentido del humor, pero sin caer en la excesiva exageración bufa que los ridiculice demasiado y haga poco creíbles.

Con ocasión del estreno en Florencia de esta producción, Jonathan Miller abrió esa boquita que tiene, especialista en soltar sandeces (recordemos aquel revelador “a mí no me gusta la ópera” que espetó en una entrevista con motivo de su Don Giovanni), diciendo a propósito de su propuesta para Don Pasquale que “en la vida somos como marionetas guiadas por una maquinaria interna, de ahí la casa de muñecas, metáfora del cuerpo y la vida”. La mamarrachada es sublime, digna de aparecer en facebook con la jeta de Paolo Coelho, pero tengo que reconocer que, en mi opinión, nos encontramos ante un trabajo de regia coherente y solvente que me hace reconciliarme en buena medida con Jonathan Miller.

Lo mejor de la noche, en cualquier caso, estuvo en el foso. Al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, volvimos a tener a un muy buen director. El milanés Roberto Abbado, a quien es inevitable que en todas las crónicas se aluda a su condición de sobrino del desaparecido genio Claudio Abbado, pero que es digno de reconocimiento por méritos propios. Méritos que ya se dejaron ver con los primeros compases, plenos de brío y garra, de una lectura de la obertura absolutamente antológica.

Ese nervio y fuerza en la dirección se mantuvo durante toda la noche, evitando que decayese la tensión en ningún momento. Jugó con las dinámicas de manera fantástica y, como él mismo había reconocido en la prensa los últimos días, compensó la densidad de la orquestación donizettiana mostrando un cuidado exquisito hacia las voces, lo que no evitó, sin embargo, que éstas quedasen superadas por la orquesta en momentos puntuales, pero no tanto por culpa de la dirección como por una escenografía que no ayudaba, y por la liviandad de alguna de ellas. En los concertantes se dejó ver también el control de batuta de un director extraordinario que durante toda la noche consiguió hacer surgir del foso unos sonidos mágicos, transparentes, como hacía mucho tiempo que no se escuchaban.

Si mañana anunciase el verborreico Livermore que Abbado, ya que está por aquí, se va a quedar de director titular, no sería yo quien protestase.

Mención especial merece entre los músicos el solista de trompeta que acompañó el aria de Ernesto. Lamentablemente, por mi posición no pude ver quién era, así que agradecería la información. (Era Rubén Marqués)

El Cor de la Generalitat tiene una escasa intervención en esta obra, pero nuevamente estuvieron a la altura de las exigencias escénicas y vocales, mostrándose solvente y divertido en el tin, tin di qua, ton, ton di là y magnífico en su actuación dramática como la nueva servidumbre de Don Pasquale tras su falso matrimonio.

El veterano Michele Pertusi se conoce al dedillo el personaje de Don Pasquale que ha convertido en uno de sus referentes. El bajo italiano es un experto en el género y se muestra perfecto en estilo, con un fraseo lleno de sapiencia belcantista. Supo moderar la vertiente cómica del papel, sabiendo ofrecer también el aspecto más entrañable del mismo. La voz es amplia, generosa, aunque acusa cierto desgaste. No comenzó demasiado bien y en su primer encuentro con Malatesta presentaba más tintes barítonales que de bajo y algunos problemas de emisión, por lo que el registro grave perdía contundencia y se me hacía difícil identificar quién de los dos cantaba. Poco a poco se fue yendo arriba y culminó una buena actuación.

Uno de mis grandes alicientes para ver este Don Pasquale estaba en la Norina de la jovencísima soprano norteamericana (26 años) Nadine Sierra, de quien había escuchado grandes elogios pero no su voz. Y no me defraudó. Quizás me sorprendió que me esperaba una voz más carnosa, con más presencia, más cercana a una lírica que a una ligera, pero no fue así. La voz es de soprano ligera, e hizo gala de una técnica magnífica. Marcó trinos, adornos y todas las exigencias de la partitura, y tan sólo mostró apuros en la coloratura de su aria de entrada, aunque debió ser algo puntual, pues en los actos siguientes estuvo impecable. Exhibió un portentoso control de la respiración y se permitió algunos reguladores de bella factura. En el apartado escénico estuvo entregadísima y divertida y supo dibujar vocalmente con maestría la doble cara del personaje.

Un sobresaliente Doctor Malatesta fue también el que nos ofreció el barítono polaco Artur Rucinski, a quien ya tuvimos en Les Arts como Lescaut en Manon y como Eugene Onegin en la temporada 2010/2011. Tiene una voz pesada, no especialmente bonita y con emisión algo atrasada, pero cantó extraordinariamente bien, con una implicación escénica también encomiable. Ofreció un canto ligado y fraseo intencionado, y culminó de forma sensacional las agilidades endiabladas del Aspetta, aspetta. Por todo ello me sorprendió muchísimo enterarme de que había cantado con un resfriado fortísimo y que a punto estuvo de salir a escena en la segunda parte, para sustituirle, el cover previsto.

Completaba el cuarteto protagonista el ruso Maxim Mironov, un tenor de tintes rossinianos, con facilidad en el agudo y dominio del registro de cabeza, aunque con una vocecita blanquecina, con vibratillo, de poca enjundia, que transmitía fragilidad. Sin embargo cantó con exquisito gusto, ligando el fraseo con elegancia, y tan sólo se echo en falta algún matiz que hubiera hecho brotar la chispa de la emoción dotando de mayor expresividad al personaje.

El público, al menos en la zona en la que yo me encontraba se comportó con bastante corrección toda la noche y las principales intervenciones de los solistas fueron premiadas con aplausos durante la representación. Al finalizar, la respuesta fue cálida, ovacionándose a todos los participantes, incluida la dirección escénica de Jonathan Miller y Rodula Gaitanou, aunque sin el entusiasmo de las grandes noches. Sí hubo una especial acogida hacia la labor de la orquesta y su director, y entre los solistas el más aplaudido sin duda fue Artur Rucinski.

Bueno, pues hasta aquí mi crónica de esta primera ópera sin Helga. Ojalá en los próximos días la situación se vaya normalizando y sólo lo musical sea noticia en el Palau de les Arts. Aunque conociendo a nuestra consellera y a su diario oficial, lo dudo.

Y desde aquí aprovecho para animaros a todos a asistir a un espectáculo muy divertido y de gran calidad musical. De verdad que vale la pena.